sábado, 20 de septiembre de 2025

LOS CARAMELITOS DEL JOYERO


Quizás el hecho de resistirme a creer que mi DNI señale que me quedan pocos años para abandonar la decena de los sesenta y enfrentarme al número siete (aunque como para muchos lo considero el número mágico) y de una manera involuntaria y desbocada, llevo unos días en los que han habitado en mi mente unos hechos que acaecieron allá por los setenta (otra vez el siete), en plena etapa de transición en la política española. Vaya por delante que no viví en primera persona los acontecimientos que, como ya apunté, están merodeando mi memoria en las últimas fechas; quizás porque añoro aquellos años de adolescencia en los que la persona goza de intenciones más libres y menos razonadas, o quizás porque me faltan algunas piezas para completar el puzle de la historia que me está invadiendo, me he visto en la necesidad de sentarme delante de la libreta, con Pilot en mano, para hablar de ella, advirtiendo que los nombres y apodos que utilizaré al referirme a las personas intervinientes en los hechos y acontecimientos que pretendo detallar, no coinciden para nada con los sujetos participantes en la historia.  


Nadie podía imaginar que la presencia rutinaria de aquel adolescente de buena planta tras la barra mugrienta de aquel tabanco, a donde lo mandaban sus padres para quítalo de la calle y de paso que se ganara unas pesetas para sus cosillas, se iba a alterar en cierta manera con la visita inesperada e inusual de un par de parejas (no de guardias civiles) foráneas que, sin que ninguno de los cuatros supieran porqué habían caído en aquella tasca de la calle Pastelería en la que todavía, por entonces, se tenía la costumbre y la necesidad, por miedo cronificado, de mirar para atrás a la hora de hablar sobre algún tema que se apartase del Betis, del Madrid, del Barcelona o de Curro Romero y Antonio Ordóñez. Se podría decir que la llegada de aquellas cuatro personas a la barra de aquel garito de la calle alférez Gaviria esquina con Cruz y Traviesa, fue por puro azar, y no por preguntar por el vecino de enfrente, el zapatero culto, Pepito el de Elisa, con el fin de pedirle alguna cuarteta carnavalesca.

Pues bien, aquel chaval de buena planta con jeans de marca Lois marcador de muslos y glúteos, avispado como el que más, obnubilado por los escotes atrevidos que lucían las dos señoras o señoritas, en un principio no se percató que dos pares de ojos masculinos no dejaban de observar todos sus movimientos, tanto detrás de la barra como cuando su jefe lo mandaba a recoger los vasos que mendigaban por las mesas de madera de tijeras que se encontraban en un pequeño salón.

      Jefe —dijo Miguel, uno de los hombres, el más extrovertido, al dueño del tabanco—, ¿nos pone dos copas de manzanilla y dos Mirinda?

      Ahora mismito le sirve el zagal. Perico —dirigiéndose al chico de los jeans ajustados—, dos manzanillas y dos Mirinda para esta familia.

Perico, algo nervioso al no haber podido superarse de la panorámica a la que no estaban acostumbrados sus ojos, cogió los dos refrescos de la nevera repleta de trozos de hielo que a primera hora había traído del despacho, situado varias casas más arriba, que se encargaba de proporcionar a todos los bares del pueblo en grandes barras, poniéndolos ya destaponados delante de uno de los dos hombres.

      Guapetón —dijo Miguel dedicándole una mirada aliñada con cierta carga de lascivia que Perico no supo interpretar—, las Mirinda son para las dos señoritas.

Perico, tras acercarles a las dos señoritas los refrescos y traerles un par de vasos largos de marca Duralex, sirvió las manzanillas con mano temblona en dos chatos con ciertos vestigios de pringue.

      Chaval, ¿te gustaría ganarte un buen billete?

      Siempre viene bien, señor. ¿Y qué hay que hacer? —respondió Perico más nervioso aún que cuando recibió la mirada que no supo interpretar.

      Muy sencillo, acompañarnos a dar una vuelta para enseñarnos lo más bonito que tenéis en el pueblo.

