domingo, 5 de abril de 2020

PASABA POR ALLÍ


Nunca pensé que la verbena popular con motivo de las fiestas patronales de aquel pueblo perdido de la mano de Dios, en la serranía malagueña, pudiese ser el despertar de un amor que ni el que vivieron aquella pareja de enamorados que según la leyenda terminaron volando, cogidos de la mano, por el tajo que desde entonces recibió su nombre por la hazaña que habían realizado, porque morir por amor también es una hazaña y es cosa de héroes. No solo nacen los héroes en las guerras, también nacen en el amor.
Y eso que yo tan solo pasaba por allí. 

Y allí te encontrabas, tan bella como la Venus de Milo, superando la luz que desprendía aquel sol de verano cuando no era más tarde de las cuatro y diez. Y yo, sorprendido, obnubilado por esa belleza sin parangón para mis ojos, me atreví a sacarte a bailar, a bailar un lento que tocaba entonces la orquesta, encontrado un no, pero un no deseoso de posar tus brazos sobre mis hombros, y todo por las miradas celosas del estúpido de tu marido.
Pero yo seguí allí, en aquella verbena interminable; pero seguí porque tú seguías siguiéndome con tu mirada, llegando a imaginar que sería interminablemente absurdo vivir sin tu latido. Y la fiesta continuaba, y anocheció, y llegó la madrugada. Yo, recostado en aquella barra de metal con propaganda de coca cola y tú, con la misma mirada hacia mí, quizás más intensa, en el otro extremo. Y por fin llegó el alba, ese alba que nos unió y nos hizo entrar dentro el uno del otro.
Desde entonces, no dejo de pensar que de alguna manera tendré que olvidarte, ya que entre los tres no pudimos organizarnos.


Al maestro Aute, por tantos momentos como me dio.

sábado, 4 de abril de 2020

VIGÉSIMO TERCER DÍA

Vigésimo tercer día de confinamiento descoronavizante, y la verdad es que, a pesar que ya el presidente ha anunciado que prorrogará el estado de alarma, no lo llevamos muy mal. Pero no lo llevamos tan mal porque hoy los números parecen que se están suavizando, que las medidas de confinamiento están dando su fruto, que la gente sensata, mayoría por cierto, son solidarias y responsables. Porque aunque se vea yerma y desoladora esa playa de la Victoria, sin un alma, sin ni siquiera una gaviota, me da alegría, porque cada vez que me asomo a la terraza imagino como el viento de poniente y el de levante, al unísono, dibujan en la arena las palabras solidaridad y responsabilidad, sabiendo que muy pronto seremos nosotros los que dibujaremos en la arena esas mismas palabras. Fuerza, que ya queda menos. 




Y antes de comenzar con la historia de la parisina, quiero dedicar algo más que un fuerte aplauso a todo el personal que trabajan (psicólog@s, médic@s, trabajador@s sociales, enfermer@s, auxiliares, cociner@s, limpiador@s, recepcionistas......) en geriátricos, residencias de ancianos, residencias para afectados con discapacidad psíquicas y otros centros de cuidados de población vulnerable, por la gran labor social que hacen de siempre y más ahora con personas de vulnerabilidad extrema. Ell@s son solidari@s, son responsables. Ell@s sí que son héroes.

Y como ya queda menos para resolver el enigma de mi parisina, vamos por ella.

Los dos agentes, sobretodo el inspector, se quedaron estupefactos, y yo aprecié como por la cabeza de Palomo pasaban multitud de preguntas sobre mí. “De verdad que me ha dejado usted sin palabras con sus apreciaciones; muy agudo, sí señor”.
Aunque sabía que el caso le quedaba mucho para su resolución, principalmente porque el mismo inspector era el primero que no estaba debidamente informado sobre su alcance, como bien me manifestó en su momento, lo que sí se estaba demostrando era que el Honorio era parte importante de una trama nada legal. Yo, habiendo vivido en primera persona toda la movida, por llamarla de algún modo, no tenía duda alguna de su pertenencia a la trama, pero también comprendía el papel y la situación del inspector Palomo. Él había recibido la orden tan solo de detener a un sospechoso de traficar con obra de arte, y todo a la espera que se personaran los agentes franceses que eran realmente los que conocían los verdaderos intríngulis del caso. Pero ahora se le presenta un segundo actor, que en este caso era yo, que por arte de birlibirloque, y mientras que no se demostrara lo contrario, podría ser cómplice del tal Ernesto; por muchas pruebas que presentara demostrando que el Honorio de los cojones le había comprado el lienzo, ninguna era concluyente de mi inocencia. Y yo comprendía su postura cuando me decía que no podía abandonar el aeropuerto mientras que no llegasen los franceses y se alumbrasen de alguna manera las lagunas que inundaban el caso. Así que, aunque me tocase jorobarme, no me quedaba más remedio que permanecer allí. Y en verdad era que yo estaba disfrutando con los acontecimientos que estaban sucediendo, ya que en cierta medida estaba saliendo victorioso de ellos; y sobre todo, de pasar por encima del argentino. No se me olvidará la ira reconcentrada que inundó su cara cuando, tras descubrirse lo de la chequera pegada debajo de la mesa, me dijo aquello de “la concha de tu reputa madre”. Yo era sabedor de mucho antes de estos hechos, que uno de los mayores insultos que podían proferir los argentinos era precisamente el que él me había dedicado, pero tengo que reconocer que en aquel momento, y todavía hoy cuando lo recuerdo, a mí me supo a gloria. Yo vi que fue el mayor insulto que me podía hacer, “la concha de tu reputa madre”, pero como yo fui el que lo iba buscando, porque si lo conseguía, el esparcía por todo el ambiente de la sala su derrota, pues fue el piropo más bonito que jamás hubiera recibido. Y perdona, mamá. 


