martes, 15 de noviembre de 2011

BORNOS EN LA HISTORIA (V)



Hablar de Abbasíes es hablar de esplendor musulmán. Hablar de Omeyas es hablar de esplendor musulmán. Hablar de Abbasíes y de Omeyas, es hablar de luchas de poder y de guerras entre familias con el único fin de conseguir el califato.
Y Bornos, Al-Bornuz, no podía escapar a esas luchas entre familias, que al fin y a la postre, supusieron la decadencia, o mejor dicho, el fin de la política expansionista del gran imperio musulmán. Perdurarían las dos familias durante varios siglos en el poder, una en Bagdad y la otra en Córdoba, pero sus luchas internas serían el germen de su destrucción. Después, los historiadores se encargarían de decir que su decadencia fue motivada por el auge del cristianismo en occidente y de los Otomanos en Oriente, pero el ocaso del vasto imperio musulmán fue motivado por ellos mismos.

Y es ésta la historia que todavía hoy, en el seno de la cultura Tuareg (que nada tiene que ver con el antiguo imperio musulmán), se transmite de padres a hijos, y que por cosas del azar, ha llegado hasta mis oídos.
Me contaban, que muchos años antes de comenzar las intrigas entre Abbasíes y Omeyas, ambas familias, emparentadas, disfrutaban de placenteros baños en las extraordinarias aguas medicinales que manaban en las cercanías de lo que hoy constituyen el pueblo de Bornos. Allí, las grandes familias musulmanas, entre las que destacaban la de los Abbasíes (en el poder) y la de los Omeyas, pasaban los días totalmente desnudos, mientras sus cuerpos se rejuvenecían con el fluir de las aguas sulfurosas. Ya hastiados de tantas aguas, subían al pueblo envueltos en largas túnicas de lana o algodón, algunas con capuchas, a las que llamaban al-bornuz, nombre éste por el que se conoció en todo el Islam, desde los Pirineos hasta la India, al pueblo de Bornos.


Digo lo de al-bornuz con capucha, porque fue ésta, según cuenta la leyenda Tuareg, la razón por la que se enemistaron las dos familias musulmanas más poderosas.
Según cuentan, los primeros al-bornuz(es) utilizados por la familia de los Abbasíes, y que irradiaron al resto de los usuarios de las aguas que manaban a orillas del Guadaletho (río del olvido), eran sin capuchas. Los Omeyas, que según cuentan también, eran por lo general algo presumidos, añadieron a los albornoz(es) una capucha, para evitar los constipados que pudieran coger en su vuelta al pueblo con la cabezas mojadas.
Muy pronto, muchas de las otras familias, nunca la de los Abbasíes, fue copiando el modelo de al-bornuz de los Omeyas.
Así, lo que en un primer momento formaban una piña de familias, eso sí, bajo el poder de los Abbasíes, se transformó en una carrera de poner complementos distintivos a los dichosos al-bornuz(es) con el fin de destacar de los demás. El resultado final fue la formación de dos clanes de familias: el encabezado por la de los abbasíes, que se distinguían por el uso de al-bornuz(es) de colores oscuros y negros, sin capuchas, y el encabezado por la familia de los Omeyas, que se distinguían por el uso de los al-bornuz(es) blancos con capuchas.
Lo que vino después ya está perfectamente recogido en la historia: levantamientos, confabulaciones, conspiraciones y asesinatos que dieron lugar a la victoria de los partidarios de los al-bornuz(es) con capucha, y como consecuencia, la separación de Al-Andalus del resto del imperio musulman, formando en un primer momento un emirato, para convertirse más tarde en el Califato independiente de Córdoba.
Y todo ello, según cuenta la leyenda Tuareg transmitida de padres a hijos, se coció entre las aguas sulfurosas de Al-Bornuz.

viernes, 4 de noviembre de 2011

BORNOS EN LA HISTORIA (IV)



