domingo, 12 de abril de 2020

LA PARISINA (Cap. I)




LA PARISINA.

CAPÍTULO I
Lo que está claro es que hoy me queda un día menos teniendo que ver sí o sí la parisina que da majestuosidad a mi salón. Esa misma parisina que compré en la rue du Mont Cenis, en el distrito parisino de Montmartre, por, quiero recordar, poco menos de 700 francos franceses, y que dicho sea de paso, me costó tener que emplearme bien a fondo para, primero, poder pasar por la puerta de embarque sin doblarla, y después, poder acceder al avión con ella. Menos mal que en las dos puertas se encontraban dos bellas azafatas, una de Dijon y la segunda de Toulouse, que aunque reticentes al principio, después, dejándose llevar por mi chapurreado francés del Sur del sur aprendido en mis años de pantalones cortos, zapatos gorilas y calcetines hasta las pantorrillas, accedieron a que pudiese viajar con mi parisina enrollada de casi metro y medio entre mis piernas, no sin antes dedicarles a las dos, por separadas, unas sonrisas y unas miradas cargadas de… … … .., y de las que hoy ya no se pueden utilizar salvo que corras con el riesgo de tener problemas con la justicia, pero que en aquel embarque consiguieron el objetivo.

Aunque pude conseguir que embarcase conmigo, la azafata, la de Toulouse, me exigió que no podía ir en mi asiento, ya que molestaría a los dos pasajeros que tenían que ir junto a mí, pues tuve la “gran suerte” de ir en el asiento central, trasladándome al último asiento de cola que circunstancialmente estaba libre por una cancelación de última hora. Sin pega alguna, dije yo. Y fue entonces cuando, ya en pleno vuelo, entablé conversación con un orondo argentino, cubierto de un sombrero tipo Bogart que ahora que recuerdo no le favorecía en nada, y con una pipa de madera de cerezo sin picadura, que también se dirigía para Sevilla. Tengo que reconocer que su melodioso hablar me cautivó (no pensar mal), provocando que desplegase el rollo en el que iba envuelto mi lienzo, quedando mi preciosa parisina expandida a lo ancho de todo el pasillo central, entre el reposabrazo del porteño y el mío. El argentino quedó prendado con la pintura, y tras analizarla minuciosamente, cosa que yo no hice cuando la adquirí en plena rue du Mont Cenis, me miró fijamente a los ojos y echó mano a su chequera que llevaba en el bolsillo interior de su chaqueta Armani de cuadros escoceses, diciéndome: “pide plata”, a lo que yo me quedé desconcertado sin saber qué contestar.

......“Pide plata”, repitió un par de veces, al tiempo que no dejaba de mover su chequera delante de mi cara, dejándome todavía más descolocado. Recuerdo que pasaron por mi cabeza mil cosas al mismo tiempo, pero me centré en la que más me convenía. “Será un Cezanne, un Van Gogh o un Renoir?, me dije. “De aquí saco yo tajada”.
No, no lo vendo”, le dije, “además, fue un capricho de mi mujer y he pagado demasiado por él; no creo que usted pueda pagar tanto”. “Vos, pedí, que verás como llegamos a trato”, contestó. “Joder, joder, joder con el porteño este” pensé, “qué coño habrá visto el tío este en el lienzo para estar dispuesto a pagar lo que sea”. “Deja que me lo piense” le dije, y lo desplegué como pude encima de mis piernas. Lo miré por un lado, lo miré por el otro, lo miré de cerca, lo miré al lejos, dejándolo caer en el mamparo del avión y retirándome lo máximo que podía....., y nada; yo veía lo mismo que vi el día que lo compré; es decir, una pintura como otra cualquiera; lo compré porque le gustó a mi mujer, pero cuando yo fui al día siguiente a recoger el óleo con los setecientos francos que saqué en una oficina parisina del Banco Central Hispano, me dieron mil cuatrocientos dolores de barriga. Volví a sentarme, me acerqué lo máximo que pude a la firma y solo vi un garabato, un garabato donde ni ponía Cezanne, ni Van Gogh, ni Renoir, ni ningún nombre de otro pintor francés que yo conociera. ¿Entonces qué coño ha visto el gordinflón este en el oleo?, pensé hecho un basilisco.
Recuerdo que me dormí y pocos minutos antes de tomar tierra el avión en Madrid, me despertó un pequeño tirón en el brazo. Era el argentino.
Despertá, boludo, que estamos a punto de tomar tierra en Madrid” fueron las primeras palabras que escuché al abrir los ojos. Era el argentino nuevamente. Con él me dormí y con él me desperté. Enseguida caí en la propuesta que me había hecho antes de caer en brazos de Morfeo. “Si le pidiera mil francos por mi parisina lo mismo hasta me los da, y así me gano algo más de seis mil pesetas” pensé haciéndome todavía el dormido. “Boludo, tres mil francos te doy por tu pintura; no creo yo que tu chica te dejara pagar tanto por esta pinturita que la podías encontrar en la esquina de la tienda de tu calle. ¿Lo tomas o lo dejas?”. Mi calculadora mental comenzó a dar vueltas y no me creía el resultado final: unas cincuentas mil pesetas sin partirla ni probarla, o lo que es lo mismo, seis letras del Opel Kadett que me había comprado unos meses antes. “Ni pensarlo”, me dije; “¡pero qué coño!, voy a ver si le saco un par de mensualidades más; o tres o cuatro”. “Boludo......, tú” le contesté esbozando una leve sonrisa socarrona para intentar traérmelo a mi terreno. “Te voy a decir una cosa, yo no tengo ninguna intención de vender esta parisina, pero como me has caído bien, si me das cinco mil francos, lo mismo hasta te la vendo”.
Mesdames et messieurs, attachez vos ceintures de sécurité; dans quelques instants, nous atterrissons à l'aéroport de Madrid Barajas”. Recuerdo como si lo estuviera viviendo en este momento. La voz de la azafata indicándonos que íbamos a aterrizar me puso de los nervios, desencajado; con ganas de cerrar los ojos y no abrirlos para nada. “A ver para que coño me ha despertado el argentino este de los cojones”, pensé, olvidando la oferta que me había hecho, lo que yo le había pedido y hasta de las letras de mi Opel Kadett. ”Para, para, para; no guitarrees que no tenés cuerdas. Cuatro mil te doy, y es la ultima palabra”, me dijo volviendo a sacar su chequera. Los nervios por el aterrizaje me atenazaron; le tenía pavor, lo que hizo que ni entrase a analizar la última oferta. La toma del tren de aterrizaje con el asfalto de la pista fue muy suave, abriendo los ojos y volviendo instintivamente mi vista para la minúscula ventana y así comprobar que todo había ido bien. Respiré hondo. “Boludo, qué, ¿lo toma o lo deja? Cuatro mil te doy”, insistió el argentino bailando la chequera delante de mi cara. “Ni para ti ni para mí; cuatro mil quinientos y no hablamos más”, le dije extendiéndole la mano para cerrar el trato. El porteño, después de entrecruzar nuestras manos, sacó su Mont Blanc para rellenar el cheque.

El porteño, después de entrecruzar nuestras manos, sacó su Mont Blanc para rellenar el cheque. Tuve un momento de lucidez y le salí de inmediato al paso, antes que firmase, dejándole claro que no era muy amante de los cheques, que me gustaban ver a los billetes verdes de mil pesetas unos encima de otros formando un taco. El argentino, con toda la parsimonia del mundo, y sin inmutarse me dijo que no había problema, pero que tendría que esperar a llegar a Sevilla para ir a una oficina bancaria, y eso tendría que esperar al día siguiente, ya que el avión, tras el transbordo en Madrid no tomaría tierra en San Pablo hasta después de las diez de la noche. Yo recuerdo, que me mosqueé un poco, y ni corto ni perezoso, acordándome de diez letras de mi Opel Kadett le dije que teníamos cinco hora de transbordo en Madrid, que en el aeropuerto habría con toda seguridad alguna oficina bancaria donde sacar el dinero, a lo que él me contestó que así lo haría.
Ya en el aeropuerto madrileño, a solas con mi mujer, le relaté todo lo sucedido, apreciando que la incredulidad se adueñaba de su cara y de sus gestos. “Vamos a ver, me dijo, no te echo la bronca porque sé que el argentino ese no va a volver con las noventa mil pesetas, pero la parisina se compró porque desde que la vi me sedujo, y cuando yo le ponga un buen marco ni te imagina cómo se va a hermosear tu salón”. “Pero niña, que con las noventa mil pesetas te lleno yo las cuatro paredes de parisinas; y encima soy capaz de comprarte hasta un reloj de pared”, le dije al tiempo que le pellizcaba la mejilla a modo de caricia con el interior de mis dedos índice y corazón. “Así que, continué convenciéndola, si vuelve el gordito feliz, le recogemos muy gustosamente el fajo de billetes, le damos la parisina y ya nos pasaremos por un buen anticuario y te compras un par de buenos cuadros ya enmarcados y todo”. Realmente creo que la convencí, pero debo de admitir que el paso de los minutos sin ver aparecer al argentino, me hizo pensar que aquello había sido un fiasco y que la intención del boludo orondo no era otra que quedarse con la parisina de mi mujer y donarme un cheque sin fondo. Al final, como casi siempre, las mujeres llevan razón.
Pero cuál no sería nuestra sorpresa que una hora antes de embarcar, nos vimos aparecer a Honorio, que así se llamaba el argentino, haciéndonos señales con el brazo y acercándose hacia nosotros con una sonrisa de oreja a oreja y dándose golpecitos en el lado del corazón como diciendo que en el bolsillo interior de su Armani llevaba las noventa.