Yo disfruté mientras que mi mente se encontraba absorta en probar mi inocencia, pero cada vez que abandonaba ese estado de ensimismamiento en el caso, mi cerebro se dirigía a pensar en el estado de cabreo que pudiese tener mi esposa, culpándome a mí de todo lo que estaba ocurriendo. A ver cómo le explicaba que el follón que estábamos viviendo comenzó en el preciso momento en que decidió, porque eso sí quiero aclararlo, lo decidió ella, comprar la dichosa parisina. Bueno, lo de dichosa no se lo diré a ella. Me tranquilizaba un poco que el señor Rafael Galán la autorizase a disponer de la sala VIP del aeropuerto, donde en compañía de mi suegro, que era el familiar del que hablé que venía a recogernos, podrán deleitarse con los aperitivos y frutos secos de que se disponen en dicha sala.
El sonido de unos artejos impactando la puerta de la sala en la que nos encontrábamos, vino a bajarme de las alturas de las que colgaba. Era un auxiliar de tierra del aeropuerto, Antonio Sánchez, que, por indicaciones del jefe de seguridad, quien también llegó inmediatamente detrás, traía una maleta que por su tamaño no era la más idónea para recorrer tres continentes como apuntó en su declaración el argentino. El señor Galán, tras indicarle al auxiliar de tierra que dejase la maleta encima de la mesa, invitándole a que abandonara la sala, se me dirigió pegando su cara a mi oído y me indicó que “no se preocupe por su señora y su suegro; se encuentran perfectamente en la sala VIP donde les he hecho llegar unos sandwiches y unas piezas de fruta, que por cierto, me he reído mucho con él porque es bético como yo”. También le comentó a Palomo que tenía en su bolsillo las listas de embarque de los dos vuelos y que en las dos venía un pasajero con el nombre de Ernesto Sanromán, coincidente con el nombre que venía en el pasaporte que ya le retiraron nada más bajar del avión.
El subinspector Álvarez, tras ponerse unos guantes de látex (aprovecho para recordar que son necesarios para salir a la calle en estos momentos de pandemia) de color celeste, procedió a la apertura de la maleta, después de que el argentino, con caras de pocos amigos, confirmase que era la suya, tras levantarse de la silla y acercarse hasta la mesa. El registro lo presencié sentado en la silla, pero en vez de estar pendiente de las prendas y otras cosas que sacaba el subinspector, lo hice sin quitar la vista del rostro de Honorio, al tiempo que observé también, de una manera soslayada, cómo las miradas del inspector iban a caballo entre la maleta y mi cara. Desde mi posición me centré en todos y cada uno de los gestos que apareciesen en la cara del argentino, en cada una de sus muecas, en cada uno de sus posibles tics, y sobre todo en sus miradas y en sus labios, porque de la posición de sus hombros ya no me interesaban, pues desde hacía ya algún tiempo estaban caídos, derrotados y no se podían extraer ninguna conclusión delatora de ellos. No pestañeé; aquellas largas y penosas sesiones de interrogatorios en mi periodo de formación me valieron de mucho; esas que hacen que te salga un sexto sentido y adelantarte en ocasiones a los acontecimientos; esas que no se pueden explicar, pero esas mismas que no se pueden borrar de la mente de los que las hayan sufrido. Y lo curioso de todo fue que el argentino, perro viejo donde lo hubiese, estaba más pendiente de mí que del propio registro de su maleta; todavía pienso que por entonces jugábamos en la misma división, aunque el inspector Palomo, que en un primer momento me había subestimado, no nos andaba a la zaga.
El subinspector Álvarez terminó el registro, poniendo todo el contenido de la maleta encima de la mesa, examinando prenda por prenda minuciosamente, zapatos, neceser, un diccionario castellano-francés, un plano de París y un libro, además de varias bolsas vacías, no encontrando aparentemente nada que pudiese aportar algo nuevo. Pero el inspector Palomo supo leer en mi expresión lo que yo había sabido ver en el lenguaje gestual del argentino mientras observaba el trasiego hasta la mesa de todas sus prendas y pertenencias. Guardaba algo.


No quiero ser pesado en mi reiteración, pero no hay que olvidar eso de “SEGUIR EN CASA”. Y recalco: seguir en casa; se está demostrando que es la mejor solución para que el puto virus no te haga compañía. Castigo a los desaprensivos. Ya queda menos.

VIGÉSIMO SEGUNDO DÍA

Vigésimo segundo día de confinamiento por culpa del coronavirus. Hoy no voy hablar directa y claramente del problema que nos afecta y que nos tiene confinados en nuestras casas, y no voy a hablar porque estoy muy decepcionado con algunos sectores de la sociedad que a mi modesto parecer, no están apoyando tal como deberían de apoyar. El problema que tenemos, muy grave, es de todos, por lo que somos todos los que tenemos que aportar en positivo, y dejarnos de criticar y criticar a los que le han tocado estar al frente de la gestión de este problemón en el que estamos inmersos. Sé que con esto que estoy diciendo recibiré muchas críticas, pero estoy harto que las redes sociales estén inundadas de criticas y noticias falsas sobre la gestión que se está llevando a cabo. ¿Que si estoy de acuerdo con la gestión? Mi opinión me la guardaré para cuando acabemos con esto; hasta entonces, yo aporto en positivo. Ya protestaré luego si lo tengo que hacer. ¡Señores, que hay que aportar en positivo, joder!. Sólo pido llevar a cabo dos principios básicos y necesarios en momentos como los que estamos pasando: SOLIDARIDAD y RESPONSABILIDAD. 


Bueno os cuento lo que me pasó ayer tarde. Cuando terminé el artículo de hoy de la que ya es “nuestra parisina”, subí a la azotea del bloque donde vivo a recoger la ropa que tendí horas antes. Como estaba un pelín húmeda todavía y la tarde estaba tan soleada, comencé a dar vueltas a un buen ritmo por la amplia azotea, ya que con tanto confinamiento nos estamos anquilosando. Y cuál fue mi sorpresa, que casi acabando ya, al pasar por uno de los laterales, abstraído totalmente en mi mundo, empecé a oír unos aplausos que cada vez eran más fuertes. Os prometo que no pensé en el porqué de los aplausos. Seguí dando la vuelta en la que me encontraba (cada una es de unos 150 metros) y cuando regresé nuevamente al lateral donde oí los aplausos, otra vez llegaron a mis oídos el mismo repiqueteo de palmas. Lo primero que pensé en esta ocasión fue que, como llevaba un ritmo bastante fuerte, algunos vecinos me aplaudían por ese ritmo que llevaba, y sin levantar la cabeza, a mi aire, me fui alejando de esa zona, llegando ya esos aplausos más lejanos. La verdad es que me sentí bien, ya que pensé que mis vecinos me estaban reconociendo las ganas y el empeño que estaba poniendo. Pero nuevamente volví al frontal de los aplausos y noté que ahora eran más intensos, y en esta ocasión con bocinas y carracas. Y fue cuando caí que eran las ocho. Y fue cuando pensé, “¡coño, esta gente si aporta en positivo!”. Y me sentí orgullosos de ellos. Esta gente sí son responsables y solidarios.

Y ahora vendrán las críticas. Yo, a lo mío, con la historia de mi parisina.