¿Existió en realidad el rey Arturo? Aunque no haya en la actualidad datos los suficientemente fehacientes que nos aseguren la existencia del mítico rey britano, los diversos estudios que hablan sobre él lo sitúan a principios del siglo VI.
Alrededor de él emergen historias como la de los Caballeros de la Tabla Redonda, la de su joven y bella esposa Ginebra, la de su fiel caballero Lancelot (que según las malas lenguas le regaló en compañía de la bella Ginebra un hermoso gorro de vikingo), la del mago Merlín y la de su hermana Morgana (hechicera adiestrada por el mismísimo mago), o la de la espada Excalibur.
Centrándonos en la famosa Tabla, a día de hoy, ningún historiador o estudioso del tema, ha sabido explicar el porqué de la decisión real de reunir a todos sus caballeros alrededor de una mesa redonda.
Según la leyenda, y antes que el mítico rey tomara la decisión de reunir a todos sus caballeros entorno a una mesa, los mandó a que visitasen todas las cortes europeas, por muy pequeñas que éstas fuesen, y anotasen cualquier detalle que viesen, para que una vez informado, fuese el mismo rey el que tomase la decisión de aplicarlo en sus dominios, y siempre en busca de un mejor gobierno de sus posesiones.
Pues bien, uno de sus caballeros, después de entrar por los Pirineos en la Península Ibérica, atravesándola de norte a sur, vino a caer precisamente en la falda del monte Calvario, lugar éste que por entonces, estaba ocupado por una amalgama de pueblos que estaban condenados a entenderse si querían pervivir en la zona.
Allí convivían los descendientes de la civilización que allá por el siglo IV a.C. formaban la cultura del “Bujerilius”, y que tras nueve siglos habían sabido aislarse lo suficiente para no ser engullidos por el expansivo imperio romano; junto a ellos, y con su carácter altanero y soberbio, propio de todo pueblo que durante siglos se considera como de una raza superior, convivían los romanos que pudieron escapar de la masacre que llevaron a cabo en Carissa Aurelia los vándalos del norte. Con bujerilianos y romanos, habitaban la zona, unos pocos vándalos que tras su paso fulgurante y devastador por las tierras de Carija y Borniche, decidieron quedarse con el fin de disfrutar de la belleza y riqueza de estas tierras, no siguiendo el camino hacia el norte de África como lo hicieron el grueso de sus hermanos de cultura. Por último, habitaban la zona, un grupo que formaban las primeras avanzadillas del pueblo visigodo.
Esta era la realidad que a principio del siglo VI se vivía, no ya en la zona del Bujerillo ni en la de Carissa, sino en la que a día de hoy está levantado nuestro pueblo.
Tanta diversidad de culturas y costumbres estaban condenados al entendimiento si querían subsistir. Y fue entonces cuando, tras muchas conversaciones y discusiones, decidieron formar un gobierno común, el cual estaría formado por cuatro miembros de cada pueblo, y que se reunirían todas las tardes tras la primera comida en un lugar que construyeron para ello en el centro del asentamiento, exactamente en lo que hoy día está localizado el Palacio de los Ribera.
Para esas reuniones diarias, construyeron un pequeño estanque circular de unos tres metros de diámetro, en torno al cual dispusieron varios asientos de mampostería con respaldar, todo ello cubierto por un entramado de enredaderas y hojas de palmeras, y donde los dieciséis representantes, en posición semi tendido (o semi sentado, según se quiera ver), discutían las acciones a tomar para el buen gobierno de la población.
Guillermo de Essex, que así se llamaba el caballero enviado por el rey Arturo, quedó prendado, no sólo con la forma tan peculiar que constituía el lugar de reunión, sino con los resultados tan positivos que salían de esas reuniones para el gobierno del pueblo. Fue por ello por lo que, tras despedirse como buen caballero, partió de vuelta para su corte, donde informó a su rey de todo lo visto. El rey Arturo, emulando al Merenderibus, que así llamaban al lugar de reunión de nuestros antecesores, ideó entonces la famosa Tabla Redonda.
Contaba el tal Guillermo de Essex, que le llamó mucho la atención el hecho de que, las mujeres, cuando tenían que trasladarse de un extremo a otro del asentamiento, le hacían un amplio rodeo al Merenderibus, con el fin de no ser objeto de las miradas y comentarios de los representantes populares allí reunidos.
Domingo

