miércoles, 10 de diciembre de 2014

EL FÚTBOL DEL FUTURO.

Cádiz, 2.021. Estadio Ramón de Carranza.

Las más de veinticinco mil localidades del aforo del estadio Ramón de Carranza se vendieron con una semana de antelación a la fecha del partido, hecho éste a destacar al haberse establecido el encuentro como Día del Club, por lo que los socios tuvieron que pagar el precio de la entrada, aunque eso sí, teniendo derecho a adquirirla con anticipación al resto de los aficionados.
Con tres horas de antelación al comienzo del partido, fijado para las diecinueve horas, las calles colindantes con el estadio eran un hervidero. Las dos aficiones, como una sola, daban colorido a la media tarde gaditana, ondeando sus banderas y bufandas, al tiempo que alternaban sus himnos con voces casi angelicales. Todo eran risas y cantos, e incluso se llegaron a ver algunos bailes entre aficionados de ambos equipos, llamando la atención cómo los hinchas del Barcelona bailaban tanguillos y los del Cádiz hacían lo propio con la sardana.
Y llegó la hora de entrada al estadio. Atrás quedaron aquellos años en los que los petardos y bengalas campaban a sus anchas, en los que las botellas volaban de una afición a otra, en los que los insultos eran la más sutil de las armas arrojadizas entre aficiones. De hecho, ambas aficiones habían quedado ya días antes para hacer una gran fritada de pescado en la playa de la Victoria (con autorización municipal, claro está) en las horas previas al partido, evento que se había celebrado sin una gota de alcohol entre los asistentes al encuentro.

Los dos equipos, detrás del quinteto arbitral, saltan al campo. El equipo local, el Cádiz, con camiseta rosa pálido y pantalón rosa salmón; el equipo visitante, el Barcelona, con camiseta rosa magenta y pantalón rosa cereza. Atrás quedaban colores tan agresivos y dados a la violencia como el negro, el rojo o el azul oscuro.

Y comenzaba el partido. Desde el pitido inicial, las dos aficiones trasladaron los cánticos y el ambiente festivo de hacía varias horas, desde la calle al estadio. Las groserías, insultos e improperios del pasado, habían caído en el olvido, siendo sustituidos por alabanzas y ovaciones continuas entre ambas aficiones.
Si hacía unos años se podían oír cánticos de “puta Barça. Puta Cataluña”, por parte de la afición gaditana, eso sí, de los sectores más radicales del “cadismo”, en este partido se oyen frases como “Barcelona, va a perder, Barcelona va a perder” o “Barça perderá, Barça perderá”. Y entre los aficionados catalanes, si hacía unos años se oían cánticos de “Cádiz Andalucía, es la morería; Cádiz Andalucía, es la morería”, ahora se oían cánticos de “este partido, lo vamos a ganar; este partido, lo vamos a ganar”. O no digamos aquella costumbre tan gaditana cada vez que sacaba de puerta el portero del equipo contrario, que cada vez que disponía el balón en el suelo se escuchaba un susurro en todo el estadio, “eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee................” que terminaba en el mismo momento de impactarle al balón, con un “.... cabr.....”. Ahora, en el mismo acto de pegada al balón por parte del cancerbero del equipo contrario se escucha un “ eeeeeeeeeeeee ….............. campeón”.

El partido está siendo maravilloso, es un toma y daca, donde los dos equipos sólo buscan la victoria; las grandes jugadas se suceden en uno y otro equipo, y como respuestas, las dos aficiones las aplauden acaloradamente, sin importarles si las han realizado su equipo o el contrario. Aunque desean que gane su equipo, tanto una como otra afición lo que más desean es ver buen fútbol.
De diez; las aficiones, de diez. Más no se les puede pedir.
Y no digamos ya el comportamiento hacia con el árbitro. Y a los hechos me remito, o mejor dicho, a una conversación oída en la grada, escogida al azar entre otras de igual naturaleza.

  • Pues creo que estaba fuera de juego.
  • No; estaba en línea. El árbitro acierta.
  • Espera, vamos a verlo en el video marcador. ¿Lo ves?, está en fuera de juego; por poco, pero lo está.
  • Llevas razón, se ha equivocado el señor árbitro.
  • En verdad es que me entran ganas de decirle algo; nos ha costado un gol.
  • Compréndelo, es humano, y al igual que yo, se puede equivocar.
  • Llevas razón.

