martes, 23 de junio de 2015

EL DESCAMINO DE SANTIAGO. 1ª ETAPA. SANTIAGO- O PEDROUZO



Aunque con nuestras mochilas y esterillas a las espaldas, como la gran mayoría de los que hacían invivible la estancia catedralicia, a diferencia de ellos, nosotros, por ser el primer día de nuestro periplo, nos habíamos duchado, acicalado y perfumado. No obstante, el fuerte olor a incienso que desprendía aquel botafumeiro movido por aquellos ocho tiraboleiros, mitigaba la mezcolanza olorosa producida por tan ingente número de peregrinos.
Fue de agradecer que ese día y a esa hora, y me refiero al momento de nuestra entrada, tras subir los dos tramos de escalera de la puerta del Obradoiro, comenzase el balanceo del famoso botafumeiro compostelano. Fue una manera muy halagüeña que nuestra “desperegrinación” comenzase con buen pie. Con seguridad que nuestras espaldas se agarrotarían, que nuestros pies se avejigarían y que por nuestras mentes pasarían tropecientas veces la idea de desistir en nuestro empeño de deshacer el camino, como les había ocurrido a bien seguro a la muchedumbre que en esos momentos pisaba el mismo suelo que nosotros.
Pero he de reconocer que nosotros partíamos con ventaja, ya que, nada más empezar nuestro camino, o descamino, ya habíamos conseguido lo que el resto tardarían varios días en conseguir, y esa consecución no era otra que haber estado junto a los restos de Santiago el Mayor. Y con otra salvedad que todos nosotros considerábamos muy importante, que era la de presentarnos ante los restos de tan magnánimo personaje para la cristiandad como únicamente se merecía: aseados y perfumados, y no con las imágenes malolientes y a veces nauseabundas con las que se presentaban los que consiguieron terminar su Camino particular. Estaba claro que si el alma de tan noble y generoso predicador tuviese que dar un trato especial, se lo daría a los que no perturbasen sus sueños con tufos, hedores y pestilencias, que era lo que le ofrecían la mayoría de los visitadores del Santo Lugar. Fue cuando, frente a la cripta del Santo Apóstol, me acordé de aquel consejo que me daba mi madre desde muy pequeño: “niño, que como te ven el hato (jato), te dan el trato.

Y una vez henchidos de la visita de la cripta sepulcral, con nuestro olfato todavía impregnado del incienso desprendido del majestuoso botafumeiro de más de sesenta kilos que ya había dejado de vagar por el crucero de la planta de cruz latina, deshicimos nuestros pasos por la nave central hasta la misma puerta por donde entramos, saliendo a la plaza del Obradoiro. Si gentío había en el interior catedralicio, la plaza parecía un enjambre de doloridos caminantes tendidos, “semitendidos” y sentados, a la espera de que hubiese un hueco en el interior para contribuir con sus atafagos particulares.

Y en un pispás, el grupo de “desperegrinos” comenzamos nuestro particular camino, teniendo la intención de finalizar nuestra primera etapa en O Pedrouzo, a unos veinte kilómetros de la capital Santa.
Nuestros pasos por las calles de Santiago, con el ir y venir de gente, autóctonos y peregrinos, en uno y otro sentido, no nos aportó nada de lo que veníamos buscando; más bien nos desilusionó en cierto modo. Pero esos momentos de chasco y desesperanza hay que decir en honor a la verdad que fueron escasos, ya que antes que nos diésemos cuenta nos encontramos en O Monte do Gozo, a unos cinco kilómetros de nuestro punto de partida. Fue aquí donde realmente comenzamos a sacarle partido a nuestro “descamino de Santiago”. Fue aquí donde comenzamos a ver las primeras caras de peregrinos. Eran caras desencajadas, gastadas, pálidas y descompuestas; caras que se apoyaban encima de unos cuerpos ajados y marchitos que, coincidiendo en sentido contrario con nuestro grupo, les cambió la cara como por arte de magia. Señalando hacia nosotros, observamos como la sonrisa sincera que les había abandonado seguramente desde hacía varias jornadas, se volvió a reencontrar con ellos. Los miembros del grupo, perplejos y sin poder articular palabra, nos preguntábamos qué es lo que habían visto en nosotros. ¿Sería que quisieron ver al mismísimo Santo Apóstol o es que la aureola santísima nos envolvía al grupo sin habernos percatado de ello? Y es que no dejaban de señalarnos a unos metros de distancia. Como una de nuestras consignas era de no mirar nunca atrás, nos percatamos cuando esos peregrinos llegaron a nuestra altura, incumpliendo dicha consigna, que el motivo de su alegría no era otro que por primera vez desde que salieron en su peregrinar, divisaban las torres de la catedral, y nosotros, por el camino que traíamos, estábamos en su campo de visión. O sea, que ni el Santo Apóstol se encontraba entre nuestro grupo ni su aureola nos acompañaba en nuestro “descamino”.
Entablamos una pequeña conversación entre los dos grupos, y por parte de ellos tan solo se interesaban el por qué de nuestro sentido de marcha: “que si nos habíamos dejado a algún miembro del grupo atrás”, “que si habíamos perdido algunos de nosotros la cartera” o “que si habíamos decidido retroceder hasta el albergue que se encontraba a unos escasos trecientos metros para pasar allí la noche y salir al día siguiente para terminar el camino”.

