miércoles, 8 de abril de 2020

VIGÉSIMO SÉPTIMO DÍA

Vigésimo séptimo día de confinamiento descoronavizante, y las cifras están “amesetadas”, por lo que mejor es no hablar de ellas. De lo que sí hay que hablar es de nuestro confinamiento, de nuestro necesario confinamiento. Hay que resistir, hay que sacar fuerza de donde no las tengamos, porque si queremos salir de esta, la solución pasa por el confinamiento.   Respetarlo hasta las últimas consecuencias. Es la única manera de no darle vida al bicho. Responsabilidad y solidaridad a la hora de cumplir el confinamiento es la mejor vacuna para que no se expanda el bicho, hasta que no encuentre la que lo destruya. 



Y ahora nos enfrentamos a la historia de la parisina. Adelanté ayer que hoy sería el último capítulo con el que llegaría el final, pero no ha podido ser: resultaría demasiado largo para meterlo todo en un solo capítulo. Así que hoy os puedo decir ya con seguridad que mañana sabremos la resolución final de vuestra parisina.

Fue entonces cuando con una cara de satisfacción, no menos que la que quería esconder el argentino, hecho que no se me fue por alto, el comisario Benoît Gómez, quitó, algo nervioso, según observé soslayadamente, la tapadera del canuto, inclinándolo hacia la izquierda para que mi parisina se deslizara por su interior y cayera sobre su mano.
Recuerdo hoy aquel momento como si lo estuviera viviendo. Por mi mente pasaron un sinfín de pensamientos, pero todos desembocaban donde mismo. Después de oír el relato del comisario Benoît, me había quedado bien claro que la parisina había dejado de ser mía; ya no me pertenecía. Porque sí, yo había pagado legalmente por un lienzo, como bien justificaba el contrato de compraventa que me hizo el vendedor de la galería, que seguramente estaría compinchado con el argentino, al que yo no le quitaba ojo en la sala, pero la procedencia del óleo era totalmente ilegal. No era culpable de nada, pero pierdo todo derecho de propiedad sobre esa maravilla otoñal. Mi gozo, y sobre todo el de mi esposa, solo nos ha durado unos días, pensé. 


El intento del comisario de sacar el lienzo con la mayor delicadeza del canuto para no dañar la pintura, se vio empañado por el obstáculo que le presentaron al obstruir su paso los tres documentos que lo acompañaban en su interior. Varios fueron los intentos en el vacío para que saliese la pintura pero no consiguió su objetivo. Tan nervioso se puso que exclamó con desmedida virulencia “¡apporter des coseaux!” (¡traer unas tijeras!); “perdón, ¿tenéis unas tijeras?”. Todos nos extrañamos porque lo más lógico era que allí en aquella sala nadie tenía porqué llevar unas tijeras, pero comprendimos también que el estado de excitación del comisario Benoît por ver de una puñetera vez la pintura a la que había dedicado más de dos años de su vida para localizarla, justificaba su petición. “Tijeras no tenemos, comisario, pero le podría valer esto”, dijo el inspector Palomo sacando del bolsillo su navaja multiuso y haciéndosela llegar. Yo observaba atónito lo que estaba sucediendo, aunque recuerdo, y todavía hoy no me explico el porqué, que no le quitaba ojo al argentino, como si pensara que ante el interés de todos por ver fuera del canuto a la pintura, aprovechara para salir corriendo, estando preparado para que si así sucediese, hacerle un placaje a estilo rugby como lo hacía un amigo mío que practicaba ese deporte y que se llama Juan Antonio Caro. 

Benoît cogió la multiuso en su mano, analizándola y viendo cuál de sus hojas era la más apropiada para seccionar longitudinalmente el canuto y así sacar la que ya era su parisina; eligió la más larga y fina. Con mucha sutileza colocó la punta de la navaja en el extremo del canuto y procedió a cortar. “Pardón, mon comissaire”, intervino el capitán Gayangeau; “le carton nous servira à le transporter; mieux vaut ne pas couper; me permettrez-vous (el cartón nos servirá para transportarla; mejor no cortar; ¿me permite usted?), extendiendo la mano para coger el canuto. El comisario, comprendiendo al capitán se dejó llevar por sus indicaciones. Enseguida el capitán comenzó a manipularlo y sin saber cómo, comenzaron primero a salir los contratos de compraventas y por fin el óleo hecho un rollo. Sin dejarlo salir al completo, el comisario lo asió delicadamente y lo extendió a lo largo de la mesa. En nada de tiempo su expresión pasó de la más apasionante y gozosa al rostro más iracundo y colérico que nunca había observado yo; todo lo contrario que el cambio del rostro del argentino, que cuando vio la parisina desplegada en la mesa, se infló de vitalidad. “¡Merde, merde, merde; Qu'est-ce que c'est?” (mierda, ¿esto qué es?). La cara de Benoît se inundó de impotencia y de ira, la de Palomo de incredulidad y no entender nada. La sala entera se inundó de dudas y agotamiento mental. Cuando el comisario, que era un entendido en arte, vio la parisina extendida en la mesa, exclamó, “ni esto es un Lautrec ni esto es nada. Esta pintura no vale absolutamente nada; los cafés que me tomé esta mañana en el aeropuerto valen más que esta merde. ¿Dónde está el Toulouse-Lautrec, coño?”, yéndose para Antonio Saavedra, el argentino, y zarandeándolo hasta que su capitán se lo quitó de la vista.
Mientras todo aquello sucedía en la sala, la respiración del argentino volvió a ser más sosegada, como viendo un futuro más halagüeño, más favorable a sus intereses. Y eso lo percibí perfectamente. Los hombros habían dejado de estar caídos, los ojos se le iluminaron y el rictus de su cara que hasta ahora solo mostraba amargura, le cambió por completo. Algo sucedía en la sala que nadie lo percibió.

No quiero ser pesado en mi reiteración, pero no hay que olvidar eso de “SEGUIR EN CASA”. Y recalco: seguir en casa; se está demostrando que es la mejor solución para que el puto virus no te haga compañía. Castigo a los desaprensivos. Ya queda menos.


martes, 7 de abril de 2020

VIGÉSIMO SEXTO DÍA

Vigésimo sexto día de confinamiento descoronavizante, y hoy, en este preámbulo del capítulo diario, solo quiero recalcar los términos solidaridad y responsabilidad, ya que no quiero volver a caer en esa dinámica que tanto critico. Vamos en el mismo barco y tenemos que remar todos por igual. 