Hace unos años, con esa misma jugada, en las gradas del Carranza se hubiera oído, “árbitro valiente, valiente hijo de p....”. A Dios gracias, la cosa ha cambiado para bien..

Y hoy, es la hora de criticar a todos aquéllos que decían allá por finales del 2014, que las medidas contra la violencia acordadas por el Consejo Superior de Deportes y la Federación Española de Fútbol estaban fuera de lugar, que eran exageradas y que lo único que iban a provocar sería vaciar los estadios de fútbol. Los contrarios a esas medidas decían que la violencia generada por los aficionados al fútbol nada tenían que ver con el fútbol en sí, sino que era producto del descontento social existente ante la realidad que le estaba tocando vivir.
Por su parte, tanto CSD como Federación, vieron en el mismo fútbol la causa de tanta violencia y fue por eso por lo que adoptaron las medidas tomadas.

Y menos mal que la adoptaron.

martes, 9 de diciembre de 2014

ESOS POBRES PERSONAJES PÚBLICOS.


Mil ciento veinticuatro felicitaciones en el “face” en el día de ayer con motivo de mi cumpleaños, de las cuales trescientos treinta y tres correspondían a los que tengo catalogados como “amigos”, y el resto, setecientos noventa y uno, que no me pregunte nadie de dónde han salido, cómo me han localizado o por qué me han felicitado en éste mi undécimo lustro. La verdad es que lo han hecho; para bien o para mal lo han hecho. Y si digo “para bien o para mal” es porque si, de primera, me agrada ser felicitado en un día tan entrañable como es éste para mí, y más viniendo de personas que, según creo, no conozco de nada, también me queda la incertidumbre de que estos “felicitadores” desconocidos pudieran traerme malas pasadas, ya que pudiese ser negativo si se conoce que dichas personas fuesen de dudosa reputación (con pasado dudoso o presente movedizo); si así fuese, tocaría demostrar que la única relación que me ha unido a ese tipo de individuos o individuas de incierta nombradía, es la de coincidir con ellos en la red social de facebook.
Pero lo que más me ha movido de mi asiento en este día ya pasado, ha sido el tropel de sensaciones encontradas con una de las felicitaciones recibidas de autores desconocidos, y repito, con una, sólo una, de las felicitaciones recibidas de autores desconocidos. Así, y tras leerla, lo mismo me subía al más alto de los altares, que me precipitaba al más aterrador de los abismo; lo mismo me hacía disfrutar de la placidez y sosiego que sólo siente el buceador en el fondo marino, que motivaba que me sintiese abrazado por la más horrible de las zozobras; todo y nada, alegría y miedo. Sensaciones contradictorias al fin y al cabo, y así está claro que no se puede vivir, y menos pasados ya los que ayer cumplí.
Y vosotros diréis, ¿quién fue el autor de esa felicitación “cumpleañera” que tanta intranquilidad me está causando? Pues lo único que os puedo decir es su nombre, y éste es Francisco Nicolás Gómez Iglesias, nombre y apellidos que en un primer momento no me decían nada, principalmente por su cotidianidad en lo que respecta al nombre y apellidos, pero que cuando piqué sobre él con mi ratón, me llevé la más monumental de las sorpresas. Enseguida me salí de su página y comencé a respirar hondo; tan pronto me venían sofocos sudorosos semejantes a los padecidos en la etapa “pre menopáusica” femenina, como me veía aterido de frío. No podía ser. El petit Nicolás no podía felicitarme. Imposible.
Momentos en los que comprendí perfectamente a todos esos personajes públicos y políticos (me resisto a dar nombres) que niegan una y otra vez que no conocen de nada al klein Nicolás, y momentos en los que me veía subido a los estrados al verme comparado con la “categoría” de esos mismos personajes que no pretendo nombrar. Estaba claro que me tengo que sentir orgulloso de estar en la misma agenda que esos “grandes” personajes, pero como ellos, ya os adelanto que si me preguntan, yo diré que de nada conozco al little Nicolás. Y en verdad es que no paro de preguntarme si será él o será alguien que ha intentado suplantar su personalidad; cualquiera sabe. 
Ahora entiendo a esos “pobres personajes” a los que se les acusa de ser amigo de ese gran impostor; a esos “pobres personajes” que sin comerlo ni beberlo, se han visto sorprendido por la malicia y perversidad de ese personaje sibilino que, con su chabacano proceder, lo único que ha intentado es poner en el disparadero a esos “pobres personajes públicos” a los que tan solo se les puede acusar de hacer bien a nuestra sociedad.
Y ahora, con la felicitación recibida en este día tan especial, me toca a mí.

