No eran las cinco de la tarde, ni nos encontrábamos en la Maestranza, en la Monumental o en las Ventas. No estábamos a principios de julio, ni nos encontrábamos deleitándonos con el pacharán navarro.
Era la hora de la cerveza y nos encontrábamos en Cádiz.
Recibí una llamada “anónima fastidiosa” que me dijo, “si tú eres delegado en Cádiz, debes de informar a tus paisanos de lo ocurrido”. Y tengo que reconocer que la anónima llamada no me dejó impertérrito. Me dije, voy a ver qué pasa.
Lo nunca visto. Aquello era de “película”. Las estrechas calles del casco antiguo gaditano veían romper como por ensalmo su rutina diaria. Y eso que normalmente no salen en domingo. A ellos les gustan exhibir sus puntiagudas astas en horario laboral y de lunes a viernes. Salvo en la ferias y fiestas, claro está, que se acicalan al máximo, poniéndose sus mejores galas y sacando pecho con su aspecto soberbio, orgulloso y altanero, vanagloriándose y enorgulleciéndose de sus fechorías semanales.
Pero ayer era domingo, y no se celebraba ninguna fiesta, por lo menos que yo supiese. ¿Qué harían pululando por estos angostos y recónditos lugares? ¿Irían, ayudados por su olfato, a reunirse con sus congéneres? ¿Buscarían a las vaquillas, que aunque vaquillas, también tienen cuernos?
Pues la verdad es que no tengo respuesta para explicarme qué hacían aquel grupo de astados rompiendo la tranquilidad de la mañana/tarde de las calles gaditanas. ¿Ni en domingo nos vais a dejar tranquilos?
Pero no pasa nada. Aquí no pasa nada. “Así hablan de Cádiz en los informativos”, “ya tenemos otra fiesta”, “ya hay tema para las coplillas de carnavales”, “el PP tenía que gobernar; con una alcaldía socialista esto no hubiera pasado”, ….
Comentarios y más comentarios, y no pasa nada.
¡Pues no estamos ya acostumbrados a que los toros y vaquillas merodeen por nuestras calles!
Hoy lunes, a diferencia de ayer domingo, las calles gaditanas se llenarán de banqueros, de funcionarios, de abogados, de empresarios, de trabajadores, de parados, …., y hasta de políticos. Y no pasa nada. Al fin y al cabo, ¿esta vida no es un continuo embestir para que no te embistan.
lunes, 14 de junio de 2010
domingo, 13 de junio de 2010
10ª CARTA BORNICHA.
.
Buenas tardes, cuñáu, ya verronició la hora. Ya estoy enfonilando y empaquetando algunas de mis cosas, pues tengo previsto enfilar para Cudillero dentro de tres días.
Desde que llegué, éstos son los días más amarguxus que estoy pasando, porque la verdad es que no quiero dirme. Voy a echar mucho de menos a esta buena gente.
Pero me voy a dejar de tanto sentimentalismo y te voy a entailar algunas cosillas acaecidas en el pueblu.
Ayer por la noche hubo una conceyu en el salón de actos del ayuntamiento, a la que, además de los alcaldes y algunos concejales de los pueblus de los alrededores, pudimos asistir todos los vecinos que quisimos.
¿Qué por qué se antroxó ese conceyu en Bornos? Pues muy fácil, cuñau. Bornos es el pueblu con más vida de toda esta zona, con más trabayu, con más infraestructuras, con más potada político en las instituciones provinciales y autonómicas, y lo que es mejor, es el pueblu con más futuru en toda la Sierra de Cádiz.
En el conceyu se trató como único punto del día, las medidas a garrar contra ENDESA, suministradora de luz, por el corte eléctrico en toda la zona, que dura ya tres días, y hoy por hoy, no se sabe con exactitud cuándo se va a subsanar el problema.
Fue impresionante el desarrollo del conceyu, y fue impresionante porque enllí, los únicos que borniaron con coherencia fueron los representantes de Bornos. El resto de alcaldes y concejales, abrumados y desbordados por las innumerables quejas de sus vecinus (pajarracus, culiblancus, espereñus,..) apenas abrieron la bigaru, yendo a remolque de lo que decían mis paisanos. Y eso que en Bornos, gracias a la labor previsora de nuestrus gobernantes locales, no hemos padecido apenas la falta de suministro eléctrico. Esto es debido a que, cuando se produjo el corte de suministro por parte de la compañía eléctrica, se puso en funcionamiento en Bornos, el que enquí espaxarran “PLAN “B” DE EMERGENCIA, y en menos de una hora, todos los hogares y establecimientos del pueblu coloñiaban a disfrutar de la corriente eléctrica, gracias a varios generadores de un tamaño descomunal que el ayuntamiento había adquirido tiempo atrás, previendo que se diesen este tipo de situaciones anómalas.
Hay que felicitar la labor previsora del equipu de gobierno local. Pero no sólo al partido gobernante, sino también a los partidos en la oposición, los cuales faxinan codo con codo con el alcalde. De hecho, el concejal jefe de los planes de emergencia de este benditu pueblu, es de la oposición al alcalde.
Mira si se llevan bien todos los miembrus y “miembras” de los distintos partidus, faxinando, como ya te he dicho, codo con codo, que la selmana pasada se celebró un mitin de uno de los partidos en la oposición, y enllí estaban, en primera fila, los miembrus de los demás partidos políticos, incluido el alcalde, afitando con sus aplausos las sugerencias que enllí se estaban presentando.
Enllí no hubo descalificaciones políticas ni personales, dirigidas al partidu del alcalde. Enllí lo único que se presentaron fue una serie de propuestas encaminadas al bienestar del bornicho y de Bornos. Y lo mismo te digo cuando el mitin es del partidu gobernante, donde tampoco profesan ningún tipo de injurias ni descalificaciones hacia los miembrus de las otras tendencias políticas.
Lo que yo te diga, cuñáu, aunque tú me digas que soy muy pesau, pero a estos
bornichos hay que fusilarlos.
Te tendría que entailar algunas cosas más de esta gente, pero por esta vez ya está bien. Ya te las entailaré cuando nos veamos en casa, con una buena sidriña, a no ser que tenga necesidad de escribir y lo haga en estos menos de tres días que me quedan en este paraísu.
Bueno, cuñáu, nos vemos pronto Un abrazo. Besos a mi mana y a mis sobrins.
Viva el Sporting.
HELIODORO
VOCABULARIO
verronició = llegó
enfonilando = guardando
enfilar = salir
amarguxus = amargos
dirme = irme
entailar = contar
conceyu = reunión
antroxó = celebró
potada = peso
garrar = tomar
borniaron = hablaron
bigaru = boca
espaxarran = llaman
coloñiaban = volvían
faxinan = trabajan
afitando = apoyando
Buenas tardes, cuñáu, ya verronició la hora. Ya estoy enfonilando y empaquetando algunas de mis cosas, pues tengo previsto enfilar para Cudillero dentro de tres días.
Desde que llegué, éstos son los días más amarguxus que estoy pasando, porque la verdad es que no quiero dirme. Voy a echar mucho de menos a esta buena gente.
Pero me voy a dejar de tanto sentimentalismo y te voy a entailar algunas cosillas acaecidas en el pueblu.
Ayer por la noche hubo una conceyu en el salón de actos del ayuntamiento, a la que, además de los alcaldes y algunos concejales de los pueblus de los alrededores, pudimos asistir todos los vecinos que quisimos.
