miércoles, 18 de marzo de 2020

QUINTO

Quinto día de encierro “descoronavizante”; y ya que hablamos de encierro y utilizando un símil taurino (porque a mí me gustan los toros, sobre todo el momento ese del puro que me trae mi amigo Juanito el Canario y que nos fumamos en plena corrida), esperemos que se cumpla aquello de “no hay quinto malo” y a partir de hoy comencemos a ver la luz nuevamente. Difícil, muy difícil que así sea, ya que la realidad que estamos viviendo no se arregla de hoy para mañana. Pero hay que tener esperanza; hay que tener fe en la ciencia, en los científicos, y cuando llegue la primavera a nuestras vidas nuevamente, que va a llegar, fe en los humanos, que este ha sido un toque de atención que nos ha dado …..................... ¿Quién nos ha dado este toque? ¿Dios?, ¿Lucifer?, ¿La vida?, ¿La naturaleza?, ¿Los humanos, esos que yo pedía en los que tener fe cuando llegase nuevamente la primavera?   

Mejor sigo hablando de mi parisina.

......“Pide plata”, repitió un par de veces, al tiempo que no dejaba de mover su chequera delante de mi cara, dejándome todavía más descolocado. Recuerdo que pasaron por mi cabeza mil cosas al mismo tiempo, pero me centré en la que más me convenía. “Será un Cezanne, un Van Gogh o un Renoir?, me dije. “De aquí saco yo tajada”.
No, no lo vendo”, le dije, “además, fue un capricho de mi mujer y he pagado demasiado por él; no creo que usted pueda pagar tanto”. “Vos, pedí, que verás como llegamos a trato”, contestó. “Joder, joder, joder con el porteño este” pensé, “qué coño habrá visto el tío este en el lienzo para estar dispuesto a pagar lo que sea”. “Deja que me lo piense” le dije, y lo desplegué como pude encima de mis piernas. Lo miré por un lado, lo miré por el otro, lo miré de cerca, lo miré al lejos, dejándolo caer en el mamparo del avión y retirándome lo máximo que podía....., y nada; yo veía lo mismo que vi el día que lo compré; es decir, una pintura como otra cualquiera; lo compré porque le gustó a mi mujer, pero cuando yo fui al día siguiente a recoger el óleo con los setecientos francos que saqué en una oficina parisina del Banco Central Hispano, me dieron mil cuatrocientos dolores de barriga. Volví a sentarme, me acerqué lo máximo que pude a la firma y solo vi un garabato, un garabato donde ni ponía Cezanne, ni Van Gogh, ni Renoir, ni ningún nombre de otro pintor francés que yo conociera. ¿Entonces qué coño ha visto el gordinflón este en el oleo?, pensé hecho un basilisco.
Recuerdo que me dormí y pocos minutos antes de tomar tierra el avión en Madrid, me despertó un pequeño tirón en el brazo. Era el argentino.
Seguiremos mañana con el relato.


Y no olvidar eso de “seguir en casa”. Ya queda menos.

martes, 17 de marzo de 2020

SEGUNDO

Segundo día de encierro total, y cuando digo total, es total, no como el de algunos descerebrados, más de los que debieran. Y la verdad es que estoy un poco acojonado. Estoy viviendo uno de esos momentos en los que te planteas muchas cosas sobre tu existencia; te planteas muchas cosas, pero la principal es la de apreciar el valor de tu vida, el de la de tu familia, el de la de tus seres queridos. Una vida que cuando te abofetea, recordándote que a ti también te puede pasar, es cuando te hace pensar el verdadero valor de la existencia; de mi existencia; y de la tuya. Porque para que lo sepas, tú también me interesas; y mucho. Porque mi existencia, y no solo en estos momentos pandémicos por los que estamos atravesando, depende de la tuya; y también la tuya de la mía.

Así que, como yo, tú también debes de quedarte en casa. Seguimos estando en contacto.