Y ahora vamos a entrar con nuestra parisina que si mi mente no me traiciona, creo que estamos en la penúltima entrega antes de llegar al final.

"Pasaron la noche en Madrid y han tomado el primer vuelo de esta mañana. Espero acabar antes de mediodía con este asunto”, a lo que yo le contesté con un irónico “he pasado la noche muy bien ; gracias”.
Entramos los dos en la sala que sirvió de interrogatorio el día anterior y aunque su decoración todo en blanco ayudaba a que de sus paredes se desprendiera frialdad, esa mañana, sin resultarme acogedora, no me causó, quizás por la familiaridad de lo vivido el día anterior, tanto rechazo glacial. Allí se encontraban, todos de pie, el argentino, el subinspector Álvarez y el agente en prácticas; incluso encima de la mesa se encontraba en posición vertical, el canuto de cartón, habitáculo de mi parisina, que tengo que reconocer que sentí la curiosidad perentoria de volver a deleitarme con sus colores otoñales. El argentino, como resultado de haber pasado peor noche que yo, presentaba un aspecto desaliñado, con la camisa, debajo de su chaqueta, a medio remeter en el pantalón, que al igual que la Armani, parecían una pasa de las arrugas que habían cosechado durante toda la noche. Los ojos rojos, de no haber dormido, los párpados como inflamados y los mofletes colgantes, junto a su figura oronda, le daban un aspecto que rayaban la morbidez. Aun así, se mantenía en sus trece de no contestar sin la presencia de su abogado, a una batería de preguntas que le hizo el inspector. 


Acaba de tomar tierra el vuelo procedente de Madrid, confirmándome que en la lista de pasajeros vienen los nombres de los dos agentes que me pasó ayer”, dijo Rafael Galán dirigiéndose a Palomo, abriendo la puerta sin llamar y sin un saludo previo, actitud la suya que nos chocó un poco a los allí presentes, y que supo enmendar enseguida con un “perdón” y unos “buenos días”, dando a continuación una explicación que en cierta medida justificaban su entrada en la sala. “Traigo otra noticia”, siempre dirigiéndose al inspector, pero con un entusiasmo algo infantil y atípico de todo un responsable de la seguridad de un aeropuerto. “Me confirma mi colega del aeropuerto Charles de Gaulle, que hace unos días, en la lista de pasajeros del vuelo Buenos Aires - París, llegó un tal Antonio Saavedra, nombre que coincide con uno de los pasaportes que encontró usted ayer en el neceser”. “Gracias Rafael”, contesto el inspector,”buen trabajo”. No me pude reprimir. “Y con las iniciales, AS, del pañuelo que llevaba en la chaqueta. Aunque esta apreciación mía puede ser pura coincidencia”, lo que me valió otra de las miradas asesinas del porteño, y a las que ya me estaba acostumbrando. También recibí otra de Palomo, pero la suya como diciéndome que no se me iba una. “Álvarez, acércate a la salida de pasajeros y recibe a los colegas franceses. Entiendo que tienes los nombres, ¿no? “Sí, jefe”. Intervino nuevamente el jefe de seguridad, al que parecía que la historia le estaba dando vida, buscando cada vez más protagonismo. “Inspector, si le parece bien, y si todavía no han bajado del avión, puedo acompañar al subinspector en mi coche hasta pie de escalerilla y recoger allí a los agentes franceses”. “Lo veo perfecto, Rafael; mejor incluso. Gracias por su interés”.
Sobre unos veinte minutos tardó en llegar a la sala la comitiva franco-española, tiempo suficiente en el que el inspector Palomo trató sin éxito alguno saber el verdadero nombre del argentino, así como conseguir una explicación razonable sobre la cantidad de dinero en dólares que llevaba en la maleta. “No hablaré sino en presencia de mi abogado” fue la única respuesta que consiguió del que para mí, ya, se llamaba Antonio, hipótesis que se confirmaría con el tiempo. 
Llegaron por fin los agentes franceses en compañía de Álvarez, quedándose fuera de la sala, muy a su pesar, pero sin que nadie se lo tuviera que indicar, el jefe de seguridad. Saludos efusivos y presentaciones. Comisario Benoît Gómez y capitán Jean Gayangau, los dos, aunque con acento propio galo, hablando casi perfectamente el español. Antes de desprender a mi parisina del canuto en el que tanto tiempo llevaba presa, el comisario Benoît explicó muy sucintamente pero con una claridad meridiana el porqué de su estancia allí y la historia del lienzo que yo me había traído desde Paris. “Messieurs, la cuestión es bien sencilla. Hace un par de años, fueron robados de una colección personal, cuatro cuadros de gran valor, dos Manet, un Renoir y un Toulouse-Lautrec. Los tres primeros fueron encontrados a los pocos días, pero del Toulouse-Lautrec se perdió la pista. Hace cuatro meses, por fin encontramos algunos datos sobre tres miembros de una banda de traficantes de arte, entre los que se encuentra le monsieur Saavedra, señalando al argentino, haciéndole un seguimiento vía Interpol a los tres. Sabíamos quienes eran pero no teníamos localizado el Toulouse. Por fin hace menos de un mes tuvimos noticias del paradero del lienzo en una de tantas galerías de arte que hay en le quartier de Montmartre, concretamente una situada en la calle de Mont Cenis“. Le interrumpió el inspector Palomo. “Perdón, Benoît, y ¿por qué no lo recuperasteis en ese momento y una vez con ella tirar de la cuerda hasta encontrar a los culpables?”. “Tiene su explicación, inspecteur, nos la jugamos. Hay varios cuadros desaparecidos desde hace ya algún tiempo y pensamos, bueno, estamos casi seguro, que esta banda se encuentra detrás de sus robos. Pues a lo que iba, nos la jugamos. Supimos esperar”, dijo Benoît, cogiendo entre sus manos el canuto que todavía seguía en posición erguida en lo alto de la mesa, para a continuación acercarse hasta el argentino y darle un par de golpes en el hombro, no muy fuertes con el canuto. “Conocimos que querían sacarlo de la France de la manera menos sospechosa posible. Hace unos días supimos que le monsieur Saavedra viajó desde Buenos Aires para, vía España, sacar la obra de arte aprovechando la venta de la pintura a un simple turista (señalándome a mí con el canuto) profano en el mundo del arte”. Yo asentí con la cabeza porque en verdad, y lo reconozco a estas alturas de mi vida, no tengo ni la más pajolera idea de arte; y menos por entonces. “Hicimos un seguimiento estrecho a ce monsieur desde que dio el anticipo hasta que volvió para completar los setecientos francos que pagó por la obra; al mismo tiempo, le monsieur Saavedra, desde que llegó a París en compañía de una señorita, Anne-Marie Gil, también de la Argentina, fue sometido a un estrecho seguimiento. La tal mademoiselle Anne-Marie, que por cierto está detenida, declaró que hizo cierta amistad con su señora, mirándome nuevamente, para saber todo lo referente de vuestro regreso a la España. Y así de sencillo. No sé cómo llegó la pintura a manos du monsieur Saavedra, entendiendo que comprándosela a beaucoup plus (mucho más) de lo que se pagó por ella, ¿no?”, dirigiéndose a mí, a lo que yo contesté que “así fue”. “Y como decís en la España, colorín colorado esta fábula se ha acabado”. Fue entonces cuando con una cara de satisfacción, no menos que la que quería esconder el argentino, hecho que no se me fue por alto, el comisario Benoît Gómez quitó, algo nervioso, según observé, una de las dos tapaderas del canuto, inclinándolo hacia la izquierda para que mi parisina se deslizara por su interior y cayera sobre su mano.

