jueves, 12 de febrero de 2015

PLAGIADORES DE COPLAS.



Te has pasado, amigo David, creo que te has pasado un montón de pueblos; yo diría que por lo menos desde Pulpi hasta Ayamonte o desde Tarifa hasta la cordobesa Santa Eufamia, que ya es decir.
¿Cómo tú, iniciador y exhibidor en tus versos de las más altas cotas de la sensibilidad, aunque para algunos suenen a “chundachunda”, has entrado al trapo a esa provocación carnavalesca? ¿Cómo tú, casamentero delicado de palabras y acordes, aunque para algunos “fabricas un timbre que suena a divino con aire flamenco y acento latino”, te has dejado enojar por predicadores cuyo evangelio dista mucho de sus hechos? ¿Cómo a ti, que tanto trabajo te ha costado llegar, te lanzas al vacío acusando de “plagiadores de coplas” a algunos autores carnavalescos? ¿Cómo a ti, que nunca has mordido la mano que te da de comer, como otros, se te ocurre desprestigiar la fiesta por excelencia de la Tacita de Plata, tierra que te ha recibido siempre con los brazos abiertos?

 Pues ahora te toca recibir por todos lo lados. No te queda otra que recibir, con razón, todo tipo de lanzas de don carnal. Sopórtalas como un valiente y todavía, antes del viernes, estás a tiempo de rectificar y pedir perdón al pueblo gaditano, aunque, con el carnaval hemos topao.

miércoles, 4 de febrero de 2015

EL TIEMPO.


Definitivamente el invierno no me gusta absolutamente nada. La nieve no me dice nada, el agua la prefiero embotellada, y no digamos si viene acompañada de rachas de viento. Prefiero vivir en uno de esos países en los que, como decía Javier Krahe traduciendo a George Brassens, “donde si se oye llover será porque haga pis algún niño del vecindario”, que en aquellos otros que la presencia del sol se mide con cuentagotas.
Pero hoy no quiero hablar de ese tiempo, del climatológico, que dicho sea de paso, y ya que hablé anteriormente de mis preferencias, estoy pero que muy satisfecho con la benignidad del que disfruto en mi rinconcito peninsular (quitando algunos días de perro, como el de hoy). Del tiempo del que quiero hablar es del otro, del que transcurre entre dos momentos concretos de la vida de una persona; o de dos; o de más de dos. Y quiero hablar de ese tiempo por la historia que me ha contado hoy un amigo mío, que tiene más o menos el mismo tiempo que yo, y que, la verdad, me ha dejado algo pensativo; ¡qué coño! (perdón), estoy pensando en lo que me ha contado desde que lo hizo.
Pues bien, me ha contado ese amigo, que dicho sea de paso, es el mejor amigo que tengo, porque entre otras muchas cosas, me conoce tanto como me conozco yo, que le parece mentira algo que está viviendo.
Me decía que sus últimos años de vida, más o menos sus últimas treinta navidades, las ha vivido de forma muy intensa, sin parones ni pasos atrás; al límite casi siempre, me decía. Pero que de pronto, como por arte de birlibirloque, su tiempo vivido en esos últimos años con el pie del acelerador a fondo, encontró una señal de stop, seguido de un carril único obligatorio que le retrotraía al punto en el que su existencia comenzaba a acelerarse. Y mira por donde, seguía contándome, que esa vuelta a aquella etapa de su vida no le ha hecho añorar los momentos tan intensos que ha protagonizado en sus últimos años, sino todo lo contrario, se ha dado cuenta que echaba de menos (https://www.youtube.com/watch?v=cSUEFDZ3p3k) lo vivido con anterioridad a su frenética vida.
Uffff, qué lioso es este amigo mío.

Yo, con tanto lío lo que voy a hacer es hablar del tiempo, pero del que empecé hablar; del tiempo climatológico, que si no mal recuerdo, dije que el invierno no me gusta nada de nada. Espero que pronto llegue el veintiuno de marzo.