TERCERO

Día tercero de cuatro paredes. La realidad es esta y no otra, así que, para qué darle más vueltas: pasaremos los días que hagan falta recluidos intentando no desfallecer. Lo que está claro es que hoy me queda un día menos teniendo que ver sí o sí la parisina que da majestuosidad a mi salón. Esa misma parisina que compré en la rue du Mont Cenis, en el distrito parisino de Montmartre, por, quiero recordar, poco menos de 700 francos franceses, y que dicho sea de paso, me costó tener que emplearme bien a fondo para, primero, poder pasar por la puerta de embarque sin doblarla, y después, poder acceder al avión con ella. Menos mal que en las dos puertas se encontraban dos bellas azafatas, una de Dijon y la segunda de Toulouse, que aunque reticentes al principio, después, dejándose llevar por mi chapurreado francés del Sur del sur aprendido en mis años de pantalones cortos, zapatos gorilas y calcetines hasta las pantorrillas, accedieron a que pudiese viajar con mi parisina enrollada de casi metro y medio entre mis piernas, no sin antes dedicarles a las dos, por separadas, unas sonrisas y unas miradas cargadas de… … … .., y de las que hoy ya no se pueden utilizar salvo que corras con el riesgo de tener problemas con la justicia, pero que en aquel embarque consiguieron el objetivo.
Y ustedes diréis, ¿y a mí qué me importa lo que tuvo que hacer el pavo este para traerse sin doblar en el vuelo Paris Sevilla, con escala en Madrid, un lienzo de uno cuarenta por uno? Pues la verdad es que lleváis razón. Pero también tenéis que reconocer que os he robado una par de minutos de vuestro tedioso día y que puede que haya conseguido que en vuestro semblante se haya esbozado una leve y necesaria sonrisa.

Sigamos en casa. Ya queda menos.

CUARTO

Cuarto día de la “descoronavización”. Cuarto día en el que, pese a los resultados, se están ganando batallas. Sí, digo bien, ganando batallas; batallas que no son efímeras, que a su paso están dejando un poso y que a largo plazo tendrá su peso en la victoria final. Porque una batalla victoriosa es el comportamiento sin desfallecer del personal sanitario y auxiliares de los hospitales, porque una batalla victoriosa es asomarte a la ventana y no ver a ningún peatón, concienciado el pueblo de la necesidad de quedarse en casa, porque una batalla victoriosa es la presencia de esos trabajadores que por “Decreto” se encuentran al “pie del cañón” exponiéndose cada minuto, porque una batalla victoriosa es el hecho de que estés leyendo las tonterías y pamplinas de este “juntaletras” o te pongas a oír la actuación en directo de Rozalén o Alejandro Sanz. Que no te quepa la menor duda de que son victorias, y que como ya apunté antes, copiado en su día de mi amigo Fernando, con el paso de los días dejarán un poso inolvidable y un peso en nuestras conciencias.
Y vuelvo ahora con mi parisina, aquella de uno cuarenta por uno que tanto trabajo me costó embarcar en el avión y que vari@s de vosotr@s os habéis interesado por ella, mandándome comunicaciones privadas, como adelantándose a la historia (real) que tuvo que vivir mi apreciado oleo.
Os cuento. Aunque pude conseguir que embarcase conmigo, la azafata, la de Toulouse, me exigió que no podía ocupar mi asiento, ya que molestaría a los dos pasajeros que tenían que ir junto a mí, pues tuve la “gran suerte” de tocarme el asiento central, trasladándome al último asiento de cola que circunstancialmente estaba libre por una cancelación de última hora. Sin pega alguna, dije yo. Y fue entonces cuando, ya en pleno vuelo, entablé conversación con un orondo argentino, cubierto de un sombrero tipo Bogart que ahora que recuerdo no le favorecía en nada, y con una pipa de madera de cerezo sin picadura, que también se dirigía para Sevilla. Tengo que reconocer que su melodioso hablar me cautivó (no pensar mal), provocando que desplegase el rollo en el que iba envuelto mi lienzo, quedando mi preciosa parisina expandida a lo ancho de todo el pasillo central, entre el reposabrazo del porteño y el mío. El argentino quedó prendado con la pintura, y tras analizarla minuciosamente, cosa que yo no hice cuando la adquirí en plena rue du Mont Cenis, me miró fijamente a los ojos y echó mano a su chequera que llevaba en el bolsillo interior de su chaqueta Armani de cuadros escoceses, diciéndome: “pide plata”, a lo que yo me quedé desconcertado sin saber qué contestar.
Me vais a perdonar, pero esto se está alargando y relatar toda la historia de mi parisina os va a quitar demasiado tiempo, así que mañana seguiré con el relato.