Dedicado a tod@s l@s mayores que tan estoicamente están resistiendo el envite.

No quiero ser pesado en mi reiteración, pero no hay que olvidar eso de “SEGUIR EN CASA”. Y recalco: seguir en casa; se está demostrando que es la mejor solución para que el puto virus no te haga compañía. Castigo a los desaprensivos. Ya queda menos.


VIGÉSIMO QUINTO DÍA

Vigésimo quinto día de confinamiento descoronavizante y estoy comenzando a preocuparme, a preocuparme mucho, mucho, mucho. Pero, aunque el problema lo tenemos encima y es real y de muy difícil solución, esta preocupación no viene dada por la pandemia del COVID-19, que en España, según los números de estos dos últimos días, parece que la curva ha dejado de llevar tendencia ascendente. Estoy preocupado por el clima de crispación que estamos viviendo en la prensa y en las redes sociales. 
Es inadmisible que en una sociedad que se jacta de demócrata, hayan olvidado que la solución para salir de esta pandemia no entiende de partidos políticos ni de creencias, no entiende de votos ni de poner zancadillas al que me quite la posibilidad de conseguir puestos relevantes en la administración para mí y mis amiguetes. No se dan cuenta unos y otros, otros y unos que lo único que están fomentando es la vuelta a aquella realidad social que tanto nos menguó, la de las “dos Españas”. ¿Nadie ha pensado que cuando se venza al puto bicho este, el gran problema con el que nos vamos a enfrentar va a ser el de la recuperación económica? ¿Y no se dan cuenta que lo que están haciendo ahora es calentar el ambiente para que el pueblo no esté lo suficientemente predispuesto a llevar a cabo esa recuperación? Pues a ver si se enteran de una puñetera vez unos y otros, otros y unos. Dejémonos de analizar la paja y vamos a centrarnos en el grano. 


Y ahora nos vamos a enfrentar a narrar los últimos coletazos de esta historia de la parisina, que ya no sé si es mía, del argentino o es de vosotros.

Entonces, ¿cuál es tu verdadero nombre?”, gritó Palomo perdiendo los modales. “No hablaré sin la presencia de mi abogado”.
Quién me iba a decir a mí que la compra de un óleo como otro cualquiera, por muy bonita que fuera mi parisina, iba a traer tanta cola, que un tío orondo con aspecto bonachón y bien vestido pudiera encerrar tanto y ser tan hijo de puta; está claro que las apariencias engañan, y que a mí, al no estar en guardia me cogió en total fuera de juego. Lo que no esperaba el porteño este de los cojones es que cuando me puse “el puñal en la boca” y la cinta en la cabeza al estilo Rambo, le iban a llover los problemas; ni él ni los cuatros peces gordos que con toda seguridad se encuentran detrás del comercio ilícito de obras de arte. 