............ y dándose golpecitos en el lado del corazón como diciendo que en el bolsillo interior de su Armani llevaba las noventa. La verdad es que me entró algo de congoja cuando lo vi aparecer. Mientras se acercaba a nuestra mesa, miré a mi mujer tres o cuatro veces, esperando su reacción. Y habló. “Yo me voy hasta la puerta de embarque; haz lo que te apetezca, pero que sepas que esa parisina me encantó desde el primer momento”. “Pero niña, le contesté, que son noventa mil pesetas, que si le resta las quince que nos gastamos en ella, nos quedan libre más de setenta; yo creo que no es para pensárselo”. “Adiós”, esa fue su respuesta, y se fue dejando el zumo de piña a medio tomar con cara de pocos amigos.
Honorio, el argentino, con insultante alegría y con una expresión de esas de “me como el mundo”, se cruzó con mi mujer a menos de dos metros de la mesa donde me encontraba, que, dedicándole una mirada bastante altiva y cargada de odio, siguió camino de la puerta de embarque, aunque su destino, como bien supuse y comprobé más tarde, fue una de esas tiendas de modas prohibitivas que tan enemigo soy de ellas.
Vos tenés el día de suerte hoy, pero no vea el quilombo por el que he tenido que pasar para conseguir la pasta; pensé que no llegaba”, llegó diciendo el porteño ya con el sobre en la mano. “Te invito a una birra antes de tomar el avión, que veo que acá sos algo rata”, prosiguió hablando al ver que yo no me decidía a intervenir. En verdad es que por mi cabeza rondaba la búsqueda de una respuesta para decirle que no iba a vender mi parisina. Aunque realmente yo deseaba venderla, ya que la pinturita no me decía absolutamente nada. Era un mar de dudas. Pasaron un ramillete de respuestas por mi cabeza mientras que él se acercó a la barra por las cervezas, pero no encontraba la idónea, principalmente porque diez letras del Kadett eran muchas letras y con ese dinero se podían tapar algunos agujeros, y algún que otro capricho. Pero todas mis dudas se esfumaron cuando de regreso con sus dos birras, una de ellas para mí, y sentado en la misma silla que ocupara mi mujer, me abrió la solapa del sobre blanco de Argentaria con billetes de cinco mil pesetas. Yo pensaba en ella; en mi mujer me refiero. Pero el color marrón de los billetes me ayudaban a mitigar las posibles consecuencias. “Cuatro mil quinientos francos franceses a veinte pesetas, noventa mil pesetas. He querido redondear a beneficio de vos, ya que el cambio del franco está ahora a diecinueve sesenta y cinco pesetas. Tené que haber dieciocho billetes de cinco mil. Contá, contá”. Y los conté. Dieciocho billetes. En verdad es que pensé en aquel momento que iban a hacer más bulto. Honorio sonreía, me miraba, y con un leve movimiento de cabeza me decía que le entregara mi parisina.

.......Honorio sonreía, me miraba, y con un leve movimiento de cabeza me decía que le entregara mi parisina. Los dos frente a frente. Miradas cargadas de palabras e intenciones. El sobre de Argentaria con los dieciocho billetes en su interior encima de la mesa, en el mismo centro, equidistante entre los dos. Mientras, mi parisina, enrollada en el interior de un canuto (hablando de canuto, ¿sabéis que a finales del siglo X y comienzos del XI hubo un monarca danés que fue rey de Dinamarca, Noruega, Suecia e Inglaterra que se llamaba Canuto II?), dormitaba extendida en el asiento de otra de las sillas, soportando nuestras miradas, bien directas bien soslayadas, esperando quizás saber en qué brazos iba a hacer el viaje hasta el aeropuerto San Pablo de Sevilla. Recuerdo que me llené de valor y extendí mi brazo izquierdo hasta tomar fuertemente el canuto, poniéndolo encima de la mesa, junto al sobre de Argentaria, pero sin soltarlo.”Aquí tienes la parisina, pero antes de que cambie de dueño me tienes que decir porqué tanto interés el tuyo en hacerte con ella; no es normal”. El argentino, poniendo una de sus manos encima del canuto, entre las dos mías que no se habían desprendido todavía de él, me sonrió diciendo, “boludo, creo que vos no entendé lo que es el arte en serie o en cadena según la luz”. “¿En cadena?; ¿el arte en cadena?;¿qué coño es eso?”, pensé contestarle; pero no lo hice. “Explícamelo tú, boludo, que yo de arte estoy pegado”, le contesté, pero utilizando el término boludo de una manera nada conciliadora, aspecto éste que no se le fue por alto a mi compañero de viaje. Te explico, me dijo.”El autor de esta parisina pintó en su día cinco imágenes de la rue du Mont Cenis, con el exterior de la Basílica del Sacré Coeur (Sagrado Corazón) al fondo, a distintas horas, con distinta luz según la estación del año y oscilando su posición a lo largo de la calle en unos cincuenta o sesenta metros”. “¡Qué bien!”, le contesté; “aburrido que estaba el tío. ¿Y qué? A mi eso no me dice nada. Esta, apretando con más fuerza el canuto, ¿a qué hora la pintó, recién levantado o ya con unas copas de coñac encima?”. “Prosigo. Pues que yo en mi casa tengo cuatro de esas pinturas y me falta precisamente esta, y es por lo que he pagado más de lo que vale realmente, para tener la serie completa. Y ahora me vas a preguntar que cómo supe que la parisina la había comprado vos, que cómo tengo los mismos vuelos que vos y todas las preguntas que queré hacerme. Pero toma el sobre y dame ya la pintura, boludo”, me dijo con aires de pocos amigos. Su respuesta me enervó en cierta medida, aunque antes de saltar como un basilisco, pude controlar mis primeras intenciones apaciguando mi respuesta. “Pues sí, parece ser que has hurgado en mi mente y has leído mis pensamientos, y te digo, mucha casualidad el que tú vayas a París en busca de un cuadro que no conoce ni su propio autor, y acabes consiguiéndolo en el vuelo que casualmente también te lleva hasta Sevilla, ciudad a la que se dirige el comprador de ese cuadro. Como también es mucha casualidad que la azafata me envíe a cola del avión y te encuentres allí como si estuvieras esperando que te llegara el maná del cielo. Tu me dirás........., boludo; y dilo pronto que ya mismo abren la puerta de embarque y mi mujer me estará esperando”.

.........Tu me dirás........., boludo; y dilo pronto que ya mismo abren la puerta de embarque y mi mujer me estará esperando”. “Pues muy sencillo, contestó el porteño, te lo resumo enseguida. Me avisaron en mi querido Buenos Aires donde encontrar el óleo que andaba buscando; enseguida volé hasta París y cuando hallo al vendedor me dijo que ya estaba vendido, entregada una señal y que al día siguiente vendrían a llevárselo tras la entrega del dinero. Allí estaba yo al día siguiente cuando vos retiró la compra, te seguí, localicé tu hotel y por medio de otra persona pude enterarme que viajabas hasta Sevilla con escala en Madrid, pero todo eso a ultimísima hora, sin tiempo apenas para sacar el billete. Cómo conseguí la información?; pues si preguntá a tu hermosa mujer seguro que recuerda que tuvo una conversación con una chica española y le dijo cuáles eran vuestros planes de regreso a España. Con respecto al encuentro que tuvimos en los últimos asientos del avión, fue circunstancial; aproveché la ocasión de cerrar el trato ya que en mis planes estaba haberte hecho la oferta una vez tomado tierra en Sevilla. Así de fácil todo, boludo”. Yo me quedé algo dubitativo, contestándole “más vale creerlo y no averiguarlo”. Con mucha desgana extendí los brazos y le entregué el canuto, recogiendo a la vuelta el sobre de Argentaria, que volví a abrir y contar los dieciocho billetes de cinco mil, cerciorándome también que eran legales y que no se trataba de una variante del timo de la estampita. “Bueno, y ahora en Sevilla qué vas a hacer, ¿te quedas?, porque entiendo que en tus planes estará viajar hasta tu querida Argentina”. “En mis planes estaba quedarme un par de días o tres en Sevilla, desplazándome para conocer Marbella, pero visto lo visto, lo más seguro es que me quede aquí en Madrid hasta que encuentre vuelo para Buenos Aires”. Nos levantamos de la mesa, apuradas las cervezas, y nos dirigimos, entrecruzándonos con el numeroso público que iba y venía, camino de la puerta de embarque hablando de arte; bueno, yo realmente iba en el papel de un mero espectador que se traga todo lo que le quieran decir, ya que por aquel entonces, y no que ahora sepa mucho, no tenía ni la más zorra idea del arte de la pintura y de sus pintores. Así, recuerdo que me habló de la serie de cuadros que pintó el impresionista Monet sobre un mismo motivo pictórico, concretamente sobre la catedral de Rouen, vista a distintas horas del día y en distintas estaciones climáticas, y a lo que él hizo mención cuando me habló de la compra de mi parisina como un “arte en cadena” con el fin de impresionarme y dársela de “enteradillo”, ya que desde entonces he tratado de buscar esa expresión de “arte en cadena” y no la he encontrado por ningún lado.
Pero cual fue mi sorpresa cuando, ya viendo el número de la puerta de embarque que correspondía al vuelo de Sevilla, y en cuya cola de espera ya se encontraba mi mujer, eso sí, con una bolsa de una conocida marca de ropa, el señor Honorio se dejó caer con la siguiente frase: “¿sabés vos lo que le digo?, que voy a hacer lo que tenía pensado, que me voy para Sevilla”. Y la verdad fue que nos vino hasta bien que decidiera utilizar el mismo vuelo que nosotros, ya que si no lo hubiera hecho, la compra de mi mujer en la tienda de lujo hubiera tenido que ser facturada, pues no la dejaban entrar con ella al tener ya otra bolsa de mano de viaje; así que el canuto con la parisina en su interior, encontró asilo junto a la lujosa prenda.