¿Qué por qué se antroxó ese conceyu en Bornos? Pues muy fácil, cuñau. Bornos es el pueblu con más vida de toda esta zona, con más trabayu, con más infraestructuras, con más potada político en las instituciones provinciales y autonómicas, y lo que es mejor, es el pueblu con más futuru en toda la Sierra de Cádiz.
En el conceyu se trató como único punto del día, las medidas a garrar contra ENDESA, suministradora de luz, por el corte eléctrico en toda la zona, que dura ya tres días, y hoy por hoy, no se sabe con exactitud cuándo se va a subsanar el problema.
Fue impresionante el desarrollo del conceyu, y fue impresionante porque enllí, los únicos que borniaron con coherencia fueron los representantes de Bornos. El resto de alcaldes y concejales, abrumados y desbordados por las innumerables quejas de sus vecinus (pajarracus, culiblancus, espereñus,..) apenas abrieron la bigaru, yendo a remolque de lo que decían mis paisanos. Y eso que en Bornos, gracias a la labor previsora de nuestrus gobernantes locales, no hemos padecido apenas la falta de suministro eléctrico. Esto es debido a que, cuando se produjo el corte de suministro por parte de la compañía eléctrica, se puso en funcionamiento en Bornos, el que enquí espaxarran “PLAN “B” DE EMERGENCIA, y en menos de una hora, todos los hogares y establecimientos del pueblu coloñiaban a disfrutar de la corriente eléctrica, gracias a varios generadores de un tamaño descomunal que el ayuntamiento había adquirido tiempo atrás, previendo que se diesen este tipo de situaciones anómalas.
Hay que felicitar la labor previsora del equipu de gobierno local. Pero no sólo al partido gobernante, sino también a los partidos en la oposición, los cuales faxinan codo con codo con el alcalde. De hecho, el concejal jefe de los planes de emergencia de este benditu pueblu, es de la oposición al alcalde.
Mira si se llevan bien todos los miembrus y “miembras” de los distintos partidus, faxinando, como ya te he dicho, codo con codo, que la selmana pasada se celebró un mitin de uno de los partidos en la oposición, y enllí estaban, en primera fila, los miembrus de los demás partidos políticos, incluido el alcalde, afitando con sus aplausos las sugerencias que enllí se estaban presentando.
Enllí no hubo descalificaciones políticas ni personales, dirigidas al partidu del alcalde. Enllí lo único que se presentaron fue una serie de propuestas encaminadas al bienestar del bornicho y de Bornos. Y lo mismo te digo cuando el mitin es del partidu gobernante, donde tampoco profesan ningún tipo de injurias ni descalificaciones hacia los miembrus de las otras tendencias políticas.
Lo que yo te diga, cuñáu, aunque tú me digas que soy muy pesau, pero a estos
bornichos hay que fusilarlos.
Te tendría que entailar algunas cosas más de esta gente, pero por esta vez ya está bien. Ya te las entailaré cuando nos veamos en casa, con una buena sidriña, a no ser que tenga necesidad de escribir y lo haga en estos menos de tres días que me quedan en este paraísu.
Bueno, cuñáu, nos vemos pronto Un abrazo. Besos a mi mana y a mis sobrins.
Viva el Sporting.
HELIODORO
VOCABULARIO
verronició = llegó
enfonilando = guardando
enfilar = salir
amarguxus = amargos
dirme = irme
entailar = contar
conceyu = reunión
antroxó = celebró
potada = peso
garrar = tomar
borniaron = hablaron
bigaru = boca
espaxarran = llaman
coloñiaban = volvían
faxinan = trabajan
afitando = apoyando
9ª CARTA BORNICHA
Querido cuñáu, hoy me he arrecachado un poquito resacón, ya que anoche estuvimos de candanga. Yo no sé cuanto foliaría, pero he arremellado esta mañana la corexa y tan solo quedaban unas monedillas sueltas. Pero nada, como bocayan en este benditu pueblu, “que me quiten lo valsiao ”.
Ayeri tarde, después de estar desde las ocho de la mañana en el tayu, me metí en un chigre y xugué unas partidas de dominó. Mi quitaipón de xuego era el mismísimo parrocu del pueblu, que todo hay que decirlo, es un gran xugador. Xugamos tres partidas y se las desperramos las tres a una pareja formada por un señor que se espaxarra Gonzalo, un encanto de persona por cierto, y otro señor al que su compañero le expaxarra Boby.
Cuando se fue el señor parrocu a oficiar la misa, todos los paisanos que se quedaron en el chigre, empezaron a borniar muy bien de él.
A diferencia de nuestru pueblu, aquí todos los habitantes asisten a misa una vez como mínimo por selmana. Es un pueblu muy católicu, yendo todos y todas a una. No hay ningún tipo de rencillas con el señor párroco y, según me consta, todos y todas están de acuerdo con las decisiones que coye . Buen exemplo a tusar, cuñáu.
Con respecto al deporte, si ya te bornié de los equipos de natación, vela o piragüismo, el que tiene mayor número de aficionáus es el de fútbol. Como en casi todas partes, el fútbol es el deporte perréi . Me gustaría que vieras la cantidad de aficionaus que asisten a los partidos de la U.D.Bornense. El domingu pasado estuve en el estadio asistiendo al encuentro que enfrentaba a la U.D. con el Rayo Vallecano, y allí, sin esmilagrar, había unas cinco mil personas, y cuido que me quedo corto. Lo mismo pasa cuando se tienen que arrastrar a ver jugar a otras localidades a su equipo del ánima. Precisamente ayer, tras las partidas de dominó, se estaban apuntando hasta completar no sé que cantidad de autobuses. La afición de este equipo es maravillosa, aunque como me bocayan por esquí, echan de menos a algunos aficionaus que sí que eran unos fuera de serie, y que seguramente no sé amazacotarán ningún partido, ellí desde el cielo.
Pues por hoy te voy a clavar, cuñáu, temiéndole al momento en el que tenga que añoxar a esta gente, que por cierto, ya me queda menos de dos selmanas. Camento ese momento.
Bueno, hasta otra. Un abrazo. Besos a mi mana y a mis sobrins.
Viva el Sporting.
HELIODORO
VOCABULARIO
arrecachado = levantado
foliaría = gastaría
arremellado =mirado
corexa = cart
bocayan = dicen
valsiao = bailao
quitaipón = pareja
desperramos = ganamos
espaxarra = llama
borniar = hablar
coye = toma
tusar = seguir
perréi = rey
esmilagrar = exagerar
cuido = creo
bocayan = dicen
amazacotarán = perderán
clavar = dejar
añoxar = abandonar
Camento = Temo
Ayeri tarde, después de estar desde las ocho de la mañana en el tayu, me metí en un chigre y xugué unas partidas de dominó. Mi quitaipón de xuego era el mismísimo parrocu del pueblu, que todo hay que decirlo, es un gran xugador. Xugamos tres partidas y se las desperramos las tres a una pareja formada por un señor que se espaxarra Gonzalo, un encanto de persona por cierto, y otro señor al que su compañero le expaxarra Boby.
Cuando se fue el señor parrocu a oficiar la misa, todos los paisanos que se quedaron en el chigre, empezaron a borniar muy bien de él.
A diferencia de nuestru pueblu, aquí todos los habitantes asisten a misa una vez como mínimo por selmana. Es un pueblu muy católicu, yendo todos y todas a una. No hay ningún tipo de rencillas con el señor párroco y, según me consta, todos y todas están de acuerdo con las decisiones que coye . Buen exemplo a tusar, cuñáu.