Sólo espero que nunca os veáis salpicado por un embrollo de este tipo; si así sucediese, comprenderéis la indefensión a la que están sujetos esos “pobres personajes públicos” arriba mencionados. Yo, si así sucediese, os recomiendo que neguéis en todo momento que le conocéis.
Ah, y si me habéis felicitado en el día de ayer, os doy las gracias. Incluso a ti, piccolo Nicolás; al fin y al cabo es todo un detalle.

lunes, 8 de diciembre de 2014

LA PRINGÁ.

El paso de los lustros, y uno tiene ya un montón, casi once, según me recordó esta mañana mi madre al decirme que mañana volvería a llamarme para felicitarme en mi aniversario, dejando de esa manera el casi, hacen que uno se aferre y disfrute cada vez más con los buenos momentos. Y esto es así porque, simple y sencillamente, uno se da cuenta que cada vez quedan menos. ¿O no? Yo creo que es así. ¡Y qué leches!, con el paso del tiempo, el nuestro, vamos diferenciando cada vez con más facilidad el grano de la paja, por lo que, y siempre basándonos en nuestra experiencia, en nuestro tiempo pasado, le damos más valor a ese grano, obviando y rechazando la paja, identificando el grano con esos buenos momentos de los que hablaba y la paja con los que hay que olvidar.

Y digo todo esto porque hoy he pasado con unos buenos amigos, uno de esos momentos agradables, momentos que se han ido cociendo a lo largo de la semana a través de ese monstruo social llamado guasa o Whatsapp y que hoy han tenido el momento de su eclosión alrededor de una majestuosa mesa redonda en la que, y según se dice en mi tierra, no faltó de nada (gastronómicamente hablando).
Pero lo que os quiero contar hoy es algo que ocurrió en la susodicha anular mesa. Y os cuento. Tras varios platos y bandejas de copiosos entrantes, vino el plato fuerte, consistente en una berza gitana con cardillos acompañada de su grasa. Para los que no conozcan la gastronomía del suroeste español, decirle que la berza es una especie de cocido de garbanzos, habichuelas (judias), carne, tocino y morcilla. Pues bien. El guiso en sí fue servido en platos individuales, diez en concreto, uno por cada comensal allí asistente, presentándose la grasa (carne de cerdo, tocino y morcilla) en una bandeja a compartir entre todos los comedores, porque todas y todos los allí presentes éramos unos verdaderos comedores, entendiéndose por comedora a la persona que come mucho.
Y fue con la previa de la ingesta de la grasa donde comenzaron las diferencias, por llamarlas de alguna manera. Al no tener cada uno su ración determinada, sino que había que compartir la grasa existente en la bandeja, se escucharon algunas voces que decían que fuese troceada y repartida en partes iguales, mientras que otras decían que en la misma bandeja era donde se debería de preparar la pringada (desde ahora, pringá). Tuvieron mayoría los que optaron por la segunda opción, o sea, hacer la pringá en la bandeja con la totalidad de la grasa. Y fue precisamente aquí donde comenzaron las más fuertes diferencias, ya que unos decían que la pringá se hiciese con cuchillo y tenedor, mientras que otros decían que para ser pringá debería de hacerse con los dedos y un trozo de pan, desmenuzando primero cada uno de los tres componentes grasos para a continuación removerlos, amalgamarlos y mezclarlos, resultando una mezcolanza perfecta tal que, llevada una pequeña porción a la boca, no se sabría si lo que se degusta es carne, tocino, morcilla o un sabor paradisíaco resultante del batiborrillo.
Y efectivamente, llevaban razón los que defendíamos que no sería pringá si la amalgama de los tres elementos en cuestión no se hacía con los dedos y pan, y todo ello de acuerdo a la segunda acepción que aparece de la palabra “pringar” en el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, que la define como el “estrujar con pan algún alimento pringoso”. En este sentido, no se considera pringá o pringada a la mezcla de los elementos grasos de un guiso (cocido, berza, fabada...) si no se hace con los dedos y un trozo de pan, por muy en contra que esté dicha práctica con las buenas maneras en el comer.