.....así que el canuto con la parisina en su interior, encontró asilo junto a la lujosa prenda. Aunque temíamos que las azafatas, tanto la de la puerta de embarque como la de la entrada al avión, que no eran las mismas como todo el mundo supondrá que las del vuelo de Air France, pudiesen poner algún tipo de objeción para la entrada de la parisina, por aquello de su tamaño, no pusieron ningún tipo de impedimento; todo lo contrario, la de la entrada del avión de Air Europa le gastó una broma al horondo argentino diciéndole que “con el canuto asemejándose a un rifle sobresaliendo de la bolsa colgada al hombro y su pipa sin tabaco en la boca, solo le faltaba un sombrero de safari para imaginar que iba de camino a cualquier parque nacional africano”; y la gracia de la azafata no estuvo en lo que le dijo, sino en cómo se lo dijo, demostrando que su gracejo era propio de la mujer andaluza, como así comprobamos que era a lo largo del vuelo.
Durante todo el vuelo me tocó soportar las indirectas de mi mujer, y las directas también, como consecuencia de la venta de la parisina. “Era mía. No olvides que era mía”. “ Como ahora te dedicas al mundo del arte”. “El gremio de los marchantes de arte deberán de estar nerviosos con las nuevas incorporaciones en el oficio”; estas y otras fueron algunas de las frases que tuve que soportar durante gran parte del viaje. Y la verdad era que en el fondo llevaba gran parte de razón. Pero, como le dije durante el vuelo en varias ocasiones, “tampoco pa ponerse así; la he vendido y ya está”. Tan hasta allí me puso que opté por levantarme del asiento y, sin necesidad perentoria de micción o evacuación, encaminarme hasta los aseos. Nada más levantarme y enfilar el pasillo hasta la parte posterior del avión, observé cuan mástil sobrepasando en altura a toda la linea que formaban los cabeceros de los asientos, el canuto guarida de la que fue mi parisina, seguramente apoyado en las piernas del argentino, ya que nada más entrar en el avión lo sacó de la bolsa en la que había embarcado, para devolvérsela a mi mujer. Tengo que admitir que cuando vi aquella verga eniesta en la distancia, me emocioné; pero no por su forma, sino por su añorado contenido y por ese interior tan bucólico con el que disfrutamos nada más tenerla a la vista, adelantándome a lo que hubiera sentido la que realmente fue su dueña, si hubiera vuelto la vista en ese momento hacia la parte trasera del avión. “Pero ya la recompensaré”, me dije, sabiendo que cumpliría mi promesa.
Al tiempo que me iba acercando al canuto, camino de los aseos, recuerdo que el sentimiento de arrepentimiento me iba envolviendo, creando una verdadera maraña alrededor de mi mente; hasta tal punto me envolvió que me sentí cegado completamente y pasé de largo del argentino como si no hubiera estado allí. “Boludo, me dijo con mucho retintín, tomaste la pasta y pasaste de mí; no conocés a nadie, carajo, ¿Conseguiste ya chamugar con tu chica?, porque tenía cara de pocos amigos”. Si ya iba ciego y envuelto en remordimientos, con las palabras del Honorio de los cojones, porque así lo pensé en aquel momento, me entraron ganas de arrebatarle el canuto y tirarle a la cara el sobre de Argentaria, aunque no pudiese pagar los cargos de las prendas que se había agenciado mi esposa; ya escarbaría por otro lado. No tuve c…...... No lo hice, remitiéndome a responder con un “no te había visto” y prosiguiendo hasta los aseos.

No tuve c…...... No lo hice, remitiéndome a responder con un “no te había visto” y prosiguiendo hasta los aseos. Fue curioso que cuando entré en el minúsculo recinto del aseo del avión, comencé a sentirme como si me encontrara en un amplio cuarto de baño. Tal fue así que sin ganas ninguna que tenía de miccionar o evacuar, como ya comenté en el capítulo anterior, me senté en el inodoro, no sin antes enjabonarlo (repito, enjabonarlo) y recubrirlo con cuádruple capa de papel por dentro y por fuera, con riesgo de tener que llamar al fontanero de guardia por riesgo de atasco. No llegó a tanto. Lo que es verdad es que estuve sentado por espacio de casi diez minutos. Y no pensé en mi esposa y en sus justificados enojos, ni en la altanería de Honorio el porteño, ni que iba a varios miles de pies de altura, con lo que a mí siempre me aterroriza eso de volar. Solo pensaba en la parisina. La tenía grabada en mi mente como si me hubiera pasado todos los años de mi vida, por entonces treinta y poco, observándola día sí y día también. Podía ver en mi mente cuántos peldaños tenía la escalera que aparecía en la casa de la izquierda, o cuantos árboles se podían contar desde el principio hasta darte de bruces con la cúpula de la basílica, o incluso cuántos cientos de hojas dormitaban en el suelo, algunas casi en movimiento, desprendida de esos árboles, lo que me hacía ver que el lienzo fue pintado a principios de la estación otoñal. ¿Cómo sería el cuadro que tenía el argentino en su casa, pintado en la estación de primavera? Era patente que los colores grises y ocres de esta parisina serían bien distintos a la que poseía el horondo, con colores verdes y luz radiante primaveral. La primavera es preciosa, pero me quedo con el otoño de la mía. Quiero esta parisina. La quiero recuperar. Haré todo lo posible por recuperarla. La recuperaré. Esa fue la última frase que pensé antes que se encendiera una luz roja del aseo, encima de la puerta, y oír por el altavoz que tomásemos asiento y nos pusiésemos los cinturones. Enseguida me levanté como si me estuvieran pinchando, y tras hacer correr el agua por el inodoro para que todo el enjambre de papel desapareciera y acicalarme un poco en el espejo, salí como un rehilete del aseo y me encaminé hasta mi asiento, no sin antes, cuando iba a la altura de Honorio, acercarme hasta su oído y decirle que tenía que hablar con él cuando tomasen tierra. Su “entre nosotros está todo hablado” me sentó a cuerno quemado, llegando hasta mi asiento hecho todo un energúmeno, si bien me propuse no pagar mi ira con mi esposa, ya que en verdad no tenía ninguna culpa de lo que estaba ocurriendo, aunque ella siguió echando leña al fuego. “¿Dónde te has metido?; me dije, ¿estará buscando obras de arte en la bodega del avión para después venderla al mejor postor?” Fue el recibimiento de ella, a lo que yo le contesté con un “en la bodega no tengo yo nada de mi propiedad para poder vender”, respuesta que nada más que la terminé, pensé que se la había puesto a huevos, arrepintiéndome enseguida. Pero fue tarde, ya que ella recogió el guante de inmediato: “tampoco era tuya la parisina y la vendiste sin contar conmigo para nada”. Me callé.
Y por fin aterrizó el aparato. La verdad es que el aterrizaje fue de lo más suave, al tiempo que yo lo único que pensaba era cómo abordaría al argentino para intentar deshacer el trato. Sabía que iba a ser difícil, casi imposible, pero yo lo intentaría. Lo abordé en el mismo pasillo del avión, cuando pasaba a la altura de mi asiento guardando la cola para descender. “Te pediría que no te dirigieras más a mí”, me contestó después de un doble requerimeinto por mi parte. En verdad es que cuando pasó a mi altura y vi que llevaba el canuto como abrazado entre sus dos gruesos e inconsistentes brazos, como diciéndome que le pertenecía, al tiempo que sentí una congoja indescifrable, se apoderó de mí una sensación de ira que si no llega a ser por el fuerte tirón que me dio mi mujer del brazo, leyendo mis intenciones, me hubiera avalanzado contra el argentino. Así y todo, pude salir de mi asiento y colocarme en la fila saliente, a dos personas por detrás de él, dirigiendo una mirada a mi esposa para que me siguiera. Salimos del avión, despidiéndonos amablemente de las azafatas y del segundo comandante que se encontraban en la puerta de salida a pie de escalerilla, y tras bajar varios escalones, a cuatro o cinco de la pista, y cuando el argentino se encontraba en el último escalón de la escalerilla, observé como fue abordado por dos señores que después de identificarse, lo invitaron a que les acompañara.