En un pispás, y tras tener el beneplácito del dueño del bar, Perico, en compañía de Miguel y sus acompañantes, comenzó su primera experiencia como cicerone, eso sí, sin conseguir que los nervios le siguieran atenazando, y siempre bajo las miradas interrogantes y comentarios de los paisanos con los que se cruzaban o que, apostados en la puerta de algunos de los baretos, murmuraban sobre toda mosca que pasara. Serán amigos del hermano que se fue a Coslada —decía uno—; no, hombre, por el acento que tienen más bien parecen gaditanos, amigos del pariente que se fue a Cádiz —decía otro—; y así un comentario tras otro, todos ellos sin base alguna. Y mientras pasaban por un monumento tras otro, Miguel hacía todo lo posible por quedarse a solas con Perico, y aunque no está probado ni hay base alguna, no cabe otra que en una de esas ocasiones le hiciera alguna propuesta que llevara, sin ningún tipo de contraprestación a cambio, que volviesen a quedar pero ya sin la compañía de sus acompañantes, a lo que el bueno de Perico, ya con el billete prometido en el bolsillo trasero de su jeans, con toda seguridad, sabiendo, digo yo, por los acontecimientos sucedidos tras ese primer encuentro, aceptaría el verse siempre que fuese acompañado de algún amigo suyo del pueblo.

Lo que es verdad es que una semana más tarde, y a la altura de la primera de las entradas al pueblo de la antigua carretera Nacional 342 en sentido ascendente, en la zona conocida en el pueblo como la Fábrica, Miguel, conduciendo un Seat 1430, aparcaba en el andén donde le esperaba Perico en compañía de dos amigos de su misma edad, montándose los tres en el vehículo.

      Móntate tú delante —le decía de forma repetida Perico a Jacinto—, que yo me mareo delante.

Que si uno que si otro, que al final fue Carlos el que acompañó a Miguel en la parte delantera del vehículo. Los tres, unos más que otros se dejaron atrapar por el nerviosismo, siendo Carlos el que llevó la voz cantante en la conversación con el conductor, quien, ducho en la situación que se estaba viviendo, trató de tranquilizar a sus tres viajeros, proponiéndoles invitarles a comer en la localidad de El Bosque. Dicho y hecho. Los tres chavales no se habían visto hasta ahora sentados en un restaurante pidiendo a la carta lo que a ellos les apeteciera.

      Pedir lo que se os apetezca, y solo os voy a pedir una cosa, que no miréis el precio de los platos.

Ellos no se podían creer lo que estaban viviendo, hasta el punto que, aprovechando que Miguel tuvo que acercarse hasta los aseos para darle descanso a su vejiga, comenzaran a parlamentar entre ellos, extrañándose de todo lo que les estaba sucediendo.

      Yo no me fío ni un pelo de este —decía Jacinto—, que nadie se gasta un pastón con tres desconocidos a cambio de nada; este tío es maricón; lo que yo os diga, maricón tela.

      ¿A ti te ha puesto la mano encima o te ha dicho algo? —le contestaba Perico; además qué nos va a hacer a los tres; me pone la mano encima y le doy un meco que lo vuelvo macho.

A la opípara comida le siguió una visita a algunos bares y cafeterías desperdigados por las calles bosqueñas, estando de vuelta en el pueblo de Bornos poco después de haber anochecido, despidiéndose y quedando para dentro de una semana.

Los tres, ya en suelo bornicho y observando como se alejaba el 1430, comenzaron a comentar todo lo sucedido durante la jornada de convivencia, que es como la calificó el mismo Miguel antes de despedirse, siguiendo sin creer la jornada que habían tenido a puro capricho, como dijo entre risas el pillo de Carlos. “Esto ni una palabra a nadie” fue la frase que repitieron los tres una y otra vez de camino al embarcadero, lugar donde se reunía la pandilla todas las noches de verano, promesa harta difícil de cumplir, como bien se vio en la mañana siguiente en el bar de Rafael primero y tras el encuentro diario que tenían tras la sobremesa en el merendero de los jardines del palacio de los Ribera.

      Pues la próxima vez me apunto al viajecito —le decía José Francisco a Jacinto—, que en el coche cabemos cuatro; donde caben tres caben cuatro.

      ¿Y a ti quién te lo ha contado?

      El Perico; bien sabes que él y yo somos uña y carne.

      Bueno, a mí me da igual, pero no se lo comentes a nadie más —conversación que tuvieron mientras compartían un forraje en el bar de Rafael.