Decir por último que la persona que se encargó en hacer la pringá en el día de hoy, y con el fin de evitar murmullos y bisbiseos, lógicos, con anterioridad a dar comienzo a su ejecución, procedió a realizarse un exhaustivo lavado de manos.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

MALTRATO.

Cariacontecido, triste y desganado, como la mayoría de los días desde hacía ya mucho tiempo, el profesor de lengua y literatura del único instituto de la villa, se arrellanó en su sillón “reclinable”, comprado en el último black friday de unos almacenes de muebles que fue inaugurado en el pueblo de al lado apenas hacía medio año.
Hoy, al comprobar que nadie más respiraba el mismo aire de su apartamento de poco más de sesenta metros, se sintió más aliviado, aunque como siempre, antes de ocupar su deseado sillón, se quitó la ropa de la calle y se plantó su uniforme casero, que era como lo había calificado su pareja, ya que siempre era el mismo, consistente en un chandal algo descolorido de color verde cacería de una marca conocida de prendas deportivas y que contaba ya con más de diez años de vida. Ella estaba de guardia en la clínica, por lo que hasta el día siguiente después de las ocho no vendría, y a esa hora, pensaba aliviado, él estaría ya delante de sus alumnos de cuarto de la eso. ¡Qué descanso!
Con unas ganas inmensas de llevarse un cigarrillo a la boca, una vez sentado en su “casi cama” y con el portátil encima de su vientre, recordó por enésima vez el día que había dejado de fumar hacía ya casi veinte semanas. Pero las ganas de llenar sus pulmones de humo iban in crescendo, maldiciendo una y otra vez, en su interior, ya que no tenía la valentía suficiente de expresarlo en casa, el momento en el que tomó la decisión de dejar de ir a ver a Paquita la estanquera. Los continuos sermones de su chica llegaron a un punto que le obligó a tomar esa decisión: “a parte de que me molesta el humo, joder, son casi cinco euros lo que cuesta una cajetilla” o “cuando salgamos, si no dejas de fumar, olvídate de pedir un cubata; te conformas con un refresco”; y esto, una y otra vez, y con las venas del cuello a punto de estallar que se le ponía a la señora.
Abrió la pantalla de su arcaico portátil e introdujo la contraseña, sabiendo de antemano que si siguiera con el tabaco, le daría tiempo a fumarse un cigarrillo antes que se pusiera operativo: igual que el Mac o el Ipad de Lupe, que así se llamaba su chica, -pensaba, mientras movía la cabeza resignándose-. Sonó el teléfono, teniéndose que levantar para cogerlo.
  • Sí, dígame.
  • Soy yo, ¿por qué has tardado tanto en cogerlo?
  • Es que estaba sentado con el ordenador y mientras lo ponía en la mesa...; y por qué me llamas al fijo?, cuesta dinero.
  • Anda, cállate ya; con mi tarifa puedo llamar a fijos y móviles. Bueno, no te llamo para hablar de las tarifas, lo hago para decirte que no vayas a comprar pan, que en la panera queda del de ayer.
  • Pero Lupe, estará algo duro; lo tendré que calentar en el horno o en el tostador.
  • Déjate de gastar electricidad; y no está tan duro. O mejor no comas pan, que estás algo barrigón.
  • Me debería de haber quedado con mis compañeros que iban a comer algo en la calle.
  • Eso no te lo crees ni tú; que yo esté aquí como una cabrona veinticuatro horas de guardia para que tú te vayas de copas con tus amiguetes y las busconas de tus compañeras. Que no me entere yo que salgas con esa gente, que si no, ya tienes las maletas en la calle.
  • Pero Lupe, cariño, ¿cuándo he salido yo de copas con mis compañeros de clase? Y te recuerdo que la semana pasada tu estuviste de cena con tu gente.
  • Pero es distinto. No vayas a comparar. Yo tengo la cabeza en lo alto de los hombros, y tú, tu tienes los gorriones volando. Y además, si yo me quedo con mi gente a cenar, es porque me da a mí la gana, y eso es lo que hay.
  • Si tú lo dices, vale; pero no creo yo que eso sea justo, cariño.
  • Mira, te voy a decir una cosa que ya estoy hasta la punta de la nariz de repetírtela: tú sin mí no eres nadie y no te puedes comparar conmigo, ¿vale? No te olvides de eso nunca.
  • Pero por qué te pones así?, he dicho algo que te moleste?, he hecho algo que te haya molestado?
  • No, no me has hecho nada, pero a veces me pones de los nervios. Y ahora te voy a dejar, que están llamando de una de las habitaciones. Adiós.
  • Adiós, mi vida. Te quiero – palabras éstas últimas que ella no llegaría a escuchar-.