..y cuando el argentino se encontraba en el último de la escalerilla, observé como fue abordado por dos señores, que después de identificarse, lo invitaron a que les acompañara. Al igual que el resto de los pasajeros que descendíamos del avión, me quedé de piedra, yo quizás más, por aquello del trato tan estrecho que había tenido con él desde que nos conocimos en el vuelo que nos trajo a Madrid desde París, y todo a pesar de los desplantes que acababa de hacerme. Tengo que reconocer que tras los tres desplantes que me hizo en el avión, uno cuando venía de los aseos para mi asiento por el inminente aterrizaje y otros dos cuando en la cola del pasillo del avión le hice un par de requerimientos, le eché mil maldiciones y le deseé lo peor; pero de ahí a que lo estuvieran esperando a pie de escalerilla una pareja de policías para detenerlo...; la verdad es que no me lo esperaba. Y se lo llevaron escoltado, siendo yo testigo de primera línea.
¿Ernesto Sanromán?”, dijo uno de los policías enseñándole la placa, a lo que el argentino, sin pronunciar palabra alguna, asintió con la cabeza. “Agente del servicio central de la policía judicial. Acompáñenos hasta el interior del aeropuerto que tenemos que hacerle unas preguntas”. Los dos policías que escoltaron al argentino camino del interior del aeropuerto venían acompañados de un tercero que se quedó a pie de la escalerilla, cortándonos el paso mientras que sus compañeros con Ernesto Sanromán se alejaban del avión, todo con el fin de no mezclarnos con ellos.
Yo me hacía mil preguntas, pero la que más ocupaba mi mente era la del nombre del porteño. El muy gandul me dijo que se llamaba Honorio. Me mintió vilmente. ¿Por qué me mintió y qué perseguía con ese cambio de nombre cuando a mí ni me iba ni me venía? Lo mismo me daba con que su nombre fuera Ricardo como que se llamara Patricio. No entendía nada. Otra vez tenía que darle la razón a mi mujer cuando me decía que el argentino no le gustaba ni un pelo, que le daba mala espina. Y además de su falso nombre, me preguntaba ahora, durante el tiempo que tuve que estar esperando en la escalerilla del avión, el porqué de su desmedido interés por la compra de mi parisina. Todo me olía cada vez peor. Y con aquel maremágnum de pensamientos desordenados en mi cabeza sobre el tal Ernesto, que para mí seguía siendo Honorio, y cuando ya pensé que el policía que se encontraba a pie de escalerilla nos iba a permitir el paso, observo que se aleja unos metros del avión con una mano extendida señalándonos que no bajásemos y con la otra en el pinganillo que tenía en la oreja, y que seguramente lo comunicaba con los dos compañeros que en compañía del porteño se habían parado antes de entrar en la terminal de San Pablo y de cara al avión en el que habíamos llegado. Los viajeros comenzamos todos a impacientarnos, habiendo algunos que comenzaron a hablar de una manera algo agresiva. Que se estaba calentando el cotarro. Yo estaba allí en la escalerilla, pero mi sexto sentido se encontraba, no sé porqué, con los dos policías que escoltaban a Honorio; bueno, a Ernesto. Observaba como discutían y cómo en un par de ocasiones se cayó al suelo el canuto donde iba la que fue mi parisina. La verdad es que los dos golpes que dio en el suelo me dolió como si me hubiera caído yo. De pronto, y sin quitarse la mano del oído para asegurarse mejor el pinganillo en la oreja y hablando algo que no llegué a entender, el policía que se encontraba con nosotros se acercó al avión, hasta el pie de escalerilla. ¿Qué estaba ocurriendo allí? Todo muy extraño. Y más extraño aun cuando el policía llegó hasta pie de escalerilla y comenzó a buscar con la vista a alguien de entre los que nos encontrábamos allí, al tiempo que el argentino y los dos policías que le acompañaban regresaban nuevamente hacia el avión, pero con la salvedad de que el canuto con la parisina en el interior ya no era portado por Honorio, por Ernesto, sino por uno de los policías. Yo miraba a mi mujer, mi mujer me miraba a mí, y los dos, sin mediar palabra alguna comenzamos a ponernos un poco nervioso; yo un poco más que ella.


No quiero ser pesado en mi reiteración, pero no hay que olvidar eso de “SEGUIR EN CASA”. Y recalco: seguir en casa; se está demostrando que es la mejor solución para que el puto virus no te haga compañía. Castigo a los desaprensivos. RESPONSABILIDAD Y SOLIDARIDAD. Ya queda menos.

miércoles, 8 de abril de 2020

VIGÉSIMO OCTAVO DÍA





Vigésimo octavo día de confinamiento por la descoronavización. Y hoy, última entrada de esta serie, me gustaría dedicárselo a los niños y niñas que sin enterarse de que va esto de la pandemia y a los que, comenzándose a enterar, no razonan todavía por su corta edad el verdadero alcance del mal que estamos pasando. Esos niños y niñas que solo entienden de abrazos, juegos, risas, parques, padres y abuelos.  
 Esos niños y niñas que de pronto se lo han quitado todo de golpe y que la libertad de la que gozaban, ahora tienen que limitarla a no salir de entre las cuatro  paredes. No olvidemos que esas experiencias, pese a la resistencia y a la entereza que están demostrando, les pueden dejar una gran huella. Un aplauso para todos ellos y ellas.


Y ya, por fin, llegamos al capítulo final de vuestra parisina, esa que ha pasado por tantas manos y que hasta el último momento no sabremos su destino. Quiero comunicaros a todos los lectores de esta saga que en este último capítulo, y por petición expresa de varios seguidores "por oída", hemos incorporado en este artículo la posibilidad de saber de su contenido con un audio artículo, el cual podréis encontrar en la parte superior izquierda de esta entrada.

Mientras todo aquello sucedía en la sala, la respiración del argentino volvió a ser más sosegada, como viendo un futuro más halagüeño, más favorable a sus intereses. Y eso lo percibí perfectamente. Los hombros habían dejado de estar caídos, los ojos se le iluminaron y el rictus de su cara que hasta ahora solo mostraba amargura, le cambió por completo. Algo sucedía en la sala que nadie lo percibió.  
 Y yo, que ya estaba un poquito harto de todo lo que estaba sucediendo, me la jugué. “Inspector, ¿me permitís diez minutos tan solo?; no haga pregunta”. La cara del inspector se llenó de extrañeza, pero inmediatamente contestó, “diez minutos tan solo”. Me dirigí al argentino; lo cogí fuertemente por el pelo con una mano, mientras que la otra se agarró fuertemente a su entrepierna, diciéndole, “te voy a contar lo que vamos a hacer ahora; te vas a quedar totalmente en pelota, pero totalmente; a continuación te voy a poner las esposas que me va a dar el subinspector Álvarez y te voy a esposar a uno de estos cáncamos que vas a ver cuando quite la percha esta; cuando estés enseñándonos a todos tu flácido palmito sin poderte mover, voy a coger el canuto que todos conocemos y no sé si metértelo por la boca o metértelo por el culo; te aviso que mientras más te acuerdes de la concha de mi madre, porque sé que te vas a acordar, más te empujaré. Así que desnúdate ahora mismo que ya tan solo nos quedan ochos minutos”, soltándolo bruscamente y cogiendo el canuto en una mano y las esposas que ya estaban encima de la mesa en la otra. Lo tuvieron que desnudar entre el subinspector y el capitán Gayangeau. “Dejadlo en calzoncillo, ponerles las esposas, colgarlo de ese cáncamo y dejarlo de espalda a la pared en un primer momento”. Así lo hicieron pese a la oposición del porteño, al que cada vez lo veía más derrumbado. No sé quién pondría en su día ese cáncamo, pensé en aquel momento, pero el que lo hizo lo puso bien profundo, ya que pese a los tirones que daba el detenido no se movió ni un ápice de su posición natural. No le di tiempo a pensar, y sin que se lo esperara le di un fuerte golpe con el canuto en su entrepierna, observando como el dolor le subía por el estómago y le llegaba hasta la cabeza. “Bueno, amigo mío, nos quedan cinco minutos de placer, así que como veo que tu boquita es demasiado grande para este canuto y no vas a sentir mucho, lo mejor es que empecemos por abajo, así que te voy a quitar yo personalmente el calzoncillo y te vamos a poner de cara a la pared”. Con toda la parsimonia del mundo puse el canuto en el suelo, al tiempo que le decía al subinspector Álvarez que cuando yo le quitase el calzoncillo le diese la vuelta.  
Agarré el calzoncillo por los dos laterales y cuando lo llevaba a la altura de las rodillas escuché como decía “súbelo, boludo, que voy a cantar”. “Joder, le dije, retirándome y dejándole el calzoncillo por las pantorrillas, ¿y nos vas a privar ahora de esta maravilla?; lo mismo cuando tuvieras la mitad del canuto dentro, te empalmabas y podríamos vértela. Creo que vamos a seguir”. Me dirigí con la intención de quitarle completamente el calzoncillo y toda la sala se llenó de júbilo al oírlo, “el Toulouse se encuentra plastificado en el interior del canuto, entre sus paredes”. Recuerdo que solo oí al inspector Palomo decir, “llevabas ya nueve minutos y medio”. 
Hoy, después de casi treinta años desde que sucedieran aquellos hechos, todavía recuerdo las caras de los allí presentes. Álvarez, el menos cañero, se limitó a descolgar al argentino y a conminarlo a que se vistiese, para ponerle las esposas y fijarlo a la silla en la que lo sentó. Benoît, sentado, y Gayangeau con toda la meticulosidad del mundo y valiéndose de la multiuso, centrados en quitar pequeñas tiras de cartón del canuto con el fin de no dañar la pintura. No se me olvidará la expresión del comisario cuando consiguió quitar una de las tiras de cartón y conseguir ver el plástico que envolvía el Toulouse-Lautrec; casi una hora les costó conseguir quitar todo el cartón; a continuación, con más esmero aun que con el cartón, procedieron con el plástico. Y por fin vio la luz. Lo extendieron a lo largo de la mesa, encima de la pintura que yo compré, y tengo que reconocer que entonces y hoy, yo veía más bonito el motivo que representaba la parisina, con la visión otoñal de una calle de París, que el que me ofrecía esa imagen de burdel que tanto representó Toulouse-Lautrec en sus pinturas; para gusto, los colores.  
Aprovechando que un par de agentes, en compañía del subinspector Álvarez se marchaban con el detenido para Comisaría, y porque el estómago me estaba pidiendo manduca, vi prudente dejar solos al inspector y a los dos oficiales gabachos para que hablasen de “sus cosillas”, como yo las llamé por entonces, comentándole a Palomo que me encontraba en la cafetería. 