Como no se iban a creer la verdad sobre nuestro objetivo, uno de nosotros, el más socarrón, le dijo que estábamos deshaciendo el camino que comenzamos hacía ya diez días, después de haber visitado el Santo Sepulcro. Cuando oyeron eso, todos comenzaron a felicitarnos y se oyeron algún que otro “qué cojones tenéis”.
Tras despedirnos, proseguimos nuestro itinerario en cierta medida a ciegas, ya que las indicaciones que aparecían a lo largo del camino, indicaban los puntos a los que había que llegar para arribar hasta Santiago, pero nunca los que se dejaban atrás. Y esa fue la primera lección que aprendimos, que el camino de Santiago era un camino de ida, pero no de vuelta. Y nosotros, con dos coj..... lo estábamos deshaciendo: qué razón tenían aquéllos con los que nos encontramos en la cima del Monte do Gozo.
Pero como el chorreo de peregrino no dejaba de cruzarse con nosotros, nos iban marcando el camino que teníamos que seguir.
Y así fue, andados unos cinco kilómetros desde O Monte do Gozo, y sin parar de cruzarnos con peregrinos que a sus caras de extenuados se les sumaba el interrogante de hacia dónde nos dirigíamos, nos dimos de bruce con el río Sionlla, lugar que, como ya nos habían dicho antes de comenzar nuestro periplo, era utilizado por los peregrinos para acicalarse y emperejilarse en la medida de lo posible para presentarse ante el Santo Apóstol lo más digno posible (cosa que no todos conseguían; yo diría que muy pocos). Y llevaban razón. Entre los recovecos de aquel mal llamado río, pues más bien era un arroyo, lo mismo nos encontramos algunos que otros príapos buceando que algún que otro pezón femenino chapoteando con las frías aguas gallegas, y todo ello sin el más mínimo pudor: ¡ay, si el Santo Apóstol supiese de estos comportamientos!

Pero sigamos, sin detenernos en menudencias.

Continuamos nuestro desperegrinar, y un par de kilómetros más adelante, para nosotros, porque para el resto de caminantes eran más atrás, nos detuvimos en un bar que se encontraba en San Paio, aldea de la parroquia de Sabugueira. en las inmediaciones del aeropuerto. Como teníamos los estómagos con ganas de manduca, nos pedimos una cervezas que nos ayudaron a echar para abajo los bocadillos de chorizo que nos compramos antes de entrar en la catedral.
Allí en San Paio coincidimos con un grupo de austriaca que chapurraban el castellano, o más bien el castellano andalusí. Muy pronto nos enteramos que este grupo de seis vienesas habían hecho años atrás su Erasmus en las ciudades de Cádiz y Sevilla, escapándosele en más de una ocasión los “pisha” y “miarma”, propios de esas ciudades andaluzas.
Y la verdad fue que hubo lo que hoy llaman química entre los dos grupos, entre unos miembros más estrechas que entre otros, hasta el punto que las buenas vienesas tomaron la decisión de deshacer su camino y acompañarnos hasta nuestro fin de etapa, en O Pedrouzo, del que nos distaba algo más de unos siete kilómetros. Así, nuestro grupo de desperegrinos pasó de ocho a catorce como por arte de cupido (como se demostró horas más tardes), si bien las nuevas incorporaciones no podíamos calificarla como desperegrinas, ya que con toda seguridad, cuando las flechas de Eros cayesen por su propio peso, volverían a convertirse en peregrinas. El tiempo daría la solución.
El grupo de catorce proseguimos nuestra andadura y nos encontramos a los diez o quince minutos con un monolito esculpido con un bordón, una calabaza y una vieira que según nos indicaron más adelante, significaba que se entraba en el municipio de Santiago, o lo que es lo mismo, en nuestro caso, nos decía que salíamos de él.
Y nos seguíamos cruzando con peregrinos y más peregrinos que, más que extrañados por nuestro sentido de marcha, se extrañaban ya de la algarabía que llevábamos. Sin decirlo, se les leía en sus caras que no veían bien lo que estábamos haciendo. Y con toda la razón, ya que lo que llevábamos era más bien una auténtica algazara, aunque a decir verdad, no todos participábamos de ese bullicio. En ese sentido, el grupo compacto de catorce que salimos de San Paio, se fue desmembrando, siendo el caminar motivo de acolleramiento. Pero, aunque a cierta distancia los unos de los otros, pasadas las cuatro de la tarde, llegamos a O Pedrouzo.