domingo, 1 de febrero de 2015

ACOSO


Los dos kilómetros y medios aproximadamente que separaban el instituto donde estudiaba, del número veintiséis de la calle Marqués de la Ensenada, que era donde vivía, suponían para él, dos veces al día, el mayor de los suplicios, sobretodo cuando regresaba a casa, a partir de las tres menos diez, cinco minutos después que tocase el timbre que señalaba el fin de las clases. El tenerse que enfrentar cinco veces a la semana a ese doble martirio, sin que lo percibiesen sus padres, ni sus profesores, ni siquiera su compañero pelirrojo de andanzas y de pupitre, iba mellando su autoestima a pasos agigantados. Sólo aquellos tres abyectos y despreciables personajes eran conocedores, por ser ellos los culpables, de la situación por la que estaba pasando; bueno, esos tres y las tres amiguitas que tenían, que, con sus silencios y sonrisas solapadas, era, quizás, lo que más le afectaba; y más aun cuando, desde hacía ya casi un par de años, estaba perdidamente enamorado de una de la tres, concretamente de la de los ojos achinados y carita de no haber roto ni un plato en su vida.
“Puto chino”, “amarillo de mierda” o “chinito mandarín”, éste último sin saber los calumniadores lo que realmente significaba, eran algunos de los insultos que le profesaban cuando, día tras día, corrían tras él.
Aun así, Alejandro, chaval de dieciséis años que fue adoptado en un orfanato de Beijing acabado de cumplir su primer año de vida por un matrimonio, funcionario de prisiones él y enfermera ella, llegado a su casa comenzaba a diario su etapa de “regeneración mental” que era como él la llamaba. Sin comentarle nada a sus padres, comenzaba a analizar minuciosamente a sus tres “ladrones de paz”, engordando a diario los dossieres que tenía de cada uno de ellos. Terminados sus estudios diarios, comenzaba la minuciosa labor, preguntando por la red a unos y a otros, siempre con la máxima discreción y sigilo por miedo a que llegase a los oídos de los macabros personajes, todo lo que pudiera ayudarle a saber más sobre ellos. Y esta tarea policial era la que lo mantenía vivo y le daba fuerzas en la mente y en las piernas para no caer en las garras de esos tres miserables valentones. Así, llego un momento, después de algo más de un curso escolar, que tenía más conocimientos sobre cada uno de ellos que el que tenían cada uno de los energúmenos sobre los otros dos, por muy amigos que fuesen. Y era precisamente esa faena la que le mantenía vivo, ya que sabía que mañana tendría que volver a escapar por piernas, después de entregarles el bocadillo de chorizo con mantequilla que cariñosamente le preparaba su padre y de tener que soportar la sarta de insultos a los que nunca llegaba a acostumbrarse.
Su plan de acabar con aquel martirio había comenzado cuando decidió, después de desistir de abandonar la cornisa de una novena planta, hacerles frente llevando él la iniciativa. Sabedor ya de todo lo que podía saber sobre ellos, había llegado el momento de poner en práctica su plan. Pero tenía dudas. No sabía si decidirse por provocar un enfrentamiento ente ellos, de mover hilos para que a su desgracia de ser perseguido se le uniesen otros compañeros, que comenzarían a vivir su calvario, o siendo más ambicioso, poner en práctica los dos “subplanes” como él le llamaba. Decidió llevar a cabo el doble plan. Era cruel por su parte el provocar que esos tres mamarrachos se cebasen con otros compañeros de instituto, pero si lo conseguía, además de ganar periodos de sol en su vida, podía cebarse en mover hilos para que se diese un enfrentamiento entre los matones.
Así, en menos de una semana, la obsesión de hacer mal por parte de los tres miserables ya no se centraba solo y exclusivamente en el pequinés, sino que encontraron nuevas “presas” para saciar su sed de maldades. Para conseguirlo, Alejandro tuvo que levantar ladinamente, falsos comentarios sobre los tres gilipollas por parte de los nuevos sufridores. Lo consiguió. Con daños colaterales centrados en el sufrimiento de los compañeros inocentes, hecho este que le costó mucho el asimilarlo, consiguió su objetivo. Era el precio, cómo él se decía una y otra vez, que tenía que pagar la sociedad para acabar con aquellos tres hijos de puta.
Ahora ya tenía más tiempo libre para ejecutar la parte principal del plan: el enfrentamiento entre los miembros del grupo de los miserables. Y digo que si lo consiguió. Para ello se valió, sin que lo percibieran los protagonistas, de su compañero de pupitre, el pelirrojo, que al igual que él era adoptado, aunque de origen checheno, de su amor platónico, Irina, nacida en España pero de madre vietnamita y de padre desconocido, y de uno de los integrantes del trío castigador, Roberto, el más espigado pero el más inocente de los tres. Sin darse cuenta, los tres protagonistas involuntarios fueron creando una trama de noticias falsas y confusas, urdidas sutilmente por Alejandro, que provocaron el malestar entre los tres maltratadores. Alejandro, conocedor a la perfección de la personalidad de cada uno de ellos, fue atacándolos donde más le dolía: uno de ellos era celoso, el otro se consideraba líder indiscutible, y el tercero, el más inocente y manejable, era un obseso del sexo y de la violencia. Si conseguía que cada uno de los miembros del grupo de los bellacos se molestase con los otros dos por hechos que atacasen contra sus egos, alcanzaría su objetivo. Y eso fue lo que ocurrió. Consiguió mediante un enjambre de mentiras, creíbles, que el celoso viera como su chica flirteaba con el obseso, que el cabecilla viese como los otros miembros se le subían a la chepa y que al inocente le llegasen a sus oídos que sus dos compañeros lo tildaban de blandengue amante del color morado.
El clima creado fue tan extraño que acabaron en los puños, teniendo dos de ellos que ser ingresados en el hospital por fracturas y magulladuras graves, motivos estos por lo que se personaron en el hospital agentes policiales. Tanto revuelo se creó en el instituto que fueron varios los alumnos y alumnas que confesaron que estaban siendo molestados e increpados por los tres bichos. Fue entonces cuando intervinieron profesores y padres para aclarar los hechos, dando como resultado final la detención de los tres mequetrefes violentos.
Muero el perro se acabó la rabia, comenzando una nueva vida en el centro escolar.