Allí en la cafetería, luchando con una buena cerveza y una tapa de patatas alioli, a la que le siguió un pequeña cazuela de callos con garbanzos, recordé todo lo sucedido en aquellos dos días. La verdad fue que lo único que tuve que hacer es llevar a la práctica la formación que por mi profesión, tuve en expresiones faciales y conductas posturales, comprobando que una observación minuciosa nos puede dar el verdadero estado de ánimo de una persona. Tampoco es cuestión de dar aquí una clase magistral sobre el tema, que para eso están ya los psicólogos, pero la verdad es que gracia a esa observación pudimos encontrar el cuadro robado. Luego, sobre el numerito del desnudo integral del argentino, no hay nada más efectivo en un interrogatorio que obligar a mostrar sus interioridades al detenido, y más aun cuando este no está muy orgulloso de lo que enseña, como era el caso del argentino. 

Palomo llegó solo a mi encuentro, dejando a Benoît y a Gayangeau con el jefe de seguridad para agilizar su vuelta a París para el día siguiente, ya que ese día tenían que pasarse todavía para redactar un informe conjunto y presentarse delante de la jueza del caso con la que ya habían hablado por teléfono de todo lo sucedido. Me explicó que con los oficiales franceses habían llegado a un acuerdo por el que yo no había participado en ningún momento en el interrogatorio, siendo ellos, los policías, españoles y franceses, conjuntamente, los que habían resuelto el caso del Toulouse-Lautrec. Una vez me aclaró a los acuerdos a que habían llegado, se interesó en mi particular manera de proceder y mi agudeza, poniendo especial hincapié en cómo, porque no fue una sola vez, había llegado a la conclusión de que el argentino guardaba lo que ellos no pudieron averiguar. “Inspector, le dije, no voy a intentar ahora hacerle ver que yo sea un súper hombre, cuando la verdad es que he tenido mucha suerte; al igual que los franchutes, me la jugué y me salió bien. Pero solo decirle que para jugármela debía de tener una base, y esa la conseguí a través de la observación. No sé si se dio cuenta a lo largo de los dos días que en ningún momento dejé de mirar al argentino; sus ojos, sus muecas, sus hombros, sus pies, sus manos cubriéndose sus partes más débiles; pero sobre todo sus ojos y su boca cuando sucedían cosas nuevas en la sala. Inspector, esto es para practicar mucho y no para explicarlo, compréndame. Y no olvide nunca que existe un lenguaje corporal de los mentirosos”. “Ya; de acuerdo con lo de la observación, pero, ¿y el interrogatorio tuyo que en menos de diez minutos le sacaste dónde estaba el lienzo?”. Me reí con su apreciación. “La observación me llevó a saber que el canuto guardaba algo; y acerté”. “Pero, me contestó, ¿se lo hubieras llegado a meter entre las piernas si no hubiese hablado?. Volví a reírme, esta vez a carcajadas, “si no hubiera hablado me lo hubiera tenido que meter yo, por enterado, o como dicen en mi tierra, por enteraillo”.  



El inspector comentó que se tenía que marchar, que le esperaban los atestados y la jueza. “Ha sido un placer haberle conocido. Nunca en más de veinte años de servicio he aprendido tanto como en estos días, y todo gracias a usted. Dígame una última cosa, ¿dónde fue adiestrado para esto? Me quedé mirándole fijamente, en silencio, unos pocos segundos y le contesté: “creo que la última cosa la tiene que decir usted, ¿no?”. Sonrió, me alargó la mano y contestó: “Acompáñeme a recoger su parisina; y las noventa mil nunca existieron”.  

EPÍLOGO
Madrid, 15 años después. Despacho del comisario Palomo.
Suena el teléfono.
  • Sí, dígame.
  • ¿Comisario Palomo?, soy tu colega Benoît, Benoît Gómez. ¿Me recuerdas?
  • Hombre, Benoît, claro que te recuerdo; para olvidarme de ti después de lo que vivimos juntos.
    Los dos comisarios estuvieron departiendo por más de media hora de asuntos intrascendentes y que la mayoría de ellos no venían al caso.
  • Por cierto, Palomo, ¿te acuerdas de la parisina? ¿Te acuerdas la cantidad de groserías que salieron de mi boca cuando la extendí encima de la mesa?
  • Hombre, Benoît, son cosas que no se olvidan; y la cara que se te puso.
  • Pues vaya negocio que hizo el comprador. La obra del autor de esa parisina es de las que más se ha revalorizado en estos años. ¿Tú me lo podrías localizar?

FIN


A mi amigo Fran Galán por........lo que los dos sabemos.


No quiero ser pesado en mi reiteración, pero no hay que olvidar eso de “SEGUIR EN CASA”. Y recalco: seguir en casa; se está demostrando que es la mejor solución para que el puto virus no te haga compañía. Castigo a los desaprensivos. Ya queda menos.

VIGÉSIMO SÉPTIMO DÍA

Vigésimo séptimo día de confinamiento descoronavizante, y las cifras están “amesetadas”, por lo que mejor es no hablar de ellas. De lo que sí hay que hablar es de nuestro confinamiento, de nuestro necesario confinamiento. Hay que resistir, hay que sacar fuerza de donde no las tengamos, porque si queremos salir de esta, la solución pasa por el confinamiento.   Respetarlo hasta las últimas consecuencias. Es la única manera de no darle vida al bicho. Responsabilidad y solidaridad a la hora de cumplir el confinamiento es la mejor vacuna para que no se expanda el bicho, hasta que no encuentre la que lo destruya. 



Y ahora nos enfrentamos a la historia de la parisina. Adelanté ayer que hoy sería el último capítulo con el que llegaría el final, pero no ha podido ser: resultaría demasiado largo para meterlo todo en un solo capítulo. Así que hoy os puedo decir ya con seguridad que mañana sabremos la resolución final de vuestra parisina.

Fue entonces cuando con una cara de satisfacción, no menos que la que quería esconder el argentino, hecho que no se me fue por alto, el comisario Benoît Gómez, quitó, algo nervioso, según observé soslayadamente, la tapadera del canuto, inclinándolo hacia la izquierda para que mi parisina se deslizara por su interior y cayera sobre su mano.
Recuerdo hoy aquel momento como si lo estuviera viviendo. Por mi mente pasaron un sinfín de pensamientos, pero todos desembocaban donde mismo. Después de oír el relato del comisario Benoît, me había quedado bien claro que la parisina había dejado de ser mía; ya no me pertenecía. Porque sí, yo había pagado legalmente por un lienzo, como bien justificaba el contrato de compraventa que me hizo el vendedor de la galería, que seguramente estaría compinchado con el argentino, al que yo no le quitaba ojo en la sala, pero la procedencia del óleo era totalmente ilegal. No era culpable de nada, pero pierdo todo derecho de propiedad sobre esa maravilla otoñal. Mi gozo, y sobre todo el de mi esposa, solo nos ha durado unos días, pensé. 


El intento del comisario de sacar el lienzo con la mayor delicadeza del canuto para no dañar la pintura, se vio empañado por el obstáculo que le presentaron al obstruir su paso los tres documentos que lo acompañaban en su interior. Varios fueron los intentos en el vacío para que saliese la pintura pero no consiguió su objetivo. Tan nervioso se puso que exclamó con desmedida virulencia “¡apporter des coseaux!” (¡traer unas tijeras!); “perdón, ¿tenéis unas tijeras?”. Todos nos extrañamos porque lo más lógico era que allí en aquella sala nadie tenía porqué llevar unas tijeras, pero comprendimos también que el estado de excitación del comisario Benoît por ver de una puñetera vez la pintura a la que había dedicado más de dos años de su vida para localizarla, justificaba su petición. “Tijeras no tenemos, comisario, pero le podría valer esto”, dijo el inspector Palomo sacando del bolsillo su navaja multiuso y haciéndosela llegar. Yo observaba atónito lo que estaba sucediendo, aunque recuerdo, y todavía hoy no me explico el porqué, que no le quitaba ojo al argentino, como si pensara que ante el interés de todos por ver fuera del canuto a la pintura, aprovechara para salir corriendo, estando preparado para que si así sucediese, hacerle un placaje a estilo rugby como lo hacía un amigo mío que practicaba ese deporte y que se llama Juan Antonio Caro. 

