jueves, 22 de febrero de 2018

8 DE MARZO.


Llevo toda la noche casi sin dormir, porque la verdad es que alguna que otra cabezadita he dado, después que tras la ensalada de aguacate que junto a un yogourth desnatado sin azúcar me sirvió de cena, mi mujer me dejó caer que el próximo día ocho de marzo, día de la mujer, me las tenía que apañar solo y hacer todas las faenas de la casa, ya que ella iba a secundar la huelga general de veinticuatro horas en favor de la igualdad de la mujer, convocada por Podemos, Izquierda Unida, el sindicato ceenete, entre otros. 
Yo en un primer momento, como buen marido compartiendo su iniciativa huelguista, no rechisté y me dirigí, como casi todas las noches después de cenar, a mi sofá con el fin de emborronar un poco mi libreta y tratar de crear alguna historia o historieta. Pero he de reconocer que ya desde que recogí los platos, los cubiertos, los vasos y el mantel para llevarlo todo a la cocina, e incluso en los minutos que tardé en meter la vajilla en el lavavajillas, mi cabeza no paró de darle vuelta a lo que me esperaba el futuro día ocho de marzo. Y por fin, tras dejar cargada una lavadora para activarla nada más levantarme al día siguiente, ya que tengo la costumbre de no ponerla por la noche y dejarla en su interior sin tender, por los posibles olores a húmeda que pueda coger, me senté en mi sillón favorito, con mi libreta de espiral favorita, y como no, con mi Pilot azul también favorito, que por cierto, está a punto de que se le acabe la tinta. Pero pronto me di cuenta que no era el momento para inventar, que no estaba centrado, que los pensamientos sobre lo que me espera el próximo día ocho de marzo no me dejaban centrarme, y por mucho que luchara por concentrarme, nada de nada. Hoy, me dije, no hay historieta que valga. Y fue por eso por lo que comencé a enumerar todas las tareas que me quedaban por hacer el futuro y fatídico día ocho de marzo. 
Y fue después de más de media hora cuando, tras muchas tareas escritas y emborronadas a posteriori, emití un casi imperceptible grito de euforia al darme cuenta que, sin ayuda de mi mujer, había podido llegar a la conclusión de poder ir al gimnasio el próximo y que yo había predicho aciago día ocho de marzo. Equivocado estaba. Sí, tendría tiempo para ir al gimnasio. Porque después de levantarme de la cama, poner la lavadora, barrer todo el piso y pasarle un agüita con un chorreoncito de lejía (ya que los jueves se le da un poco de lejía al suelo), adecentar los dos dormitorios de los niños, que aunque hacen sus camas antes de irse después que yo les prepare el desayuno, lo dejan todo que da pena, limpiar el polvo del salón, pasillo y dormitorios, hacer los dos cuartos de baño a fondo, tender la lavadora, ya que seguramente mientras hacía las faenas descritas habría terminado, y claro está, poner una nueva lavadora con la ropa de cama de mis hijos, que no sé yo sí esperar a que se sequen después de tendida o coger unas de sus armarios y que cuando se levante mi mujer estén los dos dormitorios impolutos y en perfecto estado de policía. Que tras desayunar de pie en la cocina, con el fin que no caiga ni una miga en el salón, y prepararle a mi mujer el zumo natural, que no de bote, de naranja y las pastillas (colesterol, tiroides y protector de estómago) que tiene que tomarse en un vasito de plástico, todo en su bandeja junto a un plato, la servilleta, cucharilla y cuchillo, coger la moto y solucionar las dos citas que tenía para ese día con Endesa y Gas Natural. Y esperando acabar pronto de las dos citas previstas, poder ir al gimnasio, no sin olvidar que previamente tendré que pasarme por el supermercado para comprar la leche desnatada sin lactosa para mi mujer, así como los colines de centeno, también para mi mujer, y la fruta.
Y a disfrutar del día ocho de marzo, ya que como estará la señora de huelga, esperemos que lo esté también para echar monsergas y sermones, que aunque parezca que no, ya eso es todo un adelanto.