Y no olvidar eso de “seguir en casa”. Ya queda menos.

viernes, 20 de diciembre de 2019

EL TRIUNFE DE LA "E".



Le mandé este escrito a mi editor, y él, con la prudencia y la mesura que le caracteriza me aconsejó que lo guardara en mi carpeta de artículos y no lo publicara, ya que me iban a llover les crítiques y más de une me iba a tachar de lo que no soy . Yo, haciendo caso omiso de su consejo y robándole unas gotitas de vehemencia a un buen amigo mío, he decidido publicarlo. 
Vaya por delante que siempre, o casi siempre, como le mayorie de les españoles, he sido defenser de les regles gramaticales marcades por nuestre Real Academia de la Lengua, si bien la realidad que nos está tocando vivir, provoca, y nunca mejor dicho, saltarnos a le torere, algunes de eses regles. Lo importante, a mi modeste parecer, es que haya consense y que todes les castellanes hablantes, les chilenes a la cabeza, que son les que más empeñe están poniendo, vayamos a une. Así si se decide robarle protagonisme a la “a” y a la “o”, para compartirle con la hasta ahora casi denostada “e”, pues adelante. Pero que conste que tenemes que ser consecuentes si nuestre RAE toma ese tipe de medides gramaticales, ya que le iba a hacer chique favor al reste de le poblacién mundial.
El primer probleme que nos íbamos a encontrar les castellanes parlantes es que a la hora de transcribir en el ordenador cualquier escrite, nos encontraríamos que todes les renglones iban a estar salpicades de palabres subrayades en rojo, como advirtiéndonos que estábamos cometiendo innumerables faltes de ortografíe. Inmediatamente el paquete Office o el OpenOffice, por mencionar algunes, deberán de adaptar sus programes, sobre todo el de tratamiente de textes, a les nueves regles gramaticales. 
No les va a quedar más remedie que adaptarse a la nueva realided social. Ne ni ne.
El probleme lo iban a tener les no castellanes parlantes. ¡¡¡Vaya problemen el suye!!!
Si se querían entender con nosotres, de nada les serviría lo hasta ahore estudiado o estudiada (estudiade) del castellane. Tendrían que empezar de nuevo; de nade le valdría lo aprendide hasta ahore.
Les ingleses lo pasarían fatal, ya que si hasta ahora les costaba Dios y ayude el dominar nuestre idiome, con les nueves regles gramaticales les iba a ser casi imposible. Digo yo. Que se joden, por lo del Brexit.
Les que iban a salir más beneficiades iban a ser los franchutes, ya que el castellane se iba a semejar más a su idiome, pues como todes sabemos, les gabaches son muy dados a terminar sus palabres en “e”.
Pues nada, que quien nos tenga que amparar nos ampare bien amparade si nuestre RAE adopta eses medides. La duda mía es saber si mi Hugo Boss, con el que estoy escribiendo estes palabres, seguirá llamándose igual o si cuando tenga que pedir un recambio tendré que preguntar por un Hugue Bess.

 Y me despido con aquel juego de mi infancia: “Queende Fernende Sépteme esebe el peletén, queende Fernende Sépteme esebe el peletén, queende Fernende Sépteme esebe el peletén, ¡Peletén!, esebe el peletén.