BORNOS EN LA HISTORIA (III)

De todos y todas es sabido, la consideración que el enclave de Carissa Aurelia tuvo durante la ocupación romana de la Península Ibérica. Asentamiento humano mucho antes de que llegasen los romanos (se cree que desde el neolítico inferior o el calcolítico), supieron elegir para su estancia por esta zona, uno de los lugares con mejores vistas que pudiesen encontrar.
Los romanos, amén de grandes estrategas, eran amantes de la belleza, del buen vivir, del goce extremo y del buen comer, no pudiendo elegir mejor emplazamiento donde dar rienda suelta al placer de los sentidos.
Hoy, trasladándome mentalmente a aquella época, me imagino a esos señores romanos, envueltos en túnicas blancas con adornos ribeteados áureos, recostados sobre mullidos cojines en alargadas asientos, y deleitándose con las paradisiacas vistas que le ofrecía el serpenteo del río Guadalete.
Allí, en sus terrazas recubiertas por frondosas parras de donde manaban grandes racimos de uva al alcance de sus manos, y acompañados por plateados fruteros repletos de brevas, higos fafaríes, chumbos y damascos, se tramó la caída del gran Julio César.
Lo que empezó con una nimia imposición por parte de Julio César, al ordenar, en honor de su madre, el cognomen de la ciudad, Aurelia, vino a suponer el fin de su vida. Haciendo un inciso, hay que apuntar de que la decisión de César de darle el mencionado nombre a la ciudad en honor de su madre, fue debido a que con anterioridad a su orden, ya había desempeñado los cargos de cuestor, primero, y procónsul, después, en la provincia romana de Hispania, conociendo de sobra las excelencias del enclave de Carissa.
Durante varios años, antes de la imposición cesariana de llamar a la ciudad Carissa Aurelia, ésta había sido bautizada como Carissa Paradisia, por la semejanza con el paraíso que desde sus amplias terrazas se podía observar.
De nada sirvieron las prebendas que desde Roma se le concedieron a la ciudad, como el derecho a poder acuñar moneda propia, o la consideración jurídica que se le otorgó (contaba entre las veintisiete ciudades que a finales del siglo I a. de C. poseían el ius latii) y que hacían de la antigua Carissa Paradisia una de las ciudades romanas más reconocidas en la península.
Pero los días de Julio César estaban contados.
Fue en una de sus terrazas donde, después de deleitarse opíparamente con copiosas bandejas de chorizo, morcilla, tocino y aceitunas partidas, se urdió, en venganza a la decisión de cambiar el nombre de la ciudad, el asesinato del que tan exitosas campañas encabezó con las legiones romanas.
Al gobierno de la ciudad de Carissa Aurelia sólo le bastó ofrecer a los asesinos, Bruto y Casio, una casa con amplia terraza y vistas al valle del Guadalete, para que acabasen con la vida del que se había hecho nombrar, cónsul y dictador perpetuo.
Aunque consiguieron acabar con la vida de Julio César, no se tiene constancia de que los asesinos volviesen para ocupar las prometidas casas con terraza, ya que su asesinato fue la causa del comienzo de la Guerra Civil en Roma, en la que los seguidores de César vencieron a las tropas encabezadas por los asesinos Bruto y Casio.
Domingo

jueves, 3 de noviembre de 2011

BORNOS EN LA HISTORIA (II)