¡Cuánto daría yo porque todos los días del año fueran ocho de marzo!

sábado, 13 de enero de 2018

SEMEJANZA


Sentada a la sombra de aquel enjambre de eucaliptos de los que, sin saber porqué, desde hacía algo más de cinco años, concretamente desde que llegara de la capital, se consideraba una más entre ellos, se agigantaba mientras perdía su mirada sin ver nada. Y si no veía nada no era porque no hubiese nada que ver. Todo lo contrario. El espectáculo que se divisaba desde el pedrusco de más de una tonelada de peso en el que tomaba asiento después de llegar exhausta tras la pronunciada pendiente, era para tomar varias instantáneas. Quizás más de varias; cientos, miles, varios miles; y cada una de ellas distintas al resto, y rivalizando entre ellas para ser la más bella. Y no sólo instantáneas; también desde aquel pedrusco se podían escribir infinidad de poesías, tener una inmensidad de sueños, o incluso, por muy de loca que pareciese, oír su propio eco después de dar un sinfín de gritos. 
Pero no. Ella ni tomaba instantáneas, ni se embarcaba en la nave de los versos, ni tampoco, por mucho que lo desease a veces, gritaba para descargar su rabia reconcetrada y contenida. Ella era la más dichosa acomodándose en su pedrusco, semitendiéndose, y dejando pasar los minutos, incluso en ocasiones, las horas, oyendo el gorjeo de algunos pajarillos, oliendo el dulce y a veces mareante aroma a eucalipto, saboreando el jugo de algún brote de hinojo que recogía casi siempre por el camino, y sintiendo el cosquilleo de las pequeñas hormigas subiéndole por los tobillos o por sus muñecas hasta sus antebrazos. Porque la paz y la armonía que le abandonaron hacía ya mucho tiempo y que fue la causa de su huida, sólo le volvían a visitar con esas vistas, con esas audiencias, con esos olores, con esos sabores, y porqué no admitirlo también, aunque a veces eran irritantes, con esos pruritos que sentía al paso de las diminutas hormigas ascendiendo desde las comisuras de sus largos y enjoyados dedos hasta el codo.
Ella, que siempre fue ella para ella, aunque sabedora que para el resto no lo era, por muy dichosa que fuese entre sus esbeltos eucaliptos, no conseguía olvidar su ayer. Quizás, pensaba una y otra vez, el salto debería de haber sido mucho mayor que el que dio, no limitándose a distar de su origen poco más de setenta kilómetros. Pero como también pensaba y se decía en multitud de ocasiones, “hay quien se queda prendada de otra persona, o de un animal, o de una catedral, o de una pintura; yo me quedé cautivada y seducida la primera vez que topé con mis eucaliptos; porque son míos; y da igual que estén a setenta que a setecientos kilómetros”. ”Y sí -proseguía pensando en multitud de ocasiones-, las vistas son únicas, al igual que sus trinos o sus olores, pero yo no estoy aquí precisamente por eso. Yo estoy aquí por ellos, por mis eucaliptos, por su vitalidad, por su comprensión, por su valentía, por la semejanza que nos une. 


Porque lo mismo que yo vi en sus estilizadas y elegantes figuras, cierta pelusa y resquemor hacia el pequeño bosque de hayas que se encontraba en una vaguada a vista de pájaro y también a tiro de piedra, debido al reconocimiento tan extendido entre los humanos por la nobleza de sus maderas, ellos, nada más verme, y eso lo percibí que no se les fue por alto, apreciaron en mi mirada cierto desasosiego, cierta sensación de cansancio, de huir de un pasado que me machacaba continuamente. Y fue en ese cruce de sensaciones y percepciones por ambas partes cuando, sin pretenderlo ni buscarlo, nos abrazamos y decidimos, sin emitir palabra alguna, viajar en el mismo barco. Porque ellos, empachados de tantos desaires y de tanto ser considerados los patitos feos del bosque, leyeron en mí ese reconocimiento que nunca antes habían experimentado, y yo, hastiada de tantos dimes y diretes, y porqué no decirlo también, henchida y harta de tantos vacíos y tantas afrentas de los que se llamaban mis amigos, percibí como me aceptaban sin ningún tipo de condiciones y me consideraron como uno más entre ellos. 

Quizás esa aceptación y esa consideración se deba a lo semejante que somos, si bien yo, no sé si acertadamente o no, decidí lo que ellos no pueden hacer, teniendo que convivir al mismo tiempo con su masculinidad y su feminidad, con sus estambres y con sus pistilos”. 

