Quizás el hecho de resistirme a creer que mi DNI señale que me quedan pocos años para abandonar la decena de los sesenta y enfrentarme al número siete (aunque como para muchos lo considero el número mágico) y de una manera involuntaria y desbocada, llevo unos días en los que han habitado en mi mente unos hechos que acaecieron allá por los setenta (otra vez el siete), en plena etapa de transición en la política española. Vaya por delante que no viví en primera persona los acontecimientos que, como ya apunté, están merodeando mi memoria en las últimas fechas; quizás porque añoro aquellos años de adolescencia en los que la persona goza de intenciones más libres y menos razonadas, o quizás porque me faltan algunas piezas para completar el puzle de la historia que me está invadiendo, me he visto en la necesidad de sentarme delante de la libreta, con Pilot en mano, para hablar de ella, advirtiendo que los nombres y apodos que utilizaré al referirme a las personas intervinientes en los hechos y acontecimientos que pretendo detallar, no coinciden para nada con los sujetos participantes en la historia.
Nadie podía
imaginar que la presencia rutinaria de aquel adolescente de buena planta tras
la barra mugrienta de aquel tabanco, a donde lo mandaban sus padres para
quítalo de la calle y de paso que se ganara unas pesetas para sus cosillas, se
iba a alterar en cierta manera con la visita inesperada e inusual de un par de
parejas (no de guardias civiles) foráneas que, sin que ninguno de los cuatros supieran
porqué habían caído en aquella tasca de la calle Pastelería en la que todavía,
por entonces, se tenía la costumbre y la necesidad, por miedo cronificado, de
mirar para atrás a la hora de hablar sobre algún tema que se apartase del
Betis, del Madrid, del Barcelona o de Curro Romero y Antonio Ordóñez. Se podría
decir que la llegada de aquellas cuatro personas a la barra de aquel garito de
la calle alférez Gaviria esquina con Cruz y Traviesa, fue por puro azar, y no
por preguntar por el vecino de enfrente, el zapatero culto, Pepito el de Elisa,
con el fin de pedirle alguna cuarteta carnavalesca.
Pues bien, aquel
chaval de buena planta con jeans de marca Lois marcador de muslos y glúteos,
avispado como el que más, obnubilado por los escotes atrevidos que lucían las
dos señoras o señoritas, en un principio no se percató que dos pares de ojos
masculinos no dejaban de observar todos sus movimientos, tanto detrás de la
barra como cuando su jefe lo mandaba a recoger los vasos que mendigaban por las
mesas de madera de tijeras que se encontraban en un pequeño salón.
—
Jefe —dijo Miguel, uno de los hombres, el más
extrovertido, al dueño del tabanco—, ¿nos pone dos copas de manzanilla y dos
Mirinda?
—
Ahora mismito le sirve el zagal. Perico
—dirigiéndose al chico de los jeans ajustados—, dos manzanillas y dos Mirinda
para esta familia.
Perico, algo
nervioso al no haber podido superarse de la panorámica a la que no estaban
acostumbrados sus ojos, cogió los dos refrescos de la nevera repleta de trozos
de hielo que a primera hora había traído del despacho, situado varias casas más
arriba, que se encargaba de proporcionar a todos los bares del pueblo en
grandes barras, poniéndolos ya destaponados delante de uno de los dos hombres.
—
Guapetón —dijo Miguel dedicándole una mirada
aliñada con cierta carga de lascivia que Perico no supo interpretar—, las
Mirinda son para las dos señoritas.
Perico, tras acercarles
a las dos señoritas los refrescos y traerles un par de vasos largos de marca
Duralex, sirvió las manzanillas con mano temblona en dos chatos con ciertos
vestigios de pringue.
—
Chaval, ¿te gustaría ganarte un buen billete?
—
Siempre viene bien, señor. ¿Y qué hay que hacer?
—respondió Perico más nervioso aún que cuando recibió la mirada que no supo
interpretar.
—
Muy sencillo, acompañarnos a dar una vuelta para
enseñarnos lo más bonito que tenéis en el pueblo.
En un pispás, y
tras tener el beneplácito del dueño del bar, Perico, en compañía de Miguel y
sus acompañantes, comenzó su primera experiencia como cicerone, eso sí, sin
conseguir que los nervios le siguieran atenazando, y siempre bajo las miradas
interrogantes y comentarios de los paisanos con los que se cruzaban o que,
apostados en la puerta de algunos de los baretos, murmuraban sobre toda mosca
que pasara. Serán amigos del hermano que se fue a Coslada —decía uno—; no,
hombre, por el acento que tienen más bien parecen gaditanos, amigos del pariente
que se fue a Cádiz —decía otro—; y así un comentario tras otro, todos ellos sin
base alguna. Y mientras pasaban por un monumento tras otro, Miguel hacía todo
lo posible por quedarse a solas con Perico, y aunque no está probado ni hay
base alguna, no cabe otra que en una de esas ocasiones le hiciera alguna
propuesta que llevara, sin ningún tipo de contraprestación a cambio, que
volviesen a quedar pero ya sin la compañía de sus acompañantes, a lo que el
bueno de Perico, ya con el billete prometido en el bolsillo trasero de su
jeans, con toda seguridad, sabiendo, digo yo, por los acontecimientos sucedidos
tras ese primer encuentro, aceptaría el verse siempre que fuese acompañado de
algún amigo suyo del pueblo.
Lo que es verdad
es que una semana más tarde, y a la altura de la primera de las entradas al
pueblo de la antigua carretera Nacional 342 en sentido ascendente, en la zona
conocida en el pueblo como la Fábrica, Miguel, conduciendo un Seat 1430,
aparcaba en el andén donde le esperaba Perico en compañía de dos amigos de su
misma edad, montándose los tres en el vehículo.