El inspector Palomo, con un poquito de ayuda mía, había solucionado la falsa identidad del argentino, además de un posible intento de tráfico de divisas, pero a esas alturas ya del día, sin haber cenado siquiera, se encontraba sin aclarar la verdadera identidad del óleo que tantos quebraderos de cabeza le estaban ocasionando, ya que los agentes franceses no llegaban hasta la mañana del día siguiente. Fue por lo que decidió hacer unas llamadas telefónicas para organizar cómo íbamos a pasar la noche. De momento decidió que el argentino pasara en calidad de detenido incomunicado en los calabozos de la comisaría de policía de la avenida de Blas Infante, por lo que movió los hilos para que un par de agentes lo trasladasen hasta dicha comisaría, ordenándole al subinspector que la sala de interrogatorios con las pertenencias del argentino, incluida mi parisina, que cada momento que pasaba la veía más lejos de llenar uno de los laterales de mi salón, quedaría custodiada toda la noche por otro par de agentes, mientras ellos se retiraban a descansar a un hostal que le había recomendado Rafael Galán, allá por la Puerta de la Carne, y qué el mismo le gestionó por teléfono.
¿Y con usted que hago?, dijo dirigiéndose a mí. Sé que no es culpable de nada, que no tiene nada, absolutamente nada que ver con lo que haya detrás del dichoso óleo; pero como comprenderá, no puedo dejarlo en libertad. Compréndame”. “Usted dirá, señor inspector; yo no puedo mover ficha mientras usted no lo haga; la pelota está en su tejado, pero solo le adelanto que lo de mi detención está difícil. Y le comprendo. Pero solo le pido que confíe en mí; creo que le he dado suficientes pruebas para hacerlo”. El inspector, con una media sonrisa cargada de dudas y pensamientos, captó perfectamente lo que quise decirle sin decirlo, al tiempo que vaciaba en el vaso, el medio botellín de cerveza de un tercio que le quedaba y que nos habíamos pedido, uno cada uno, en una cafetería del aeropuerto. “¿Entiendo que me propone que no le haga más preguntas y que esta noche le deje en libertad?”. “Entiende bien. Y para ello le propongo que como sé que mañana a primera hora debo de estar aquí un poco antes de que lleguen los franchutis, y como mi destino está a cien kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, lo que sería un fastidio para mí, que no ponga usted pega para que se marche mi esposa con su padre y que yo me quede a pasar la noche en uno de los mullidos sillones de la sala VIP; y si se quiere cubrir las espaldas, deje a un agente en la puerta para evitar mi hipotética huída”, le dije, observando cómo por su cabeza le pasaron intenciones de hacerme un sinfín de preguntas; pero no hizo ninguna. “Así lo haremos. Pero cuando termine mañana todo esto, que espero que así sea, creo que deberíamos de hablar largo y tendido, ¿no?”. “Sin problema alguno por mi parte; hablaré hasta donde pueda hablar. Solo le digo que ha actuado correctamente, porque si hubiera decidido llevarme al calabozo con el puto argentino, puede que le hubiese llamado personalmente su Director General”, le dije sin ningún tipo de recochineo; todo lo contrario. Confirmé con su decisión lo que ya había pensado durante el interrogatorio, que jugábamos en la misma liga; y cuando sucede eso, en muchas ocasiones sobran las explicaciones y la palabras.
Nos despedimos con un fuerte apretón de mano y yo me dirigí a la sala VIP a pasar la noche con un sandwich y una segunda cerveza, después de despedir a mi esposa y a mi suegro.
La verdad fue que aquella noche, a pesar de lo cansado que me encontraba, apenas di un par de cabezadas, principalmente porque había un par de parejas coreanas o japonesas, no recuerdo ahora muy bien, que cogían su vuelo a primera hora, que no dejaron de hablar en toda la noche. Lo que sí recuerdo, porque me llamó mucho la atención, es que no se quitaron ninguno de los cuatro la mascarilla que llevaban puesta, hecho este al que no estábamos acostumbrado a ver aquí en España hace unos treinta años. Sus razones tendrían. 

Y poco antes que diesen las nueve ya entraba por la puerta de la sala el inspector con ganas de tomarse un café. A esa hora ya me había tomado dos, pero le acompañé tomándome un tercero. “Los franceses están a punto de tomar tierra. Pasaron la noche en Madrid y han tomado el primer vuelo de esta mañana. Espero acabar antes de mediodía con este asunto”, a lo que yo le contesté con un irónico “he pasado la noche muy bien ; gracias”.

No quiero ser pesado en mi reiteración, pero no hay que olvidar eso de “SEGUIR EN CASA”. Y recalco: seguir en casa; se está demostrando que es la mejor solución para que el puto virus no te haga compañía. Castigo a los desaprensivos. Ya queda menos.

lunes, 6 de abril de 2020

VIGÉSIMO CUARTO DÍA

Vigésimo cuarto día de confinamiento descoronavizante y parece ser, según las cifras de ayer, que algo más ilusionante. Y me he servido del término ilusionante porque es un término que ahora que parece que nos encontramos en lo más hondo del hoyo, pero dando lo primeros pasos de subida en la pendiente, no debemos de echarlo fuera de nuestra mente. Hablé ayer de responsabilidad y de solidaridad, pero hay que hablar también de ilusión. Términos los tres que debemos y tenemos la obligación de abrazar con las mismas fuerzas que cuando damos un abrazo sincero; términos que nos sacarán del agujero en el que estamos metidos. 



Y ahora vamos a enfrentarnos a los últimos retazos de nuestra parisina, que ya es hora.

Pero el inspector Palomo supo leer en mi expresión lo que yo había sabido ver en el lenguaje gestual del argentino mientras observaba el trasiego hasta la mesa de todas sus prendas y pertenencias. Guardaba algo.
El subinspector Álvarez, que luchaba para estar en la promoción que le permitiese jugar en la misma liga que el inspector Palomo, dio por terminado el registro de todas las pertenencias existentes en la maleta de Ernesto Sanromán, volviéndose para su jefe y preguntándole con la mirada que si con eso habían terminado ya. La verdad era que, y eso no se me había pasado por alto desde un principio, a pesar de ser compañeros de grupo, no existía lo que se conoce como “feeling” entre los dos; y no ya porque uno fuera subordinado del otro; no, la cosa no iba por ahí. El hecho de esas diferencias radicaba en que mientras Palomo había sido desde que entró en el cuerpo, hacía ya más de veinte años, un hombre de calle, curtido en mil batallas en las que se jugaba el pellejo en cada una de ellas, lo que curtió, Álvarez, salvo los dos o tres primeros años de servicio, hacía también otros veinte años, siempre había sido hombre de oficina; muy educado y buena gente, sí, pero sin experiencia en casos reales en los que había que demostrar su amor por la profesión policial. Y Palomo no soportaba eso; hubiera incluso preferido que el registro de la maleta la hubiera hecho el agente en prácticas, al que le veía más sangre en las venas, pero no quiso hacerlo llamar de la puerta de la sala VIP del aeropuerto que era donde se encontraba, y tampoco dejar en mal lugar a su subinspector. “Mierda, pensó Palomo, no le corre sangre por las venas; le corre horchata”, mientras se situó entre la maleta y el argentino, dirigiéndose a él. 