Ella, a pesar de sus dubitaciones, de las críticas de su círculo de allegados, familiares y amigos, y sobre todo de las duras amenazas que recibió de sus padres desde el momento que decidió comunicarles sus intenciones de cambio, se atrevió a decir adiós a sus estambres.






domingo, 4 de junio de 2017

A LA SOMBRA DE MI SOMBRA


Día tras día, antes que los dígitos de mi Casio de siete euros comprado en el chino de enfrente del estanco, den las doce y media, y desde que el estío comenzó para él, coincidiendo con el cierre de las aulas por vacaciones, Javier, por llamarlo de alguna manera, ya que me consta que ese no es su verdadero nombre, sube las escaleras de dos tramos que comunica la plaza que otrora tuvo en su centro una piscina oval con aproximadamente un pie de profundidad y que ya que ha salido a colación, decir que no pocos en su infancia humedecieron sus coreanas o caracacos en sus aguas plagadas de nenúfares y peces de colores, con los jardines. Así es. Día sí y día también, sin faltar ni uno solo.
Y yo, día sí y día también, sin importarme que sea lunes, jueves o domingo, también allí, sentada en uno de los bancos de mampostería que se encuentran adosados a la pared del edificio que separa el edén del patio de armas columnado, y con la intención de no ser descubierta, espero verlo aparecer tras su subida de los dos tramos de escalera. Y siempre igual.Todos los días lo observo como tras cruzar el dintel de la cancela de hierro forjado, la expresión de su rostro cambia como por ensalmo; de un semblante que denota intranquilidad, desasosiego y necesidad cuando pisa el primero de los escalones de la escalera, se torna en un rostro satisfecho y henchido de felicidad. Un rostro que expresa, cada día al poner un pie en el jardín, la misma sensación de placer que experimentara el día anterior, y el anterior, y el anterior, …... .Y si él es dichoso, yo, en mi poyo a la sombra de la sombra, con la intención perenne de no ser descubierta, lo soy aun más, deleitándome con sus miradas profundas dirigidas a los mismos parterres que mirara el día anterior, a las mismas palmeras también del día anterior, a la misma boina vegetal que cubre el merendero, hoy igual que siempre, al que se llega desde cuatro puntos distintos del jardín, con cuatro poyetes guardadores de mil y una historias relatadas a lo largo de sus incontables años, y una pequeña alberca circular en su centro, poseedora de un agua mágica que, según dicen, porque yo no la he tocado, hace que cuando se mojan los dedos en periodo canicular, se experimenta un alivio tan placentero por todo el cuerpo, semejante al zambullido debajo de una catarata.
Él descubriendo el mismo descubrimiento que descubrió ayer; yo, al igual que ayer, embelesándome con el semblante de deleite que brota tras su descubrimiento diario, deleitándome con sus gestos, deleitándome con sus expresiones, deleitándome con sus continuas e incesantes miradas a cada rincón de este edén, su edén, mi edén, aunque, y eso me apena, nunca fui objetivo de sus miradas, ni tampoco objetivo de las repetidas instantáneas que a diaria toma con la cámara fotográfica de su celular y que también a diario remite a sus amigos que, por la distancia, no pueden disfrutar a diario de sus idílicas visiones.
Y yo, aunque me sigo deleitando con su deleite, me preocupo cuando, sin poder abandonar la sombra de la sombra en uno de los poyos, se adentra en su vergel paradisiaco y emboca con su mirada, con naranjos y parterres limitados por incipientes setos boneteros, la joya de su oasis particular, joya a la que él, imbuido de espíritu altruista, al igual que muchos de sus conterráneos, sufragó para su reconstrucción, y de la que se podrían escribir y relatar innumerables historias y vivencias de todas las especies, desde las deportivas a las sisonas, desde las amorosas hasta las buscadoras de nuevos horizontes astrales, y porqué no también, ya que fueron sus orígenes, la de galería de arte.
Y es entonces, de vuelta de la Logia, y tras remojarse sus carnosos labios y su bigote a lo Charles Bronson en la mal llamada fuentecita de la piscina, se aproxima con sus andares cansinos hasta donde yo siempre he creído que no me vería, camino del patio de armas. Deseo que los apenas sesenta metros existentes entre la piscina y mi poyo, sean interminables; que yo pueda recrearme y deleitarme al tiempo que se me acerca antes de que gire para el patio de armas con su remozada fuente central. Pero no; en pocos segundos se me acerca y en muchos menos se me va sin que haya, aparentemente, advertido mi presencia. Ni fui objetivo de sus miradas, ni objetivo del objetivo de su cámara fotográfica. ¿Tan a la sombra estoy que no se me ve? Pues la verdad es que sí, por lo menos para él.
Y ya sólo me queda esperar a mañana, sabiendo que volverá a entrar por debajo del dintel de la cancela de hierro forjado, y que volverá a repetir la misma rutina de hoy, de ayer y de siempre, rutina que, en honor de la verdad, me da vida.