Arrellanado en su poltrona, comenzó a leer la prensa en la red. Tranquilo y sosegado, mientras que navegaba de periódico en periódico, pensaba en la conversación que había mantenido con su chica, dándole la razón en todo lo que le había dicho, justificándola en todo: “la pobre mía estará estresada; veinticuatro horas de guardias son muchas horas”.

“La violencia de género machista causa una nueva víctima” fue el titular de la última noticia que leyó antes de empezar a dar cabezadas en su poltrona.

jueves, 27 de noviembre de 2014

LA MUJER QUE FUE MAS VALEROSA QUE TODOS LOS VALEROSOS HOMBRES.


Tendido en su cama de ciento cincuenta por doscientos, y observando que la lámpara de agua que pendía del techo tenía una más que notable inclinación a la izquierda, le vino a la memoria la conversación que poco antes de dejar la fiesta de la pasada madrugada, tuvo con la anfitriona, reconociendo ahora que más que conversación, se trató de un auténtico monólogo por parte de ella, eso sí, acompañado de sus repetidos asensos. Y eran precisamente recordando esos asentimientos cobardes o compasivos, más bien cobardes por su parte, hacia la organizadora, con los que intentaba jugar en su posición supina, equilibrar, en forma de calzo, el ladeo del embellecedor superior de la lámpara, que era lo que realmente estaba desnivelado con respecto al techo.
Pero no, enseguida se dio cuenta que, por muchos recuerdos de asensos pusilánimes pasados y muchos movimientos a izquierda y derecha de su cabeza, le iba a ser imposible enderezar el dichoso embellecedor de la lámpara con forma de campana invertida. Tocaba levantarse y, bien desde lo alto del colchón viscolástico, bien desde la escalera metálica de tres peldaños que guardaba en el trastero, manipular con sus manos, una vez alcanzada la altura suficiente, el paupérrimo y escorado estado en el que se encontraba el tan mencionado embellecedor en forma de campana invertida.
Así fue y así lo hizo. Y mientras que trataba de conseguir la horizontalidad del embellecedor, y debido a su forma de campana invertida, como según parece ya se apuntó anteriormente, recordó un hecho en el que se vio envuelto en su etapa de adolescente.