Con respecto al deporte, si ya te bornié de los equipos de natación, vela o piragüismo, el que tiene mayor número de aficionáus es el de fútbol. Como en casi todas partes, el fútbol es el deporte perréi . Me gustaría que vieras la cantidad de aficionaus que asisten a los partidos de la U.D.Bornense. El domingu pasado estuve en el estadio asistiendo al encuentro que enfrentaba a la U.D. con el Rayo Vallecano, y allí, sin esmilagrar, había unas cinco mil personas, y cuido que me quedo corto. Lo mismo pasa cuando se tienen que arrastrar a ver jugar a otras localidades a su equipo del ánima. Precisamente ayer, tras las partidas de dominó, se estaban apuntando hasta completar no sé que cantidad de autobuses. La afición de este equipo es maravillosa, aunque como me bocayan por esquí, echan de menos a algunos aficionaus que sí que eran unos fuera de serie, y que seguramente no sé amazacotarán ningún partido, ellí desde el cielo.
Pues por hoy te voy a clavar, cuñáu, temiéndole al momento en el que tenga que añoxar a esta gente, que por cierto, ya me queda menos de dos selmanas. Camento ese momento.
Bueno, hasta otra. Un abrazo. Besos a mi mana y a mis sobrins.
Viva el Sporting.
HELIODORO
VOCABULARIO
arrecachado = levantado
foliaría = gastaría
arremellado =mirado
corexa = cart
bocayan = dicen
valsiao = bailao
quitaipón = pareja
desperramos = ganamos
espaxarra = llama
borniar = hablar
coye = toma
tusar = seguir
perréi = rey
esmilagrar = exagerar
cuido = creo
bocayan = dicen
amazacotarán = perderán
clavar = dejar
añoxar = abandonar
Camento = Temo
viernes, 11 de junio de 2010
EL VUELO DEL COJINETE
Recordando algunas de las entradas que he hecho en este blog y, concretamente una en el mes de agosto de 2008, en la que hablaba de los deportes realizados en las Casitas Nuevas, se me ha venido a la mente una anécdota real como la vida misma.
En aquellos días en los que mi hermano Juan me estaba confeccionando el carro de cojinete que a la postre iba a vencer al Ferrari de Paco Gilabert, en el estanco de la calle Pastelería, hoy regentado por mi hermana Carmen, sucedió lo siguiente:
“Una tarde, previa a la entrega del carro, ya dispuesto para volar, me acerqué por el estanco a ver cómo iban los arreglos. Como los días anteriores, escuché de mi hermano otro “paciencia, Domin, paciencia”. Pero ese día en concreto, se encontraban acompañándole sus amigos Cristóbal (Catoba), Enrique, Juan Pinto (hermano de Paco Pinto, el de la pandilla de Perico Calderero y Luis Vega) y Ramón Arias (hermano de nuestro delegado en Calella).
Fue entonces cuando el amigo Ramón (adolescente algo travieso) me dice que me fuese hasta la calle San Jerónimo, que él me iba a tirar desde la puerta del estanco, en la calle Pastelería, los cojinetes rodando. Dicho y hecho. Allí se plantó el que suscribe, sin problemas de que le pillase ningún vehículo, ya que en los albores de los años setenta eran pocos los que circulaban por la mencionada calle.
Cojinete “parriba” lanzado por Ramón, cojinete “pabajo” lanzado por mí. Y así una y otra vez. Hasta ahora, velocidad de impulso moderada, pudiéndose controlar su recepción, bien con los pies bien con las manos. Pero fue a la octava, la novena o la décima subida del cojinete, no recuerdo exactamente cuál fue, cuando veo que la velocidad que le imprimió el amigo Ramón sobrepasaba muy mucho mi capacidad de recepción. El cojinete soltaba chispas. Yo asustado. ¿Y qué hago ahora?, pensaba yo. Todo ello en milésimas de segundo. Pues me quito. Y me quité.
Y es entonces cuando ese cojinete encuentra en su camino al escalón de la acera, sirviéndole éste para que el mencionado cojinete comience a elevarse y en menos de tres metros se aloje en la estantería de las galletas de la tienda de don Francisco Jurado, salvando, no sólo el escalón de entrada al popular establecimiento, sino también el mostrador de más de metro y medio de altura. Yo salí que me las pitaba calle San Jerónimo abajo y nunca más supe de ese cojinete.
DESESPERADA ESPERA
Antes de nada, pedir disculpas a los componentes de la charanga de nuestro pasado carnaval, “Los más bornichos de Bornos”, por utilizar su libreto con este impulso mío, casi incontenible, de escribir algunas letras para nuestro blog. Y expreso mis disculpas porque sé que nuestro tertuliano Cemanué, me lo entregó en su día con todo el cariño del mundo, sin esperar que el fin de este derroche de gracia y arte (me refiero al libreto), sirviera para ser garabateado en un momento de desesperada espera.
Y digo los de desesperada espera porque eso es lo que yo estoy padeciendo en estos momentos. Esto no tiene nombre, señores. Y perdónenme las señoras, pero este artículo no va dirigido a ellas.
Sí señores, desesperada e injustificada espera.
¿Qué he hecho yo para merecer esto?, ¿he matado a alguien?, ¿he insultado, he agredido, he vituperado a alguien?
Que a mi me conste, no.
Me creo buena persona, me como todo lo que me ponen por delante sin rechistar (y eso que algunas veces, pocas, pero algunas, está un poco soso), entrego todo el sueldo a final de mes, le doy un besito a mis hijos cuando me acuesto (si están en casa), y a veces, sólo algunas veces, rezo pidiendo por todos los míos.
Entonces, ¿me merezco yo esto?
Pues yo creo que merezco algo mejor; que no se valora como debiera la bondad que tanto derrocho.
Y digo yo, ¿a todos los hombres le ocurre lo mismo que a mí?. Por su bien, y siempre desde mi bondad, espero que no sea así.
Porque, vamos a ver, ¿es normal lo que me está pasando ahora? ¿Es normal que lleve, y no miento, una hora y diez minutos, en el interior de mi coche, en la explanada del parking de una gran superficie, esperando a la que tiene que venir?. Pues sí, hora y diez minutos hace que salimos de la caja del supermercado y le dije a mi señora, “si quieres entrar en Zara, yo me voy para el coche y voy descargando”. “Lo que tu quieras, cariño. Vale”, me contestó.
¿Vale?, ¿vale?... maldita sea la hora que yo (perdón) ……….. y ya llevo hora y cuarto cogiendo posturas en el asiento del coche. Y esa es otra, no puedo salirme fuera del coche porque hace un levante que te arrastra.
Y menos mal que en su día, el bueno de Cemanué me dio este libreto, porque si no, no sé lo que hubiera hecho yo en esta hora y veinte minutos de desesperada, desmesurada e injustificada espera.
Y ahora, cuando llegue, me dirá, “chiquillo, hay que ver lo que hablan Puri y el marido. Yo en Zara acabé de momento, pero me topé con ellos cuando ya venía para acá y no veas tú cómo hablan”. Y yo, como casi siempre, miro al cielo, cuento hasta veinte, y junto a las dos bolsas de Zara, veo que trae una de El Corte Inglés, una de Mary Paz, una de Caramelo , una de Mango, una de Precchio, una de ……….
Paciencia, Domingo, paciencia. ¿Realmente merezco yo pasar por esta desesperada, desmesurada, abusiva e injustificada espera?