A mi amigo Rafael.

jueves, 8 de diciembre de 2016

DESPEDIDA Y CIERRE o CUANDO LAS HOJAS DEJAN A LOS ÁRBOLES DESNUDOS


Si alguna vez te desvela mi optimismo, no me reprendas.

Si alguna vez te molesta mi sonrisa, por a destiempo, no me riñas.

Si alguna vez te incomoda mi sed de aventura, acércame tu cantimplora, que yo seguiré la senda.

Si alguna vez te cansas de cabalgar conmigo, pídeme con tu mirada que tire de las riendas de mi corcel.

Si alguna vez te ves demasiada henchida de mimetizarte, no olvides, aunque sea por respeto, que yo no dejo de utilizar tu fondo de armario para estar a tu altura.

Si alguna vez adviertes como caigo sin paracaídas, confía en mí, sé cómo remontar el vuelo.

Si alguna vez, aclarando la oscuridad de nuestra habitación las primeras luces de la mañana entrando por las rendijas de la persiana de color marrón que pusimos meses atrás tras tocarnos el cupón de la ONCE, percibes que no soy tan bello como cuando me conociste, date media vuelta y piensa, aunque sólo sea pensar, que tienes mucha parte de culpa en mi adquirida fealdad.

Si alguna vez notas que he vuelto a restregar ajo en mi tostada con aceite, haciendo caso omiso o ignorando tu repulsa hacia esa hortaliza, sólo decirte que ni me lo tomes en cuenta ni que te sirva de pábulo para enojarte, que si sucede, pudiera ser debido a que es una llamada de atención, intencionada por mi parte, para hacerte comprender que las llamas pierden consistencia si no se le alimenta con buena madera.

Si alguna vez te sorprende, haciéndote pensar lo que no debiera, que te colme de mimos, carantoñas o regalos, no creas que lo hago por las razones que tu pudieras hacerlo conmigo, sino que, y esto te lo digo tal como lo siento, me apetecía; simplemente me apetecía.

Si alguna vez me ves salir de casa cargado con la mochila y con el cepillo de dientes eléctrico que me regalaste cuando cumplí los cuarenta y ocho, no creas que me voy a hacer el Camino de Santiago que tengo pendiente desde hace ya unos años (desde antes que me regalaras el cepillo de dientes eléctrico), sino que a lo mejor, y te digo que a lo mejor, no vuelvo más.


Por cierto, cariño, ¿dónde está mi mochila y el cargador del cepillo eléctrico?

lunes, 21 de noviembre de 2016

DE AQUEL VIAJE A TORONTO


Aunque es la primera vez que entro en esta habitación, la tuya, fueron muchas las ocasiones en las que estuve sin que tú me hubieras invitado. A mí no, a mí nunca me invitaste; tú preferías a los más guapos y fuertes; preferías a Jaime, por sus ciento ochenta y seis centímetros; a Juan José, por los mismos y por su cabeza ensortijadas que lo asemejaban al chico travieso que no era; a Jacinto, que pese a su ambigüedad, tú sólo le veías el lado que te convenía, el masculino; a Jeremy, el canadiense que vino de Erasmus y que, sin ser bien parecido, ya que era algo retaco y de nariz aplastada, quizás por tu particular esnobismo, pudo disfrutar en tus sábanas; a Carolina, por lo que todos sabemos y que no es el momento ahora de rememorar; a Jesús, que, aunque no es de tu agrado, lo invitaste a pasar en un par de ocasiones porque, en las dos, y eso bien lo sabes, aunque no lo reconozcas, te agasajó con un regalo, un perfume en la primera ocasión, y un bolso de marca, la segunda. 
Y mientras yo, desde el salón de tu piso de estudiante que compartías con cinco compañeras, carcomiéndome cada vez que oía como cerrabas la puerta con la cadenita de seguridad; consumiéndome cada vez que oía el chirriar de tu cama; atormentándome cada vez que intuía aquello de lo que me hubiera gustado ser protagonista . Sí, ya lo sé; ya sé que ni siquiera debería de ….......; bueno, mejor me callo.
¿Recuerdas cuando nos quedamos encerrados en unos de los cuartos de baño de la Casa Loma, el mismo día que tras visitar el Museo del Tren, pedimos un Jerez en el restaurante 360 de la Torre CN? A ti no sé, seguro que no, pero lo que es a mí, ese viaje de nuestro paso del ecuador, no se me olvidará nunca, y eso que fue allí, en el aeropuerto internacional Pearson de Toronto, durante las cinco largas horas de espera para coger nuestro vuelo de regreso a Madrid con escala en Amsterdam, cuando me dejaste bien claro que entre nosotros nunca existiría nada que tuviera que ver con sábanas de raso o con largas sesiones en un mullido sofá, saboreando un buen vino y oyendo al maestro Cohen. Lo nuestro, por mucho que yo te llevase en todos mis equipajes y que estuviera dispuesto a construirte un castillo como el de la casa Loma, se limitaría a coincidir en las cada vez más distantes reuniones de compañeros de carrera.
Es ahora, después de dejar encerrada bajo llave en el sótano de casa a mi fiel compañera inseguridad, por llamarla de alguna manera, y de mostrarme tal y como nunca fui capaz de hacerlo en mi etapa de pardillo, cuando, y sin proponérmelo, recibo tu invitación.