Efectivamente, después de probar que Honorio era dueño de un Mont Blanc y que los documentos se habían escrito con ese bolígrafo, el inspector Palomo, tras dedicarme una sonrisa acompañada de una cara con cierto estupor, me hizo otra pregunta: “ha demostrado la primera de las cosas de las que me hablaba, ¿y la segunda?
La verdad fue que, a sabiendas del follón en el que estaba metido sin partirlo ni probarlo, el hecho de ver la cara del argentino, totalmente henchida de ofuscación al probar lo de su bolígrafo, me reconfortó mucho, y más cuando tras garabatear el inspector con el Mont Blanc en un folio en blanco que se sacó de su maletín comparando la tinta con los documentos de compraventa, y hacer el comentario de “¡coño, qué maravilla; cómo se desliza en el papel el dichoso bolígrafo!; en verdad es que hay diferencia entre escribir con esto y hacerlo con un bolin o un bic”, se los puso por delante, preguntándole “¿puede negar ahora que con su bolígrafo no se escribió este documento?, ¿y puede negar que la firma que hay encima de Honorio Sanjuán no la hizo usted? “Le vuelvo a repetir, señor agente, que no conozco al tal Honorio?, le contestó de muy malas maneras, tosiendo fuerte y repetidas veces, por lo que se llevó las manos a la boca. Palomo volvió a la carga: “no le he dicho que si conoce al tal Honorio Sanjuán, lo que le he preguntado es que si usted ha firmado encima del nombre de Honorio. Respóndame, carajo, de una puta vez”. El porteño se vio cogido sin respuesta alguna, por lo que acudió al tópico de “no responderé sin la presencia de mi abogado”. Había quedado claro, por lo menos para mí, y para los agentes también, que la rúbrica que aparecía junto a la mía en el documento de compraventa era la suya; daba igual que se llamase Honorio, Ernesto o Periquito el de lo Palotes, que en verdad cualquiera sabía cuál sería su verdadero nombre.
Fue después de la negativa del argentino a no declarar sin la presencia de su abogado, y después que le diera un doble golpe en el hombro sin fuerza alguna, como diciéndole, “estás pillado, pibe”, cuando el inspector se me dirigió pidiéndome cuál era la segunda prueba de la que yo hablaba. 


Yo no quería alargar más la situación que estaba viviendo, pero era sabedor que la única manera que había para que acabase aquella pesadilla era que viniesen prontos los agentes gabachos. Aun así quería darle otro revolcón al puto porteño de los cojones, y que conste que yo no tengo nada en contra de los argentinos; todo lo contrario, me caen pero que muy bien; de hecho, mi dentista es argentino, al igual que mi compañero de pádel; vaya eso por delante. Pero el Honorio este, pensé en aquel momento, me había jodido mi viaje a París; hoy, después de recordar como se desarrollaron los hechos, tengo que reconocer que lo vivido hubiera pasado con Honorio o sin Honorio; estaba claro que estaban esperando que alguien comprase esa maravillosa y otoñal parisina; y me tocó a mí. Pero a lo que íbamos. Le contesté al inspector. “Pregúntele en que bolsillo tiene la chequera del Banco de Galicia y Buenos Aires que en varias ocasiones casi me cruza la cara con ella, demostrándome con ello su poderío económico para quedarse con mi óleo. Pregúnteselo por favor, señor inspector, porque no creo que se haya desecho de ella; iba a decir que la podía tener en su maleta, pero no, ya que las maletas se facturaron en el aeropuerto de París”. “Usted dirá, señor Ernesto, dijo Palomo dirigiéndose al porteño, ¿lleva encima esa chequera?”. “Vos sabés, porque ya lo dije antes, que no hablaré sin la presencia de mi abogado. No obstante, por referencia a vos, decir que no sé nada de esa chequera y que todo son invenciones del pibe este”, refiriéndose a mí de una forma despectiva. “Vacíese los bolsillos, ahora, y no me haga perder los nervios”. Honorio, sin levantarse de la silla y arrimado a la mesa como si estuviera buscando el calor de un hipotético brasero en invierno, se quitó la chaqueta y la puso justamente encima de mi parisina, escuchándose en la sala un “¡no!” por mi parte, “¡encima no!”. Inmediatamente el subinspector Álvarez levantó la chaqueta por el cuello con la mano izquierda mientras con la derecha cogía el lienzo y lo retiraba, dejándola caer nuevamente sobre la mesa y enrollando el lienzo con mucha delicadeza para introducirlo en su canuto. “Álvarez, enrolla los tres documentos y los introduce también en el tubo ese de cartón”, dijo el inspector, “y vacía todo lo que haya en los bolsillos de la chaqueta”. Álvarez esparció en lo alto de la mesa todo lo que encontró en los bolsillos de la chaqueta pero la chequera no aparecía. “Bolsillos del pantalón”, dijo Palomo. “Señor agente, no tengo nada; ni chequera ni nada; compruebe usted mismo”, dijo Honorio levantándose de la mesa pero sin apartarse de ella. El subinspector Álvarez registró en los bolsillos del pantalón encontrando tan solo un pañuelo blanco perfectamente doblado, que al ponerlo junto al resto de objetos personales salidos de la chaqueta, se pudo observar que llevaba bordado en azul las iniciales AS, hecho este que llamó la atención de Palomo pero sobre el que no hizo ningún comentario. El inspector lo único que hizo al ver que no aparecía la chequera fue dirigirse a mí y hacer un ademán con la cabeza como diciendo que la chequera no aparecía, que no había segunda prueba. Yo, sentado todavía enfrente de Honorio, me dirigí a Palomo rogándole permiso para hablar con el porteño, ruego que me concedió. Sentado, me acerqué todo lo que podía a la mesa, en la misma posición que tenía él y mirándolo a los ojos le dije: “señor Honorio, ¿le gustan las gomas de mascar de mi esposa? Tras la pregunta que le hice, aprecié cómo su rostro se demudaba, llenándose de ira y de rabia. Lo estaba provocando; deseaba que perdiera los nervios. Y proseguí, tirando de la cuerda, suponiendo de antemano que el inspector me dejaría tensarla todo lo que yo quisiera. “En mi tierra, allá en el sur, a los cerdos les encantan comer gomas de mascar, pero a los niños traviesos le gustan pegar los chicles debajo de la mesa; ¿usted es un cerdo o es un pibe travieso? Y ya no se pudo reprimir más, empezando a vociferar. “La concha de tu reputa madre, cabrón de mierda. Juro por mis muertos...”, y no terminó la frase porque se levantó avalándose hacia mí; gracias que el subinspector Álvarez lo redujo enseguida y lo volvió a sentar en la silla, pero ya a algo más de un metro separado de la mesa. Me dirigí a Palomo diciéndole: “señor inspector, mire debajo de la mesa”. El “hijo de puta” que salió de la boca del agente y su mano abierta impactando en la cara de Honorio casi coincidieron en el tiempo, teniendo que ser recogido del suelo por Álvarez. El argentino había pegado con chicle a la tapa de la mesa, por debajo, la chequera de la que yo hablaba, presionándola con sus rodillas y muslos, de ahí su interés de acercarse tanto a la mesa. Cometió el fallo en el momento que arrastró la silla cuando el inspector hablaba con el señor Galán fuera de la sala y todos le dábamos la espalda; no pensó que yo oyera el chirrido al acercar la silla a la mesa.
Los dos agentes, sobre todo el inspector, se quedaron estupefactos, y yo aprecié como por la cabeza de Palomo pasaban multitud de preguntas sobre mí. “De verdad que me ha dejado usted sin palabras con sus apreciaciones …............”