Y digo los de desesperada espera porque eso es lo que yo estoy padeciendo en estos momentos. Esto no tiene nombre, señores. Y perdónenme las señoras, pero este artículo no va dirigido a ellas.
Sí señores, desesperada e injustificada espera.
¿Qué he hecho yo para merecer esto?, ¿he matado a alguien?, ¿he insultado, he agredido, he vituperado a alguien?
Que a mi me conste, no.
Me creo buena persona, me como todo lo que me ponen por delante sin rechistar (y eso que algunas veces, pocas, pero algunas, está un poco soso), entrego todo el sueldo a final de mes, le doy un besito a mis hijos cuando me acuesto (si están en casa), y a veces, sólo algunas veces, rezo pidiendo por todos los míos.
Entonces, ¿me merezco yo esto?
Pues yo creo que merezco algo mejor; que no se valora como debiera la bondad que tanto derrocho.
Y digo yo, ¿a todos los hombres le ocurre lo mismo que a mí?. Por su bien, y siempre desde mi bondad, espero que no sea así.
Porque, vamos a ver, ¿es normal lo que me está pasando ahora? ¿Es normal que lleve, y no miento, una hora y diez minutos, en el interior de mi coche, en la explanada del parking de una gran superficie, esperando a la que tiene que venir?. Pues sí, hora y diez minutos hace que salimos de la caja del supermercado y le dije a mi señora, “si quieres entrar en Zara, yo me voy para el coche y voy descargando”. “Lo que tu quieras, cariño. Vale”, me contestó.
¿Vale?, ¿vale?... maldita sea la hora que yo (perdón) ……….. y ya llevo hora y cuarto cogiendo posturas en el asiento del coche. Y esa es otra, no puedo salirme fuera del coche porque hace un levante que te arrastra.
Y menos mal que en su día, el bueno de Cemanué me dio este libreto, porque si no, no sé lo que hubiera hecho yo en esta hora y veinte minutos de desesperada, desmesurada e injustificada espera.
Y ahora, cuando llegue, me dirá, “chiquillo, hay que ver lo que hablan Puri y el marido. Yo en Zara acabé de momento, pero me topé con ellos cuando ya venía para acá y no veas tú cómo hablan”. Y yo, como casi siempre, miro al cielo, cuento hasta veinte, y junto a las dos bolsas de Zara, veo que trae una de El Corte Inglés, una de Mary Paz, una de Caramelo , una de Mango, una de Precchio, una de ……….
Paciencia, Domingo, paciencia. ¿Realmente merezco yo pasar por esta desesperada, desmesurada, abusiva e injustificada espera?
A ESAS INSUFRIBLES DEFICIENCIAS.
Con perdón de los calvos, tengo que admitir que cada día me gusta menos mirarme al espejo. Y digo esto porque cada mañana, a la hora de afeitarme, soy testigo directo de los más que incipientes “clareones” que inundan mi cabeza. Clareones que son más pronunciados a esas horas del día, debido a que, recién levantado uno de la cama, todavía no ha dado tiempo de hacer esa obra de ingeniería para, trayéndonos unos cuantos de la derecha y otros tantos de la izquierda, camuflar las mencionadas deficiencias.
Realmente no sé que hacer para no tener que enfrentarme cada mañana a ese espejo del cuarto de baño y al que le tienen tanto amor las mujeres de mi casa.
Tomé la decisión de no afeitarme, dejándome la barba a su libre albedrío. Pero entre las protestas familiares y que yo, a estas alturas de mi vida, no me veía con barba, debido principalmente a que me nace a parches blancos y negros, como aquellos caballos de las películas de indios, tuve que enfrentarme nuevamente al espejo.
Y allí seguían ellos, incluso más consolidados, más reacios a ser camuflados.
- ¡Os odio!, y que sepáis, que nunca me acostumbraré a vosotros.
Dándole vueltas a la cabeza, tomé la decisión, creo que acertada, de ponerme una gorra de mi hijo a la hora del afeitado. Perfecto. Me puedo afeitar sin que el despiadado espejo me muestre lo que no quiero ver de mí. Os he vencido en mi rutina mañanera. Esta batalla la he ganado, veremos quien vence las siguientes.
- Niña, ¿por qué no quitamos ese espejo de la “entradita” y colocamos un buen cuadro?
- Déjate de cambios ahora. Ese espejo está bien donde está.
Y el espejo sigue en la entrada. Cada vez que entro o salgo del piso, allí estoy en el espejo delator mostrando mis carencias. Con lo bien que quedaría en ese hueco un bodegón o una marina, o incluso un autorretrato de Van Gogh. No, no, de Van Gogh no, que ese también tenía clareones y me harían recordar los míos, a no ser que ponga uno que aparece con un sombrero. Da igual, lo que sea, pero quitar ese espejo de ahí, que me hace salir de casa de mala uva todos los días y, cuando entro, venga como venga, me hace también sentir en casa de mala h…..
Ya estoy fuera de casa, en el pasillo de la casa. Pulso el botón del ascensor y, tras unos segundos, ding dong, llega a mi planta. No, no. La presidenta de la comunidad decidió ayer tarde forrarlo de espejos. Mire hacia donde mire, allí están ellos, y eso que la obra de ingeniería matutina tuvo grandes resultados. Pero nada, mis clareones siguen ahí. Si ya venía caliente con el dichoso espejito de la entrada de mi casa, ahora, la señora presidenta pone espejitos hasta en el techo del ascensor. No sé para qué; seguramente para verse sus escandalosos michelines y su trasero voluminoso.
Lo he decidido, desde hoy, subo y bajo por la escalera.
Y ya en el hall del edificio.
- Buenos días Rosi - Rosi se llama la limpiadora-.
- Buenos días Domingo.
- ¿Qué, limpiando los azulejos?
- Sí, aquí estoy con esta escalera que no me fío de ella ni un pelo. Hablando de pelos, Domingo, desde aquí arriba se te ven unos clareones…….
Me cachis en ….., lo que me faltaba; ahora la limpiadora. No tenía bastante con los espejitos que ahora también la limpiadora. Manda coj…… A partir de mañana salgo a la calle por el garaje.
- Ten cuidado al salir, Domingo – me dice Rosi-.
Me da igual lo que me encuentre en la calle, lo único que quiero es salir a la calle a que me dé el aire fresco.
¡Vaya tela!. Aire, yo quería aire, pero no éste. ¡Vaya tela!. No podía ser “viento ersur”, no, tenía que ser levante. Y vaya levante, que hasta los contenedores están corriendo por el paseo.
Diez minutos que me costó disponerlos convenientemente, ayudándome, eso sí, del patrico, y ahora, en un plis plas, todo al car….
- Hola Salvador, buenos días.
- Buenos días, malos pelos traes.
- El levante, Salvador, el levante.
¿Y qué hago yo ahora?. El problema de los espejos tiene solución, el de la limpiadora también, pero el del levante…… Dicen que limpia la atmósfera, pero a mí, en lo que se refiere a mí……, conmigo se porta malamente.
Realmente no sé que hacer para no tener que enfrentarme cada mañana a ese espejo del cuarto de baño y al que le tienen tanto amor las mujeres de mi casa.
Tomé la decisión de no afeitarme, dejándome la barba a su libre albedrío. Pero entre las protestas familiares y que yo, a estas alturas de mi vida, no me veía con barba, debido principalmente a que me nace a parches blancos y negros, como aquellos caballos de las películas de indios, tuve que enfrentarme nuevamente al espejo.