Lo que no supo Jacinto en un primer momento, pues no asistió ese mismo día al encuentro en el merendero, fue que ya, por lo menos, había dos miembros de la pandilla que se habían enterado de la aventura que habían vivido sus amigotes el día anterior y que se apuntaban para la próxima cita. La amistad por encima de todo, incluyéndose en ese todo, la salvaguardia de los secretos.

A esa segunda cita se sumaron otras muchas, dándose el caso en el que, en algunos fines de semana, tuvieron más de un encuentro, alternándose en el capítulo de acompañantes casi todos los miembros de la pandilla, teniéndose que decir que no hay pruebas de lo sucedido en esas reuniones; hipótesis y rumores muchos, pero hechos contrastados, ninguno.

Pero aquellos encuentros vinieron a que saliesen a la luz muchas realidades, tanto relacionadas con la propia personalidad y carácter de cada uno de los invitados a esas salidas en busca de nuevas aventuras, como las intenciones de cada uno de ellos, así como las del bueno de Miguel, las cuales nunca quedaron claras; por lo menos para algunos. Y fue ese afloramiento de las intenciones de algunos de los adolescentes, el motivo principal para que empezasen las discrepancias entre ellos. Lo que si quedó claro fue que el señor Miguel, en aquellos encuentros llenos de risas, ocurrencias y hasta pequeñas rivalidades, disfrutaba de aquella energía juvenil que hacía ya muchos años, por su edad, le habían abandonado, descubriendo que aún quedaban tardes luminosas por vivir, aunque el calendario corriera en su contra; por su mente era lógico que habitase la idea de que uno comienza a ser viejo cuando desaparecen las ganas de aprender, y él, con toda seguridad aprendía en cada cita algo nuevo del grupo de adolescentes. Al mismo tiempo, aquellos jóvenes, los más sanos, amén de disfrutar de aquellos placeres, se dieron cuenta que aquellas citas se convirtieron en una especie de ritual, aprendiendo que la riqueza no siempre se mide en dinero. Si se dieron o no pasos tras la línea roja que separa lo legal del delito, eso nunca se supo en el grupo, o no quisieron saberlo, si hubieran existido relaciones carnales, el delito por parte del señor Miguel hubiese sido superlativo, pudiendo haber marcado a esos adolescentes, siendo señalados por su entorno social, cuando en realidad no hubiesen sido más que víctimas.

Quedémonos en el haber del grupo de los adolescentes con las opíparas comidas, las copas, las risas, el hecho de hacer algo a hurtadillas, los caramelitos y los regalitos de anillos o de cualquier otra baratija, y en el de Miguel su búsqueda de esos aires jóvenes que perdió hacía ya muchos años.

 

 

miércoles, 12 de marzo de 2025

EL MORLACO

 

Eran las cinco de la tarde, media hora más tarde de la programada en el cartel anunciador. Todos expectantes del resultado, y eso que los más allegados no recibieron ningún tipo de comunicación sobre la celebración del evento; el porqué solo el artista es conocedor de la verdad.  


Y allí estaba él. Taciturno y concentrado, a porta gayola, esperaba el desenlace de la faena. De reojo, pudo divisar la sombra del morlaco; solo un pitón; pero vaya pitón, superando con creces en extensión la que hubiera tenido en el caso que al que estaba esperando fuese un corniabierto. Pero eso no le atemorizó, siguiendo a porta gayola esperando el desenlace.

La espera estaba pudiendo con él, comenzando a verlo todo negro y borroso; negro, muy negro; largo, demasiado largo. Comenzó a no controlar sus pensamientos, pero sin que el color negro lo abandonase. Quiero coloretes rojos —pensaba a duras penas—, rojos, muy rojos; y en los pómulos. No me retiréis del pasacalle —alcanzaba a decir balbuceando—, que aunque llueva no me mojo; pito de caña, bombo y papelillo; no me saquéis.

No te muevas de la posición fetal —fueron las últimas palabras que oyó sin siquiera ya pensar en el morlaco negro.  