Ni profesores, ni padres, ni alumnos, ni policías, y muchos menos los tres bellacos, llegaron a saber que todo el esclarecimiento de los hechos fue obra de un chaval que en más de una ocasión estuvo tentado de saltar al vacío.

viernes, 16 de enero de 2015

COMO DOS GOTAS DE AGUA

¿Sería cierta aquella leyenda que da nombre a uno de los parajes más característicos de la vega antequerana? Seguro que sí, ya que de otra suerte no habría llegado a nuestros días con ese nombre tan fascinante y seductor: la Peña de los Enamorados.

De belleza paralizadora y ademanes cautivadores, Tazgona, hija del jefe moro de la plaza de Antequera, quedó prendada del prisionero cristiano, el escultural y atractivo Tello, decidiendo los dos huir del mundo hostil que les había tocado vivir. El resultado de aquel amor tan desaforado no fue otro que el de, tras arrojarse al vacío, darle nombre a ese peñón calizo con forma de cabeza de indio tumbado, desde donde se divisa el paso natural que en la actualidad une a cuatro de las ocho provincias andaluzas y que desde siempre fue centro neurálgico de caminos culturales y comerciales.
Pero si Tazgona no pudo perpetuar su belleza, fue su hermana Fadhila la que, tras la conquista de la plaza de Antequera por parte del infante Fernando de Trastámara en 1410, y tras lograr huir hasta la serranía de Ronda en compañía de un judío converso, consiguió crear una auténtica familia cristiana que perduraría a lo largo de los siglos.

Seis siglos después de la toma de Antequera por las tropas cristianas, en un pequeño pueblo de la “presierra” gaditana, a caballo entre Jerez y Ronda, corre por sus calles un chaval cuya madre recuerda a aquella Tazgona que un día se arrojó al vacío en compañía de su amante.
Y así es. Veintiocho generaciones han pasado desde que Fadhila lograse escapar del asedio cristiano y asentarse junto a su judío, Samuel, y otras cinco familias, también conversas, en la aldea de Benarrabás, actual pueblo malagueño de la serranía de Ronda. Allí en la montaña, perdidos de la mano de Dios, convirtiéndose en “cristianos nuevos”, fueron echando raíces y expandiendo su sangre por todos los pueblos de los alrededores (Genalguacil, Jubrique, Alpandeire, Villaluenga del Rosario, Benaojan, Benaocaz, Setenil, Zahara, Algodonales, Olvera, Villamartín, Bornos, Prado del Rey, Espera, y otras tantas pequeñas localidades andaluzas).

Sin ser descendiente directo de Tazgona, sino de la hermana, Fadhila, Nadia, la madre de aquel niño que corría tras el balón en el parque, era como gota de agua de aquella princesa mora que junto a su amado Tello se arrojó al vacío. Al igual que un día, aquella mazmorra en la que se encontraba el cristiano, se iluminó a la llegada de la princesa, en este inmenso parque, casi imposible de llenar por los pocos niños del pueblo, ahora se encontraba henchido de luz con la presencia de Nadia; sus andares, su ademanes, su sonrisa, su moverse de un lado hacia otro detrás del balón pateado por su hijo, convertían a aquel otoño decadente que estaban viviendo en el pueblo, en la más exuberante y fértil de las primaveras.
Pero al igual que le ocurría a Tazgona, no todo era vida y primavera en su vida; también el otoño anidaba en muchas ocasiones en su almohada. Y si el rostro de la princesa sólo se iluminaba cuando se sentía observada por Tello, el de Nadia solo rebosaba de alegría cuando veía a la sangre de su sangre, y cuando, muy de vez en cuando, yacía con el hombre del que nunca se debería de haber enamorado. Mientras que Tazgona sintió como traicionaba a su padre al enamorarse de un cristiano, Nadia sentía una y otra vez como traicionaba a su marido cada vez que estaba o pensaba en el que le daba vida; mientras que Tazgona enloquecía viendo enloquecer a su amado disfrutando de sus esculpidas y perfectas curvas, Nadia perdía el juicio viendo como lo perdía su amante mientras recorría con sus labios cada milímetro de su cuerpo; mientras que la princesa mora antequerana lamentaba una y otra vez no haber nacido en el seno de una familia cristiana, Nadia se afligía al no haber conocido con anterioridad a su marido, al hombre que la llenaba de sazón y madurez.