Y allí seguían ellos, incluso más consolidados, más reacios a ser camuflados.
- ¡Os odio!, y que sepáis, que nunca me acostumbraré a vosotros.
Dándole vueltas a la cabeza, tomé la decisión, creo que acertada, de ponerme una gorra de mi hijo a la hora del afeitado. Perfecto. Me puedo afeitar sin que el despiadado espejo me muestre lo que no quiero ver de mí. Os he vencido en mi rutina mañanera. Esta batalla la he ganado, veremos quien vence las siguientes.
- Niña, ¿por qué no quitamos ese espejo de la “entradita” y colocamos un buen cuadro?
- Déjate de cambios ahora. Ese espejo está bien donde está.
Y el espejo sigue en la entrada. Cada vez que entro o salgo del piso, allí estoy en el espejo delator mostrando mis carencias. Con lo bien que quedaría en ese hueco un bodegón o una marina, o incluso un autorretrato de Van Gogh. No, no, de Van Gogh no, que ese también tenía clareones y me harían recordar los míos, a no ser que ponga uno que aparece con un sombrero. Da igual, lo que sea, pero quitar ese espejo de ahí, que me hace salir de casa de mala uva todos los días y, cuando entro, venga como venga, me hace también sentir en casa de mala h…..
Ya estoy fuera de casa, en el pasillo de la casa. Pulso el botón del ascensor y, tras unos segundos, ding dong, llega a mi planta. No, no. La presidenta de la comunidad decidió ayer tarde forrarlo de espejos. Mire hacia donde mire, allí están ellos, y eso que la obra de ingeniería matutina tuvo grandes resultados. Pero nada, mis clareones siguen ahí. Si ya venía caliente con el dichoso espejito de la entrada de mi casa, ahora, la señora presidenta pone espejitos hasta en el techo del ascensor. No sé para qué; seguramente para verse sus escandalosos michelines y su trasero voluminoso.
Lo he decidido, desde hoy, subo y bajo por la escalera.
Y ya en el hall del edificio.
- Buenos días Rosi - Rosi se llama la limpiadora-.
- Buenos días Domingo.
- ¿Qué, limpiando los azulejos?
- Sí, aquí estoy con esta escalera que no me fío de ella ni un pelo. Hablando de pelos, Domingo, desde aquí arriba se te ven unos clareones…….
Me cachis en ….., lo que me faltaba; ahora la limpiadora. No tenía bastante con los espejitos que ahora también la limpiadora. Manda coj…… A partir de mañana salgo a la calle por el garaje.
- Ten cuidado al salir, Domingo – me dice Rosi-.
Me da igual lo que me encuentre en la calle, lo único que quiero es salir a la calle a que me dé el aire fresco.
¡Vaya tela!. Aire, yo quería aire, pero no éste. ¡Vaya tela!. No podía ser “viento ersur”, no, tenía que ser levante. Y vaya levante, que hasta los contenedores están corriendo por el paseo.
Diez minutos que me costó disponerlos convenientemente, ayudándome, eso sí, del patrico, y ahora, en un plis plas, todo al car….
- Hola Salvador, buenos días.
- Buenos días, malos pelos traes.
- El levante, Salvador, el levante.
¿Y qué hago yo ahora?. El problema de los espejos tiene solución, el de la limpiadora también, pero el del levante…… Dicen que limpia la atmósfera, pero a mí, en lo que se refiere a mí……, conmigo se porta malamente.
miércoles, 9 de junio de 2010
SANGRE MORISCA.
Por fin, después de muchos intentos en vano para que su padre lo dejase ir a la sierra en compañía de sus amigos, Pelayo vio premiada su insistencia, con el permiso de su madre, ante la ausencia temporal del señor de la casa. Salvo Pedro, el resto de la pandilla, en un número de diez o doce, todos eran hijos de familias necesitadas.
Su padre, Fernando, era un segundón de familia noble que tuvo la suerte de que su hermano primogénito muriese en la batalla de Noáin, a las órdenes del duque de Nájera, a finales del mes de junio de 1521. La noticia de la muerte de su hermano la recibió Fernando a los dos años de haber ingresado como monje de los Jerónimos en el Monasterio de Santa María del Rosario, en Bornos.
Dos años después de haber colgado los hábitos, ya con cuarenta y seis años, contrajo matrimonio con la joven Margarita Cifuentes, hija de un acaudalado comerciante de Denia y del que se decía que era descendiente de cristianos nuevos.
- Madre, si Pedro también va.
- ¿Seguro que va Pedro? Esta bien, pero te repito lo que te dice tu padre, que no quiere verte a solas con esos gandules, y no le digas a papá que yo te he dado permiso.
- Gracias mamá, no le diré nada. Y si se viene Pedro, yo me vengo con él. No te fallaré.
La escarpada pared de la piedra rodadera no era ningún obstáculo para que Pelayo, en compañía de toda su pandilla, subiera y bajara por ella sin dificultad alguna, y eso que la lluvia del mes de diciembre ayudaba a escurrirse al más mínimo descuido.
Y mientras Pelayo se jugaba la vida a las afueras del pueblo, su madre con treinta y ocho años ya, en compañía de su hija Inés, asistía en este día víspera de Navidad de 1543 a misa de seis.
Su esbelta figura, coronada con un exquisito rodete negro, la hacía resaltar entre todas las cristianas viejas que asistían a misa a esa hora. Sus labios carnosos y sus grandes ojos verdes eran el mayor de los reclamos para cualquier hombre. No había caballero pudiente en el pueblo que no se sintiera atraído por los encantos de la señora del viejo y pusilánime don Fernando de Azcárate, estando todos dispuestos por perderse entre los muchos encantos de doña Margarita.
Pero ella no tenía ojos ni la más mínima intención de dejarse adular por ninguno de sus admiradores, a pesar de que era consciente que todos ellos la desnudaban con la mirada cuando se cruzaban, deseando saciar con ella todas aquellas pasiones heréticas impropias de un buen matrimonio cristiano.
Su mente estaba puesta en su vecino Alfonso García, morisco que trabajaba una de las numerosas huertas que poseían los Jerónimos en el pueblo.
Desde que lo viera totalmente desnudo desde la ventana de su dormitorio en agosto de hace ya tres años, no había noche que, en la soledad de su alcoba, no imaginase mil y una aventuras con su apolíneo vecino. Era entonces cuando su irreconocida sangre musulmana brotaba en busca de esos placeres que nunca encontró en su marido, con el que no tenía relaciones desde la noche que concibió a su hija Inés, hace ahora ya más de diez años.
Aquellas historias que cariñosamente le relataba su abuela antes de contraer matrimonio, en las que la mujer se entregaba por completo a su amado y en las que la pasión, el desenfreno y la búsqueda del placer primaban por encima de todas las cosas, avivaban la llama que bullía en su interior. Una llama que sólo se reavivaba cuando conseguía centrar en su mente la imagen de su vecino morisco. Era entonces, últimamente casi a diario, cuando su desnudez entre las sábanas de seda traídas desde Bizancio, rezumaban necesidad y deseo. Sus manos recorrían cada centímetro de su piel, imaginando que eran las de Alfonso, que así se llamaba su vecino morisco. Noches tras noches, sus delicadas manos recorrían una y otra vez sus firmes y turgentes pechos, deslizándose por su vientre hasta llegar a su humedecida entrepiernas, momento en el que encontraba las sensaciones a las que hacía alusión su abuela y que nunca había encontrado en sus relaciones a oscuras y sin desnudez con su decrépito marido. Muchas fueron las noches en las que, con una necesidad imperiosa de ser amada, acudía a su ventana y, camuflándose tras los blancos visillos de encajes, anhelaba poder divisar, aunque sólo fuera divisar, aunque sólo fuera en la distancia, la figura de Alfonso en el corral de la casa colindante.