No quiero ser pesado en mi reiteración, pero no hay que olvidar eso de “SEGUIR EN CASA”. Y recalco: seguir en casa; se está demostrando que es la mejor solución para que el puto virus no te haga compañía. Castigo a los desaprensivos. Ya queda menos.


jueves, 2 de abril de 2020

VIGÉSIMO PRIMER DÍA

Vigésimo primer día de confinamiento, o lo que es lo mismo, terminamos la tercera semana descoronavizante, y como en estas situaciones tan al límite que estamos viviendo, en esas que la mayoría de la humanidad no había vivido hasta ahora, hay que decir que tenemos que ser positivos; siempre hacia delante. No debemos de mirar hacia atrás, ya que atrás, visto lo visto, sólo encontramos penas y destrucción. El pasado solo nos debe de servir para aprender de los errores, pero ya habrá tiempo de analizarlos. Ahora hay que ir todos a una, con fuerza y con una sola idea en la mente: la de vencer al mal que no está asolando. Cada uno tenemos una misión, y esa es la que tenemos que cumplir. Y por el bien de nuestra mente, intentar cumplir la siguiente máxima: no hay que preocuparse, sino ocuparse. 


Y ahora vamos a seguir con la historia de nuestra parisina.

Fue en el preciso momento en el que, tras comparar el inspector Palomo los dos documentos de compraventa, uno firmado por el argentino y el otro sin su firma, se dirigía hacia Ernesto para mostrárselos, cuando se abrió la puerta y aparecieron el subinspector Álvarez y el jefe de seguridad del aeropuerto, Rafael Galán.
El inspector, con buen parecer, decidió que el interrogatorio con el argentino debería de aplazarse hasta que no departiera con el señor Galán, al que recordaba de un servicio que tuvo que llevar a cabo hacía poco más de un año en el aeropuerto de San Pablo y del que guardaba un muy buen recuerdo. Pero antes de dirigirse al jefe de seguridad del aeropuerto, al que le envió un saludo gestual acompañado de una sincera sonrisa, invitó a mi esposa a que recogiese todas sus pertenencias que estaban esparcidas en un extremo de la mesa y que las metiese nuevamente en su bolso, a excepción del documento de compraventa. “Señora, con usted hemos terminado por ahora. Puede recoger sus pertenencias y volver con su familiar, aunque le digo que no va a ser posible que abandone todavía el aeropuerto; no creo que el señor Galán le ponga ninguna objeción para que la espera la pueda hacer en la sala VIP”, buscando cuando terminó la frase el asentimiento del jefe de seguridad, encontrándolo de inmediato. La sorpresa de todos los ocupantes de la sala fue que cuando mi esposa estaba procediendo a recoger sus pertenencias en el bolso, se oyó la voz del argentino: “perdón, tengo la boca algo seca; ¿a vos le importaría, dirigiéndose a mi esposa, hacerme llegar un par de chicles?”. Todos se quedaron extrañados con la petición, procediendo el inspector a asentir ante la mirada que le hizo mi esposa. “Tome, quédese con el paquete”, dijo ella, lanzándoselo delante de las manos.
Mi esposa salió de la sala acompañada del agente en prácticas y de mi mirada, girándome sin levantarme de la silla, al tiempo que el inspector y el jefe de seguridad, después de un saludo efusivo entre los dos, salieron también de la sala y comenzaron a hablar nada más salir de la misma. Yo agudicé mis oídos para oír la conversación, a la que asistió también el subinspector Álvarez, dándole descaradamente la espalda al argentino; percibí más o menos las peticiones que le estaba haciendo el agente jefe del dispositivo, pero de pronto oí como un chirrido a mis espaldas, volviendo la cara de inmediato y quise percibir que el Honorio de los cojones había arrastrado la silla no sé para qué; lo que sí observé fue que las manos volvían encima de la mesa y cogían otro par de chicles del paquete que le dejó mi esposa. “Buen sabor tienen estas gomas de mascar; puro sabor a ananás; vos tenés suerte con la mujer que le tocó”, me dijo con cierto aire de sorna. 