Recordó aquella reunión vespertina en la que, tras la tediosa clase de latín de las cinco y ante la ausencia de los profesores de matemáticas y francés, decidieron, casi la totalidad de los miembros varones de la clase, hacer una visita al viejo convento que se encontraba en las afueras del pueblo. Eran ocho los que decidieron hacer la prohibida excursión, los que, según ellos mismos, eran los más “echaos pa lante”; los ocho valientes; los más intrépidos y valerosos de la clase de más de cuarenta, por lo menos era lo que ellos buscaban delante de sus compañeras de aula. Con ese pensamiento fue con el que salieron del instituto y con el que llegaron al casi derruido convento. Una vez allí y antes de enfilar el escondido y angosto pasadizo subterráneo para pasar al interior, decidieron hacer un poco de tiempo para esperar a que anocheciese, con el fin de darle más enjundia a la historia que al día siguiente pensaban relatar en la previa de entrada a clases.
En la casi hora de espera decidieron que, una vez en el interior del convento, deberían de subir individualmente hasta la campana de la ermita, la cual se encontraba en lo más alto de una torre de unos quince metros de altura, en una de las esquinas del edificio. Echaron a suerte el orden de subida, acordando que cada uno que subiera, debería de dejar junto a la campana, uno de sus zapatos, por lo que el octavo y último en subir, debería de subir con un saco donde metería los siete zapatos de sus compañeros, entregándoselos abajo; de este modo, nadie se iría hasta no volver a estar perfectamente calzado. 
Aunque no eran ni las ocho, la noche estaba cerrada y un fuerte viento de levante soplaba a espalda del grupo. El más “echao pa lante”, o al menos era lo que aparentaba, dio la señal para comenzar a subir a la torre. Y así fue. Pero lo que no pensaron ninguno de aquellos valientes fue que la espera les iba a ser interminable. Efectivamente, si largo se les hizo el primero de los viajes, el segundo se les duplicó en el tiempo, o por lo menos eso era lo que ellos creían. La larga espera del tercero se agrandó aun más con los feroces ladridos del perro mastín del encargado del huerto del convento. Los siete, en total oscuridad, intentaban encontrar la mirada de cualquiera de sus compañeros sin encontrarla, por lo que, intentando no levantar sospecha, trataban de tomar contacto físico con el que tenía a su lado, a fin de ganar en seguridad. Por fin llegó el tercero.
“Quillo, vámonos” -dijo uno-, a lo que le contestó otro de los que ya había subido, “¡y una mierda!; y los zapatos que hay arriba qué. Venga, a ti te toca, que eres el cuarto”. Para arriba se fue el cuarto.
El paso del viento por los diez o doce álamos que se encontraban en uno de los laterales del edificio en casi ruina, producía un silbido que hacía que el grupo de siete, buscando protección, estuvieran ya totalmente apiñado. Ni una sola palabra; ni respirar se oían unos a otros; sólo buscaban el contacto físico del compañero: dos, mejor que uno.
Por fin llegó el cuarto. “A ver cuándo cojones me cogéis otra vez; no me he matado en los últimos escalones de puro milagro. Venga, que suba el quinto”. Y allí iba el quinto, con más miedo que vergüenza, enfilando los primeros escalones de los casi cien que les quedaba hasta llegar al campanario. Lo que no esperaba él, era que el fuerte viento hiciese que el badajo de la campana rozase levemente con la superficie curvada y emitiese un leve chirrido que se fue acrecentado al tiempo que iba bajando, y al sonido me refiero, por la angosta escalera. El quinto, que se encontraba a media escalera cuando el chasquido metálico se cruzó con él, quedó paralizado. No sabía si subir o bajar; no sabía si gritar o llorar; lo que sí hizo, por tal de no manchar la ropa, fue bajarse a la carrera los pantalones y los calzoncillos blanco de algodón, manchando tres escalones de una tacada. Sin pensárselo dos veces, comenzó a bajar los escalones casi a ciegas y, antes de llegar al grupo, aprovechando la oscuridad, se quitó un zapato y lo introdujo por debajo de su pantalón a la altura de su pubis.
El sexto se dijo que mientras antes acabase este calvario, mejor, por lo que sin pensárselo dos veces enfiló la estrecha escalera camino del campanario. A ciegas iba ascendiendo escalón tras escalón y cuando ya se encontraba más cerca del ultimo que del primero, se cruzó con varios murciélagos que le hicieron que perdiese la respiración. Una vez arriba, se quitó uno de los zapatos, y con el tacto, lo dejó junto a los de los compañeros, comenzando a descender a tientas.
Ya abajo, junto al grupo, se dirigió a ellos diciéndole, “subid los dos juntos y vámonos ya”. “Y una mierda, de uno en uno, igual que todos”, contestó el primero que subió.
A la espera de que llegase el séptimo, los siete, que eran uno, pensaban arrepentidos de su heroicidad. Se habían colocado haciendo un pequeño círculo, hombro con hombro y con los pies hacia el interior. No querían ni hablar, ya que al silbido del viento al besar los álamos y al continuo ladrar del mastín, se les había unido el reclamo agudo y fuerte de un par de mochuelos, haciendo de la espera, el peor de los momentos vividos por cada uno de ellos. “Ya viene ahí. Venga, vete para arriba y no te dejes ni un zapato arriba. Toma mi mechero”.
El que hacía ocho, quizás el que a priori era el más achantado y miedoso, a fin de demostrar que era tan “echao pa lante” como cualquiera de sus compañeros, infló sus pulmones tres veces y comenzó el ascenso.
Los siete, a medio descalzar, seguían sentados en un círculo, cada vez más pequeño; cada vez más arrejuntados. “Quillo, “no oléis ustedes a mierda?”. Todos olían, pero todos callaron, ya que si tres de ellos sabían el porqué de las continuas tufaradas, los otros tres dudaban si los hedores provenían de sus ropas interiores”.
Mientras tanto, el octavo, con el mechero ya sin gas, buscaba el séptimo zapato a tientas, sin obtener resultados positivos, alargándose aun más su estancia en el campanario. Fue entonces cuando, ya desesperado, se vio sorprendido por un intenso haz de luz procedente de una linterna y que le impactaba directamente en su cara. El octavo, que era precisamente la misma persona que años más tarde divisaría tendido en posición supina el desnivel del embellecedor de su lámpara de agua, comenzó a correr escalera abajo, totalmente a ciegas, dejando atrás el saco con tres pares de zapatos y saliendo al patio del convento dando voces. “¡Que viene alguien, que viene alguien”! Los siete, que vieron tras su amigo un haz de luz, comenzaron a correr como alma que se la lleva el diablo y enfilaron, casi cojeando, por falta de uno de los zapatos, el reducido pasadizo que les llevaba al exterior del convento.