“Vamos a ver, señor Ernesto, porque hemos quedado que se llama usted Ernesto, ¿no?, ya hemos revisado el contenido de su maleta y no hemos encontrado nada; aparentemente; ¿me puede usted asegurar que en la maleta no haya algo más que tenga usted que declarar?”. El argentino, con toda la seguridad que había demostrado desde un primer momento, respondió a la pregunta con un movimiento negativo de su cabeza. “¿Seguro? ¿Me tendré que poner los guantes para dar un repasito?, le conminó pegando su cara a la del detenido, quien, impasible, echó la cabeza para atrás respondiendo con un frío y casi amenazante “póngaselos”. Instintivamente, mientras se ponía los guantes de látex que sacó del bolsillo, cruzó la mirada conmigo, recibiendo, también inconscientemente, un movimiento asertivo de mi cabeza. Comenzó primero a golpear levemente con sus nudillos el fondo de la maleta, recorriéndolo todo de una manera muy minuciosa y cambiando deliberadamente de intensidad en los golpes, al tiempo que pegaba su oreja al interior, esperando encontrar algún desacorde en sus golpes. Todo le pareció normal. Pasó a continuación a repetir la misma operación con el fondo de la tapa de la maleta, teniendo el mismo resultado. Observé que durante todo su repiqueteo en los fondos me miró en varias ocasiones, aunque yo seguía centrado en la cara del porteño, confirmándome que guardaba algo. Y así fue. El inspector se centró con sus golpeos de nudillos en los laterales de la maleta, comprobando que pudiese haber una especie de cámara entre las paredes exteriores e interiores. Tras poder acceder a ella valiéndose de una de las hojas de su navaja multiusos, encontró algo que no iba buscando. “Pero si está aquí mi amigo Benjamín Franklin”, le dijo al argentino cogiendo un fajo de cincuenta billetes de cien dólares, para después seguir examinando todo el lateral de la maleta y encontrar otros seis fajos idénticos; en total treinta mil dólares. “¿Tiene algo que decir?”. “No sin la presencia de mi abogado”. Palomo en esta ocasión se quedó con las ganas de abofetearla nuevamente la cara, pero se lo pensó dos veces al reparar que Rafael Galán, el jefe de seguridad del aeropuerto, no tenía porqué ser testigo de algo que le pudiera perjudicar ante el juez: se conformó asiéndolo fuertemente por el brazo y empujándolo hasta la mesa, ordenándole que introdujera todas sus pertenencias en la maleta. El argentino comenzó a cumplir las indicaciones dadas por el inspector empezando injustificadamente por el neceser, ya que era el único objeto de sus pertenencias que no estaba a la vista, teniendo que sacarlo de debajo de alguna prenda de ropa que lo cubría. Para mí se delató, si bien yo tenía ya alguna sospecha de su neceser de cuero negro Pierre Cardin cuando lo sacó de la maleta el subinspector Álvarez, observando que cuando lo hacía, su propietario siguió con un interés especial el movimiento desde la maleta hasta la mesa. 

No pude reprimirme. “Bonito neceser; de marca, ¿no?”, le dije en un notorio tono inculpatorio. Todo se paralizó en la sala. El frío volvió a adueñarse de todos los rincones. Las miradas se convirtieron en dagas asesinas, y el argentino, derrotado ya de tantos golpes recibidos, se atrincheró en su fingido valor para recibir el penúltimo de sus golpes, pasando por su cabeza que aunque le habían vencido en todas las batallas, la guerra aun no estaba perdida. Y atacó. “Cabrón boludo hijo de puta, no sabés dónde habés pisado; la repuerca de la concha de tu m......”. No llegó a finalizar la frase, pues nuevamente el inspector Palomo, esta vez sin siquiera tener en cuenta la presencia del jefe de seguridad, le abofeteó la cara sin quitarse los guantes de látex, recogiéndolo inmediatamente del suelo, tirándole fuertemente de la solapa de su chaqueta y colocándolo de nuevo delante de la mesa. Tras vaciar sobre la mesa sin ningún tipo de miramiento todo el contenido del neceser y analizar su interior, comprobó que tenía un doble fondo, abriéndolo también sin miramiento con la punta de su navaja y comprobando que en su interior había otro fajo de billetes de cien dólares y dos pasaportes, uno a nombre de Honorio Sanjuán y otro a nombre de Antonio Saavedra, aunque los dos con la misma fotografía. “Entonces, ¿cuál es tu verdadero nombre?”, gritó Palomo perdiendo los modales. “No hablaré sin la presencia de mi abogado”.

Para mi amigo Andy en su 30 cumpleaños  https://www.youtube.com/watch?v=wSCUV7ysBbI

No quiero ser pesado en mi reiteración, pero no hay que olvidar eso de “SEGUIR EN CASA”. Y recalco: seguir en casa; se está demostrando que es la mejor solución para que el puto virus no te haga compañía. Castigo a los desaprensivos. Ya queda menos.


domingo, 5 de abril de 2020

PASABA POR ALLÍ


Nunca pensé que la verbena popular con motivo de las fiestas patronales de aquel pueblo perdido de la mano de Dios, en la serranía malagueña, pudiese ser el despertar de un amor que ni el que vivieron aquella pareja de enamorados que según la leyenda terminaron volando, cogidos de la mano, por el tajo que desde entonces recibió su nombre por la hazaña que habían realizado, porque morir por amor también es una hazaña y es cosa de héroes. No solo nacen los héroes en las guerras, también nacen en el amor.
Y eso que yo tan solo pasaba por allí. 

Y allí te encontrabas, tan bella como la Venus de Milo, superando la luz que desprendía aquel sol de verano cuando no era más tarde de las cuatro y diez. Y yo, sorprendido, obnubilado por esa belleza sin parangón para mis ojos, me atreví a sacarte a bailar, a bailar un lento que tocaba entonces la orquesta, encontrado un no, pero un no deseoso de posar tus brazos sobre mis hombros, y todo por las miradas celosas del estúpido de tu marido.
Pero yo seguí allí, en aquella verbena interminable; pero seguí porque tú seguías siguiéndome con tu mirada, llegando a imaginar que sería interminablemente absurdo vivir sin tu latido. Y la fiesta continuaba, y anocheció, y llegó la madrugada. Yo, recostado en aquella barra de metal con propaganda de coca cola y tú, con la misma mirada hacia mí, quizás más intensa, en el otro extremo. Y por fin llegó el alba, ese alba que nos unió y nos hizo entrar dentro el uno del otro.
Desde entonces, no dejo de pensar que de alguna manera tendré que olvidarte, ya que entre los tres no pudimos organizarnos.