Algo más calmados, pero deseando la mayoría del grupo que llegase la noche, nos dirigimos hasta el albergue público, encontrándonos con la noticia que estaba completo, noticia que esperábamos de antemano. Así, y sin preocuparnos demasiado, decidimos sobre la marcha que aprovechando la buena climatología, acamparíamos a las afueras, ya en el camino de nuestra segunda etapa. Como llevábamos una tienda individual cada uno (ocho en total, ya que las vienesas sólo llevaban ponchos), buscaríamos una vez cenado una buena zona donde acampar. Ahora nos tocaba refrescar el gaznate y adecentarnos un poco, por lo que convencimos a los encargados del albergue, el poder utilizar la zona de duchas y servicios.
Aseados un poco, vimos lo poquito que había que ver de O Pedrouzo y buscamos donde comprar algo para cenar y avituallarnos para la etapa del día siguiente, ya que pensábamos llegar hasta Arzúa, sobre unos veinte kilómetros.
Allí en O Pedrouzo coincidimos con muchos peregrinos renqueantes, ya que el que menos, llevaba siete días de caminatas, extrañándose todos de nuestro particular desperegrinar. Como se había extendido la noticia que veníamos de vuelta, nos elogiaban y nos preguntaban sobre lo que se iban a encontrar.
Como las mentiras tienen las patas muy cortas, cuando nos preguntaban sobre nuestro “hipotético” camino de ida, que era el que ellos iban haciendo, tuvimos que salir con la buena nueva que nuestro camino de ida no fue el camino francés, que era el que estaban haciendo ellos y deshaciendo nosotros, sino el camino portugués. Dijimos que partimos de Oporto y que los doscientos cuarenta kilómetros hasta Santiago lo hicimos en doce etapas, entrando en España por Tui y pasando por O Porriño, Redondela, Pontevedra, Caldas de Reis y Padrón hasta Santiago de Compostela. Menos mal que el que se inventó tan feliz idea había estado trabajando en Vigo y conocía bien la zona. Quedamos como reyes, siendo objeto de envidia y admiración de aquellos avejigados, en su mayoría, peregrinos.
Poco antes de anochecer, decidimos irnos hacia nuestra particular zona de acampada, rodeados de carvallos autóctonos y eucaliptos reforestados, siendo nuestra sorpresa que no éramos los únicos habitantes del bosque, ya que fueron muchos los peregrinos que no pudieron conseguir cama en el albergue municipal ni en las pensiones de la aldea.
En un abrir y cerrar de ojo, las ocho tiendas estaban montadas unas “pegaditas” a las otras, como si de un poblado de indios (de los que se veían en las películas del oeste de la Metro) se tratase. Ocho tiendas y catorce almas para dormir, o lo que fuese. Muy pronto, los dos que no estábamos acollerado, por prudencia, decidimos dar una vuelta por los alrededores a fin de que las seis parejas comenzasen su particular peregrinar. No sabíamos que tiempo durarían aquellos intercambios internacionales, pero lo que es verdad, y sin entrar en detalles, que cuando volvimos al cabo de las dos horas, dichos intercambios se encontraban en su momento de máximo esplendor. Si “Dios hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego, destruyendo estas ciudades y cuantos hombres había en ellas" (Gn 19, 27-28), esperemos que el Santo Apóstol no envíe a este bosque de robles y eucaliptos el mismo castigo. Que Dios y el Santo Apóstol me ayuden a poder conciliar el sueño en este particular bosque de robles, eucaliptos y gemidos, me dije al entrar en mi tienda de campaña.
Mañana será otro día.


sábado, 14 de marzo de 2015

EL JARDAZO.