Eran como dos gotas de aguas. Solo en una cosa diferían la una de la otra: mientras que Tazgona fue lo suficientemente valiente como para echar un telón tras sus espaldas e intentar vivir una nueva vida con su dador de primaveras, Nadia, quizás acobardada por el qué dirán, se resignó a vivir con sus claros y nubes.

sábado, 10 de enero de 2015

PENA ME DA

“Pena me da la construcción. Nadie, absolutamente nadie podía imaginar hace diez, quince, veinte o incluso treinta años, o más, que los albañiles íbamos a tener un presente, y no digamos ya un futuro, tan negro como el que se nos ha presentado. Porque está claro que el problema los tenemos los albañiles, problema impensable ni por las mentes más privilegiadas y “privilegiosas” de nuestro bendito país, hasta hace bien poco. Y me centro en los albañiles porque el problema que se nos ha presentado es solo y exclusivamente nuestro.

Sí, tenemos otros que compartimos con el constructor, con el escayolista o con el fontanero, por poner un ejemplo, pero el nuestro, es solo nuestro”.
Estas fueron las palabras que esta pasada tarde me decía mi amigo Pedro “el americanito”, que todo lo reducido que es de estatura, lo es de grande como albañil, y nos digamos ya de buena persona.
Y le tengo que dar toda la razón a lo que me decía, porque lo que le están intentando quitar de un plumazo a este gremio, no tiene nombre.
“Se construirán menos bloques, menos urbanizaciones”, como él me decía, “pero íbamos capeando el temporal con las cuatro chapuzas que nos salían. Pero esto de ahora; esto de ahora es para mandarlo todo al c.....”.
Yo me reía cuando me lo contaba, pero ahora en frío, le doy toda la razón, ya que no hay derecho lo que le quieran arrebatar por, creo yo, un simple capricho. ¿No se da cuenta que lo que le quiere birlar de cuajo forma parte de los albañiles? Sin esa parte tan suya, podemos llamarlos como queramos; de todo, menos albañiles.
Lo digo alto y claro: ese robo, ese timo, ese atraco con premeditación, creo que con alevosía, y quiero pensar que no sea con nocturnidad, es cargarse de un plumazo una norma sin rango de ley, pero norma al fin y al cabo.
A ver, esos hombres y mujeres del mundo de la justicia, tan amantes que sois, cuando os conviene, del derecho consuetudinario como fuente del Derecho, os exhorto a detener esta tropelía. Haced algo pronto y sin dilación, que si esto sigue “palante”, sería como ir a una verbena en el Retiro madrileño y no moverte a ritmo de chotis, o ir a una feria de Sevilla y no bailar una sevillana, o, aprovechando mi amor a la Tacita de Plata, ir a los carnavales gaditanos y no oír un buen cuplé.
Porque si, señoras y señores letrados, señoras y señores fiscales, señoras y señores de la judicatura, ¿os imagináis lo que sería pasar por una obra, de esas pocas que hay ahora, y no se oiga un buen piropo al paso de una mujer? De verdad, no me lo imagino. Pues a ver si hacéis entrar en razones a la honorable señora Presidenta del observatorio contra la Violencia de Género del CGPJ.


sábado, 3 de enero de 2015

SOY TU HOMBRE

Hace algo más de cinco años, un trece de septiembre quiero recordar, tuve la gran suerte, contenida durante muchos años hasta ese día, de asistir a un concierto de Leonard Cohen, en Atarfe (Granada). Inolvidable tengo que decir.

De inglés, yo, ni entiendo ni digo ni mu, pero en ese concierto ni falta que me hacía. Para mí fue pura poesía, y sigo recordando todavía que el lenguaje no verbal del gran maestro canadiense me hizo entenderlo  todo, o casi todo, lo que emanaba de su singular voz.
Hoy, después de algo más de cinco años, y recordando una de aquellas canciones que interpretó en aquella noche mágica, he querido hacer una traducción “amusical” muy especial. Esa canción se llama I´m your man.