El origen de la civilización asentada a principios del siglo IV (a.C,) en la zona conocida actualmente como “Bujerillo”, se desconoce completamente. Los pocos restos encontrados, y no precisamente en su zona de asentamiento, parece ser, según algunos estudiosos del tema, que tienen fuertes influencias griegas y fenicias. Otros en cambio, se han atrevido a afirmar que podían haber sido el resultado de una pequeña escisión, antes de su total desaparición, de la enigmática civilización tartésica.
Lo que con toda seguridad sí se puede establecer, es que fue de este pequeño asentamiento “Bujerilius” (entre doscientas y quinientas personas), que es como se le conocería siglos más tardes en la civilización romana, donde, tras duras y encarnizadas luchas fratricidas, surgió un pequeño grupo (compuesto por treinta o cuarenta familias), que tras sentirse perdedores, y ante la falta de suministros y materias primas en la zona, decidieron emprender un largo peregrinar hacia un “no sabe dónde”
Con rumbo norte-nordeste, cruzaron toda la península ibérica en busca de un asentamiento que le proveyesen, aunque fuesen tan solo para subsistir, de los alimentos necesarios para intentar mitigar las malas condiciones por las que pasaron en su nunca olvidado Bujerilius.
Mientras que algunas de esas familias cruzaron la cadena pirenaica por el paso de Roncesvalles, hasta asentarse en la Helvetia (actual Suiza) unos, y en la Germania (actual Alemania) otros, el grueso del grupo emigrante se asentó en una zona, a caballo entre las actuales Barcelona y Gerona, en la comarca del Vallés, a la que los romanos, siglos más tarde, y tras integrarse con el pueblo Layetano, llamaron Sancelonense.
Son muchos las pruebas y vestigios que demuestran la continua añoranza que estos pobladores de la Sancelonense, tenían de su Bujerilius, hasta el punto que, tras muchos esfuerzos, y a pesar que algunos de sus miembros mantuvieron de por vida grandes diferencias con algunos de los bujerillonenses, consiguieron, poco antes de la dominación romana, y tras un ir y venir de sus emisarios, volver a reunirse y confraternizar alrededor de una buena cazuela, en compañía de layetanos y lacetanos.
Por último, y aunque se tiene constancia de que miembros de la civilización bujeríllica se extendieron por toda la península ibérica, no con la intensidad que lo hicieron en la Sancelonense, es de destacar algún que otro asentamiento en el seno de la civilización lusitana (concretamente en su parte más oriental) y en el seno de la cultura conocida como de los Vetones, algo más al norte que la anterior, donde se especializaron en el secado y salado de las piernas de cerdos.

Domingo

BORNOS EN LA HISTORIA (I)