Riéndome a carcajadas entré en casa cojeando y todo dolorido. Cerré la puerta de la calle y me apoyé en ella rememorando el fatídico momento en el que ciento ochenta y seis centímetros y casi cien kilos volaban por los aires y sufrían el mayor jardazo que nunca hubiese imaginado. Recordaba como, una vez impactado sobre el húmedo suelo, permanecía en el mismo, sin darle importancia ni al golpe, ni al pequeño charco sobre el que descansaba mi cuerpo, ni mucho menos a las posibles lesiones que me pudiese haber ocasionado el monumental jardazo que había pegado.
Lo único que me importaba en aquella posición era que alguien hubiese sido testigo de mi espectacular vuelo. ¡Qué vergüenza! -me dije- que alguien me haya visto. “Semitendido” como me encontraba, después de haberme incorporado un poco, mis ojos hicieron un rápido pero minucioso recorrido por todas y cada una de las incontables ventanas y terrazas desde las que hubiesen podido divisar mi aterrizaje forzoso. Porque, y esto coincidiréis todos y todas conmigo, cuando uno pierde el equilibrio por cualquier razón y da con el cuerpo en suelo “público”, y por regla general, le da más importancia a las posibles miradas testigos de la toma de tierra de nuestro cuerpo que a los posibles daños que hayan podido ocasionar el costalazo. Es lo mismo que cuando somos testigos de un monumental jardazo, antes de pensar en el daño que pudiese ocasionarle al sujeto del aterrizaje, esbozamos una ligera sonrisa, por no decir una sonora carcajada.
Pues eso fue lo que me ocurrió hace un par de días cuando subí a la azotea recién pintada del bloque en donde vivo. Sin haberme percibido de lo que pudiera ocurrir, las cuatro capas de pintura con resina que le habían dado, al contacto con el agua que cayó en esa madrugada, hizo que mi enorme mirador de la playa de la Victoria se convirtiese en una auténtica pista de patinaje.

Y fue cuando, apoyado en la puerta de casa, dolorido y carcajeando, mi hijo me vio y se me dirigió con rostro de preocupación, preguntándome sobre lo que me había sucedido, a lo que yo le respondí que no me había sucedido nada. ¿Cómo que no te ha sucedido nada?, si traes la cara desfigurada y desencajada. ¿Qué te ha sucedido? -repreguntó-. Yo, entre carcajadas, le respondí que había dado en la azotea un jardazo de campeonato, preguntándome él que qué era un jardazo, término que le expliqué, ya que él desconocía.
Y efectivamente, ese término de “jardazo” era una palabra que había oído yo de niño en el pueblo, pero que desde entonces ni lo había oído ni leído más. Y ya me asaltó la duda, pues por un momento pensé que dicho término pudiese ser, como otros muchos, de uso exclusivo de determinados lugares de nuestra geografía, y que son desconocidos en el resto del suelo español. Pero pensé también que, como ocurría con la mayoría de esos términos o vocablos a los que me refiero, tenían su origen o raíz en alguna palabra del castellano, que por economía del lenguaje o por similitud con otros términos, derivan en palabras que a día de hoy no están recogidas en el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua y que son propios de determinados lugares. Y fue, cuando, a la pregunta de mi hijo sobre el significado del termino “jardazo”, me incliné por la posibilidad de que su uso pudiera deberse a que procedía del término “jarda”, que en Andalucía tiene el significado de “costal”. Como al golpe que da una persona al caerse, se le llama costalazo o costalada (por lo de caerse de costado), yo quise interpretar que costalazo es lo mismo que jardazo.
Pero miren ustedes que la interpretación que yo hice sobre el origen del tan mencionado término “jardazo”, aunque fuese así, se me vino abajo cuando, con el fin de salir de toda duda, acudí a nuestro diccionario, percatándome que el tan cacareado término “jardazo” existe como tal, dándole el significado que yo le di a mi hijo.

 O sea, que lo que yo di en mi azotea, fue un auténtico y mayúsculo jardazo. Lo que no tengo claro es que alguien, desde ventana o terraza, fuese testigo del mismo.  

lunes, 9 de marzo de 2015

LA PERSONA QUE SE HIZO GRANDE TRAS ABANDONAR SU SOBERBIA.



Al leer la prensa de ayer domingo y enterarme que la buena y civilizada señora Esperanza Aguirre (lo de buena que quede claro que va con retintín, por si alguien tiene alguna duda; y lo de civilizada, también. Lo de señora no lo pongo en duda) será la candidata por el partido de la gaviota azul a la alcaldía de Madrid, se me vino a la memoria lo que me ocurrió cierto día, de cierto año ya muy lejano, y en cierta fastidiosa e inacabable guardia militar que monté en el cuartel de Infantería de Marina de San Fernando.
Y os cuento.