Al día siguiente, en clase, nadie comentó nada de lo sucedido la noche anterior. Lo que si encontraron fue una bolsa con seis zapatos distintos, preguntándose la mayoría qué era lo que significaba aquello. Sólo nueve personas de las más de cuarenta podían dar una explicación sobre lo sucedido, explicación que nunca dieron.
Lo que no supieron nunca ninguno de los ocho intrépidos, valientes y valerosos adolescentes fue que la persona que portaba el haz de luz aquella fatídica y ventosa noche, años más tarde organizaría una fiesta en su casa en la que brindaría un solemne monólogo al señor que en su día, hacía ya algunos años, bajó los más de cien escalones, a ciegas, dejando tras de sí los zapatos de sus amigos.

Estaba claro que aquella adolescente portadora de la linterna, era más “echá pa lante” que todos los integrantes del grupo de ocho valientes, intrépidos y valerosos amiguetes.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

D+1, D+2, D+3, D+4, …........ y D+364.



Se me vienen a la memoria, ciertos hechos puntuales que acaecieron durante los casi cinco sexenios en los que permanecí como miembro de la fuerzas armadas de nuestra querida España, hechos puntuales que en cierta medida, me chocaban por entonces y me siguen chocando por ahora, aunque la diferencia entre el entonces y el ahora, radica en que, valiéndome de un símil taurino, no es lo mismo ver los toros con los pies en el albero que con el trasero sentado en la grada; mientras que en el entonces tenía que guardar la distancia del morlaco, en el ahora, me recreo con la majestuosidad y belleza de uno de los animales más perfectos parido por la madre naturaleza.
Y esos hechos puntuales no eran otros que las visitas al acuartelamiento de una autoridad o mando de mayor rango que el que ostentaba el comandante del acuartelamiento. En ese sentido, cada vez que se anunciaba una de esas visitas, la máquina comenzaba a rodar a más revoluciones que a las que nos tenía acostumbrada. Así, las paredes de la fachada, olvidadas desde la última visita, volvían a quedar impolutas; los vehículos, que hasta la noticia de la buena nueva, casi se apilaban en los talleres, volvían a rugir por los más de quinientos metros de avenida; los equipos personales de la tropa, que se caracterizaban hasta la llegada del mensaje anunciador de la visita, por estar algo menguados y deteriorados, como por arte de magia, volvían a estar limpios e impolutos; y la instrucción, que había caído ya en la rutina, teniendo cabida en la programación semanal, con una o raramente dos horas, nos encontrábamos que con motivo de la inspección a la que iba ser sometida las distintas formaciones por parte de la autoridad visitadora, copaba la mayor parte del horario, mañana y tarde, y a ritmo intensivo.
Mañana, una vez pasado el agasajo, todo volvía a la normalidad: las fachadas se olvidaban, los vehículos volvían a empolvarse en hangares y talleres, los equipos personales retornaban a los pañoles, y la instrucción, como había salido medianamente bien el día D, volvía a contemplarse tan solo por espacio de una hora en las actividades semanales (y a veces, ni eso).

Ayer, veinticinco de noviembre, se celebraba el Día Internacional contra la violencia de género. Ayer, el mundo de los deportes alzaba la voz, a través de deportistas de élite, contra la violencia de género. Ayer, también ayer, toda la prensa escrita se ensalzaba con maravillosos artículos en contra de la violencia de género. También ayer, las redes sociales casi se colapsaban con innumerables mensajes, post y tuits en los que claramente se oponían a la violencia de género. Y así podríamos estar enumerando ejemplos sobre manifestaciones en contra de esa tendencia tan abominable como es la violencia de género.