Hace ya unos treinta mil años, más o menos, allá por el paleolítico superior, y huyendo de un grupo de homínidos que habían llegado procedentes del actual continente africano, en una noche cerrada con agua y un brusco ambiente que hacía que las escasas pieles que los cubrían no sirviesen para que todos estuviesen ateridos de frío, llegaron a lo que en la actualidad se conoce como “piedra rodadera”, un grupo de homínidos que la paleontología los ha clasificado como Homo Sapiens.
Pues bien, allí en la falda de la piedra rodadera, y en aquella noche cerrada, pusieron su primer asentamiento, a la espera de que las primeras luces del día les revelasen el lugar exacto donde se encontraban. Y fue la alborada, la que, viendo aquel enjambre de cuerpos humanos apiñados buscando el calor humano unos con otros, y como intencionadamente, envió un único rayo de luz a las pupilas del más fuerte y experimentado de aquellos homínidos; era el jefe del grupo. A duras penas y con la intención amable de no molestar a ningún miembro de aquel enjambre humano, el jefe se levantó desperezándose, quedando obnubilado por lo que veían sus ojos. Las nubes habían desaparecido y unas enormes montañas en lontananza veían como el sol poco a poco ascendía por sus cúspides.
El jefe, fornido, con melena y barba negra, no pudo reprimirse, y lo que hasta hoy, para dirigirse a sus acompañantes, habían sido signos y gruñidos, se convirtió en sonidos audibles y con sentido.
- Booo, quillo, boooooo –dijo el jefe, apareciendo la sonrisa y el embeleso en su rostro-.
Los más de cincuenta, entre hombres, mujeres y niños, que formaban el grupo, y que hasta ahora se encontraban profundamente dormidos, abrieron los ojos al unísono, quedando totalmente extasiados, no ya por esos sonidos que procedentes de la boca de su jefe, llegaban a sus oídos, sino por lo que estaban viendo sus ojos. Todos, espontáneamente, y también al unísono. se levantaron y comenzaron, con los rostros iluminados y señalando a las montañas, a saltar y a emitir los mismos sonidos que habían oído se su jefe.
- Boooo, quillo, booooooooooooo –repetían una y otra vez, no creyendo lo que veían sus ojos-.
Habían encontrado su paraíso, decidiendo, después de inspeccionar la zona, quedarse en esa falda de la piedra rodadera, y creando el primer asentamiento humano en la historia de la humanidad. Descubrieron el río, inundado de carpas, barbos y blas blas, árboles frutales a los que llamaron “a mas cos” (se cree que fue el primer fruto que recibió nombre por parte de los humanos) y allí, de la misma piedra rodadera, extrajeron la materia prima con las que fabricaron sus hachas y sus puntas de flechas que les servían para cazar la gran cantidad de conejos que merodeaban por los alrededores de su asentamiento.
Los paleontólogos no han podido fechar con exactitud hasta cuando perduró este asentamiento de homo sapiens en la zona; lo único que se sabe es que, “de buenas a primeras”, desaparecieron como por ensalmo. Nunca más se supo de ellos.
Domingo

lunes, 21 de marzo de 2011

LA FUERZA DE LA LUNA LLENA.






Y menos mal que decidí ir en moto, que si lo hago en coche, no llego.
Sí señoras y señores, este fin de semana, coincidiendo con la hora punta de la bajamar, la costa de la capital gaditana se convirtió en un peregrinar constante de personas ávidas por ver algo que nunca habían visto.
La prensa se encargó en publicar a bombo y platillo, a instancia de la Consejería de Medio Ambiente, que lo que se avecinaba este fin de semana era algo insólito; que se verían imágenes que nunca habían sido blancos de nuestras retinas, todo ello por la cercanía entre La Tierra y la Luna.
Y la convocatoria tuvo su éxito; vaya que si lo tuvo.

Allí se encontraban los avaros buscadores de pequeñas piezas preciosas con sus detectores de metales; los buzos que se sumergían buscando algún que otro cofrecillo dieciochesco que le privase mañana lunes tener que ir a las oficinas del INEM; los historiadores, ilusionados de encontrar algún vestigio donde apoyarse para buscar una nueva explicación del porqué los franceses no lograron entrar en Cádiz, o algún pecio del siglo XVII que corroborase que el comercio de Cádiz con América ya era floreciente en el reinado de Felipe III. No faltaban los vendedores de refrescos y bolsas de patatas, y eso que a la hora de la gran peregrinación, apetecía más unos churros o una buena tostada con aceite; incluso un buen “ablandao”. Y cómo no, allí se encontraban ellos; los de unos y los de otros; los de un lado y los del otro; y todos, los unos y los otros, sacando pecho y contestando a saludos hipócritas con sonrisas forzadas. Bueno, de ellos, de los unos y de los otros, no tengo ganas de hablar.

A lo que íbamos, ¡qué de gente había allí!


Allí, debajo del gran drago del “Hospital de Mora”, mirando a la Caleta, me encontré con el gran Paco Alba que, moviendo la cabeza viendo la muchedumbre que pateaba por la playa de su alma, había escrito en el reverso en blanco de la envoltura de un paquete de “Celtas Cortos”, un pasodoble que, cantado por la comparsa “Los Fígaros” en 1964, comenzaba así:
“No es que la luna tenga luz de plata
como nos dicen algunos poetas
es que de noche se baña en las aguas
de nuestra típica y bella Caleta.
Y los reflejos de su verde laca
moja y empapa su gran pandereta
y, con la luz que a Cádiz le arrebata,
luego ilumina al resto del planeta…….”

