lunes, 10 de octubre de 2016

AQUEL BANCO DE MADERA VIEJA TRATADA

Corrían ya los cubatas y los rebujitos como canicas en pendiente, mucho tiempo después de que ella, en compañía de unos amigos, llegase al real desde el pueblo vecino, poco antes de que comenzase la segunda edición de noticias de la Cinco. Y entre baile y baile, risotada y risotada, y copa y copa, sus innumerables intentos por vislumbrar la peculiar figura casi atlética de su amigo, fueron en vano. 

Carlota, que así se llamaba la casi achispada cincuentona, sin querer reconocer que había venido a la feria con la única intención de intimar con Cándido, que así se llamaba el cuasiatleta, no dejaba de experimentar una desazón al ver que pasaban los momentos y no podía cumplir su deseo de deleitarse con la compañía de su amigo. En un par de ocasiones, o en tres o en cuatro, las conversaciones con sus contertulios le aportaron cierto mariposeo en su interior al oír que se referían a él, pero al igual que ese cosquilleo llegaba, se marchaba sin dejar ninguna nota que le hiciese abandonar la zozobra que la abrazaba. Seguía con sus copas, con sus bailes y con sus cambios de caseta; y nada; él no aparecía. Y lo que más le hacía enfadar era saber que se encontraba allí, a pocos metros, en cualquiera de las cinco casetas que ellos, año tras año, frecuentaban. Estaba claro que el azar, el destino, o la fatalidad según ella, no deseaban que se encontrasen.
Y Cándido mientras a su aire. Él, y lo tenía claro, se hacía todos los años varias decenas de kilómetros para agarrarse a sus amigos de adolescencia y no separarse de ellos absolutamente para nada. A él los cosquilleos le venían por el abrazo que le daba Guzmán, el que le daba Juan Pedro, o el beso sonoro que le propinaba siempre José María, y que él muy gustoso devolvía. A él le desazonaba el que Miguel Angel no hubiese podido venir o que Carlos, por motivos que todos sabían pero que nadie quería tratar de lleno, lo más seguro es que no viniese o que si lo hacía, lo haría para llegar e irse.

Estaba amaneciendo cuando los dos llegaron a la orilla del lago, sentándose exhaustos en uno de los quince bancos de madera vieja tratada, que no hacía ni tres meses que la nueva corporación municipal había ordenado poner a lo largo de una buena parte del recorrido de toda la orilla; bueno, de parte de ella, ya que distaban treinta o cuarenta metros entre banco y banco. 

Acompañados por los movimientos y vuelos nerviosos e inseguros de una bandada de jilgueros de la última puesta, fueron testigos de cómo el astro rey emergía victorioso de entre los picos puntiagudos que conformaban la cadena de montañas que alimentaba con sus aguas el paradisiaco lago, donde carpas, barbos y blas blas saltaban como dándole la bienvenida al sábado de feria, aunque para aquella pareja cincuentona el viernes aun no había terminado.
Con la vista perdida en aquel mayestático nacimiento y en la otra orilla, los dos, sin pronunciar palabra, recordaban eso sí, algo avergonzados, todo lo sucedido con anterioridad.

Tras encontrarse en una de las casetas de feria, ya avanzada la madrugada, tras un saludo entregado, tras un brindis que a esas alturas de la noche ya podía ser el enésimo, y tras unos bailes cargados de miradas y movimientos sugerentes, los dos, sin tener que haber ninguna petición expresa, abandonaron el real arropados por una conversación envolvente y sin rumbo a ninguna parte. Tras cruzar todo el pueblo, sin ser conscientes ellos, y con la luz cada vez más tenue, lo que encendía sus ganas de entregarse el uno al otro, llegaron a la misma orilla del lago, rompiendo él, abruptamente, las palabras de ella, con un “¿nos cruzamos el pantano?”, a lo que ella contestó, porque así lo exigía el guión, con un “estás loco...., y además, no tenemos traje de baño”. “Desnudos”, contestó él. La respuesta de ella, con la mirada, fue afirmativa. Tras hacer un sólo lío con toda la ropa, los dos le hicieron compañía a las carpas. Los algo más de doscientos sesenta metros existentes entre las dos orillas fue un paseo para los expertos nadadores; el más que ella. No cruzaron palabra en toda la travesía; sólo él, en su papel de protector, y tras adelantarse una y otra vez en las que ella se quedaba atrás unos metros, volvía lo nadado para ponerse a su altura, recibiendo entonces de ella una mirada cargada de complicidad y agradecimiento, mirada que él trataba de vislumbrar en la oscuridad. 
Tras llegar a la orilla, y ya exhibiéndole a la noche su desnudez, ella emitió un “¡qué pelete, quillo!, a lo que él, cogiéndola fuertemente de la mano, le contestó con un “quitémonos el frío”.
En poco más de una hora se encontraban, cogidos de la mano, nuevamente en el agua dispuestos a comenzar el camino de regreso escoltados por carpas y barbos; sólo un par de lechuzas y algún que otro topillo fueron testigos de su estancia al otro lado del lago; la luna, en cuarto creciente, no les acompañó en ningún momento.
El camino de vuelta lo hicieron más pausado, como si deseasen no llegar a la orilla, con unísonas brazadas y cruzando las miradas cada dos, intentando en cada par, vislumbrar el pensamiento del otro, ya que la oscuridad les impedía que viesen los ojos henchidos de felicidad de su compañero de travesía.