Como oficial de guardia militar de aquel cierto día, y lo que os voy a contar es cierto, recibí la orden taxativa del jefe del estado mayor que, debido a la visita al día siguiente de una comisión de miembros de la ONU que además de visitar el acuartelamiento iba a asistir a la entrega de mando del nuevo general jefe, quedaba prohibida la entrada en todo el recinto militar de vehículos civiles desde el mismo momento en el que recibía dicha orden hasta que se hubiese marchado, ya al día siguiente, la mencionada comisión. Yo, que en el momento de recibir la orden intuí que su estricto cumplimiento, y a la orden me refiero, podría traerme algún que otro quebradero de cabeza, conociendo las “particularidades” del acuartelamiento, hice llegar al dador de la orden, la pregunta, también con retintín, que si “ningún vehículo civil podía entrar”, a lo que me respondió con el indefinido “ninguno”; así y todo, con más retintín todavía, le pregunté nuevamente haciendo uso de su respuesta, o sea, con el indefinido “¿ninguno?”, a lo que me volvió a responder, esta vez algo descolocado, con un “ninguno” más imperativo aun.
Con ese panorama claro como el agua, se marcharon todos y nos quedamos tan solo los miembros de la guardia militar de aquel día, es decir, algo más de treinta personas.
Todo fue sin ningún sobresalto hasta que, bien entrada la madrugada, recibo una llamada telefónica del jefe de la guardia de una de las puertas de acceso al recinto, diciéndome textualmente que “un jefazo se encuentra en la puerta con la intención de entrar en el acuartelamiento con su vehículo particular; ¿le dejamos entrar?”. Yo, esperando este momento, desautoricé la entrada del vehículo, a lo que el informante me advirtió, también textualmente que “este jefazo, que viene un algo calamocano, se está poniendo algo nervioso y que está comenzando a gritar”. Yo, en mis treces, y sabiendo la que se me iba a venir encima al conocer quien era el jefazo en cuestión, comuniqué al responsable de la puerta que “las órdenes están para cumplirlas”, asumiendo toda la responsabilidad.
Cinco o diez minutos más tarde, suena nuevamente el teléfono y el mismo responsable de la puerta de acceso me comunica, también textualmente, que “el jefazo acaba de entrar a pie y me ha preguntado por el nombre del oficial de guardia”. Se lo habrás dado, ¿no?, le pregunté, a lo que me contestó que sí.
Así que allí me encontraba yo, esperando lo que tuviera que venir, al final de un largo y ancho pasillo, por el que tendría que pasar con toda seguridad el jefazo en cuestión. En pocos minutos, veo aparecer a unos setenta u ochenta metros al tan mencionado jefazo, con sutiles cambaladas en su caminar y continuos intentos por recomponer su achaparrada figura, inflándome de valor por la que me iba a caer encima. Al tiempo que se me iba acercando, ese valor del que me inflé y del que se le presupone a todo militar, parecía que se diluía. Pero no, después de ...y tantos años de aquel suceso, tengo que decir que esa pérdida tan solo fueron apreciaciones pasajeras, no descomponiéndome cuando pasó a mi altura y dedicarme, eso sí, un bronco “buenas noches” acompañado de una mirada que pudiera ser catalogada como de “perdonavidas”.
Pasado el mal trago sólo quedaba el que diesen las nueve de la mañana y entregar la responsabilidad de la guardia militar a mi relevo.
Así dieron y, como de costumbre, fuimos a hacer el relevo al despacho del jefe del estado mayor. Dentro del despacho tras pedir permiso para entrar, tanto mi relevo como yo nos encontramos con la grata sorpresa que junto al jefe del estado mayor se encontraba el mismo señor achaparrado de la noche anterior, pero ahora emperejilado con un sinfín de medallas y condecoraciones, ya que en un par de horas se haría cargo del mando del acuartelamiento. Yo me dije, “tierra, trágame”. Tras hacer el relevo y antes que abandonásemos el despacho, el de apariencia beoda de la madrugada anterior se me acercó y, textualmente, me preguntó “¿usted tiene los cojones bien gordos, no?”, a lo que yo, quizás amparándome en que la orden que yo cumplí fue dada por la otra persona que se encontraba en ese momento en el despacho, contesté con un distendido “no sé a qué se refiere usted, mi general”. Tras una sonrisa poco histriónica del tantas veces condecorado, sonrisa en la que percibí un puñado de frases no lanzadas a mis oídos, fuimos autorizados a abandonar el despacho.

Tengo que decir que en los casi dos años posteriores al incidente relatado, en ningún momento me sentí perseguido, acosado o importunado por el protagonista principal de mi azarosa noche de guardia, ni por órdenes suyas que me llegasen a través de terceras personas. Más bien tengo que decir que en toda ocasión que coincidimos o fuera por él reclamado, que lo fui para cuestiones que ahora no vienen a cuento relatar, se comportó como el más caballero de entre los caballeros.