Ya en sí, a medias, con la boca seca y algo pastosa, pidió que le trajesen su cuerno. todo salió bien.                                                 

miércoles, 1 de septiembre de 2021

LA ALBORONÍA

 


Volviendo a la práctica de matar los minutos en el parking de un centro comercial (en esta ocasión al aire libre sin poner en modo ON el climatizador del vehículo), dejándome languidecer por los acordes del maestro Aute mientras le ofrecía un helado de fresa a su vieja amiga (o lo que fuese) y deseando con todas mis fuerzas que no me den las cuatro y diez (son ahora las  tres y dieciséis) en esta cada vez más larga y tediosa espera, me enfrento al garabateo de este bloc de espiral que tenía olvidado ya desde que anunciaron que comenzaba el verano. Un bloc que tantos momentos agradables me ha dado, que tantas ilusiones hizo crecer en mi interior, y que definitivamente estoy convencido que me relaja más que el tecleo del PC.

Pues sí, me es más fácil desembarcar mis ideas deslizando el Bic de punta fina comprado en la librería de mi barrio, que tener que buscar la secuencia de las teclas para plasmar en el papel las ideas que inundan en este momento mi mollera, y que cuando le despojé del capuchón al punta fina, no había ni asomo de ellas que pulularan por mi mente. Y así es. Esta punta fina, a la que hay que darle un mimo especial para que siga deslizándose con esa elegancia que le caracteriza, esa misma, y a la punta fina me refiero, en este corto espacio de tiempo se ha convertido en una perfecta extensión de mí, no sabiendo distinguir si forma parte de mi mano, de mi brazo o de mi mente.

Y sin saber porqué, ya que no ha existido una primitiva intención de hacerlo, aprovecho la ocasión para reivindicar la escritura inventiva a mano, eso sí, sin un ápice de crítica a los amantes de las teclas para plasmar sus historias y vivencias, todo ello sin poder quitarme de la mollera (me encanta esta palabra), el momento tan dulce que deben de estar viviendo mis amigos, como miércoles que es, deleitándose con una buena alboronía cocinada en una Thermomix. Por ellos, por la escritura a mano y por mi vuelta a estos ruedos, os anuncio mi felicidad en este momento. Por cierto, son las cuatro menos veintitrés. Peor podía haber sido la cosa.

 

martes, 2 de marzo de 2021

MIS SUEÑOS: LA GRAN PIRA.

 ¡Cómo he podido estar tan ciego!, ¡joder!  Cuántos años teniéndote en un pedestal, en lo más alto de mi espectro musical y poético. Cuántos momentos y vivencias teniéndote de fondo. Cuántos viajes navegando con los ojos cerrados inflándome de tus letras que tan bien conjugas con tu voz aguardiéntosa, quebrada y cavernosa.  


Todavía tengo impregnados en mi retina tus conciertos en ciudades como Jerez, Sevilla o Córdoba, o aquella otra en compañía de Serrat en Algeciras, y sin olvidar, porque fue cuando te vi por primera vez, allá por el ochenta y uno o el ochenta y dos, no estoy seguro, en tercero o cuarto de carrera, en un local que se llamaba la Mandrágora, en el barrio madrileño de la Latina, una actuación tuya en compañía de un tal Javier Krahe y otro tal Alberto Pérez, interpretando canciones de vuestra autoría y de un tal Brassens, actuación aquella primera que me sorprendió y que un par de años más tarde, casi idéntica, llegó a mis manos en formato cassette con el sello CBS.

¡Qué ciego he estado! ¿Cómo se puede llegar a casi idolatrar a un cantautor y no darme cuenta de su mensaje machista? Joaquín, me has engañado. Bajo tu apariencia de progre, has sabido camuflar entre tus versos tus verdaderos sentimientos sobre la imagen de la mujer; has sabido camuflarte bajo tu bombín de una manera magistral. y a mí me has engañado.

Pero al fin te descubrieron, al fin te quitaron esa máscara y ese gorro de pirata, los mismos que llevabas cuando diste el pregón de carnaval en mi ciudad. Y qué pena que ese descubrimiento, de hace ya más de cuatro años por parte de una profesora, una musicóloga de las tierras de Don Pelayo, no cayera en mis manos cuando se hizo, habiéndome ahorrado muchas sesiones en las que tuve la compañía de un impostor. Gracias a esas otras mujeres que han reavivado en estos tiempos ese descubrimiento y que ahora han llegado a mis engañadas entendederas.