Una vez perdida la desnudez, decidieron, con sonrisas y miradas de complicidad, ver amanecer sentados en uno de los bancos de madera vieja tratada que la nueva corporación municipal había ordenado instalar a lo largo de la orilla, hacía ya algo más de tres meses.

martes, 4 de octubre de 2016

SE TE PASÓ EL ARROZ

Lo de algunos GP es de risa: vengan trapatiestas, algarabías y tiberios, y al final más de lo mismo; movimientos agitadores para cambiar el statu quo existente, y lo único que han conseguido, que era realmente lo que perseguían desde hace ya algunas lunas, es cambiar al apoltronado.
Yo te lo dije, Perico, “que no te quieren, que no llevas el mismo paso que ellos, que la gente como tú sois una chinita en sus zapatos; y tú, a pecho descubierto. ¿Qué trabajo te hubiera costado haberte bailado un par de sevillanas en la feria de Sevilla, haber compartido un buen plato de jamón extremeño o haber sonreído, aunque fuese histriónicamente, mientras se escanciaba una rica sidra de temporada?
Con lo que le gustan los toros a tus correligionarios, haber sacado la muleta y haberle dado una serie de naturales, adornados con unos derechazos, unos pases de pecho y, para terminar la faena, unos redondos; y para aquéllos que no te hubiesen entrado al trapo, haberlos citado con unas pedresianas, que tan bien te van y que siempre te negaste a darlas.
¿Y ahora qué? Ahora ya se te pasó el arroz. Ahora te toca esperar detrás del burladero. Porque, y eso no quiero que lo olvides, no debes de abandonarlo; debes de estar atento por si en algún trance de la lidia, que lo va a haber, tienes que saltar al coso para hacer algún quite, teniendo en cuenta que un buen quite dado en el momento preciso, te puede poner nuevamente como primer espada.


Y mientras, en la otra acera, blackeando y gurtelando, sin responsable alguno.

jueves, 29 de septiembre de 2016

LA RAZÓN DE UN CAPULLO


Cariacontecido, con los ojos vidriosos, y no precisamente por la ingesta de alcohol, salió de su despacho camino de casa. Hoy no necesitaría chófer.

Quedaban breves momentos para dejar de ser un día y convertirse en otro, y él, sin que se diese cuenta, porque ya llevaba algún tiempo con el norte perdido, comenzó a deambular por las calles del barrio de Argüelles, para enlazar con las del barrio de Chamberí, cruzar todo Cuatro Caminos y plantarse en el mismísimo barrio de Tetuán, el mismo que le vio nacer. Fue allí, donde, después de llevar vagando por espacio de más de dos horas, acertó a sentarse en uno de los bancos existentes en los jardines enfrente del hotel Infanta Mercedes. Tras apoyar su maletín repleto de intenciones en el banco, en contacto directo con su pierna derecha, cerró los ojos, aun vidriosos, y advirtió como se catapultaron por su oscuridad un sinfín de “porqués”.
Permaneció allí sentado por espacio de tiempo de una final de fútbol con penaltis, por lo que, sin intención ni ganas de hablar absolutamente con nadie, después de varios ring ring de su iphone seis, decidió apagarlo sin tener intención de saber de dónde provenían las llamadas; de sobra sabía de donde.
La ciudad en la noche seguía igual, y él, más cercano del amanecer que cuando salió de su despacho, seguía igual; el pensaba que mucho peor. “No puedo”, se decía; “ni puedo ni debo”; “me protege la razón; qué coño; la razón”, se gritaba así mismo. “¿Y qué razón?”, le respondía la leve y fresca brisa que le impactaba en la cara: “¿la razón del moribundo, o la razón del empecinado?, ¿la razón del que nació muerto, o la del inocente que le dejaron creer en esa razón que no hacía daño?, ¿la razón de un quijote, o la del que vio ensangrentar su mano al asir con fuerza su rosa?

Daba igual. Estaba claro que su razón, su particular razón, sería la que, con razón o sin razón, le haría volverse un hombre más razonable.

jueves, 22 de septiembre de 2016

UNA DE DOS



Yo sé que no me vas a creer lo que tengo que decir, pero es la única verdad; y si estoy aquí es porque me gusta coger los toros por los cuernos y no esconderme detrás de la barrera: las cosas a la cara, y más, cuando es mi felicidad la que está en juego.
Sí, ya lo sé; sé que no te extraña que esté aquí plantando cara, ya que tú harías lo mismo si te encontrase en mi lugar. Pero aún así, tratándose de ti, deberás de reconocer que es un mal trago el que estoy pasando, y más, viendo que ni te inmutas con lo grave, así pienso yo, que es la situación que nos ha tocado vivir.