Al maestro Aute, por tantos momentos como me dio.

sábado, 4 de abril de 2020

VIGÉSIMO TERCER DÍA

Vigésimo tercer día de confinamiento descoronavizante, y la verdad es que, a pesar que ya el presidente ha anunciado que prorrogará el estado de alarma, no lo llevamos muy mal. Pero no lo llevamos tan mal porque hoy los números parecen que se están suavizando, que las medidas de confinamiento están dando su fruto, que la gente sensata, mayoría por cierto, son solidarias y responsables. Porque aunque se vea yerma y desoladora esa playa de la Victoria, sin un alma, sin ni siquiera una gaviota, me da alegría, porque cada vez que me asomo a la terraza imagino como el viento de poniente y el de levante, al unísono, dibujan en la arena las palabras solidaridad y responsabilidad, sabiendo que muy pronto seremos nosotros los que dibujaremos en la arena esas mismas palabras. Fuerza, que ya queda menos. 




Y antes de comenzar con la historia de la parisina, quiero dedicar algo más que un fuerte aplauso a todo el personal que trabajan (psicólog@s, médic@s, trabajador@s sociales, enfermer@s, auxiliares, cociner@s, limpiador@s, recepcionistas......) en geriátricos, residencias de ancianos, residencias para afectados con discapacidad psíquicas y otros centros de cuidados de población vulnerable, por la gran labor social que hacen de siempre y más ahora con personas de vulnerabilidad extrema. Ell@s son solidari@s, son responsables. Ell@s sí que son héroes.

Y como ya queda menos para resolver el enigma de mi parisina, vamos por ella.

Los dos agentes, sobretodo el inspector, se quedaron estupefactos, y yo aprecié como por la cabeza de Palomo pasaban multitud de preguntas sobre mí. “De verdad que me ha dejado usted sin palabras con sus apreciaciones; muy agudo, sí señor”.
Aunque sabía que el caso le quedaba mucho para su resolución, principalmente porque el mismo inspector era el primero que no estaba debidamente informado sobre su alcance, como bien me manifestó en su momento, lo que sí se estaba demostrando era que el Honorio era parte importante de una trama nada legal. Yo, habiendo vivido en primera persona toda la movida, por llamarla de algún modo, no tenía duda alguna de su pertenencia a la trama, pero también comprendía el papel y la situación del inspector Palomo. Él había recibido la orden tan solo de detener a un sospechoso de traficar con obra de arte, y todo a la espera que se personaran los agentes franceses que eran realmente los que conocían los verdaderos intríngulis del caso. Pero ahora se le presenta un segundo actor, que en este caso era yo, que por arte de birlibirloque, y mientras que no se demostrara lo contrario, podría ser cómplice del tal Ernesto; por muchas pruebas que presentara demostrando que el Honorio de los cojones le había comprado el lienzo, ninguna era concluyente de mi inocencia. Y yo comprendía su postura cuando me decía que no podía abandonar el aeropuerto mientras que no llegasen los franceses y se alumbrasen de alguna manera las lagunas que inundaban el caso. Así que, aunque me tocase jorobarme, no me quedaba más remedio que permanecer allí. Y en verdad era que yo estaba disfrutando con los acontecimientos que estaban sucediendo, ya que en cierta medida estaba saliendo victorioso de ellos; y sobre todo, de pasar por encima del argentino. No se me olvidará la ira reconcentrada que inundó su cara cuando, tras descubrirse lo de la chequera pegada debajo de la mesa, me dijo aquello de “la concha de tu reputa madre”. Yo era sabedor de mucho antes de estos hechos, que uno de los mayores insultos que podían proferir los argentinos era precisamente el que él me había dedicado, pero tengo que reconocer que en aquel momento, y todavía hoy cuando lo recuerdo, a mí me supo a gloria. Yo vi que fue el mayor insulto que me podía hacer, “la concha de tu reputa madre”, pero como yo fui el que lo iba buscando, porque si lo conseguía, el esparcía por todo el ambiente de la sala su derrota, pues fue el piropo más bonito que jamás hubiera recibido. Y perdona, mamá. 


Yo disfruté mientras que mi mente se encontraba absorta en probar mi inocencia, pero cada vez que abandonaba ese estado de ensimismamiento en el caso, mi cerebro se dirigía a pensar en el estado de cabreo que pudiese tener mi esposa, culpándome a mí de todo lo que estaba ocurriendo. A ver cómo le explicaba que el follón que estábamos viviendo comenzó en el preciso momento en que decidió, porque eso sí quiero aclararlo, lo decidió ella, comprar la dichosa parisina. Bueno, lo de dichosa no se lo diré a ella. Me tranquilizaba un poco que el señor Rafael Galán la autorizase a disponer de la sala VIP del aeropuerto, donde en compañía de mi suegro, que era el familiar del que hablé que venía a recogernos, podrán deleitarse con los aperitivos y frutos secos de que se disponen en dicha sala.
El sonido de unos artejos impactando la puerta de la sala en la que nos encontrábamos, vino a bajarme de las alturas de las que colgaba. Era un auxiliar de tierra del aeropuerto, Antonio Sánchez, que, por indicaciones del jefe de seguridad, quien también llegó inmediatamente detrás, traía una maleta que por su tamaño no era la más idónea para recorrer tres continentes como apuntó en su declaración el argentino. El señor Galán, tras indicarle al auxiliar de tierra que dejase la maleta encima de la mesa, invitándole a que abandonara la sala, se me dirigió pegando su cara a mi oído y me indicó que “no se preocupe por su señora y su suegro; se encuentran perfectamente en la sala VIP donde les he hecho llegar unos sandwiches y unas piezas de fruta, que por cierto, me he reído mucho con él porque es bético como yo”. También le comentó a Palomo que tenía en su bolsillo las listas de embarque de los dos vuelos y que en las dos venía un pasajero con el nombre de Ernesto Sanromán, coincidente con el nombre que venía en el pasaporte que ya le retiraron nada más bajar del avión.
El subinspector Álvarez, tras ponerse unos guantes de látex (aprovecho para recordar que son necesarios para salir a la calle en estos momentos de pandemia) de color celeste, procedió a la apertura de la maleta, después de que el argentino, con caras de pocos amigos, confirmase que era la suya, tras levantarse de la silla y acercarse hasta la mesa. El registro lo presencié sentado en la silla, pero en vez de estar pendiente de las prendas y otras cosas que sacaba el subinspector, lo hice sin quitar la vista del rostro de Honorio, al tiempo que observé también, de una manera soslayada, cómo las miradas del inspector iban a caballo entre la maleta y mi cara. Desde mi posición me centré en todos y cada uno de los gestos que apareciesen en la cara del argentino, en cada una de sus muecas, en cada uno de sus posibles tics, y sobre todo en sus miradas y en sus labios, porque de la posición de sus hombros ya no me interesaban, pues desde hacía ya algún tiempo estaban caídos, derrotados y no se podían extraer ninguna conclusión delatora de ellos. No pestañeé; aquellas largas y penosas sesiones de interrogatorios en mi periodo de formación me valieron de mucho; esas que hacen que te salga un sexto sentido y adelantarte en ocasiones a los acontecimientos; esas que no se pueden explicar, pero esas mismas que no se pueden borrar de la mente de los que las hayan sufrido. Y lo curioso de todo fue que el argentino, perro viejo donde lo hubiese, estaba más pendiente de mí que del propio registro de su maleta; todavía pienso que por entonces jugábamos en la misma división, aunque el inspector Palomo, que en un primer momento me había subestimado, no nos andaba a la zaga.
El subinspector Álvarez terminó el registro, poniendo todo el contenido de la maleta encima de la mesa, examinando prenda por prenda minuciosamente, zapatos, neceser, un diccionario castellano-francés, un plano de París y un libro, además de varias bolsas vacías, no encontrando aparentemente nada que pudiese aportar algo nuevo. Pero el inspector Palomo supo leer en mi expresión lo que yo había sabido ver en el lenguaje gestual del argentino mientras observaba el trasiego hasta la mesa de todas sus prendas y pertenencias. Guardaba algo.