Benoît cogió la multiuso en su mano, analizándola y viendo cuál de sus hojas era la más apropiada para seccionar longitudinalmente el canuto y así sacar la que ya era su parisina; eligió la más larga y fina. Con mucha sutileza colocó la punta de la navaja en el extremo del canuto y procedió a cortar. “Pardón, mon comissaire”, intervino el capitán Gayangeau; “le carton nous servira à le transporter; mieux vaut ne pas couper; me permettrez-vous (el cartón nos servirá para transportarla; mejor no cortar; ¿me permite usted?), extendiendo la mano para coger el canuto. El comisario, comprendiendo al capitán se dejó llevar por sus indicaciones. Enseguida el capitán comenzó a manipularlo y sin saber cómo, comenzaron primero a salir los contratos de compraventas y por fin el óleo hecho un rollo. Sin dejarlo salir al completo, el comisario lo asió delicadamente y lo extendió a lo largo de la mesa. En nada de tiempo su expresión pasó de la más apasionante y gozosa al rostro más iracundo y colérico que nunca había observado yo; todo lo contrario que el cambio del rostro del argentino, que cuando vio la parisina desplegada en la mesa, se infló de vitalidad. “¡Merde, merde, merde; Qu'est-ce que c'est?” (mierda, ¿esto qué es?). La cara de Benoît se inundó de impotencia y de ira, la de Palomo de incredulidad y no entender nada. La sala entera se inundó de dudas y agotamiento mental. Cuando el comisario, que era un entendido en arte, vio la parisina extendida en la mesa, exclamó, “ni esto es un Lautrec ni esto es nada. Esta pintura no vale absolutamente nada; los cafés que me tomé esta mañana en el aeropuerto valen más que esta merde. ¿Dónde está el Toulouse-Lautrec, coño?”, yéndose para Antonio Saavedra, el argentino, y zarandeándolo hasta que su capitán se lo quitó de la vista.
Mientras todo aquello sucedía en la sala, la respiración del argentino volvió a ser más sosegada, como viendo un futuro más halagüeño, más favorable a sus intereses. Y eso lo percibí perfectamente. Los hombros habían dejado de estar caídos, los ojos se le iluminaron y el rictus de su cara que hasta ahora solo mostraba amargura, le cambió por completo. Algo sucedía en la sala que nadie lo percibió.

No quiero ser pesado en mi reiteración, pero no hay que olvidar eso de “SEGUIR EN CASA”. Y recalco: seguir en casa; se está demostrando que es la mejor solución para que el puto virus no te haga compañía. Castigo a los desaprensivos. Ya queda menos.


martes, 7 de abril de 2020

VIGÉSIMO SEXTO DÍA

Vigésimo sexto día de confinamiento descoronavizante, y hoy, en este preámbulo del capítulo diario, solo quiero recalcar los términos solidaridad y responsabilidad, ya que no quiero volver a caer en esa dinámica que tanto critico. Vamos en el mismo barco y tenemos que remar todos por igual. 


Y ahora vamos a entrar con nuestra parisina que si mi mente no me traiciona, creo que estamos en la penúltima entrega antes de llegar al final.

"Pasaron la noche en Madrid y han tomado el primer vuelo de esta mañana. Espero acabar antes de mediodía con este asunto”, a lo que yo le contesté con un irónico “he pasado la noche muy bien ; gracias”.
Entramos los dos en la sala que sirvió de interrogatorio el día anterior y aunque su decoración todo en blanco ayudaba a que de sus paredes se desprendiera frialdad, esa mañana, sin resultarme acogedora, no me causó, quizás por la familiaridad de lo vivido el día anterior, tanto rechazo glacial. Allí se encontraban, todos de pie, el argentino, el subinspector Álvarez y el agente en prácticas; incluso encima de la mesa se encontraba en posición vertical, el canuto de cartón, habitáculo de mi parisina, que tengo que reconocer que sentí la curiosidad perentoria de volver a deleitarme con sus colores otoñales. El argentino, como resultado de haber pasado peor noche que yo, presentaba un aspecto desaliñado, con la camisa, debajo de su chaqueta, a medio remeter en el pantalón, que al igual que la Armani, parecían una pasa de las arrugas que habían cosechado durante toda la noche. Los ojos rojos, de no haber dormido, los párpados como inflamados y los mofletes colgantes, junto a su figura oronda, le daban un aspecto que rayaban la morbidez. Aun así, se mantenía en sus trece de no contestar sin la presencia de su abogado, a una batería de preguntas que le hizo el inspector. 


Acaba de tomar tierra el vuelo procedente de Madrid, confirmándome que en la lista de pasajeros vienen los nombres de los dos agentes que me pasó ayer”, dijo Rafael Galán dirigiéndose a Palomo, abriendo la puerta sin llamar y sin un saludo previo, actitud la suya que nos chocó un poco a los allí presentes, y que supo enmendar enseguida con un “perdón” y unos “buenos días”, dando a continuación una explicación que en cierta medida justificaban su entrada en la sala. “Traigo otra noticia”, siempre dirigiéndose al inspector, pero con un entusiasmo algo infantil y atípico de todo un responsable de la seguridad de un aeropuerto. “Me confirma mi colega del aeropuerto Charles de Gaulle, que hace unos días, en la lista de pasajeros del vuelo Buenos Aires - París, llegó un tal Antonio Saavedra, nombre que coincide con uno de los pasaportes que encontró usted ayer en el neceser”. “Gracias Rafael”, contesto el inspector,”buen trabajo”. No me pude reprimir. “Y con las iniciales, AS, del pañuelo que llevaba en la chaqueta. Aunque esta apreciación mía puede ser pura coincidencia”, lo que me valió otra de las miradas asesinas del porteño, y a las que ya me estaba acostumbrando. También recibí otra de Palomo, pero la suya como diciéndome que no se me iba una. “Álvarez, acércate a la salida de pasajeros y recibe a los colegas franceses. Entiendo que tienes los nombres, ¿no? “Sí, jefe”. Intervino nuevamente el jefe de seguridad, al que parecía que la historia le estaba dando vida, buscando cada vez más protagonismo. “Inspector, si le parece bien, y si todavía no han bajado del avión, puedo acompañar al subinspector en mi coche hasta pie de escalerilla y recoger allí a los agentes franceses”. “Lo veo perfecto, Rafael; mejor incluso. Gracias por su interés”.
Sobre unos veinte minutos tardó en llegar a la sala la comitiva franco-española, tiempo suficiente en el que el inspector Palomo trató sin éxito alguno saber el verdadero nombre del argentino, así como conseguir una explicación razonable sobre la cantidad de dinero en dólares que llevaba en la maleta. “No hablaré sino en presencia de mi abogado” fue la única respuesta que consiguió del que para mí, ya, se llamaba Antonio, hipótesis que se confirmaría con el tiempo. 
Llegaron por fin los agentes franceses en compañía de Álvarez, quedándose fuera de la sala, muy a su pesar, pero sin que nadie se lo tuviera que indicar, el jefe de seguridad. Saludos efusivos y presentaciones. Comisario Benoît Gómez y capitán Jean Gayangau, los dos, aunque con acento propio galo, hablando casi perfectamente el español. Antes de desprender a mi parisina del canuto en el que tanto tiempo llevaba presa, el comisario Benoît explicó muy sucintamente pero con una claridad meridiana el porqué de su estancia allí y la historia del lienzo que yo me había traído desde Paris. “Messieurs, la cuestión es bien sencilla. Hace un par de años, fueron robados de una colección personal, cuatro cuadros de gran valor, dos Manet, un Renoir y un Toulouse-Lautrec. Los tres primeros fueron encontrados a los pocos días, pero del Toulouse-Lautrec se perdió la pista. Hace cuatro meses, por fin encontramos algunos datos sobre tres miembros de una banda de traficantes de arte, entre los que se encuentra le monsieur Saavedra, señalando al argentino, haciéndole un seguimiento vía Interpol a los tres. Sabíamos quienes eran pero no teníamos localizado el Toulouse. Por fin hace menos de un mes tuvimos noticias del paradero del lienzo en una de tantas galerías de arte que hay en le quartier de Montmartre, concretamente una situada en la calle de Mont Cenis“. Le interrumpió el inspector Palomo. “Perdón, Benoît, y ¿por qué no lo recuperasteis en ese momento y una vez con ella tirar de la cuerda hasta encontrar a los culpables?”. “Tiene su explicación, inspecteur, nos la jugamos. Hay varios cuadros desaparecidos desde hace ya algún tiempo y pensamos, bueno, estamos casi seguro, que esta banda se encuentra detrás de sus robos. Pues a lo que iba, nos la jugamos. Supimos esperar”, dijo Benoît, cogiendo entre sus manos el canuto que todavía seguía en posición erguida en lo alto de la mesa, para a continuación acercarse hasta el argentino y darle un par de golpes en el hombro, no muy fuertes con el canuto. “Conocimos que querían sacarlo de la France de la manera menos sospechosa posible. Hace unos días supimos que le monsieur Saavedra viajó desde Buenos Aires para, vía España, sacar la obra de arte aprovechando la venta de la pintura a un simple turista (señalándome a mí con el canuto) profano en el mundo del arte”. Yo asentí con la cabeza porque en verdad, y lo reconozco a estas alturas de mi vida, no tengo ni la más pajolera idea de arte; y menos por entonces. “Hicimos un seguimiento estrecho a ce monsieur desde que dio el anticipo hasta que volvió para completar los setecientos francos que pagó por la obra; al mismo tiempo, le monsieur Saavedra, desde que llegó a París en compañía de una señorita, Anne-Marie Gil, también de la Argentina, fue sometido a un estrecho seguimiento. La tal mademoiselle Anne-Marie, que por cierto está detenida, declaró que hizo cierta amistad con su señora, mirándome nuevamente, para saber todo lo referente de vuestro regreso a la España. Y así de sencillo. No sé cómo llegó la pintura a manos du monsieur Saavedra, entendiendo que comprándosela a beaucoup plus (mucho más) de lo que se pagó por ella, ¿no?”, dirigiéndose a mí, a lo que yo contesté que “así fue”. “Y como decís en la España, colorín colorado esta fábula se ha acabado”. Fue entonces cuando con una cara de satisfacción, no menos que la que quería esconder el argentino, hecho que no se me fue por alto, el comisario Benoît Gómez quitó, algo nervioso, según observé, una de las dos tapaderas del canuto, inclinándolo hacia la izquierda para que mi parisina se deslizara por su interior y cayera sobre su mano.