Hoy mismo haré una gran gran pira con la cassette de la Mandrágora, y con todos tus vinilos y tus Cd´s. Y para que esa pira consuma a todo lo que huela a machismo, añadiré las canciones de Aute, de Brassens, incluso de mismísimo Dylan. Y la hoguera la avivaré con la obra de Bécquer, con la de Victor Hugo, con la de Shakespeare, e incluso con la Mandrágora de Maquiavelo. Seguro que la haré. Adiós a los mitos y a todos los autores de poemas empalagosos.


Uuuuuffff, qué sueño más horrible, qué pesadilla. Soy idiota. Pero idiota por hacer caso, por dedicarle el más mínimo de mi tiempo, aunque sea en sueños, a personas idiotas, De verdad, ya no tengo edad para soportar idioteces. ¿Dónde podría encontrar a esa musicóloga y a sus seguidoras para darle mi humilde consejo de que se aparten del saco de la idiotez? ¿En verdad existen? Como dijo aquel torero cuando le presentaron  a  Ortega, "hay gente pa to".


Pda.: el único que faltó en mi sueño fue mi Leonard Cohen. Menos mal; hubiese sido ya el colmo de las idioteces.

domingo, 18 de octubre de 2020

A LAS CHAVITAS DEL DÍA.




A las "chavitas del día", quizás antes, pertrechado con su mochila henchida de ilusión y ganas, además de toda la ropa lavada del día anterior y que secó gracias al haberla colocado junto al viejo y potente radiador que ocupaba casi la totalidad de unos de los mamparos de la habitación por la que había pagado treinta y cinco euros la noche, incluyendo cena y desayuno, salía el caminante recubierto de varias capas de abrigo como si de una cebolla se tratara, a desafiar al gélido ambiente que abrazaba el camino.

Varios eran los lemas que habitaban en su mente desde que salió hace ya más de un mes de la ciudad del Betis: "jornada a jornada" y "el camino provee". Y así es, y así siguen morando en sus pensamientos.
Pero los kilómetros, ya más de seiscientos, pasan factura, comenzando a abrir pequeñas fisuras en las piernas, en los pies y en la mente, que si no se embadurnan bien de vaselina, "trombociles" y recuerdos de momentos y de personas que en algunas que otras ocasiones lo inflaron de vida, harían peligrar su ya primitiva intención de pisar el suelo de la plaza del Obradoiro. Pero sigue; el caminante, sigue; el caminante, descubre; y sobre todo, el caminante, se descubre. 
Pero si los kilómetros dejan mella, con lo que no había contado y no ya por no haberlo pensado, era con el frío; ese frío que no habita por su sur del sur y al que no se acostumbra su cuerpo desprovisto de grasa. "Mañanita fresquita" le dicen los lugareños zamoranos, cuando él solo sabe acordarse de cómo pueden vivir los esquimales y los inuits, no dejando que el frío ártico lo lleve a la idea de desistir en su empeño. "No. Desistir no", se dice, "y menos ahora que ya tan solo me queda por comer una de la cuatro porciones de tortilla". 
Y mira hacia atrás y se da cuenta de todo lo que ha adquirido. no quiere pensarlo, pero bien sabe que el contenido de su mochila no es el mismo que con el que salió de su sur. "El camino provee" no deja de decirse desde que comenzó. y efectivamente así es. Vas recogiendo algo de allí y algo de allá, guardándolo en su mochila y buscándole rinconcitos para que no se pierdan, ya que piensa que le será  necesario en su camino. Pero también se da cuenta que si llena demasiado su mochila, llegará un momento en el que, por su peso, no podrá seguir adelante. Y es por eso por lo que a lo largo del camino andado, se desprende de alguna que otra prenda que por estar ajada, rota o simplemente por haber hallado otra igual o semejante que le hace mejor "apaño", le podían resultar perjudicial para su camino el seguir con ella. Porque lo que tiene claro, y eso lo ha aprendido en el camino, es que no se iba a poner a zurcir un calcetín, por muy encariñado que esté con él; los zurcidos no dejan de ser zurcidos. 
Y sigue caminando, recordando los kilómetros y las vivencias que ha dejado tras de sí, pero sobre todo, en los que le quedan para llegar a su objetivo. Atrás, hoy que cumple sesenta y dos, ha dejado más de seiscientos veinte kilómetros, sabiendo que los pocos más de doscientos que le restan, los va a vivir intensamente, valiéndose, claro está, del poso que le han dejado los ya recorridos.