Los dos agentes entraron nuevamente en la sala, cerrando la puerta por dentro, mientras el jefe de seguridad se encaminó a conseguir todas las peticiones que le había demandado el inspector Palomo. Por lo que yo pude oír, hasta que me sobresaltó el chirrido provocado por la silla, le había pedido que hiciese llegar el equipaje de Ernesto, la lista de embarque del vuelo Madrid Sevilla, así como la del vuelo París Madrid. “Bueno, señor Ernesto Sanromán, prosigamos con lo nuestro”, dijo el inspector volviendo a coger los dos documentos que le iba a enseñar cuando llegó el jefe de seguridad del aeropuerto y acercándose al argentino. “Veo claro que los dos documentos son idénticos salvo que en uno de ellos hay dos firmas y en el otro tan solo la de nuestro amigo el vendedor”, señalándome a mí. “¿Es su firma la que está debajo de Honorio Sanjuán?”. “No. Le vuelvo a repetir que yo no sé nada, ni conozco, ni hasta hoy he oído hablar de ese tal Honorio. Yo lo único que deseo es que me traigáis mi valija y me dejéis partir de una vez por todas. ¡No tengo nada que ver con este quilombo!”. El inspector comenzó a dar vueltas, desesperado, impotente ante las pruebas que tenía y que no le permitían acusarlo, por mucho que pensara que sí lo era. Aunque en verdad, él era el primero que no tenía claro el motivo de la detención, ya que no le cuadraban en absoluto las dos versiones que tenía encima de la mesa: la del argentino y la mía. Como ya me comentó una vez resuelto el caso, lo único que tenía claro, y todo por teléfono, es que iban detrás del robo de un valioso cuadro cuyo porteador era el tal Ernesto Sanromán; pero aquí entraba yo con mi versión y le descuadraba todo por completo. Además, aunque la parisina que se encontraba yaciendo en lo alto de la mesa estaba bien, como él se preguntó muchas veces, no la veía para tener tanto valor como le comentaron desde París. Aquí había algo que se le escapaba.  
Y entonces se dirigió hacia mí. “Señor, sintiéndolo mucho, porque creo que usted es inocente, me veo en la obligación de decirle que no va a poder abandonar el aeropuerto, por lo menos hasta que vengan los agentes franceses; ni su señora tampoco. Hay algo más grande que las pruebas que usted nos aporta sobre ese documento por duplicado. Detrás de todo esto se encuentra el robo de una obra de arte, y aquí tan solo tenemos la que compró usted en París por setecientos francos. Me temo, y esto lo pienso yo, que detrás de todo este caso hay toda una organización criminal dedicada al robo de obras de arte y que se han servido de usted para sacarla de París sin levantar ningún tipo de sospecha. Además, no hay pruebas aparentes que me demuestren que este señor, refiriéndose al argentino, haya firmado el documento que aportó su señora esposa”. Yo, en vez de venirme abajo con el panorama tan sombrío que me había dibujado, pensé que era el momento de pasar al ataque. Sabía de antemano que el caso ni lo iba a solucionar ni me tocaba a mí solucionarlo; yo lo único que debía de probar es que la venta del lienzo se la hice al puto argentino de los cojones y que la versión que yo di de los hechos, apostillada por la de mi mujer, era totalmente cierta y que en ningún momento mentí a los agentes. “Muy bien, señor inspector, le entiendo perfectamente, pero déjeme que pruebe un par de cosas. La primera, que el bolígrafo con el que redactamos los documentos es propiedad del señor Ernesto o del señor Honorio, o como coño se llame”. “Dígame usted cómo lo va a probar”, mostrándose dispuesto a mi propuesta. “Que se saque de uno de sus bolsillos el bolígrafo Mont Blanc que cuando lo vea usted me dará la razón que es muy llamativo, y que además, tiene la misma tinta con la que se escribieron los dos documentos”. Efectivamente, después de probar que Honorio era dueño de un Mont Blanc y que los documentos se habían escrito con ese bolígrafo, el inspector Palomo, tras dedicarme una sonrisa acompañada de una cara con cierto estupor, me hizo otra pregunta: “ha probado la primera de las cosas de que me hablaba, ¿y la segunda?


No quiero ser pesado en mi reiteración, pero no hay que olvidar eso de “SEGUIR EN CASA”. Y recalco: seguir en casa; se está demostrando que es la mejor solución para que el puto virus no te haga compañía. Castigo a los desaprensivos. Ya queda menos.

VIGÉSIMO DÍA

Vigésimo día de confinamiento por culpa del coronavirus. Hoy las cifras tampoco son buenas, pero en días como hoy es cuando hay que sacar fuerza y dar un fuerte arreón hacia delante; con más fuerza, con más fe y con más esperanza. Es el momento de confiar más que nunca en todo ese personal que nos va a sacar de esto y que ya mencioné ayer; incluso, aunque no quiero hablar de ellos, vamos a confiar en los políticos; en los de un lado y en los del otro, porque tantos los unos como los otros........., “están pa comérselos”. Pero ya habrá momentos cuando acabemos con el bicho, que no va a ser muy tarde, que habrá que rendir cuentas de muchas cosas, y vamos a meternos todos en ese “rendir cuentas”. Porque se están perdiendo muchas cosas hermosas en esto días. Se están perdiendo muchos besos y muchos abrazos, muchas sonrisas y muchas miradas en distancias cortas. Y yo me pregunto, parafraseando a un cantautor español, “a donde irán los besos que guardamos, que no damos; a dónde irá ese abrazo, si no llegas nunca a darlo”. 



Seguiremos con nuestra parisina.