No quiero ser pesado en mi reiteración, pero no hay que olvidar eso de “SEGUIR EN CASA”. Y recalco: seguir en casa; se está demostrando que es la mejor solución para que el puto virus no te haga compañía. Castigo a los desaprensivos. Ya queda menos.

VIGÉSIMO SEGUNDO DÍA

Vigésimo segundo día de confinamiento por culpa del coronavirus. Hoy no voy hablar directa y claramente del problema que nos afecta y que nos tiene confinados en nuestras casas, y no voy a hablar porque estoy muy decepcionado con algunos sectores de la sociedad que a mi modesto parecer, no están apoyando tal como deberían de apoyar. El problema que tenemos, muy grave, es de todos, por lo que somos todos los que tenemos que aportar en positivo, y dejarnos de criticar y criticar a los que le han tocado estar al frente de la gestión de este problemón en el que estamos inmersos. Sé que con esto que estoy diciendo recibiré muchas críticas, pero estoy harto que las redes sociales estén inundadas de criticas y noticias falsas sobre la gestión que se está llevando a cabo. ¿Que si estoy de acuerdo con la gestión? Mi opinión me la guardaré para cuando acabemos con esto; hasta entonces, yo aporto en positivo. Ya protestaré luego si lo tengo que hacer. ¡Señores, que hay que aportar en positivo, joder!. Sólo pido llevar a cabo dos principios básicos y necesarios en momentos como los que estamos pasando: SOLIDARIDAD y RESPONSABILIDAD. 


Bueno os cuento lo que me pasó ayer tarde. Cuando terminé el artículo de hoy de la que ya es “nuestra parisina”, subí a la azotea del bloque donde vivo a recoger la ropa que tendí horas antes. Como estaba un pelín húmeda todavía y la tarde estaba tan soleada, comencé a dar vueltas a un buen ritmo por la amplia azotea, ya que con tanto confinamiento nos estamos anquilosando. Y cuál fue mi sorpresa, que casi acabando ya, al pasar por uno de los laterales, abstraído totalmente en mi mundo, empecé a oír unos aplausos que cada vez eran más fuertes. Os prometo que no pensé en el porqué de los aplausos. Seguí dando la vuelta en la que me encontraba (cada una es de unos 150 metros) y cuando regresé nuevamente al lateral donde oí los aplausos, otra vez llegaron a mis oídos el mismo repiqueteo de palmas. Lo primero que pensé en esta ocasión fue que, como llevaba un ritmo bastante fuerte, algunos vecinos me aplaudían por ese ritmo que llevaba, y sin levantar la cabeza, a mi aire, me fui alejando de esa zona, llegando ya esos aplausos más lejanos. La verdad es que me sentí bien, ya que pensé que mis vecinos me estaban reconociendo las ganas y el empeño que estaba poniendo. Pero nuevamente volví al frontal de los aplausos y noté que ahora eran más intensos, y en esta ocasión con bocinas y carracas. Y fue cuando caí que eran las ocho. Y fue cuando pensé, “¡coño, esta gente si aporta en positivo!”. Y me sentí orgullosos de ellos. Esta gente sí son responsables y solidarios.

Y ahora vendrán las críticas. Yo, a lo mío, con la historia de mi parisina.


Efectivamente, después de probar que Honorio era dueño de un Mont Blanc y que los documentos se habían escrito con ese bolígrafo, el inspector Palomo, tras dedicarme una sonrisa acompañada de una cara con cierto estupor, me hizo otra pregunta: “ha demostrado la primera de las cosas de las que me hablaba, ¿y la segunda?
La verdad fue que, a sabiendas del follón en el que estaba metido sin partirlo ni probarlo, el hecho de ver la cara del argentino, totalmente henchida de ofuscación al probar lo de su bolígrafo, me reconfortó mucho, y más cuando tras garabatear el inspector con el Mont Blanc en un folio en blanco que se sacó de su maletín comparando la tinta con los documentos de compraventa, y hacer el comentario de “¡coño, qué maravilla; cómo se desliza en el papel el dichoso bolígrafo!; en verdad es que hay diferencia entre escribir con esto y hacerlo con un bolin o un bic”, se los puso por delante, preguntándole “¿puede negar ahora que con su bolígrafo no se escribió este documento?, ¿y puede negar que la firma que hay encima de Honorio Sanjuán no la hizo usted? “Le vuelvo a repetir, señor agente, que no conozco al tal Honorio?, le contestó de muy malas maneras, tosiendo fuerte y repetidas veces, por lo que se llevó las manos a la boca. Palomo volvió a la carga: “no le he dicho que si conoce al tal Honorio Sanjuán, lo que le he preguntado es que si usted ha firmado encima del nombre de Honorio. Respóndame, carajo, de una puta vez”. El porteño se vio cogido sin respuesta alguna, por lo que acudió al tópico de “no responderé sin la presencia de mi abogado”. Había quedado claro, por lo menos para mí, y para los agentes también, que la rúbrica que aparecía junto a la mía en el documento de compraventa era la suya; daba igual que se llamase Honorio, Ernesto o Periquito el de lo Palotes, que en verdad cualquiera sabía cuál sería su verdadero nombre.
Fue después de la negativa del argentino a no declarar sin la presencia de su abogado, y después que le diera un doble golpe en el hombro sin fuerza alguna, como diciéndole, “estás pillado, pibe”, cuando el inspector se me dirigió pidiéndome cuál era la segunda prueba de la que yo hablaba. 