A Capi, sencillamente por ser como es.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

EL PALOMO BUCHÓN


Realmente no lo conozco, pero sí puedo decir que la brillante idea fue de lo más nefasta. Si todas las ideas de este “cerebrito” municipal, de ese “bien pensante” al que contribuyo pagando su sueldo mensual, son tan brillantes, estamos todos los contribuyentes de este rincón sureño con el derecho de exigir a quien corresponda que se dé una llamada de atención a ese excelente ejecutor de órdenes. Pero la culpa no la tiene él; la culpa la tiene el responsable de ese ejecutor, el que tuvo esa feliz idea y ordenó que se llevara a cabo.
Y viene a mi memoria una historia que me contaron hace ya muchas canículas, y que al recordar el número aproximado de ellas, me han hecho pensar que llevo más vividas que las que me quedan por vivir. Pero no vamos a pensar en ello y vamos a seguir con la historia que me relataron, de la que tengo que decir que dudo de que fuese cierta, aunque tampoco sería de extrañar.
Me contaron que nuestro monarca Borbón Carlos III, contagiado de las ideas ilustradas que recorrieron las monarquías europeas de mediados del XVIII, y de ello pueden dar fe los vestigios arquitectónicos de los que todavía podemos disfrutar, y de acuerdo con la idea de Monstequieu de que para ser un buen gobernante hay que estar con su gente y no por encima de ella, intentó llevar a cabo una política orientada a mejorar la vida de sus súbditos, afán el suyo que le llevó a que se le pueda calificar como el monarca (y vamos a remitirnos tan solo a una etapa de la historia) más “normal” dentro del absolutismo español. Pues bien, tan profundas reformas intentó realizar y tantas obras y edificaciones ordenó a que se levantasen, que no todas se realizaron. Y no se realizaron porque aunque las ordenó, no supervisó que se hubiesen ejecutado.
Así, los actuales cicerones que recorren los rincones madrileños explicando a los turistas las construcciones erigidas en tiempo del rey ilustrado, se vanaglorian y se entusiasman explicándolas con todo tipo de detalles.
Cierto día, uno de esos cicerones, tras visitar la Puerta de Alcalá, el ministerio de Hacienda (antigua Real Casa de la Aduana) y otras tantas edificaciones levantadas durante la época ilustrada, se paró con sus turistas en plena Casa de Campo y les comentó que tenían delante de sus ojos el Palacio que el monarca había ordenado construir en honor de su fallecida esposa María Amalia de Sajonia. Todos los turistas se miraron incrédulos tras la explicación del cicerone al comprobar que delante de sus ojos no había ningún palacio, y que solo veían un enjambre de pinos piñoneros. Una de esas visitantes se dirigió al guía turístico comentándole que diese una explicación del porqué había hecho ese comentario sobre el palacio en honor de la reina fallecida, a lo que el cicerone contestó lo siguiente: “efectivamente, señora, el rey ordenó que se levantase el palacio en honor de su amada mujer, pero nunca llegó a supervisar que su orden se hubiese cumplido”.
Y lo mismo que ocurrió con la orden dada por el rey ilustrado, ha ocurrido en esta capital sureña. El responsable municipal de parques y jardines ordenó en su momento que se construyera un parque con todo tipo de árboles, salpicado en su interior de confortables bancos de madera donde el paseante pudiese descansar a la sombra de los frondosos árboles. Y efectivamente, dicho responsable municipal supervisó que los árboles se plantaron, que los bancos de madera se anclaron al suelo, pero no supervisó que exactamente encima de tres de los bancos que salpicaban el parque, instalaron tres criaderos de palomas, que a día de hoy se pierden entre ramas a la vista de los paseantes y que por la ley de la gravedad hacen que los asientos reciban de vez en cuando los excrementos procedentes de los palomares.

Y cuento esto porque hoy, cuando, un par de horas después que pasase el pelotón de limpieza del parque y dejasen impolutos los bancos, tomé asiento con la intención de, con vista a la bahía, juntar algunas letras en mi bloc, recibiendo la sorpresa en plena libreta ya garabateada, de un recuerdo fecal de algún palomo buchón. Mi reacción no fue otra que la de dejar de escribir en el asunto que me ocupaba y, tras cambiarme de banco y cerciorarme que en mis alturas solo existían ramas de un moral, escribir sobre el incidente que había sufrido en primera persona.
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