—
Móntate tú delante —le decía de forma repetida
Perico a Jacinto—, que yo me mareo delante.
Que si uno que
si otro, que al final fue Carlos el que acompañó a Miguel en la parte delantera
del vehículo. Los tres, unos más que otros se dejaron atrapar por el
nerviosismo, siendo Carlos el que llevó la voz cantante en la conversación con
el conductor, quien, ducho en la situación que se estaba viviendo, trató de
tranquilizar a sus tres viajeros, proponiéndoles invitarles a comer en la
localidad de El Bosque. Dicho y hecho. Los tres chavales no se habían visto
hasta ahora sentados en un restaurante pidiendo a la carta lo que a ellos les
apeteciera.
—
Pedir lo que se os apetezca, y solo os voy a
pedir una cosa, que no miréis el precio de los platos.
Ellos no se
podían creer lo que estaban viviendo, hasta el punto que, aprovechando que
Miguel tuvo que acercarse hasta los aseos para darle descanso a su vejiga,
comenzaran a parlamentar entre ellos, extrañándose de todo lo que les estaba
sucediendo.
—
Yo no me fío ni un pelo de este —decía Jacinto—,
que nadie se gasta un pastón con tres desconocidos a cambio de nada; este tío
es maricón; lo que yo os diga, maricón tela.
—
¿A ti te ha puesto la mano encima o te ha dicho
algo? —le contestaba Perico; además qué nos va a hacer a los tres; me pone la
mano encima y le doy un meco que lo vuelvo macho.
A la opípara
comida le siguió una visita a algunos bares y cafeterías desperdigados por las
calles bosqueñas, estando de vuelta en el pueblo de Bornos poco después de
haber anochecido, despidiéndose y quedando para dentro de una semana.
Los tres, ya en
suelo bornicho y observando como se alejaba el 1430, comenzaron a comentar todo
lo sucedido durante la jornada de convivencia, que es como la calificó el mismo
Miguel antes de despedirse, siguiendo sin creer la jornada que habían tenido a
puro capricho, como dijo entre risas el pillo de Carlos. “Esto ni una palabra a
nadie” fue la frase que repitieron los tres una y otra vez de camino al
embarcadero, lugar donde se reunía la pandilla todas las noches de verano,
promesa harta difícil de cumplir, como bien se vio en la mañana siguiente en el
bar de Rafael primero y tras el encuentro diario que tenían tras la sobremesa
en el merendero de los jardines del palacio de los Ribera.
—
Pues la próxima vez me apunto al viajecito —le
decía José Francisco a Jacinto—, que en el coche cabemos cuatro; donde caben
tres caben cuatro.
—
¿Y a ti quién te lo ha contado?
—
El Perico; bien sabes que él y yo somos uña y
carne.
—
Bueno, a mí me da igual, pero no se lo comentes
a nadie más —conversación que tuvieron mientras compartían un forraje en el bar
de Rafael.
Lo que no supo
Jacinto en un primer momento, pues no asistió ese mismo día al encuentro en el
merendero, fue que ya, por lo menos, había dos miembros de la pandilla que se
habían enterado de la aventura que habían vivido sus amigotes el día anterior y
que se apuntaban para la próxima cita. La amistad por encima de todo,
incluyéndose en ese todo, la salvaguardia de los secretos.
A esa segunda
cita se sumaron otras muchas, dándose el caso en el que, en algunos fines de
semana, tuvieron más de un encuentro, alternándose en el capítulo de
acompañantes casi todos los miembros de la pandilla, teniéndose que decir que
no hay pruebas de lo sucedido en esas reuniones; hipótesis y rumores muchos,
pero hechos contrastados, ninguno.
Pero aquellos
encuentros vinieron a que saliesen a la luz muchas realidades, tanto
relacionadas con la propia personalidad y carácter de cada uno de los invitados
a esas salidas en busca de nuevas aventuras, como las intenciones de cada uno
de ellos, así como las del bueno de Miguel, las cuales nunca quedaron claras;
por lo menos para algunos. Y fue ese afloramiento de las intenciones de algunos
de los adolescentes, el motivo principal para que empezasen las discrepancias
entre ellos. Lo que si quedó claro fue que el señor Miguel, en aquellos
encuentros llenos de risas, ocurrencias y hasta pequeñas rivalidades,
disfrutaba de aquella energía juvenil que hacía ya muchos años, por su edad, le
habían abandonado, descubriendo que aún quedaban tardes luminosas por vivir,
aunque el calendario corriera en su contra; por su mente era lógico que
habitase la idea de que uno comienza a ser viejo cuando desaparecen las ganas
de aprender, y él, con toda seguridad aprendía en cada cita algo nuevo del
grupo de adolescentes. Al mismo tiempo, aquellos jóvenes, los más sanos, amén
de disfrutar de aquellos placeres, se dieron cuenta que aquellas citas se
convirtieron en una especie de ritual, aprendiendo que la riqueza no siempre se
mide en dinero. Si se dieron o no pasos tras la línea roja que separa lo legal
del delito, eso nunca se supo en el grupo, o no quisieron saberlo, si hubieran
existido relaciones carnales, el delito por parte del señor Miguel hubiese sido
superlativo, pudiendo haber marcado a esos adolescentes, siendo señalados por
su entorno social, cuando en realidad no hubiesen sido más que víctimas.
Quedémonos en el
haber del grupo de los adolescentes con las opíparas comidas, las copas, las
risas, el hecho de hacer algo a hurtadillas, los caramelitos y los regalitos de
anillos o de cualquier otra baratija, y en el de Miguel su búsqueda de esos
aires jóvenes que perdió hacía ya muchos años.