La pena es que mañana, Ruth se volverá a poner las gafas de sol estando el día nublado, o Maite, a pesar de sus sofocos menopáusicos, cubrirá su cuello con su bufanda de lana gris, o Elena, con peligro de que la despidan, llamará a su trabajo diciendo que su hijo ha enfermado, en vez de decir la verdad que no es otra que el color añil le cubre media cara, o Isabel......, o Paula …......., o Pepa..........., o Claudia …............ y por desgracia, ya no habrá tantos tuits de famosos, ni tantos artículos en prensa, ….., ni nada de nada. Todos se centraron en el día D, cuando, precisamente, en este tema, debería de haber un día D+1, D+2, D+3, D+4 ….. y D+364.

martes, 25 de noviembre de 2014

OBSEQUIUM ALTARE PUERORUM (la sumisión de los monaguillos).


Si llenasteis vuestras mochilas con promesas y compromisos, dejaros ahora de subterfugios paganos que lo único que hacen es minar la voluntad de los creyentes cumplidores -se dirigía monseñor desde el elevado presbiterio, en tono algo amenazante, al grupo de quinceañeros acólitos que, de una manera u otra, llevaban algo más de una semana soliviantados, como consecuencia de ciertos dimes y diretes nada agradables-. ¿Alguna vez os hemos fallado?, ¿os hemos ofendido?, ¿hemos incumplido quizás nuestras promesas? -proseguía el obispo, con un tono cada vez más irritado e histriónico, al verse engrandecido con la postura sumisa de los adolescentes monaguillos-.
Y yo soy el primero -insistía con una de sus mejores interpretaciones teatrales- que os incita a que denunciéis cualquier atisbo de propasar la linea de la fe y de la castidad por parte de algún miembro de nuestra iglesia. ¡Noooo! -gritaba-, no lo consentiré; vosotros sois el alma de nuestra casa, el porqué de nuestros comportamientos y el futuro salvador de nuestra sociedad. ¿Y por qué sois el futuro de nuestra sociedad? Pues muy sencillo; simplemente porque con las enseñanzas que estáis recibiendo, que os estamos dando, seréis los principales baluartes para que esta sociedad no se convierta en una suciedad, que es en lo que se está convirtiendo en aquellos lugares donde la fe cristiana nada en el vacío.
Así que lo primero que vamos a hacer todos, y cuando digo todos, me refiero a todos -prosiguió el reverendísimo y excelentísimo señor, quien había bajado del presbiterio, y caminaba por delante de la línea que formaban los subyugados escolanos, exponiéndole su anillo obispal para que uno tras otro lo besasen, signo éste con el que les demostraba a los imberbes acólitos quién estaba por encima de quién-, sin excepción alguna, es olvidarnos de esos chismorreos, cotilleos y habladurías paganas, que lo único que hacen es intentar sacudir nuestras creencias ejemplarizantes y salvadoras de la humanidad. ¿No os dais cuenta que es precisamente eso lo que van buscando esos infieles?; y que me perdone Nuestro Señor por ensuciar las paredes de su Casa con tantas alusiones sobre ellos -terminó diciendo el prelado, mientras que se encastraba el solideo, camino de la sacristía-.


Ya en la sacristía, rodeado de la mayoría de sus subordinados diocesanos, y con báculo en mano, como pastor de almas descarriadas, montó en cólera. Prudencia -exclamó-, ¿cuántas veces he repetido esta palabra?; y nada, ni caso, a disfrutar de los placeres terrenales. Lo tenemos todo: nos aran el barbecho, nos siembran los cultivos, nos escardan las malas hierbas y nos queman los rastrojos, ¿para qué?, pues para que nosotros nos ocupemos tan solo de ser prudentes. Imbéciles, imbéciles, sois todos una sarta de imbéciles. Más de dos mil años se llevan realizando estas prácticas en todos los rincones del planeta Tierra, y nunca, en ningún sitio, han sido pillados. Y tiene que ser ahora y aquí, en mi obispado, cuando la palabra prudencia haya sido sustituida por la palabra temeridad y depravación. Yo arderé en el infierno, pero todos vosotros, por imbéciles, me acompañaréis en la pira. ¡Iros, iros, iros!
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