También anota toda la numeración de esa tarjeta de embarque y buscas al jefe de seguridad del aeropuerto; le dices que por favor nos haga llegar esa maleta y que se pase él también por aquí”. “A sus órdenes, mi inspector”, contestó el agente. “O no, mejor no. Encárgate tan solo de la esposa del señor, que el asunto del jefe de seguridad se encargará el subinspector Álvarez”.
Los tres, el inspector Palomo, el argentino y yo, nos quedamos solos en la fría sala, a la espera de los acontecimientos que pudiesen venir con la llegada de los nuevos invitados a la fiesta tan especial que estábamos celebrando. Yo, y lo recuerdo como si fuera ayer, principalmente porque aquel día fue de esos que no se olvidan nunca en la vida de una persona, me encontraba muy tranquilo, como si no me estuviera jugando nada, y “ya ve”, si las cosas se torcían un poco, podían dar con mis huesos en la cárcel. Pero no, yo estaba sosegado. No sé si esa serenidad mía estaba motivada porque, creyendo fielmente en mi verdad, esperaba que el documento firmado por el Honorio de los cojones se encontraría durmiendo en el interior de la agenda de mi esposa que siempre suele descansar en el fondo de su bolso junto a un sinfín de abalorios, perifollos y pinturetas, comunes todos ellos en todo bolso de mujer, o bien era producida por la imagen que tenía delante de mis ojos, a poco más de un metro. Efectivamente, hasta ahora no me había fijado bien en la belleza de mi parisina, que, dormitando en lo alto de la mesa, me transmitía seguridad. Allí, como ángel yacente, flanqueada por tres de sus cuatro costados, trataba de expandir su belleza por toda la sala. Flanqueada por el bien, por el mal y por la justicia; por mí, que representaba la verdad y el bien, por el argentino, símbolo del mal y la mentira, y por el inspector, encargado de ejecutar la justicia. No creo yo que fuera el único en la sala que estuviera fascinado por tanta belleza; de una u otra manera, su popurrí de colores de fuego y ocres hacía necesario que toda persona que la observara, se sintiera atraída, y porqué no decirlo también, embrujada, con tanto arte otoñal. Fue desde entonces, y tengo que admitirlo, que el otoño para mí siempre ha sido otra primavera.
Pero el embrujo en que me vi envuelto durante el largo periodo de silencio, llegó a su fin cuando se oyeron dos repiqueteos en la puerta para a continuación, sin recibir respuesta desde el interior, abrirse de inmediato. “Mi inspector, en la puerta se encuentra la señora, ¿la hago pasar?”. “Hágala pasar, pero adviértale que solo responderá a mis preguntas”. “Y a usted, dirigiéndose a mí, le ruego que no intervenga si yo no se lo pido. Siga sentado de espalda a la puerta y no se vuelva”. Las órdenes del inspector fueron claras: las respuestas de mi mujer serían sin que ni yo la mirase. Lógico y normal, me dije; peor hubiera sido que me hubiera invitado a salir; así por lo menos me enteraría de sus respuestas. Y comenzó el agente con su interrogatorio. “Señora, le pediría que sus respuestas fueran lo más lacónicas posible, que no se me extienda más de lo preciso; así acabamos antes. ¿Es usted la esposa del señor que está sentado de espaldas? “Sí”, respondió. “Conoce usted al señor que está sentado de frente, y si así es, de qué lo conoce?”. "Le conozco de vista. No he hablado nunca con él directamente; bueno sí, en una ocasión. Le conocí en el aeropuerto de Madrid, cuando se dirigía a la cafetería a comprarle el lienzo de la parisina a mi marido, habiéndonos cruzado cuando yo salía y él entraba. Después le volví a ver en la puerta de embarque cuando nos hizo el favor de coger una bolsa con compras que yo hice en el aeropuerto y que no me dejaban embarcar porque ya llevaba una bolsa de mano, sirviéndole mi bolsa para meter el canuto con el lienzo en su interior que mi marido ya le había vendido”, respondió con gran seguridad después de haber mirado al argentino. “¿Y me puede decir usted por cuánto le vendió el lienzo su marido al señor Ernesto?”. Tras esta pregunta, ella titubeo un poco y dejó de mirar al inspector para volver su vista nuevamente hacia el argentino, saliéndose un poco de la pregunta que le había hecho el agente. “No sabía yo que se llamara Ernesto. Quiero recordar que en el papel que firmó había escrito otro nombre; Honorio, Horacio; no sé; tendría que mirarlo”. “Por favor, señora, cíñase a la pregunta que le he hecho, ¿en cuánto le vendió el lienzo su marido a ese señor?”. Aquí ella volvió a sentirse dubitativa, expresión que comprendió perfectamente el agente, saliéndole al paso inmediatamente. “Señora, quiero saber la cantidad que recibió su marido por el lienzo, no el precio que esté reflejado por la venta en cualquier papel”. Ella lo captó de inmediato. Cobró noventa mil pesetas, aunque en el documento que firmaron consta otra cantidad”. Todas las respuestas que estaba dando se ceñían a la verdad, al relato que yo había dado. Sus respuestas reforzaron mi tranquilidad y mi seguridad, pero más lo hizo aun la cara que se le estaba poniendo al puto argentino, que no dejaba de moverse en la silla dando signos de nerviosismo; en un par de ocasiones observé cómo se introducía las manos en los bolsillos de su chaqueta y hacía los gestos como si rebuscara algo; a la segunda, acordándome de la chequera del banco de Galicia y Buenos Aires que en varias ocasiones casi me refregó por la cara, hice como un ademán de levantarme para llamar la atención del inspector e indicarle con unos gestos con el rostro y con la manos que Honorio no dejaba de rebuscarse en su chaqueta, gestos que el inspector interpretó enseguida y le indicó que pusiese las manos encima de la mesa. Aparentemente, pensé, el inspector está de nuestro lado, del lado de la verdad. “¿Y tendría usted a mano ese documento de compraventa?”. “Sí señor”, le respondió mi esposa echando mano al bolso que lo llevaba colgado del hombro derecho. Como era de esperar, comenzó a hurgar en el fondo del bolso buscando el documento, tardando más de lo normal, por lo que el inspector la invitó a que lo pusiera encima de la mesa, desplazando hacia un lateral la parisina y los dos documentos de compraventa que se encontraban también encima, además del canuto de cartón que rodando cayó hasta el suelo, siendo recogido de inmediato por el agente en prácticas. Ella sacó la cartera, la agenda de donde habían salido las dos hojas para firmar el documento de compraventa con el argentino, en cuyo interior no se encontraba como yo esperaba el que andaba buscando, dos mecheros, un paquete de ducados, un paquete de chicle de menta, dos pinta labios y algunas cosas más que ahora no recuerdo. Después de buscar y de no encontrar lo buscado, cambiándole un poco el rictus de su cara, se le oyó decir, “perdón …..., ahora que lo recuerdo....., que lo metí en uno de los bolsillos”. Efectivamente. Abrió la cremallera interior de uno de los bolsillos interiores de su bolso Burberry de color negro que le regalé en su anterior onomástica y que le compré en el Corte Inglés de San Fernando, y sacó el dichoso documento de compraventa, abriéndolo, cerciorándose que era lo que buscaba y entregándoselo al inspector, quien lo revisó y comprobó que todo lo que yo le había dicho era cierto. Fue en el preciso momento en el que, tras comparar el inspector Palomo los dos documentos de compraventa, uno firmado por el argentino y el otro sin su firma, se dirigía hacia Ernesto para mostrárselos, cuando se abrió la puerta y aparecieron el subinspector Álvarez y el jefe de seguridad del aeropuerto, Rafael Galán.

No quiero ser pesado en mi reiteración, pero no hay que olvidar eso de “SEGUIR EN CASA”. Y recalco: seguir en casa; se está demostrando que es la mejor solución para que el puto virus no te haga compañía. Castigo a los desaprensivos. Ya queda menos.


miércoles, 1 de abril de 2020

DECIMONOVENO

Decimonoveno día de confinamiento por culpa del puto coronavirus. Tengo que admitir que cuando comencé esta serie de artículos, por llamarlo de alguna manera, no pensé que después de diecinueve días íbamos a estar en la situación en la que nos encontramos. Diecinueve días de bombardeos de noticias, una gran parte de ellas falsas o poco veraces, aunque las cifras no engañan. Pero no es el momento de criticar ni de lamentarse; es el momento de poner los cojones y los ovarios encima de la mesa y decir que hasta aquí hemos llegado. Ya lo ponen los doctores y las doctoras, los enfermeros y las enfermeras, los celadores y las celadoras en los hospitales. También todos aquellos trabajadores, funcionarios y militares que tienen que salir a diario a dar el callo para que el país no se paralice; para que tengamos pan, para que nos lleguen las verduras y la leche, para que nuestras vitrocerámicas sigan funcionando, para que nuestras calles no sean una selva y reine la paz, para que los desaprensivos no se salten las medidas adoptadas. Es ahora más que nunca cuando nosotros y nosotras, la gran mayoría del país, los que nos tenemos que quedar en casa para quitarle protagonismo al puto bicho, apretemos los dientes y cumplamos más a rajatabla el confinamiento; pongamos como dije antes, los cojones y los ovarios encima de la mesa y digamos, hasta aquí: yo me quedo en casa para que el bicho no tenga qué comer. 


Y ahora, aunque sin muchas ganas, sigamos con la historia de la parisina.