Fueron tres años en los que, cada día más, el acto de levantarse de la cama, el acto de abandonar aquellas sábanas en las que había gozado con su amante, era el mayor de los fastidios. Tres años en los que, noche tras noche, se dejaba llevar por los sueños, bien dormida bien despierta, y en los que alternaba momentos de éxtasis total con Alfonso, con momentos en los que conseguía su libertad con la muerte de su marido. Soñaba una y otra vez, despierta, con su viudez y con la fuga en compañía de Alfonso hacia tierras berberiscas, donde haría realidad sus sueños y encontraría la felicidad perdida con su marcha de Denia, dándole rienda suelta a sus deseos y a su carencia de pasión marital.
Pero no, todo era un sueño. Allí, se encontraba ella, en compañía de su hija Inés, rodeada de beatas y plañideras, y oyendo las palabras que desde el púlpito lanzaba el vicario, en las que exhortaba la virginidad de María y la ausencia de deseos carnales en la concepción de Nuestro Salvador. Allí se encontraba ella, deseosa de abandonar las arengas del vicario y perderse en la búsqueda de esos placeres para ella desconocidos pero que a buen seguro encontraría en su vecino Alfonso.
- Podéis ir en paz.
- Demos gracias a Dios.
Salieron madre e hija de la parroquia, entre miradas deseosas por parte de los hombres allí presentes, encontrándose en la misma puerta con Rosario, cocinera de su casa, que le traía un mensaje de su marido.
- Señora, el señor ha mandado un mensajero para informar que su estancia en Granada va a ser más larga que lo que él esperaba; que recibirá noticias de su llegada, pero que en menos de un mes no espera que así sea.
- ¿Dónde se encuentra el mensajero?
- Iba de paso hacia Cádiz y ya se ha marchado.
- Bien Rosario, espérame en casa.
Otra esposa se hubiera preocupado y apenado con el mensaje recibido, pero Margarita no. Su cuerpo se vio invadido de una bocanada de aire fresco y una sensación de felicidad que hasta, sin darse cuenta, le regaló una sonrisa rayando la lascivia al señor Don Jesús Armario, padre de Pedro, el amigo de su hijo, y que hizo que el buen señor llegase a ruborizarse.
Poco antes de llegar a su casa, a escaso diez o quince metros del portal, vio que, en sentido contrario y algo más alejado, se acercaba su deseado morisco tirando del ronzal de su burro, al que traía cargado con productos de la huerta. Sin pensárselo dos veces, Margarita mandó a su hija al interior de la casa, donde ya se encontraba Pelayo, y se dispuso a esperar a Alfonso para, con el achaque de interesarse por algunos de las hortalizas que traía, hablar por primera vez en su vida con él.
- Buenas tardes, señor.
- Buenas tardes, señora, ¿desea usted algo?
- ¿Trae usted lechugas y acelgas?
- Si señora, muy buenas por cierto, pero las traigo en el fondo del serón. Va a tener usted que esperar a que descargue. Si le parece a usted bien, mande a su cocinera dentro de un rato y yo se las doy. ¿Cuántas va a querer usted?
- Yo mismo me acercaré si no le importa.
- Para nada señora, para mí será un placer el recibirla en mi humilde morada.
Fue en ese momento de despedida cuando los dos vecinos intercambiaron sus miradas por primera vez en sus vidas. Fueron dos miradas penetrantes, deseosas, cautivadoras. La mirada de ojos verdes de Margarita transmitió un aluvión de deseos a los ojos también verdes oscuros de Alfonso, que correspondió con una sonrisa y con un “le espero, señora”, cargado también de deseos.
Alfonso entró en su casa y, antes de descargar las hortalizas que traía, como todos los días desde hacía ya más de cuatro años a su llegada de la huerta, entraba en su dormitorio y cogía entre sus manos el collar de su esposa que llevó ella el día de su boda y que poco antes de morir en el primero de sus partos, le entregó a Alfonso para que lo guardase de por vida. “Hamid, perdona por no haberte podido dar un hijo. Que Alá te ayude a encontrarlo”, fueron sus últimas palabras.
Margarita entró algo nerviosa en su casa y al igual que Alonso, se dirigió hacia su dormitorio, pero a diferencia de él, nada más entrar, se despojó de su enlutado vestido de cuello de caja y se puso a rebuscar algún vestido con el que pudiera transmitir algún mensaje de sus intenciones a su vecino. Encontró uno con gran escote, de color azul oscuro y tras despojarse del resto de ropa interior y quedar completamente desnuda, se lo echó por la cabeza y alisó las pequeñas arrugas que tenía. Cogió una toca de lana gruesa para camuflar su exagerado escote y, tras mirar en un par de ocasiones por la ventana hacia el patio de su vecino, se dispuso a visitar a su morisco de ojos verdes.
Ante de salir de su dormitorio, se asomó al espejo y, sobre la marcha, deshizo el rodete que llevaba, que la envejecía un poco, dejando su melena azabache caer por su propio peso. Se alisó con un cepillo y con la mayor de las premuras bajo las escaleras y salió de su casa. Miró a izquierda y derecha y, tras comprobar que no había nadie en la calle, entró sin más dilación en la casa de Alfonso. La puerta estaba entreabierta y, algo dubitativa, comenzó a llamarlo.
- Señor, señor.
No contestaba nadie.
- Señor, señor.
- Pase usted, señora. Perdone, pero me estoy aseando un poco.
Ella entró algo nerviosa y, tras cerrar la puerta de la calle, esperó su llegada. Su tardanza no fue larga. Apareció en babuchas, con un pantalón fino abombado propio de su raza y una camiseta interior de manga larga de color blanco ajustada a su cuerpo.
Todavía traía la cabeza mojada y corrían por su cara unos finos regueros de agua que trataba de secar con un paño limpio. Nada más verla, y sin mediar palabras, la agasajó con una sonrisa repleta de deseos que provocó que ella, sin poder controlarlo, se abriese la toca y dejase al descubierto la casi totalidad de sus pechos. No tuvieron que hablar. Sus deseosas miradas lo decían todo. Sin dilación alguna, el la asió con una fuerza que ella desconocía hasta ahora y que la descompuso desde los pies a la cabeza, y la besó apasionadamente. Ella respondió de igual manera, acordándose entonces de las historias y consejos de su abuela. Con una excitación desconocida para ella, le quitó con gran entusiasmo la camiseta interior, quedando a descubierto el fornido pecho de su morisco. Comenzó a besar su cuerpo semidesnudo, mordisqueándole suavemente los pezones, lo que provocó una sobreexcitación indescriptible en el. Tal fue su excitación que cuando ya Cristina, de rodillas en los rojos ladrillos de adobe, iba a proceder a bajarle los abombados pantalones para continuar con su juego bucal, Alfonso la levantó y cogiéndola entre sus brazos y besándola apasionadamente, la llevó hasta su dormitorio. Una vez allí, a la luz de dos candelabros de plata, le quitó los dos corchetes que sostenían el vestido de su amante y ésta lo dejó deslizar por su fina piel, quedando completamente desnuda. Él se apartó un par de pasos de ella y, sin dejar de mirarla, dijo
- Eres bellísima. Eres la mujer más bella que he visto en mi vida.