I´M YOUR MAN

La verdad es que no puedo vivir sin ti; lo digo aquí, delante de ti, a solas, y lo digo si hace falta ante un millar o un millón de personas; ante todo el mundo si es necesario. ¿No me crees? Pues sí, todo lo que te digo es verdad.
Y te digo una cosa, mi vida. Sé que no me vas a creer, pero incluso mis mejores amigos, mis auténticos y pocos amigos, me preguntan en qué estoy pensando, que me estoy esclavizando yo solo, que estoy subyugado a ti, que he dejado de ser aquél con el que tantos y buenos ratos habían pasado. ¿Y sabes qué les contesto yo? Pues que ahora, por fin, y por primera vez en mi vida, soy auténticamente feliz, que no me cambiaría por nadie en el mundo. Que yo soy tu hombre (I´m your man).
¿No te lo crees? Tus movimientos oscilatorios de cabeza me demuestran que no me crees. Créeme, mi vida; y tú bien lo sabes. ¿No te lo demuestro cada minuto? Bien sabes que sí.
Si te gusto como amante, no cambiaré; pero si quieres otro tipo de amor, llegaré a ponerme un antifaz, a ver si así eres más feliz. Si lo que quieres de mí es tener un compañero, te brindo, no una de mis manos, ni las dos, sino todo mi yo. Pero si lo que quieres es tener un saco donde evacuar toda tu ira y cólera, mucha en muchas ocasiones, aquí tiene todo mi cuerpo: golpéame, sacúdeme, martirízame. Ahora bien, si deseas que sea yo el que golpee, no a ti, claro está, me pondré los guantes y subiré al ring de la vida y apalearé por ti. ¿No me crees? Haré lo que desees, mi vida. Yo soy tu hombre (I´m your man).
Que si lo que quieres y deseas es tener un chófer para que te lleve a los grandes almacenes, aquí estoy yo; muy gustosamente te llevaré, esperando a que salgas de una, de otra y de otra tienda para portear cientos y cientos de bolsas. Sí, mi vida, aquí estoy. Yo soy tu hombre (I´m your man).
Me arrastraré por ti, te pediré perdón sin haber hecho nada si es lo que deseas; que no te quepa la menor duda que lo haría si es lo que deseas. Y si quieres asistir a fiestas sin mi, te comprenderé, yo me quedaré en tu casa cuidando de tu perro mientras te diviertes con otros: tu diversión es la mía. Yo, a tu llegada, me conformaré con una sonrisa tuya. Es más, vida mía, si te hace feliz el tenerme pena a tu llegada a casa, me encantaría que me la tuvieses. Aquí me tienes, yo soy tu hombre (I´m your man).
Ahora bien, mi amor, y con esto termino, si lo que quieres es un padre para tu hijo, te juro por lo más sagrado que yo soy tu hombre (I´m your man).


A mi amiga Mercedes Lomas, amante de la voz de Cohen.

sábado, 20 de diciembre de 2014

NO EXISTEN LÍMITES

……

Los dos, sin pretenderlo, se levantaron al mismo tiempo, quedando sus cuerpos, uno enfrente del otro, a menos de treinta centímetros. Sus miradas lo dijeron todo. No hicieron falta palabras. Jacobo extendió su mano derecha y acarició la mejilla de Laura, para, con una suavidad angelical, acercar sus labios a los de ella. Mientras que le oprimía sedosamente los labios con los suyos, le deslizó su mano izquierda por toda la espalda, hasta llegar a la zona lumbar, atrayéndola hasta que sus cuerpos se fundieron en uno solo. El beso de Jacobo, junto a las caricias por su baja espalda, hizo que Laura se sintiera inundada de placer, deseando que aquello no acabase nunca. Cuando los labios se separaron, con sus ojos brillantes y los labios rojos, ella vio en Jacobo al ser más hermoso que nunca había visto. Poniéndole su dedo índice en los labios, acallando el intento de Jacobo de decir algo, lo asió por la mano y, sin dejar de mirarlo, hizo que le siguiese hasta su dormitorio. Atrás quedaron las copas, los canapés y las conversaciones intranscendentes, siendo el desenfreno y la pasión las que inundaron aquella cama de dos por dos.  ………………………………………... El éxtasis no abandonó el dormitorio hasta bien entrada la madrugada, momento en el que aprovecharon para, antes de disponerse a dormir, darse una ducha juntos y llegar al orgasmo por enésima vez en la noche.
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