Apoyado en la balaustrada, observando un sinfín de barquitas que parecían encalladas en la blanca arena, coincidí también con el chiclanero Mendizábal, el de la desamortización de 1836, comentándome que se extrañaba de ver tanta caterva ociosa a tan temprana hora de la mañana.

Apoyando su espalda y su pie derecho en una de las columnas del Balneario de la Palma, en la misma playa de la Caleta, y con un cigarrillo a medio apagar en la boca, se encontraba, no creyendo lo que veían sus ojos, el gran Beni de Cádiz. “La gente está loca –me decía-; que coño han venido a ver aquí, domingo por la mañana, con lo bien que se está acurrucao a estas horas con la parienta. No me extraña que más de uno piense que van a poder trincar algún duro de los antiguos. Lo que yo te diga, pisha, la gente está aburría”.

Y no me quedó más remedio que, después de despedirme, darle la razón al Beni.

Como vi a mucha gente camino del castillo de San Sebastián, decidí, como buen pazante que soy, acercarme para ver que ocurría allí. Y fue a medio camino del malecón que une a la isla con la ciudad, donde me encontré de bruces, todo nervioso y a punto de enloquecer con lo que estaba observando, al maestro don Manuel de Falla. Don Manuel –le dije-, le veo mala cara; ¿le ocurre algo?, ¿necesita ayuda?
¿Qué si me ocurre algo?, ¿Qué si necesito ayuda? –me respondió-. Pues sí, hijo mío, necesito ayuda. ¿Es normal esto? ¿Es normal que un domingo por la mañana, con los problemas que tienen los japoneses, los libios, los haitianos, o por qué no, con los problemas de paro que tenemos aquí en España, venga este tropel de almas aburridas y ociosas a romper mis momentos dulces de inspiración? No es normal, hijo mío; no es normal. Está claro que aquí lo que hace falta es un desconeje.

Con el mayor tacto que pude mostrar, y viendo que no era el mejor momento para conversar con el autor del “Amor brujo”, me retiré con el mayor de los sigilos, en busca de la calle de Pericón de Cádiz, donde había dejado mal aparcada la moto.

Y fue a escasos metros de la moto, ya divisándola, cuando, recostado en la acera sobre mullidos cojines, ataviado con una blanca toga con ribetes rojo y rodeado de varias ensaladeras colmadas de una gran variedad de frutas, crucé la mirada con el mismísimo Lucius Cornelius Balbus el Mayor, primo hermano, según dicen por ahí, del mismísimo Cayo Memmio, el de la caseta de la feria de Bornos.
No pude reprimirme y me dirigí hacia él. Bien estamos, señor cónsul –le dije-; no le falta a usted ni un perejil.
¿Biénibus?, ¿tú crees que estoy biénibus? Pues estoy hasta los cojonibus con esta chusma. A galeribus los mandaba yo a todos. Manda cojonibus que se hayan levantado a las ocho de la mañanibus para ver una maream bajam, con lo biénibus que se está a estas horis de la mañana, dale que te pegus, dale que te pegus. Lo que yo te diga, pishus, a galeribus los mandaba yo a totus.

Y llegué a la moto y me fui para casa.
Y que conste que yo sólo pasaba por allí; que no crea nadie que fui a ver la bajamar. Ni mijita.

Domingo

sábado, 26 de febrero de 2011

UNA DE CARNAVAL: LA TARDE DE LOS MUERTOS VIVIENTES.