Pues aquí estoy.

A mi amigo Paco.

sábado, 12 de noviembre de 2016

MAESTRO COHEN.




Sus cuatro paredes le asfixiaban, en su calle no se encontraba, en su ciudad se atormentaba, en su país y en el de al lado, porque en los dos tenía las mismas o casi las mismas sensaciones, llegó un momento en que no se identificaba. 
Ahora estoy con “Hallelujah”. 
Y fue por todo eso por lo que decidió abrirse, buscarse, encontrarse; aunque fuera tropezarse con su yo. Buscó en nuevas latitudes, en nuevos mares hasta ahora desconocidos para él, pero que siempre estuvieron en sus sueños; y en sus despertares; y en sus atardeceres. Bailó con la más fea, con la bien parecida y hasta con la más guapa. Le encantaba bailar, bailar y bailar, llegando a bailar, como a todos nos hubiera gustado, hasta el fin del amor. Y fue así, bailando y bailando, como llegó hasta las nítidas aguas de la diminuta isla de Hydra. Fue en esa diminuta isla helena, a pocos kilómetros de las llanuras en las que se adiestraban allá por el V a.C. los valerosos espartanos, donde, entre actuación y actuación en las tabernas de la isla, comenzó a respirar, a encontrarse; fue donde comenzó a susurrar con su voz cavernosa, fue donde encontró esas sensaciones que había echado en falta y que él necesitaba; y fue donde encontró a esa musa que todo artista busca para que comparta sus desayunos, sus comidas y hasta sus versos.
Y pasó su periodo de Hydra y fue cuando nuestro trovador de voz profunda y arrulladora experimenta una explosión continua que ha perdurado hasta este fatídico once del once.
Escribió al futuro, al amor, al desamor, a la entrega y al sentirse subyugado a su obsesión. Escribió y vivió lo que quiso y como quiso, y sobre todo, ha sabido dejar un legado que pervivirá, al igual que pervive el de su admirado Federico, por los siglos de los siglos.
Hoy, bailando un vals vienés, o recordando el té con trocitos de naranja que le sirvió su amiga Suzanne en Montreal, o evocando la resistencia francesa del partisano ante las tropas nazis de ocupación, el maestro estará sentado cara a cara junto a su Marianne.

Siempre estarás.

lunes, 24 de octubre de 2016

LOS TIRANTES DEL 2º PUENTE DE CÁDIZ

Hablando en el día de hoy con un buen amigo sobre el color de una furgoneta que piensa alquilar para hacer un viaje a una capital española en uno de los puentes del próximo mes de diciembre, me acordé´de un artículo que publiqué en el blog de "Bornichos por el mundo", hace ahora unos 3 años, y que por no sé qué, no lo publiqué en este lugar. Aquí lo transcribo. 