Yo no quería alargar más la situación que estaba viviendo, pero era sabedor que la única manera que había para que acabase aquella pesadilla era que viniesen prontos los agentes gabachos. Aun así quería darle otro revolcón al puto porteño de los cojones, y que conste que yo no tengo nada en contra de los argentinos; todo lo contrario, me caen pero que muy bien; de hecho, mi dentista es argentino, al igual que mi compañero de pádel; vaya eso por delante. Pero el Honorio este, pensé en aquel momento, me había jodido mi viaje a París; hoy, después de recordar como se desarrollaron los hechos, tengo que reconocer que lo vivido hubiera pasado con Honorio o sin Honorio; estaba claro que estaban esperando que alguien comprase esa maravillosa y otoñal parisina; y me tocó a mí. Pero a lo que íbamos. Le contesté al inspector. “Pregúntele en que bolsillo tiene la chequera del Banco de Galicia y Buenos Aires que en varias ocasiones casi me cruza la cara con ella, demostrándome con ello su poderío económico para quedarse con mi óleo. Pregúnteselo por favor, señor inspector, porque no creo que se haya desecho de ella; iba a decir que la podía tener en su maleta, pero no, ya que las maletas se facturaron en el aeropuerto de París”. “Usted dirá, señor Ernesto, dijo Palomo dirigiéndose al porteño, ¿lleva encima esa chequera?”. “Vos sabés, porque ya lo dije antes, que no hablaré sin la presencia de mi abogado. No obstante, por referencia a vos, decir que no sé nada de esa chequera y que todo son invenciones del pibe este”, refiriéndose a mí de una forma despectiva. “Vacíese los bolsillos, ahora, y no me haga perder los nervios”. Honorio, sin levantarse de la silla y arrimado a la mesa como si estuviera buscando el calor de un hipotético brasero en invierno, se quitó la chaqueta y la puso justamente encima de mi parisina, escuchándose en la sala un “¡no!” por mi parte, “¡encima no!”. Inmediatamente el subinspector Álvarez levantó la chaqueta por el cuello con la mano izquierda mientras con la derecha cogía el lienzo y lo retiraba, dejándola caer nuevamente sobre la mesa y enrollando el lienzo con mucha delicadeza para introducirlo en su canuto. “Álvarez, enrolla los tres documentos y los introduce también en el tubo ese de cartón”, dijo el inspector, “y vacía todo lo que haya en los bolsillos de la chaqueta”. Álvarez esparció en lo alto de la mesa todo lo que encontró en los bolsillos de la chaqueta pero la chequera no aparecía. “Bolsillos del pantalón”, dijo Palomo. “Señor agente, no tengo nada; ni chequera ni nada; compruebe usted mismo”, dijo Honorio levantándose de la mesa pero sin apartarse de ella. El subinspector Álvarez registró en los bolsillos del pantalón encontrando tan solo un pañuelo blanco perfectamente doblado, que al ponerlo junto al resto de objetos personales salidos de la chaqueta, se pudo observar que llevaba bordado en azul las iniciales AS, hecho este que llamó la atención de Palomo pero sobre el que no hizo ningún comentario. El inspector lo único que hizo al ver que no aparecía la chequera fue dirigirse a mí y hacer un ademán con la cabeza como diciendo que la chequera no aparecía, que no había segunda prueba. Yo, sentado todavía enfrente de Honorio, me dirigí a Palomo rogándole permiso para hablar con el porteño, ruego que me concedió. Sentado, me acerqué todo lo que podía a la mesa, en la misma posición que tenía él y mirándolo a los ojos le dije: “señor Honorio, ¿le gustan las gomas de mascar de mi esposa? Tras la pregunta que le hice, aprecié cómo su rostro se demudaba, llenándose de ira y de rabia. Lo estaba provocando; deseaba que perdiera los nervios. Y proseguí, tirando de la cuerda, suponiendo de antemano que el inspector me dejaría tensarla todo lo que yo quisiera. “En mi tierra, allá en el sur, a los cerdos les encantan comer gomas de mascar, pero a los niños traviesos le gustan pegar los chicles debajo de la mesa; ¿usted es un cerdo o es un pibe travieso? Y ya no se pudo reprimir más, empezando a vociferar. “La concha de tu reputa madre, cabrón de mierda. Juro por mis muertos...”, y no terminó la frase porque se levantó avalándose hacia mí; gracias que el subinspector Álvarez lo redujo enseguida y lo volvió a sentar en la silla, pero ya a algo más de un metro separado de la mesa. Me dirigí a Palomo diciéndole: “señor inspector, mire debajo de la mesa”. El “hijo de puta” que salió de la boca del agente y su mano abierta impactando en la cara de Honorio casi coincidieron en el tiempo, teniendo que ser recogido del suelo por Álvarez. El argentino había pegado con chicle a la tapa de la mesa, por debajo, la chequera de la que yo hablaba, presionándola con sus rodillas y muslos, de ahí su interés de acercarse tanto a la mesa. Cometió el fallo en el momento que arrastró la silla cuando el inspector hablaba con el señor Galán fuera de la sala y todos le dábamos la espalda; no pensó que yo oyera el chirrido al acercar la silla a la mesa.
Los dos agentes, sobre todo el inspector, se quedaron estupefactos, y yo aprecié como por la cabeza de Palomo pasaban multitud de preguntas sobre mí. “De verdad que me ha dejado usted sin palabras con sus apreciaciones …............”

No quiero ser pesado en mi reiteración, pero no hay que olvidar eso de “SEGUIR EN CASA”. Y recalco: seguir en casa; se está demostrando que es la mejor solución para que el puto virus no te haga compañía. Castigo a los desaprensivos. Ya queda menos.


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