De pronto recordé un hecho en el que no había caído antes y que en cierta medida podía probar que no mentía, que el tal Honorio Sanjuán existía, por lo que, creyendo haberme ganado la confianza del inspector, me atreví a pedirle permiso para demostrar lo que expliqué en mi relato de los hechos. “Señor agente, podría probar que Honorio Sanjuán firmó un documento igual que ese que hay encima de la mesa y por el que se prueba que me pagó cuarenta mil pesetas por mi parisina”, le dije mostrándole una seguridad imperturbable. “Usted dirá como” me respondió no sin cierta incredulidad y haciendo un cierto aspaviento abriendo sus manos. “Mi esposa se encontrará en la terminal, ya con las maletas, esperándome para regresar a casa; ella en su bolso tendrá el documento del que le hablo, ya que hicimos un duplicado, y en el que nos quedamos sí que firmó el señor Honorio Sanjuán. Si le parece bien, podéis acompañarme hasta ella y así que me lo entregue para que lo veáis”. El inspector, que se había sentado en la silla, junto al argentino, jugueteando con un bolígrafo encima de la mesa, comenzó a dudar y lo primero que hizo fue dirigirse a Honorio. “Señor Ernesto, ¿usted cree que habrá otro documento igual que este, cogiendo el que se encontraba entre la parisina y el canuto de cartón, pero firmado por usted?”. El argentino palideció, no pudiendo articular palabras por un largo rato. “¿Me ha oído usted, señor Ernesto?”. “Sí, le he oído, agente”, respondió el argentino con ciertos aires de prepotencia, impropios después del silencio que previamente había tenido y que no denotaba sino que lo habían pillado, “pero si trae un documento igual que este firmado por el tal Honorio Sanjuán, ¿demuestra algo en contra mía? ¿Quién es ese Honorio Sanjuán que no paro de escuchar su nombre? Me gustaría verle la cara, me gustaría conocerlo; lo mismo hasta se parece a mí. ¿Usted lo conoce personalmente?”, haciendo esta última pregunta mirándome a los ojos y dirigiéndose a mí. Todavía recuerdo lo que sentí en aquel momento; me lo quería comer. Mi lenguaje gestual fue captado enseguida por el subinspector y amablemente, pero con una fuerza descomunal que revelaba que era carne de gimnasio, me sentó en una silla dejándome sus dos manos sobre mis hombros con el fin de tranquilizarme. El silencio volvió a adueñarse de toda la sala, sabiendo todos los allí presente que el encargado de romperlo no era otro que el inspector, como así fue, demostrando una vez más que era muy ducho en aquello del interrogatorio; sabía de antemano que esos parones facilitaban que los interrogados pudiesen cometer algún fallo que lo delataran, pero también se había percatado que en este caso, los dos interrogados, por distintos motivos, también estaban demostrando ser avezados en estas prácticas de los interrogatorios.  
  Lo del argentino este, se dijo el inspector antes de romper el silencio, me cuadra perfectamente, ya que imagino que habrá estado sentado en más de una ocasión en una mesa de interrogatorio y le habrán calentado también la cara en más de una ocasión tal como sucedió antes, pero lo del turista gaditano, y se refería a mí, no me cuadra en lo más mínimo; no lo encajo en ningún sitio; o es un ladrón de guante blanco, fino donde los haya, o es un turista defensor de la verdad y que rompe los moldes con los que estamos acostumbrados a trabajar; me inclino por lo segundo, pero bien fino. Y por fin rompió el silencio. “Señor Ernesto, me dijo usted que venía de París; ¿me podría decir el motivo de su viaje?”. “Sí, señor agente. Turismo. Cuatro días en París, viajar hasta Sevilla, conocer Marbella y trasladarme a continuación desde Algeciras a Tánger por ferri para visitar Casablanca; desde allí a Johannesburgo y dentro de unos diez días, quiero recordar, volar de regreso hasta Buenos Aires”, respondió Honorio con una tranquilidad pasmosa. Ahora el inspector no le dejó tiempo a pensar por mucho tiempo, respondiéndole enseguida. “Ajetreado viaje, pero cada uno es libre de hacer lo que quiera. Entiendo que para un viaje como este en el que se encuentra, necesitará usted un buen equipaje, ¿no, señor Ernesto?”. “Vos sabés bien que así es, señor agente. Espero que la maleta que ya debería de haber recogido en la terminal, no se me extravíe”. “No se preocupe por ella; ahora mismo movemos los hilos para que la traigan. ¿Lleva usted encima la tarjeta de embarque?”. “Sí”, dijo Honorio llevándose la mano al bolsillo interior de su chaqueta y poniéndola en lo alto de la mesa. “Aquí está, señor agente”. Cuando Honorio llevó su mano al interior de la chaqueta, de su chaqueta Armani, se me encendió el bombillo y no pude reprimirme, dirigiéndome al inspector y sorprendiendo a todos los allí presente en la sala: “inspector, podía pedirle usted a este señor, refiriéndome al argentino, que busque entre sus bolsillos una chequera del Banco de Galicia y Buenos Aires con la que hizo sus primeros intentos de compra de mi parisina?, no creo que se haya desecho de ella”. Las caras de las dos personas que tenía delante de mi vista, el inspector y el argentino, porque el subinspector lo tenía a mis espaldas, eran bien distintas. Mientras que el agente esbozó una media sonrisa, dedicándome una mirada con la que me decía que qué hacía yo con ese as debajo de la manga, la cara de Honorio se desencajó completamente, poniéndose blanco como la pared, pero marcándosele con más intensidad los mofletes rojizos casi amoratados. El inspector Palomo, que así se apellidaba el jefe del dispositivo, sabiamente dejó que las aguas volviesen a su cauce provocando un nuevo y largo silencio, rompiéndolo con un gesto con la cara y con el dedo índice a su compañero como indicándole que pasase el agente en prácticas que se encontraba en la puerta. “Toma papel y lápiz, le dijo al agente, y por este orden haz lo siguiente: anota el nombre de la esposa del señor, dijo señalándome a mí, y la buscas en la zona de salida de viajeros; estará acompañada de un familiar, que se quedará con las maletas y ella que te acompañe hasta aquí. También anota toda la numeración de esa tarjeta de embarque y buscas al jefe de seguridad del aeropuerto; le dices que por favor nos haga llegar esa maleta y que se pase él también por aquí”. “A sus órdenes, mi inspector”, contestó el agente. “O no, mejor no. Encárgate tan solo de la esposa del señor, que el asunto del jefe de seguridad se encargará el subisnspector Álvarez”.