Dedicado a tod@s l@s mayores que tan estoicamente están resistiendo el envite.

No quiero ser pesado en mi reiteración, pero no hay que olvidar eso de “SEGUIR EN CASA”. Y recalco: seguir en casa; se está demostrando que es la mejor solución para que el puto virus no te haga compañía. Castigo a los desaprensivos. Ya queda menos.


VIGÉSIMO QUINTO DÍA

Vigésimo quinto día de confinamiento descoronavizante y estoy comenzando a preocuparme, a preocuparme mucho, mucho, mucho. Pero, aunque el problema lo tenemos encima y es real y de muy difícil solución, esta preocupación no viene dada por la pandemia del COVID-19, que en España, según los números de estos dos últimos días, parece que la curva ha dejado de llevar tendencia ascendente. Estoy preocupado por el clima de crispación que estamos viviendo en la prensa y en las redes sociales. 
Es inadmisible que en una sociedad que se jacta de demócrata, hayan olvidado que la solución para salir de esta pandemia no entiende de partidos políticos ni de creencias, no entiende de votos ni de poner zancadillas al que me quite la posibilidad de conseguir puestos relevantes en la administración para mí y mis amiguetes. No se dan cuenta unos y otros, otros y unos que lo único que están fomentando es la vuelta a aquella realidad social que tanto nos menguó, la de las “dos Españas”. ¿Nadie ha pensado que cuando se venza al puto bicho este, el gran problema con el que nos vamos a enfrentar va a ser el de la recuperación económica? ¿Y no se dan cuenta que lo que están haciendo ahora es calentar el ambiente para que el pueblo no esté lo suficientemente predispuesto a llevar a cabo esa recuperación? Pues a ver si se enteran de una puñetera vez unos y otros, otros y unos. Dejémonos de analizar la paja y vamos a centrarnos en el grano. 


Y ahora nos vamos a enfrentar a narrar los últimos coletazos de esta historia de la parisina, que ya no sé si es mía, del argentino o es de vosotros.

Entonces, ¿cuál es tu verdadero nombre?”, gritó Palomo perdiendo los modales. “No hablaré sin la presencia de mi abogado”.
Quién me iba a decir a mí que la compra de un óleo como otro cualquiera, por muy bonita que fuera mi parisina, iba a traer tanta cola, que un tío orondo con aspecto bonachón y bien vestido pudiera encerrar tanto y ser tan hijo de puta; está claro que las apariencias engañan, y que a mí, al no estar en guardia me cogió en total fuera de juego. Lo que no esperaba el porteño este de los cojones es que cuando me puse “el puñal en la boca” y la cinta en la cabeza al estilo Rambo, le iban a llover los problemas; ni él ni los cuatros peces gordos que con toda seguridad se encuentran detrás del comercio ilícito de obras de arte. 


El inspector Palomo, con un poquito de ayuda mía, había solucionado la falsa identidad del argentino, además de un posible intento de tráfico de divisas, pero a esas alturas ya del día, sin haber cenado siquiera, se encontraba sin aclarar la verdadera identidad del óleo que tantos quebraderos de cabeza le estaban ocasionando, ya que los agentes franceses no llegaban hasta la mañana del día siguiente. Fue por lo que decidió hacer unas llamadas telefónicas para organizar cómo íbamos a pasar la noche. De momento decidió que el argentino pasara en calidad de detenido incomunicado en los calabozos de la comisaría de policía de la avenida de Blas Infante, por lo que movió los hilos para que un par de agentes lo trasladasen hasta dicha comisaría, ordenándole al subinspector que la sala de interrogatorios con las pertenencias del argentino, incluida mi parisina, que cada momento que pasaba la veía más lejos de llenar uno de los laterales de mi salón, quedaría custodiada toda la noche por otro par de agentes, mientras ellos se retiraban a descansar a un hostal que le había recomendado Rafael Galán, allá por la Puerta de la Carne, y qué el mismo le gestionó por teléfono.
¿Y con usted que hago?, dijo dirigiéndose a mí. Sé que no es culpable de nada, que no tiene nada, absolutamente nada que ver con lo que haya detrás del dichoso óleo; pero como comprenderá, no puedo dejarlo en libertad. Compréndame”. “Usted dirá, señor inspector; yo no puedo mover ficha mientras usted no lo haga; la pelota está en su tejado, pero solo le adelanto que lo de mi detención está difícil. Y le comprendo. Pero solo le pido que confíe en mí; creo que le he dado suficientes pruebas para hacerlo”. El inspector, con una media sonrisa cargada de dudas y pensamientos, captó perfectamente lo que quise decirle sin decirlo, al tiempo que vaciaba en el vaso, el medio botellín de cerveza de un tercio que le quedaba y que nos habíamos pedido, uno cada uno, en una cafetería del aeropuerto. “¿Entiendo que me propone que no le haga más preguntas y que esta noche le deje en libertad?”. “Entiende bien. Y para ello le propongo que como sé que mañana a primera hora debo de estar aquí un poco antes de que lleguen los franchutis, y como mi destino está a cien kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, lo que sería un fastidio para mí, que no ponga usted pega para que se marche mi esposa con su padre y que yo me quede a pasar la noche en uno de los mullidos sillones de la sala VIP; y si se quiere cubrir las espaldas, deje a un agente en la puerta para evitar mi hipotética huída”, le dije, observando cómo por su cabeza le pasaron intenciones de hacerme un sinfín de preguntas; pero no hizo ninguna. “Así lo haremos. Pero cuando termine mañana todo esto, que espero que así sea, creo que deberíamos de hablar largo y tendido, ¿no?”. “Sin problema alguno por mi parte; hablaré hasta donde pueda hablar. Solo le digo que ha actuado correctamente, porque si hubiera decidido llevarme al calabozo con el puto argentino, puede que le hubiese llamado personalmente su Director General”, le dije sin ningún tipo de recochineo; todo lo contrario. Confirmé con su decisión lo que ya había pensado durante el interrogatorio, que jugábamos en la misma liga; y cuando sucede eso, en muchas ocasiones sobran las explicaciones y la palabras.
Nos despedimos con un fuerte apretón de mano y yo me dirigí a la sala VIP a pasar la noche con un sandwich y una segunda cerveza, después de despedir a mi esposa y a mi suegro.
La verdad fue que aquella noche, a pesar de lo cansado que me encontraba, apenas di un par de cabezadas, principalmente porque había un par de parejas coreanas o japonesas, no recuerdo ahora muy bien, que cogían su vuelo a primera hora, que no dejaron de hablar en toda la noche. Lo que sí recuerdo, porque me llamó mucho la atención, es que no se quitaron ninguno de los cuatro la mascarilla que llevaban puesta, hecho este al que no estábamos acostumbrado a ver aquí en España hace unos treinta años. Sus razones tendrían. 

Y poco antes que diesen las nueve ya entraba por la puerta de la sala el inspector con ganas de tomarse un café. A esa hora ya me había tomado dos, pero le acompañé tomándome un tercero. “Los franceses están a punto de tomar tierra. Pasaron la noche en Madrid y han tomado el primer vuelo de esta mañana. Espero acabar antes de mediodía con este asunto”, a lo que yo le contesté con un irónico “he pasado la noche muy bien ; gracias”.