Pues ese comportamiento tan noble y educado es el que yo le recomiendo que tenga a la buena y civilizada señora Esperanza Aguirre (y ahora ya sin retintín) con los dos policías municipales que en su día lo que hicieron fue cumplir con las normas establecidas (de cumplimiento para todo ciudadano y ciudadana), caso hipotético que salga elegida alcaldesa de la muy noble villa de Madrid, recordándole que en estos pequeños detalles son en los que se ve la grandeza de una persona.


Dedicado a mi sobrina María del Carmen, deseándole una pronta recuperación.

viernes, 27 de febrero de 2015

NO HAY CURA PARA EL AMOR (de un poema del maestro Cohen).


Como cada viernes, cumpliendo la rutina semanal, Carla se aferró en la limpieza a fondo de su salón, aunque el esmero que normalmente ponía en ello parecía que había desaparecido en este viernes negro para ella. En esta ocasión se encontraba como ida, siendo sus movimientos como mecánicos y articulados, no empeñándose en nada de lo que hacía.

Cada pelusa que sacaba con el cepillo de debajo del sofá tres por dos, era como si perdiese una esquirla de su corazón herido; con cada mota de polvo que sacudía de la mesa de su televisión de plasma de cuarenta y dos pulgadas con su bayeta de microfibras rosa fucsia, se le fragmentaba en trozos ese cielo al que en tantas ocasiones subió, y que después del último whatsapp recibido hacía hoy dos años, al que no tuvo la valentía suficiente para responder, sabía que nunca más ascendería hasta esas alturas.
Porque el amor que sintió durante tanto tiempo, fue tan real como lo eran las campanadas anunciando las doce del medio día que estaban sonando en el reloj de péndulo, y que al repiquetear, cayó en la cuenta que no le había pasado la bayeta, por lo que mecánicamente se dirigió hacia él y, también mecánicamente, lo intentó dejar sin una mota de polvo. Pero el mismo éxito que tuvo en la conservación de su amor, tuvo a la hora de dejar su reloj pendular impoluto. Ni consiguió una cosa ni consiguió la otra.
Pero a ella le dio absolutamente igual, ya que su conciencia, ahora, la estaba ayudando a que se tranquilizase, habiendo puesto tanto ahínco en una cosa como en la otra. Al igual que no comprendía cómo no pudo mantener esa relación que tan feliz la hizo, y en la que puso encima de la mesa todo lo necesario para que así fuese, tampoco comprendía cómo, a pesar de pasar una y otra vez la bayeta por la superficie pulimentada del reloj, aquellas malditas motas de polvo, no desaparecían en su totalidad. Y así, comprendió que, al igual que por mucho que hizo para conservar su amor, no consiguiera retenerlo, ahora, con las dichosas motas, por mucho que pasase la bayeta, conseguiría que se marchasen.
Pensaba ella, a veces en voz alta, que pese al doble fracaso, seguiría sintiendo locura por esa persona y continuaría deseando ver a su reloj impoluto, y que el tiempo, por mucho que transcurriera, no iba a ser un bálsamo para curar esas heridas que tanto, y ahora por partida doble, la atormentaban. Así lo pensaba y así llegó incluso a gritarlo en su amplio salón, retumbando en aquellas cuatro paredes, unos “no hay cura para el amor”, y tras mirar de soslayo su reloj de péndulo, unos“no hay remedio para eliminarlas”.
Pero, ¡qué coño!, se dijo. ¿Cómo voy a comparar la pérdida de la persona que me dio durante tanto tiempo la vida, con la imposibilidad de eliminar esas dichosas motas de polvo? Sonrió de cara a su vacío salón, y tras conseguir aparcar en su maltrecho corazoncito los pensamientos sobre la persona perdida, se dirigió hasta el mueble donde guardaba entre otras cosas, bayetas y paños de limpieza, cogiendo una gamuza de algodón de color azul, que humedeció ligeramente, comprobando inmediatamente que fue el mejor remedio para la eliminación de las rebeldes motas.
Las motas habían desaparecido por fin, pero el dolor en su mente y en su corazón seguían presente, y cada segundo que transcurría, más la añoraba y más la necesitaba tener delante de sus humedecidos ojos. Tras sentarse en el dos, precisó verla junto a ella; le urgió recorrer su cuerpo desnudo y hurgar en su pensamiento; hacerla suya. Pero nuevamente comprendió que aquello era imposible, volviendo a gritar esa frase que tanto la estaba acompañando: “no hay cura para el amor”.
¿Y por qué no hay cura para el amor?, se preguntaba. ¿Por qué el hombre ha llegado a la luna, no para de dar vuelta alrededor de la Tierra, está preparando un viaje a Marte, y no ha podido descubrir un elixir para los corazones destrozados? ¿Por qué la Biblia en ninguno de sus versículos, ni el Corán en ninguna de sus aleyas o ni siquiera en ninguno de los cuatro libros de Confucio, se recogen una sola pócima para el mar de amores? ¿Por qué -seguía preguntándose- no consigo vaciar mi pensamiento y comenzar nuevamente a pensar pero ya sin ti, sin tus despertares, sin tus manos, sin tu pelo, sin tu reloj y sin tu cepillo? ¿Por qué no consigo dejar de verte en mi bodegón, en mi lámpara de catorce brazos o en mi centelleante, ahora, reloj de péndulo?