Estuve el pasado día 1, conmemoración de los Fieles Difuntos, haciendo una visita a mis familiares, vivos y muertos, y me encontré en el bar Titi al bueno de Juan Moreno en compañía de José Antonio “el Cartero” y Luis “el Arqueólogo”. Estuvimos departiendo por un buen rato, el tiempo de tomarme un café, y entre comentarios agudos y realistas sobre la idiosincracia tan particular de la sociedad bornicha y del desconocimiento casi nulo que se tiene allende la curva de El Calvario, de la Cruz Esperilla o de los llanos de Borniche, sobre la riqueza monumental de nuestro pueblo, el amigo Juan me preguntó por los avances del segundo puente de entrada en Cádiz.
Aunque no se lo comenté, y seguro que le hubiera gustado saberlo, aprovecho el blog de bornichos por el mundo para relataros la conversación que presenció un conocido mío días atrás entre un grupo numeroso de gerifaltes políticos durante una mesa de trabajo congresual; ¿o era senatorial? No lo recuerdo muy bien ahora, aunque en verdad, lo mismo da que fuesen congresistas o senadores. Realmente creo que fue senatorial, ya que el conocido que me relató lo que a continuación os cuento, pertenece a esa “casta”.

La problemática sobre la que debatían iba en referencia con la colocación de los tableros centrales  del mencionado segundo puente de acceso a la Tacita de Plata.
Como ya se apuntó en los medios periodísticos en los últimos días, con la llegada de una de las grúas más altas existentes en Europa, se comenzaron a colocar los tableros que por la gran distancia existente entre los dos pilares centrales, deben de ir sujetados a los mencionados pilares por tirantes. Pues bien, en estos días atrás se colocaron los primeros tirantes, concretamente de color blanco. Y fue precisamente el color blanco de esos tirantes, la causa principal de ese debate tan “constructivo”.

-        Pues no veo que sea buena idea -decía uno de los gerifaltes políticos- que los tirantes que sujeten a los tableros centrales, vayan de color blanco, ya que podría haber mucha gente que piense, y con razón, que esos colores blancos de los tirantes representen al color de la camiseta del Real Madrid. Todos sabéis -proseguía el lumbrera-  la fuerza que tiene el mundo del fútbol. Propongo que el color de los tirantes sean de color rojo, en representación de la elástica nacional.
-        ¿Rojo? -le contestó otra de las lumbreras, de diferente tendencia política-; eso, rojo, en señal a los colores de tu partido. Por favor, eso sería poner una mecha para que los simpatizantes de la derecha la prendiesen y clamasen sus gritos al cielo. Y encima, para caldear más el ambiente, labramos a lo largo de los tirantes, capullitos también en rojo; por favor, no caldeemos más el ambiente. Yo propongo que el color de los tirantes sea azul, ya que así se podrían camuflar con el azul del mar, dando la sensación que el puente está como colgando, sin ningún tipo de sujeción. Sí, realmente creo que el azul sería el color que mejor le vendría.
-        Sí, hombre – le respondió el que había propuesto el color rojo-, y encima le momificamos a lo largo de todos los tirantes, unas gaviotas blancas con las alas abiertas, para hacer más idílico y paradisiaco el pasar por el puente. ¡No digas más tonterías, hombre, que se te ve el plumero!

Ante este debate-discusión, y con el propósito de mediar entre el partidario del azul y del rojo, habló otra de los bien pagados lumbreras.


-        Sin labrados ni momificaciones, y para zanjar este debate, creo que se podría poner un tirante azul y otro rojo, y así sucesivamente a lo largo de todo el mundo. Creo que sería la solución más acertada, y así acabamos de una vez por toda esta discusión.
-        ¡Y un huevo!  -respondió todo enfrascado otro de ellos-, y entre tirante rojo y tirante azul, le colocamos un escudo del Barcelona. Esto sí que sería causa de encender al pueblo gaditano. Señores, por favor seamos consecuentes. Ni rojo ni azul, ni gaviota ni capullo labrado; que estamos en Andalucía, joder. La mejor solución sería que los tirantes llevasen los colores de la bandera andaluza.; es decir, un tirante blanco y otro verde, y así sucesivamente.
-        Eso, eso, verde y blanco – respondió un “mi arma” gerifalte sevillista-, y también con fotografías de Lopera; déjate ya de decir jilipolleces.

Y así siguieron entre colores y colores, por espacio de no sé (me cuenta mi amigo) cuánto tiempo, hasta que se oyó la voz de uno de ellos que dijo, en un tono de voz bien alzado: “señores, vamos a dejar aparcado este tema del puente para después del puente, que como sigamos así vamos a perder el AVE”.

-        Llevas razón, llevas razón – respondieron todos casi al unísono.

Y así, a día de hoy, los técnicos del segundo puente de acceso a la ciudad de Cádiz, están esperando a que, como en tantos problemas que nos acucian a la sociedad española, la olla de grillo que constituyen esos gerifaltes bien pagados de la Carrera de San Jerónimo, solucionen sus problemas.
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