miércoles, 18 de diciembre de 2019

MI HUGO BOSS



Sentado en mi sillón reclinable y garabateando con el Hugo Boss regalado por mis amigos el día de mis cincuenta y diez cumpleaños, se me viene a la mente un suceso acaecido ayer que si para el resto de los mortales pueda tener una nimiedad superlativa, para mí, y para otros muchos como yo, que también los hay, tiene una suprema importancia. 
Por cierto, cómo se desliza este Hugo Boss por el papel, que por cierto, también viene rotulado con el nombre de Hugo Boss. Se desliza con una suavidad tan solo comparable con.........; bueno, mejor me callo, pero que conste que este Hugo Boss, que quiero recordar que dije anteriormente (¿o no lo dije?) que me lo habían regalado mis amigos en el transcurso de una fiesta/comida con la que me sorprendieron (¡Y vaya si me sorprendieron! ¡Ya ve! ¡No ni na!), se desliza con una suavidad parecida a la del plumón de los eideres comunes islandeses (ese mismo que utilizan para los más caros edredones y prendas de abrigo). ¡Casi na!
Pues a lo que iba. Os cuento. Ayer tarde noche lo pasé mal, muy mal; yo, y me consta, también mi nutrido grupo de amigos con los que tengo la suerte de compartir un grupo de whatsapp y que son los mismos que acertaron de lleno en regalarme en mi cuarenta y veinte cumpleaños, una agenda de la marca Hugo Boss y un bolígrafo, como creo haber dicho anteriormente, de la misma marca que se desliza con una suavidad semejante a …......
Y lo pasé mal porque uno de mis amigos perdió la cartera. El buen hombre, sabiendo de antemano que la mayoría de nosotros no podíamos hacer nada por encontrarla, ya que más de la mitad de los componentes del grupo nos encontrábamos y residimos fuera de la localidad que nos vio crecer y donde se cimentó nuestra amistad, comunicó por el grupo su lamentable pérdida. Dinero, tarjetas, décimos de lotería de Navidad y algún que otro secretillo y recuerdo puestos a buen recaudo en el último de los rincones de la dichosa cartera.
Enseguida, porque se le veía muy apurado, todos nos volcamos en darle ánimos.. “El dinero, al igual que las tarjetas, se reemplazan”. “ El DNI, en tres días lo tienes de nuevo”. “No te preocupes de los billetes de lotería que llevas el mismo número que yo y ponemos una denuncia ya”. Todos eran consejos. Todos a una. Todos y cada uno de los componentes del grupo tratando de subir la moral del perdedor de cartera. ¡Qué bonito! Esos mismos señores que el pasado día de la Inmaculada, porque yo nací ese día de hace treinta y treinta años, se desplazaron desde distintos puntos de España para agasajarme y darme esa sorpresa que llevaré siempre en mi interior. Y encima me regalaron un bolígrafo Hugo Boss que aunque resulte pesado, y perdonadme, pero vuelvo a decir que se desliza por el papel (también Hugo Boss) con una suavidad hasta ahora desconocida para este amante de juntar letras (a la hora de garabatear). Una sensación al escribir, en contacto directo con tu mente, que te invita, que te provoca, que te incita a pensar palabras y frases y plasmarla en el papel (en el de Hugo Boss o en cualquier otro). Y es verdad lo que digo. ¡'Ya ve! 
Y volviendo a la pérdida de la dichosa cartera, no solo se quedaron esos señores (y ahí me incluyo) en mandarle mensajes animosos, sino que pronto echaron mano del acervo tradicional de sus madres y padres para con prácticas oratorias y costumbres ancestrales, colaborar en el hallazgo de tan lamentable pérdida.
Se escuchaba por el grupo: “yo no creo, pero si.......”. “Se lo he pedido a San Antonio Bendito (el de Padua) para que aparezca”. “Pues yo a San Cucufato. Le he echado un nudo a un pañuelo y le he rezado su letanía: San Cucufato San Cucufato, los cojones te ato..............no te los desato”.
Todos preocupados por la aflicción del amigo. Incluso los más agnósticos del grupo participaban en la labor: “Esperanza, ten esperanza”. “Vuelve por tus pasos”. “Memoriza el objeto perdido”. “Déjate llevar por tu corazonada y aparecerá”.
Todos preocupados por la misma causa. Todos a una. ¡Ya ve!
Y llegó la hora de dormir y tengo que reconocer que, al igual que le ocurrió al resto de los amigos como ya comprobé (a las cuatro y media de la madrugada tuvimos todos una conversación por whatsapp, hablando de nuestros insomnios), no pude coger el sueño. Aunque por distinto motivo y con distintas sensaciones, me ocurrió lo mismo que aquella noche tras la fiesta/comida sorpresa de mis sesenta cumpleaños. Aquella noche tampoco pude dormir; henchido de gozo y levitando en una nube, pasé toda la noche rememorando, desgranando, desmenuzando cada momento que me habían hecho vivir. Y eso que aun no había descubierto la suavidad que se experimenta al escribir con el Hugo Boss. Todavía hoy se me ponen los vellos como escarpias cada vez que recuerdo aquellos momentos.
Por eso es normal que yo me aflija con las penas de mis amigos; penas y pérdidas.
Pero esta mañana todo cambió. No sé si por corazonadas, la esperanza, San Antonio, el de Padua, San Cucufato, o todos y todas al mismo tiempo, obraron el “milagro” de la aparición de la cartera. Todo en orden. Nadie dio explicaciones ni preguntó dónde, cómo ni porqué. Lo importante es que nuestro amigo, a pesar de su vehemencia, dejó de estar compungido, y por extensión, el resto del grupo de whatsapp también dejó de estarlo.
Yo, dormiré esta tarde una buena siesta después de no haber pegado ojo en toda la noche, aunque más feliz, ya que he descubierto el suave escribir de mi Hugo Boss, que no sé si os he dicho quién me lo regaló. Otro día os lo cuento.