Me pide por email un futuro pregonero de carnaval, que rememore aquel año en el que nos atrevimos a salir, el día de nuestra cabalgata, de zombis. Y digo, al igual que dice él, que nos atrevimos, porque para hacer lo que hicimos, hay que tener muy, muy, pero que muy poca vergüenza. Porque, la cuestión no se limitó a mal vestirnos de aquellas guisas, sino, una vez ya en la cabalgata, meternos de lleno en la piel de aquellos asquerosos personajes, con una interpretación que hoy, después de haber pasado por nuestros carnés, más de veinte años, me parece, y según me comenta el demandante de este artículo, de lo más bochornoso.

Y os cuento.

Todo pasó a escasas horas de que el organizador de nuestra cabalgata diese la orden de que ésta enfilase la avenida San Jerónimo.

“¿De qué nos disfrazamos?” –decía uno-. De esto, de aquello o de lo otro. “Pero si no tenemos nada preparado; ya es tarde” –decía otro-.
Y fue entonces cuando, a uno de ellos, se le ocurrió la feliz idea de que nos disfrazásemos de zombis. Pues venga, manos a la obra.

Nos fuimos al corral de mi casa, y después de agenciarnos cada uno la ropa más vieja que pudimos conseguir, le pedimos a mi madre el brasero o “sarteneja” vieja en la que guardaba la ceniza del cisco que compraba en lo de borrasca o en lo de la madre de Paquirri.
Después de ajironarnos la ropa que nos pusimos, ya vieja de por sí, nos embadurnamos desde los pies a la cabeza con una mezcla de ceniza y agua. El aspecto que adquirimos fue de lo más repugnante y asqueroso.
A continuación, no contentos con el pelaje obtenido, le pedimos a mi madre el frasco de “crome” y, con toda la parsimonia que pudimos tener a esas alturas, regamos nuestros rostros con finos hilos del líquido carmesí: por la frente, por los pómulos, por la comisura de los labios, e incluso por los párpados.

Ya estábamos listos. Marchemos a la cabalgata.

Éramos cuatro, pero desde el corral de mi casa hasta la puerta de San Jerónimo, nos buscamos cada uno a un amigo. Yo recuerdo que el mío se llamaba JB, y también recuerdo que el dichoso amigo JB me obligó a comportarme de una manera nada habitual en mí, observando que mis compañeros de guisa se comportaban igual que yo, arrebatándome a mi amigo y cediéndome los suyos.
Ya en la puerta de San Jerónimo, los cuatro que salimos de mi casa, dejamos de existir, siendo los cuatro amigos que nos encontramos por el camino, los que, al son de la caja y el bombo, y vitoreados por el clamor de mil y una máscara, interpretaban una y otra vez el ritual ignominioso propio de los muertos vivientes, y que en más de una ocasión habíamos visto en las películas del cine del “Papi”. Desde la posición supina, nos íbamos incorporando con movimientos lentos y desacompasados, siempre, repito, al son del redoble, dirigiéndonos en actitud ofensiva hacia el respetable, y provocando la lógica estampida ante el ataque de tan macabros personajes.
Y así una y otra vez, a lo largo de todo el recorrido de la cabalgata.

Recuerdo que, nuestras señoras, ajenas a nuestros “numeritos”, iban ataviadas con lujosos trajes dieciochescos, y al enterarse de nuestros comportamientos, se prestaron diligentemente en encontrarnos para convencernos de que desistiésemos en nuestras vergonzosas conductas. Nuestra suerte fue que no nos encontraron hasta que, ya de vuelta, la cabalgata iba llegando a su fin. Lamentablemente pudimos observar que, cuando nos encontraron, sus reprimendas iban dirigidas a los cuatro que salimos de mi casa, quedando totalmente indemnes los cuatro amigos que se adueñaron de nuestros cuerpos y que realmente fueron los verdaderos culpables de esos comportamientos tan indecentes.

Después de narrar esta historia, pido a quien tuviese la feliz idea de tomar alguna instantánea de lo relatado, la cuelgue en esta página. Quiero recordar que fue en la cabalgata del 88.

Domingo
Powered By Blogger