No quiero ser pesado en mi reiteración, pero no hay que olvidar eso de “SEGUIR EN CASA”. Y recalco: seguir en casa; se está demostrando que es la mejor solución para que el puto virus no te haga compañía. Castigo a los desaprensivos. Ya queda menos.

lunes, 6 de abril de 2020

VIGÉSIMO CUARTO DÍA

Vigésimo cuarto día de confinamiento descoronavizante y parece ser, según las cifras de ayer, que algo más ilusionante. Y me he servido del término ilusionante porque es un término que ahora que parece que nos encontramos en lo más hondo del hoyo, pero dando lo primeros pasos de subida en la pendiente, no debemos de echarlo fuera de nuestra mente. Hablé ayer de responsabilidad y de solidaridad, pero hay que hablar también de ilusión. Términos los tres que debemos y tenemos la obligación de abrazar con las mismas fuerzas que cuando damos un abrazo sincero; términos que nos sacarán del agujero en el que estamos metidos. 



Y ahora vamos a enfrentarnos a los últimos retazos de nuestra parisina, que ya es hora.

Pero el inspector Palomo supo leer en mi expresión lo que yo había sabido ver en el lenguaje gestual del argentino mientras observaba el trasiego hasta la mesa de todas sus prendas y pertenencias. Guardaba algo.
El subinspector Álvarez, que luchaba para estar en la promoción que le permitiese jugar en la misma liga que el inspector Palomo, dio por terminado el registro de todas las pertenencias existentes en la maleta de Ernesto Sanromán, volviéndose para su jefe y preguntándole con la mirada que si con eso habían terminado ya. La verdad era que, y eso no se me había pasado por alto desde un principio, a pesar de ser compañeros de grupo, no existía lo que se conoce como “feeling” entre los dos; y no ya porque uno fuera subordinado del otro; no, la cosa no iba por ahí. El hecho de esas diferencias radicaba en que mientras Palomo había sido desde que entró en el cuerpo, hacía ya más de veinte años, un hombre de calle, curtido en mil batallas en las que se jugaba el pellejo en cada una de ellas, lo que curtió, Álvarez, salvo los dos o tres primeros años de servicio, hacía también otros veinte años, siempre había sido hombre de oficina; muy educado y buena gente, sí, pero sin experiencia en casos reales en los que había que demostrar su amor por la profesión policial. Y Palomo no soportaba eso; hubiera incluso preferido que el registro de la maleta la hubiera hecho el agente en prácticas, al que le veía más sangre en las venas, pero no quiso hacerlo llamar de la puerta de la sala VIP del aeropuerto que era donde se encontraba, y tampoco dejar en mal lugar a su subinspector. “Mierda, pensó Palomo, no le corre sangre por las venas; le corre horchata”, mientras se situó entre la maleta y el argentino, dirigiéndose a él. 

“Vamos a ver, señor Ernesto, porque hemos quedado que se llama usted Ernesto, ¿no?, ya hemos revisado el contenido de su maleta y no hemos encontrado nada; aparentemente; ¿me puede usted asegurar que en la maleta no haya algo más que tenga usted que declarar?”. El argentino, con toda la seguridad que había demostrado desde un primer momento, respondió a la pregunta con un movimiento negativo de su cabeza. “¿Seguro? ¿Me tendré que poner los guantes para dar un repasito?, le conminó pegando su cara a la del detenido, quien, impasible, echó la cabeza para atrás respondiendo con un frío y casi amenazante “póngaselos”. Instintivamente, mientras se ponía los guantes de látex que sacó del bolsillo, cruzó la mirada conmigo, recibiendo, también inconscientemente, un movimiento asertivo de mi cabeza. Comenzó primero a golpear levemente con sus nudillos el fondo de la maleta, recorriéndolo todo de una manera muy minuciosa y cambiando deliberadamente de intensidad en los golpes, al tiempo que pegaba su oreja al interior, esperando encontrar algún desacorde en sus golpes. Todo le pareció normal. Pasó a continuación a repetir la misma operación con el fondo de la tapa de la maleta, teniendo el mismo resultado. Observé que durante todo su repiqueteo en los fondos me miró en varias ocasiones, aunque yo seguía centrado en la cara del porteño, confirmándome que guardaba algo. Y así fue. El inspector se centró con sus golpeos de nudillos en los laterales de la maleta, comprobando que pudiese haber una especie de cámara entre las paredes exteriores e interiores. Tras poder acceder a ella valiéndose de una de las hojas de su navaja multiusos, encontró algo que no iba buscando. “Pero si está aquí mi amigo Benjamín Franklin”, le dijo al argentino cogiendo un fajo de cincuenta billetes de cien dólares, para después seguir examinando todo el lateral de la maleta y encontrar otros seis fajos idénticos; en total treinta mil dólares. “¿Tiene algo que decir?”. “No sin la presencia de mi abogado”. Palomo en esta ocasión se quedó con las ganas de abofetearla nuevamente la cara, pero se lo pensó dos veces al reparar que Rafael Galán, el jefe de seguridad del aeropuerto, no tenía porqué ser testigo de algo que le pudiera perjudicar ante el juez: se conformó asiéndolo fuertemente por el brazo y empujándolo hasta la mesa, ordenándole que introdujera todas sus pertenencias en la maleta. El argentino comenzó a cumplir las indicaciones dadas por el inspector empezando injustificadamente por el neceser, ya que era el único objeto de sus pertenencias que no estaba a la vista, teniendo que sacarlo de debajo de alguna prenda de ropa que lo cubría. Para mí se delató, si bien yo tenía ya alguna sospecha de su neceser de cuero negro Pierre Cardin cuando lo sacó de la maleta el subinspector Álvarez, observando que cuando lo hacía, su propietario siguió con un interés especial el movimiento desde la maleta hasta la mesa. 

No pude reprimirme. “Bonito neceser; de marca, ¿no?”, le dije en un notorio tono inculpatorio. Todo se paralizó en la sala. El frío volvió a adueñarse de todos los rincones. Las miradas se convirtieron en dagas asesinas, y el argentino, derrotado ya de tantos golpes recibidos, se atrincheró en su fingido valor para recibir el penúltimo de sus golpes, pasando por su cabeza que aunque le habían vencido en todas las batallas, la guerra aun no estaba perdida. Y atacó. “Cabrón boludo hijo de puta, no sabés dónde habés pisado; la repuerca de la concha de tu m......”. No llegó a finalizar la frase, pues nuevamente el inspector Palomo, esta vez sin siquiera tener en cuenta la presencia del jefe de seguridad, le abofeteó la cara sin quitarse los guantes de látex, recogiéndolo inmediatamente del suelo, tirándole fuertemente de la solapa de su chaqueta y colocándolo de nuevo delante de la mesa. Tras vaciar sobre la mesa sin ningún tipo de miramiento todo el contenido del neceser y analizar su interior, comprobó que tenía un doble fondo, abriéndolo también sin miramiento con la punta de su navaja y comprobando que en su interior había otro fajo de billetes de cien dólares y dos pasaportes, uno a nombre de Honorio Sanjuán y otro a nombre de Antonio Saavedra, aunque los dos con la misma fotografía. “Entonces, ¿cuál es tu verdadero nombre?”, gritó Palomo perdiendo los modales. “No hablaré sin la presencia de mi abogado”.

Para mi amigo Andy en su 30 cumpleaños  https://www.youtube.com/watch?v=wSCUV7ysBbI

No quiero ser pesado en mi reiteración, pero no hay que olvidar eso de “SEGUIR EN CASA”. Y recalco: seguir en casa; se está demostrando que es la mejor solución para que el puto virus no te haga compañía. Castigo a los desaprensivos. Ya queda menos.


domingo, 5 de abril de 2020

PASABA POR ALLÍ


Nunca pensé que la verbena popular con motivo de las fiestas patronales de aquel pueblo perdido de la mano de Dios, en la serranía malagueña, pudiese ser el despertar de un amor que ni el que vivieron aquella pareja de enamorados que según la leyenda terminaron volando, cogidos de la mano, por el tajo que desde entonces recibió su nombre por la hazaña que habían realizado, porque morir por amor también es una hazaña y es cosa de héroes. No solo nacen los héroes en las guerras, también nacen en el amor.
Y eso que yo tan solo pasaba por allí. 

Y allí te encontrabas, tan bella como la Venus de Milo, superando la luz que desprendía aquel sol de verano cuando no era más tarde de las cuatro y diez. Y yo, sorprendido, obnubilado por esa belleza sin parangón para mis ojos, me atreví a sacarte a bailar, a bailar un lento que tocaba entonces la orquesta, encontrado un no, pero un no deseoso de posar tus brazos sobre mis hombros, y todo por las miradas celosas del estúpido de tu marido.
Pero yo seguí allí, en aquella verbena interminable; pero seguí porque tú seguías siguiéndome con tu mirada, llegando a imaginar que sería interminablemente absurdo vivir sin tu latido. Y la fiesta continuaba, y anocheció, y llegó la madrugada. Yo, recostado en aquella barra de metal con propaganda de coca cola y tú, con la misma mirada hacia mí, quizás más intensa, en el otro extremo. Y por fin llegó el alba, ese alba que nos unió y nos hizo entrar dentro el uno del otro.
Desde entonces, no dejo de pensar que de alguna manera tendré que olvidarte, ya que entre los tres no pudimos organizarnos.


Al maestro Aute, por tantos momentos como me dio.
Powered By Blogger