martes, 26 de noviembre de 2019

SUMISIÓN OTOÑAL (Il Parrucchiere).


  • ¡Siéntate!

La voz sonó en su cabeza como a tormenta en una cerrada noche del penúltimo mes del año. Ya eran demasiados los truenos que llegaban a atemorizarlo en las últimas jornadas, incluso en los meses estivales, para que ahora, por San Andrés, se hubiera sobresaltado como lo hizo. Porque aquel ¡Siéntate!, con el cielo despejado como estaba cuando se produjo, le hicieron que se le pusiera la carne de gallina y se le erizaran los vellos de sus brazos, y más después que a la orden recibida, porque sí que lo fue, le siguiera un imperativo ¡y quítate la camiseta! 

Él, sin darle tiempo a que las dudas invadieran su proceder, acató los mandamientos otoñales recibidos, no sin dejar de hacer, coincidiendo con que ella se encontraba en otra habitación, una liviana e imperceptible observación.

  • Tampoco es para ponerse así.

Y se sentó. Y se descamisó. Y con los ojos cerrados, aguantó impasible a que su mandante hiciera con él lo que le viniese en ganas. De nada servirían sus observaciones ni sus sugerencias sobre el tema; como siempre no serían tomadas en cuenta. Y la verdad era que a él se la traía al pairo.
Y la espera iba a ser más larga de la deseada, ya que al tiempo que procedía a su descamisado, el ring ring del teléfono sonaba en el salón.
Pero no le dio mucho tiempo en darle juego a sus pensamientos con los ojos cerrados, ya que en esta ocasión, cosa extraña, la conversación telefónica tuvo una duración menor que la habitual. Y entonces llegó con el mismo ímpetu que cuando soltó aquel ¡Siéntate!

  • ¡Agacha la cabeza y no hables!

Sumisamente él obedeció, volviendo a cercenar su impaciente mirada al unir sus párpados, procediendo, sin intención alguna, a cerrar sus puños como muestra de intranquilidad por lo que le pudiera venir encima.
Y se dejó llevar, sin pasarle por su mente el no acatar aquel ¡Agacha la cabeza y no hables! , aunque eso sí, de vez en cuando se atrevía a entreabrir sus ojos para no ver nada, ya que la posición de su cabeza subyugada le impedía ver alguna cosa que le ayudara a sobrellevar por lo que estaba pasando.
Y fue en el momento en que su trance se encontraba en el punto más álgido, cuando una nueva frase de su mandante volvió a sobresaltarlo.

  • ¡Levanta la cabeza!

Y así lo hizo, aunque sin atreverse a quebrar su falta de visión por lo que le pudiera venir encima, dejándose llevar y a la espera de recibir otra frase imperativa, frase que se dejó esperar por espacio de unos largos e interminables minutos.


  • ¡Ea!, ya estás listo. Abre los ojos y dime cómo te he dejado. No me digas que no te he dejado bien; ni un trasquilón.
  • Pues la verdad es que te has lucido. Perfecto.   
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