No quiero ser pesado en mi reiteración, pero no hay que olvidar eso de “SEGUIR EN CASA”. Y recalco: seguir en casa; se está demostrando que es la mejor solución para que el puto virus no te haga compañía. Castigo a los desaprensivos. Ya queda menos.

martes, 31 de marzo de 2020

DECIMOCTAVO

Decimoctavo día de lucha confinada contra el coronavirus, decimoctavo día en el que uno se levanta y ya no sabe si es lunes, jueves o domingo, decimoctavo día en el que hay que tener claro que debe de quedarse sin salir de casa otro día más por el bien de uno y del resto de habitantes de nuestro planeta; sí o sí. Es lo que nos queda y es lo que nos está salvando que este jodido bicho no se esté expandiendo más. Iba a decir que no quiero ser reiterativo con lo de quedarse en casa, pero sí, voy a serlo. Las mascarillas ayudan, los guantes de látex también, pero el mejor plan para ayudar a que los centros hospitalarios reciban cada vez menos pacientes infectados es no salir de casa; no hay otra. Y es lo que nos tenemos que meter en la cabeza y tratar de metérselo a todos los que nos rodean. Nosalirnosalinosalirnosalir. 



Y ahora prosigamos con nuestra historia de la parisina.

El inspector, que se encontraba con la cabeza agachada mientras yo hablaba, la levantó, y con una media sonrisa a caballo entre chacotera y conspiradora, me preguntó “¿pusimos esa cantidad o la puso usted solo?”. La pregunta, y en el tono que me la hizo me cogió un poco a pie cambiado, intentando por un momento buscar las verdaderas intenciones que llevaba el agente al hacerla, intento que me resultó baldío, ya que no encontré ninguna respuesta. Fue por lo que, para salir del paso, pero intencionadamente, lo que hice fue repetir su misma pregunta pero cambiándole la entonación y añadiéndole un carácter dubitativo. “Que si la pusimos o la puse; la verdad es que no entiendo lo que me pregunta, señor agente”. No sé si hice bien o mal al contestar de esa manera, pero la verdad es que el inspector, lo recuerdo hoy tal como sucedió en aquel momento, y hace de esto ya una tira de años, le supo mi respuesta dubitativa como un rayo, volviendo a perder en cierta medida los nervios. Me preparé para el chaparrón, aunque seguía sin saber qué fue lo que me quiso preguntar. “Vamos a ver, ni se imagina usted el tiempo que llevamos trabajando en este caso, y ni se imagina tampoco las pocas ganas que tengo de escuchar paparruchadas, jilipolleces y desvaríos como los que usted ha dicho. Creo que mi pregunta está bien clarita”, y todo ello con un tono de voz bastante elevado y amenazante. No sé si hice bien o no, creo que sí, pero sobre la marcha decidí plantarle cara y no amilanarme, creyendo vender con mi postura una imagen de seguridad y que en ningún momento había tratado de sorprender a nadie, y mucho menos a la justicia.”Me va a perdonar usted, señor agente, me dirigí a él sin ningún tipo de altanería, pero hay dos cosas aquí en las que me pierdo, primero que no he entendido su pregunta, y al no entenderla lo único que he hecho es volvérsela a preguntar para que me la aclarase, y segundo, y es una cosa que me está preocupando desde que en la escalinata del avión usted me invitó a acompañarle, es que me habla usted ahora de un caso, y yo creo, que debería de decirme qué caso es este del que habla, porque yo estoy perdido, por favor”. Si la habitación era fría y las paredes, todas de blanco ayudaban a ello, mi respuesta ayudó a que la temperatura bajara unos grados más; hasta provocó que el argentino, que estaba calentito por el interrogatorio un poco agresivo al que seguramente lo habían sometido antes de yo entrar, levantó la cabeza y sintió escalofrío.
  El otro agente, subinspector que era, movió varias veces la cabeza y comenzó a caminar por la sala pero buscando disimuladamente acercarse hasta mí con el fin de poder actuar a tiempo por si su jefe reaccionaba como él pensaba que pudiera reaccionar. No hubo palabras durante un largo espacio de tiempo, pero aquel silencio era, lo recuerdo todavía hoy y se me ponen los vellos de punta, de los que nadie se atreve a romper porque a modo de puñal se te podía clavar en el corazón. Y lo rompió el que tenía que romperlo. Pero no como esperábamos que lo hiciera, demostrando su gran profesionalidad y dominio de la situación, ya que captó perfectamente la intención de mi respuesta, y pienso hoy que después de mi respuesta, el bueno del inspector me hubiera mandado para mi casa ya que se dio perfectamente cuenta de que yo no tenía absolutamente nada que ver con el caso que se traía entre manos. “Vamos a ver si acabamos de una vez por todas con este galimatías en el que estamos metidos y podemos deshacer el entuerto en el que creo que está usted implicado sin partirlo ni probarlo; bueno, probarlo sí, ya que veo que como ha reconocido, sacó usted una buena tajada”. La ruptura del silencio del inspector nos dejó a todos de piedra; a todos menos a mí, ya que en cierta medida me la jugué y me salió bien el envite; o por lo menos eso me pareció a mí. “Me refería a que en el papel que os sirvió como contrato de compraventa, y en el que venía la cantidad de cuarenta mil pesetas, cosa que no tengo porqué saber ni me interesa que realmente usted cobró, según dice, noventa mil, está tan solo la firma de usted, no teniendo validez alguna pues no se encuentra la del tal Honorio Sanjuán, que hasta este momento, si no me lo demuestra usted o alguien, no le pongo cara”. Educadamente me dejó de piedra, pero más me dejó la reacción del argentino, que comenzó a hablar sin que ninguno de los agentes se lo autorizara. “Vos ves, señor agente; no existe absolutamente ningún tipo de prueba que me relacione con la compraventa de este óleo; ya os lo comenté y vos no queré oírme. Este boludo, después de hacerle el favor de portearle el cilindro con su óleo para que pudiese viajar, me queré cargar el muerto y meterme en este quilombo. Ni yo le he pagado plata alguna, ni yo he firmado nada que pruebe que haya adquirido esa mierda de parisina, ni yo sé nada de ese tal Honorio Sanjuán”. La verdad era que el inspector llevaba razón, y aquel papel, sin la firma del argentino, del verdadero argentino, no tenía ningún valor; quedaba bien claro que la parisina, sin ser una mierda como había afirmado el porteño, calificativo que me había olido a cuerno quemado, tenía un único dueño, y ese era yo. Pues sí que está bien la cosa me dije. De pronto recordé un hecho en el que no había caído antes y que en cierta medida podía probar que no mentía, que el tal Honorio Sanjuán existía, por lo que, creyendo haberme ganado la confianza del inspector, me atreví a pedirle al jefe del dispositivo el permiso para demostrar lo que expliqué en mi relato de los hechos.



No quiero ser pesado en mi reiteración, pero no hay que olvidar eso de “SEGUIR EN CASA”. Y recalco: seguir en casa; se está demostrando que es la mejor solución para que el puto virus no te haga compañía. Castigo a los desaprensivos. Ya queda menos.
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