Se acercó nuevamente a ella y la besó con la mayor carga de deseos que nunca ella pudo imaginar, para a continuación, invitarla a que se tendiese en la cama. Ella reaccionó y dijo
- No, tiéndete tú. Eres mi señor.
Él se tendió sin creerse lo que estaba viviendo y la dejó hacer. Cristina comenzó a besarle dulcemente la frente, los ojos, las mejillas, la barbilla, la boca, al tiempo que, con un sensual vaivén de cadera, hacía que sus erectos pezones rozasen intermitentemente el nervudo pecho de Alfonso. Proseguía con el cuello, los pezones, donde se recreó al haber comprobado con anterioridad que su excitación en esa zona de su cuerpo era máxima, las axilas, el estómago, el bajo vientre. Con una sutilidad de diosa, bajó los pantalones de Alfonso, dejándole al descubierto el enorme miembro viril apuntando al techo del dormitorio. Tal fue el pasmo que sintió, que sin poder finiquitar las lecciones dadas por su abuela, se tendió boca arriba en la cama y, abriendo y levantando sus piernas, le dijo a Alfonso, “entra en mí; dame vida”. Los tobillos de ella rozaban las orejas de él y cada vez que él hundía su enorme pene en sus entrañas, ella apretaba sus músculos vaginales para no dejarlo salir.
El éxtasis le vino al mismo tiempo.
Después de reposar un momento, ella pudo articular palabras.
- Alá es vida. Siempre seré tuya. Ahora he de irme, mis hijos me esperan.
- No te vayas; hagámoslo otra vez.
- Tenemos toda una vida por delante. Esta noche, tras la Misa del Gallo, cuando se hayan dormido los niños, y si lo deseas, volveré.
- Te estaré esperando.
Su padre, Fernando, era un segundón de familia noble que tuvo la suerte de que su hermano primogénito muriese en la batalla de Noáin, a las órdenes del duque de Nájera, a finales del mes de junio de 1521. La noticia de la muerte de su hermano la recibió Fernando a los dos años de haber ingresado como monje de los Jerónimos en el Monasterio de Santa María del Rosario, en Bornos.
Dos años después de haber colgado los hábitos, ya con cuarenta y seis años, contrajo matrimonio con la joven Margarita Cifuentes, hija de un acaudalado comerciante de Denia y del que se decía que era descendiente de cristianos nuevos.
- Madre, si Pedro también va.
- ¿Seguro que va Pedro? Esta bien, pero te repito lo que te dice tu padre, que no quiere verte a solas con esos gandules, y no le digas a papá que yo te he dado permiso.
- Gracias mamá, no le diré nada. Y si se viene Pedro, yo me vengo con él. No te fallaré.
La escarpada pared de la piedra rodadera no era ningún obstáculo para que Pelayo, en compañía de toda su pandilla, subiera y bajara por ella sin dificultad alguna, y eso que la lluvia del mes de diciembre ayudaba a escurrirse al más mínimo descuido.
Y mientras Pelayo se jugaba la vida a las afueras del pueblo, su madre con treinta y ocho años ya, en compañía de su hija Inés, asistía en este día víspera de Navidad de 1543 a misa de seis.
Su esbelta figura, coronada con un exquisito rodete negro, la hacía resaltar entre todas las cristianas viejas que asistían a misa a esa hora. Sus labios carnosos y sus grandes ojos verdes eran el mayor de los reclamos para cualquier hombre. No había caballero pudiente en el pueblo que no se sintiera atraído por los encantos de la señora del viejo y pusilánime don Fernando de Azcárate, estando todos dispuestos por perderse entre los muchos encantos de doña Margarita.
Pero ella no tenía ojos ni la más mínima intención de dejarse adular por ninguno de sus admiradores, a pesar de que era consciente que todos ellos la desnudaban con la mirada cuando se cruzaban, deseando saciar con ella todas aquellas pasiones heréticas impropias de un buen matrimonio cristiano.
Su mente estaba puesta en su vecino Alfonso García, morisco que trabajaba una de las numerosas huertas que poseían los Jerónimos en el pueblo.
Desde que lo viera totalmente desnudo desde la ventana de su dormitorio en agosto de hace ya tres años, no había noche que, en la soledad de su alcoba, no imaginase mil y una aventuras con su apolíneo vecino. Era entonces cuando su irreconocida sangre musulmana brotaba en busca de esos placeres que nunca encontró en su marido, con el que no tenía relaciones desde la noche que concibió a su hija Inés, hace ahora ya más de diez años.
Aquellas historias que cariñosamente le relataba su abuela antes de contraer matrimonio, en las que la mujer se entregaba por completo a su amado y en las que la pasión, el desenfreno y la búsqueda del placer primaban por encima de todas las cosas, avivaban la llama que bullía en su interior. Una llama que sólo se reavivaba cuando conseguía centrar en su mente la imagen de su vecino morisco. Era entonces, últimamente casi a diario, cuando su desnudez entre las sábanas de seda traídas desde Bizancio, rezumaban necesidad y deseo. Sus manos recorrían cada centímetro de su piel, imaginando que eran las de Alfonso, que así se llamaba su vecino morisco. Noches tras noches, sus delicadas manos recorrían una y otra vez sus firmes y turgentes pechos, deslizándose por su vientre hasta llegar a su humedecida entrepiernas, momento en el que encontraba las sensaciones a las que hacía alusión su abuela y que nunca había encontrado en sus relaciones a oscuras y sin desnudez con su decrépito marido. Muchas fueron las noches en las que, con una necesidad imperiosa de ser amada, acudía a su ventana y, camuflándose tras los blancos visillos de encajes, anhelaba poder divisar, aunque sólo fuera divisar, aunque sólo fuera en la distancia, la figura de Alfonso en el corral de la casa colindante.
Fueron tres años en los que, cada día más, el acto de levantarse de la cama, el acto de abandonar aquellas sábanas en las que había gozado con su amante, era el mayor de los fastidios. Tres años en los que, noche tras noche, se dejaba llevar por los sueños, bien dormida bien despierta, y en los que alternaba momentos de éxtasis total con Alfonso, con momentos en los que conseguía su libertad con la muerte de su marido. Soñaba una y otra vez, despierta, con su viudez y con la fuga en compañía de Alfonso hacia tierras berberiscas, donde haría realidad sus sueños y encontraría la felicidad perdida con su marcha de Denia, dándole rienda suelta a sus deseos y a su carencia de pasión marital.
Pero no, todo era un sueño. Allí, se encontraba ella, en compañía de su hija Inés, rodeada de beatas y plañideras, y oyendo las palabras que desde el púlpito lanzaba el vicario, en las que exhortaba la virginidad de María y la ausencia de deseos carnales en la concepción de Nuestro Salvador. Allí se encontraba ella, deseosa de abandonar las arengas del vicario y perderse en la búsqueda de esos placeres para ella desconocidos pero que a buen seguro encontraría en su vecino Alfonso.
- Podéis ir en paz.
- Demos gracias a Dios.
Salieron madre e hija de la parroquia, entre miradas deseosas por parte de los hombres allí presentes, encontrándose en la misma puerta con Rosario, cocinera de su casa, que le traía un mensaje de su marido.