¡Coño!, ¿por qué no hay cura para el amor?
https://www.youtube.com/watch?v=puzpyo_WSnk

jueves, 26 de febrero de 2015

CANDYCRUSHEANDO.



A pesar que no me habían hablado muy bien de ella, llegando incluso a tildarla de tiparraca, calificativo éste que yo no compartí cuando así lo hicieron, tengo que decir que a mí no me caía muy mal; las cosas como son, pero no me caía del todo mal. Incluso tengo que decir que a veces, sólo a veces, me resultaba simpática, resolutiva y me caía hasta bien; pero que conste, solo a veces.


Y me caía bien (solo a veces) por una serie de hechos que, en cierta medida, hacían que se me acercara. Y os cuento.

Me caía simpática por haber nacido el mismo día que mi hermana, hermana que aprovecho para, con el permiso de vosotros lectores, mandarle un beso. O sea, que al igual que mi hermana, ya está en edad de jubilación.

Me caía simpática porque, aunque no lo parezca, es paisana de una de las personas más íntegra, humanitaria y responsable que conozco, y que al igual que ella, también es licenciada en Derecho; también en este caso, y al igual que hice con mi hermana, aprovecho para mandarle un beso a esa persona, que no es otra que mi amigo Paco.

Y por ultimo, me caía simpática porque nació en el mismo pueblo, Arroyo de la Miel, en el que muchos paisanos y algunos familiares míos dejaron en su día su semilla, convirtiéndose en auténticos benalmadenses, paisanos de la persona que hasta ahora me caía simpática. Y antes de seguir, aprovecho esta ocasión para mandarle un fuerte beso a todos esos bornichos, porque yo soy bornicho, que en su día se establecieron por cuestiones de trabajo en Arroyo de la Miel.

Pero ya no me cae bien esa persona. Yo diría que le tengo hasta tirria, mucha tirria. Y le tengo tirria, no porque la hayan pillado en “plena jornada laboral” jugando al jueguecito ese de Candy Crush de los cojones (perdón), que al fin y al cabo, jueguecito éste o jueguecito otro, es para lo que sirve. O por lo menos es lo que ha demostrado ella, al igual que la mayoría de sus compañeros de “trabajo”. O sea, que no me ha cogido de sorpresa que la hayan pillado “Candycrusheando”.
Yo, por lo que realmente le tengo tirria, y lo digo a todos vosotros lectores, es porque he visto que la señora Villalobos, doña Celia, va por el nivel 447 del Candy Crush ese, y yo, después de más de dos años, tan solo he podido llegar al 149. Vamos a ver, señora Celia, ¿qué coño (perdón) has hecho para llegar a ese nivel, cuando todos sabemos que tú en tu “trabajo” estás tela de ocupada y comprometida? Dímelo, Celia de mi alma.


Esperando respuesta, y al igual que hice con mi hermana, con mi amigo Paco y con mis queridos paisanos que ahora lo son tuyos, te mando un beso, "trabajadora y responsable Celia".


martes, 24 de febrero de 2015

EL PUENTE OLVIDADO



Hoy lunes, tras dejar atrás a una intensa, para mí, Doña Carnal, y después de deleitarme en la plaza de San Antonio con la fragancia, porque para mí es una dulce y deleitosa fragancia, del incienso “presemanantero”, visité una terraza cubierta con vista a mi bahía gaditana, en la que, impropio de cualquier persona con cordura con más de once lustros a sus espaldas, me dejé llevar por las exquisiteces gastronómicas que me ofrecieron. Reconozco que mi actuación glotona es para no volverla a repetir, y más cuando de horario de cena se trate, pero me dejé llevar por las elegancias culinarias que me presentaban y sobre todo por la deleitosa y placentera panorámica con la que estaban disfrutando mis ojos.


Así fue.