- Señora, el señor ha mandado un mensajero para informar que su estancia en Granada va a ser más larga que lo que él esperaba; que recibirá noticias de su llegada, pero que en menos de un mes no espera que así sea.
- ¿Dónde se encuentra el mensajero?
- Iba de paso hacia Cádiz y ya se ha marchado.
- Bien Rosario, espérame en casa.
Otra esposa se hubiera preocupado y apenado con el mensaje recibido, pero Margarita no. Su cuerpo se vio invadido de una bocanada de aire fresco y una sensación de felicidad que hasta, sin darse cuenta, le regaló una sonrisa rayando la lascivia al señor Don Jesús Armario, padre de Pedro, el amigo de su hijo, y que hizo que el buen señor llegase a ruborizarse.
Poco antes de llegar a su casa, a escaso diez o quince metros del portal, vio que, en sentido contrario y algo más alejado, se acercaba su deseado morisco tirando del ronzal de su burro, al que traía cargado con productos de la huerta. Sin pensárselo dos veces, Margarita mandó a su hija al interior de la casa, donde ya se encontraba Pelayo, y se dispuso a esperar a Alfonso para, con el achaque de interesarse por algunos de las hortalizas que traía, hablar por primera vez en su vida con él.
- Buenas tardes, señor.
- Buenas tardes, señora, ¿desea usted algo?
- ¿Trae usted lechugas y acelgas?
- Si señora, muy buenas por cierto, pero las traigo en el fondo del serón. Va a tener usted que esperar a que descargue. Si le parece a usted bien, mande a su cocinera dentro de un rato y yo se las doy. ¿Cuántas va a querer usted?
- Yo mismo me acercaré si no le importa.
- Para nada señora, para mí será un placer el recibirla en mi humilde morada.
Fue en ese momento de despedida cuando los dos vecinos intercambiaron sus miradas por primera vez en sus vidas. Fueron dos miradas penetrantes, deseosas, cautivadoras. La mirada de ojos verdes de Margarita transmitió un aluvión de deseos a los ojos también verdes oscuros de Alfonso, que correspondió con una sonrisa y con un “le espero, señora”, cargado también de deseos.
Alfonso entró en su casa y, antes de descargar las hortalizas que traía, como todos los días desde hacía ya más de cuatro años a su llegada de la huerta, entraba en su dormitorio y cogía entre sus manos el collar de su esposa que llevó ella el día de su boda y que poco antes de morir en el primero de sus partos, le entregó a Alfonso para que lo guardase de por vida. “Hamid, perdona por no haberte podido dar un hijo. Que Alá te ayude a encontrarlo”, fueron sus últimas palabras.
Margarita entró algo nerviosa en su casa y al igual que Alonso, se dirigió hacia su dormitorio, pero a diferencia de él, nada más entrar, se despojó de su enlutado vestido de cuello de caja y se puso a rebuscar algún vestido con el que pudiera transmitir algún mensaje de sus intenciones a su vecino. Encontró uno con gran escote, de color azul oscuro y tras despojarse del resto de ropa interior y quedar completamente desnuda, se lo echó por la cabeza y alisó las pequeñas arrugas que tenía. Cogió una toca de lana gruesa para camuflar su exagerado escote y, tras mirar en un par de ocasiones por la ventana hacia el patio de su vecino, se dispuso a visitar a su morisco de ojos verdes.
Ante de salir de su dormitorio, se asomó al espejo y, sobre la marcha, deshizo el rodete que llevaba, que la envejecía un poco, dejando su melena azabache caer por su propio peso. Se alisó con un cepillo y con la mayor de las premuras bajo las escaleras y salió de su casa. Miró a izquierda y derecha y, tras comprobar que no había nadie en la calle, entró sin más dilación en la casa de Alfonso. La puerta estaba entreabierta y, algo dubitativa, comenzó a llamarlo.
- Señor, señor.
No contestaba nadie.
- Señor, señor.
- Pase usted, señora. Perdone, pero me estoy aseando un poco.
Ella entró algo nerviosa y, tras cerrar la puerta de la calle, esperó su llegada. Su tardanza no fue larga. Apareció en babuchas, con un pantalón fino abombado propio de su raza y una camiseta interior de manga larga de color blanco ajustada a su cuerpo.
Todavía traía la cabeza mojada y corrían por su cara unos finos regueros de agua que trataba de secar con un paño limpio. Nada más verla, y sin mediar palabras, la agasajó con una sonrisa repleta de deseos que provocó que ella, sin poder controlarlo, se abriese la toca y dejase al descubierto la casi totalidad de sus pechos. No tuvieron que hablar. Sus deseosas miradas lo decían todo. Sin dilación alguna, el la asió con una fuerza que ella desconocía hasta ahora y que la descompuso desde los pies a la cabeza, y la besó apasionadamente. Ella respondió de igual manera, acordándose entonces de las historias y consejos de su abuela. Con una excitación desconocida para ella, le quitó con gran entusiasmo la camiseta interior, quedando a descubierto el fornido pecho de su morisco. Comenzó a besar su cuerpo semidesnudo, mordisqueándole suavemente los pezones, lo que provocó una sobreexcitación indescriptible en el. Tal fue su excitación que cuando ya Cristina, de rodillas en los rojos ladrillos de adobe, iba a proceder a bajarle los abombados pantalones para continuar con su juego bucal, Alfonso la levantó y cogiéndola entre sus brazos y besándola apasionadamente, la llevó hasta su dormitorio. Una vez allí, a la luz de dos candelabros de plata, le quitó los dos corchetes que sostenían el vestido de su amante y ésta lo dejó deslizar por su fina piel, quedando completamente desnuda. Él se apartó un par de pasos de ella y, sin dejar de mirarla, dijo
- Eres bellísima. Eres la mujer más bella que he visto en mi vida.
Se acercó nuevamente a ella y la besó con la mayor carga de deseos que nunca ella pudo imaginar, para a continuación, invitarla a que se tendiese en la cama. Ella reaccionó y dijo
- No, tiéndete tú. Eres mi señor.
Él se tendió sin creerse lo que estaba viviendo y la dejó hacer. Cristina comenzó a besarle dulcemente la frente, los ojos, las mejillas, la barbilla, la boca, al tiempo que, con un sensual vaivén de cadera, hacía que sus erectos pezones rozasen intermitentemente el nervudo pecho de Alfonso. Proseguía con el cuello, los pezones, donde se recreó al haber comprobado con anterioridad que su excitación en esa zona de su cuerpo era máxima, las axilas, el estómago, el bajo vientre. Con una sutilidad de diosa, bajó los pantalones de Alfonso, dejándole al descubierto el enorme miembro viril apuntando al techo del dormitorio. Tal fue el pasmo que sintió, que sin poder finiquitar las lecciones dadas por su abuela, se tendió boca arriba en la cama y, abriendo y levantando sus piernas, le dijo a Alfonso, “entra en mí; dame vida”. Los tobillos de ella rozaban las orejas de él y cada vez que él hundía su enorme pene en sus entrañas, ella apretaba sus músculos vaginales para no dejarlo salir.
El éxtasis le vino al mismo tiempo.
Después de reposar un momento, ella pudo articular palabras.
- Alá es vida. Siempre seré tuya. Ahora he de irme, mis hijos me esperan.
- No te vayas; hagámoslo otra vez.
- Tenemos toda una vida por delante. Esta noche, tras la Misa del Gallo, cuando se hayan dormido los niños, y si lo deseas, volveré.
- Te estaré esperando.
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