Con las luces de obra del nuevo puente a mi izquierda, el de la Constitución o la Pepa, y con el resplandor de los focos de los vehículos que entraban o salían de la ciudad transitando el puente José León de Carranza, a mi derecha, recibí la visita de mis amigas las musas que, como fiel cumplidora de sus promesas, ya que me advirtieron que mientras no ardiesen el dios Momo y la bruja Piti no volverían a visitarme, inundaron mi mente. Y fue entonces cuando, viendo la imágenes de los dos puentes, uno en construcción y otro vetusto y plagado de remiendos, caí en la cuenta de lo injusta que es la vida. De lo injusta y de lo abusiva que es a veces. De lo abusiva, de lo irrazonable y de lo olvidadiza que es.
Pero no, ¡qué jolines! La vida no es injusta, ni abusiva, ni mucho menos es olvidadiza. Somos las personas las que provocamos que las injusticias, los abusos y los olvidos hagan que la vida que vivimos, sea, a veces, inaguantable e insoportable.
Pero mientras que para lo injusto y lo abusivo, aparentemente, la sociedad ha creado unos mecanismos y unas normas, cuyo cumplimento llevarían a que la vida se viese descargada de esos atributos y calificativos que la hacen, como ya dije antes, inaguantable, el olvido es un comportamiento humano que, cuando es voluntario, y es al que me quiero referir en esta ocasión, hacen que las personas nos convirtamos en seres viles y mezquinos, cayendo en las injusticias y en los abusos.
Ejemplos podría poner tropecientos sobre el olvido voluntario, pero, deleitándome como estoy ahora con la guitarra de Mark Knopfler y deseando que sirva como homenaje a la panorámica que me hizo deleitar mientras saboreaba, tras la copiosa cena, un auténtico veguero dominicano, deseo que como “muestra o botón” os sirva el que a continuación voy a comentar.

¿Es justo que llevemos hablando no sé cuántos años del nuevo puente de acceso a Cádiz y no nos acordemos para nada del viejo Puente Carranza? ¿No es abusivo que tras más de cuarenta y cinco años de servicio del ”primer puente”, no se le dedique ni un pequeño rinconcito en una página interior de algún rotativo, aunque sea de tirada local, y que día sí y día también las portadas y editoriales se esos rotativos de ámbito local, y algunos de ámbito nacional, se la reserven al nuevo acceso a la ciudad de Cádiz? ¿No es injusto que nadie se acuerde ya, aunque sea de pasada, del abuelo pequeño, y a altura me refiero, y todos los comentarios se centren solo y exclusivamente sobre el hijo fuerte y apolíneo?
Está claro que de esas injusticias y de esos abusos no es culpable la vida. Somos las personas las responsables de esos desmanes que se están cometiendo con el puente olvidado.


Yo, esperanzado en que mi pensamiento sirva para que el viejo puente Carranza siga queriéndose y demostrando que puede continuar ofreciendo a la ciudad de Cádiz el servicio que tantos años lleva entregándole, decirle que, por muy joven y colosal que resulte la nueva construcción, por muy pequeño que se vea ante el nuevo y monumental acceso a la ciudad, siempre, y sobre todo cuando apunte al cielo sus dos hojas movibles cuan vergas enhiestas, será envidiado por el tan traído y llevado nuevo puente de acceso a la tacita de plata.

jueves, 12 de febrero de 2015

PLAGIADORES DE COPLAS.



Te has pasado, amigo David, creo que te has pasado un montón de pueblos; yo diría que por lo menos desde Pulpi hasta Ayamonte o desde Tarifa hasta la cordobesa Santa Eufamia, que ya es decir.
¿Cómo tú, iniciador y exhibidor en tus versos de las más altas cotas de la sensibilidad, aunque para algunos suenen a “chundachunda”, has entrado al trapo a esa provocación carnavalesca? ¿Cómo tú, casamentero delicado de palabras y acordes, aunque para algunos “fabricas un timbre que suena a divino con aire flamenco y acento latino”, te has dejado enojar por predicadores cuyo evangelio dista mucho de sus hechos? ¿Cómo a ti, que tanto trabajo te ha costado llegar, te lanzas al vacío acusando de “plagiadores de coplas” a algunos autores carnavalescos? ¿Cómo a ti, que nunca has mordido la mano que te da de comer, como otros, se te ocurre desprestigiar la fiesta por excelencia de la Tacita de Plata, tierra que te ha recibido siempre con los brazos abiertos?

 Pues ahora te toca recibir por todos lo lados. No te queda otra que recibir, con razón, todo tipo de lanzas de don carnal. Sopórtalas como un valiente y todavía, antes del viernes, estás a tiempo de rectificar y pedir perdón al pueblo gaditano, aunque, con el carnaval hemos topao.
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