No sabes el dilema que me crea 
pasar de todo y no decir ni mú, 
por eso estoy aquí, maldIta sea, 
plantando cara como harías tú 

¿Que qué me pasa? ¿No se me nota? ¿No te has dado cuenta todavía? Pues sí, hija, que estoy perdidamente enamorado de ella, de la mujer con la que llevas conviviendo más de tres años, de la mujer con la que cada dos meses haces un viaje, de la mujer a la que le planchas sus vestidos, sus pantalones y le doblas sus braguitas y sujetadores, de la mujer que todos los fines de semana te lleva el desayuno a la cama y un par de rosas rojas cuyos pétalos extiende a lo largo de todo tu cuerpo desnudo después de retirar la bandeja de la primera comida de vuestras mañanas.
Y es así, no tiene más vueltas de hoja, amiga mía: estoy enamorado de ella.

Lo que sucede es que me he enamorado, 
como el perfecto estúpido que soy, 
de la mujer que tienes a tu lado ... 
encájame el directo que te doy. 


Así que, como comprenderás, vengo a por todas, y no esto dispuesto a ceder ni un ápice en mis intenciones sobre la que creo que me puede hacer la persona más feliz del mundo; vengo a llevármela, a apartarla de ti; y por favor, no me pongas condiciones ni trates de buscar soluciones intermedias que lo único que provocarían serían malos rollos entre los tres, o entre los dos, o....., en mí sólo, aunque al decir verdad, y pensándolo fríamente, no sé si una entente sería llevadera. No, no, dejémonos de modernuras y snobismos.

Una de dos, 
o me llevo a esa mujer 
o entre los tres nos organizamos, 
si puede ser. 

Sé que te estás riendo con mi deseo, al considerarlo descabellado e insensato, pero más me estoy riendo yo al ver el ridículo del que soy protagonista. Y me río, no ya por mi propósito áureo, sino por lo pertrechado que venía para contrarrestar tu respuesta cuando te comunicase mi intención: yo, que pensaba que te lanzarías a mi yugular, metafóricamente hablando, como una posesa, al oírla, me había aprovisionado, también metafóricamente hablando, claro está, con los más modernos adelantos bélicos para dar consabida respuesta al ataque del contrincante. Y ahora me encuentro que te lo tomas a cachondeo. La verdad es que no me esperaba tu reacción; bueno, ni yo ni nadie que estuviera en mi lugar. ¿Te lo tomas a broma?, porque yo voy muy en serio.

No creas que te estoy hablando en broma 
aunque es encantador verte reir 
porque estas cosas hay quien se las toma 
a navajazos o como un faquir. 

Y antes de que te montes ninguna película, ni que tu cabeza se pueble de achares y tormentos injustificados, quemazones que tan solo nos podrían aportar, a los tres, terribles consecuencias, decirte que, aunque no se ajuste mi sólida decisión con los pretéritos hechos acaecidos, nuestra relación no ha pasado de efímeras miradas, cargadas, eso sí, de impúdicos deseos por mi parte, sobre todo las de soslayo, y de algún que otro jijí jajá cargados de complicidad, que en realidad han sido los causantes que yo me aventure a este lanzamiento desde las alturas, que dicho sea de paso, a veces pienso que lo hago sin paracaídas ni red “quitagolpes”. Así que, de hechos consumados, nada de nada; puedes estar tranquila.

Que aquí no hay ni Desdémonas ni Otelos 
ni dramas mexicanos de Buñuel, 
recuerda que ese rollo de los celos 
llevó a Caín a aquello con Abel. 
Una de dos ... 
o me llevo a esa mujer 
o entre los tres nos organizamos, 
si puede ser. 


Y por favor, no pienses en ningún momento que trato de hacerte lo que Charles Boyer le hizo en Gaslight a Ingrid Bergman; todo lo contrario. Yo voy por derecho; hay lo que hay, y nada más. Ni me invento nada, ni trato de hacerte ver fantasmas. Como se dice por mi tierra, lo que es, es. Así que, dando la cara y a pecho descubierto, y buscando que luego no vayas a recriminarme que actué solapadamente o con dobleces, te presento mis intenciones.


De qué me sirve andarme con rodeos, 
a ti no puedo hacerte luz de gas, 
Esas maneras son para los feos 
de espíritu y algunas cosas más ... 



Aunque te voy a decir una cosa, y esto te lo digo con toda la sinceridad que creo que me caracteriza, que hay algo en ella que me desconcierta. Le veo un “no sé qué” o un “qué sé yo” que me dice que nuestra deseada y querida morena no entiende nada de nada de sentimientos, y que no ya por su tendencia sexual, considerándola amante tanto de la mortadela como de las brevas, pero que el tiempo que ha estado contigo lo ha hecho porque siempre deseó viajar en los cirros que tú les has ofrecido. Ahora, con los cúmulos que le ofrezco, no le importaría, con los mismos sentimientos que te unían a ti, cambiar de compañero de viaje, todo ello sin olvidar que no rechazaría viajar en los estratos que le pudiésemos ofrecer los dos al mismo tiempo.


Que esa mujer me quiera no es tan raro 
si piensas que a ti te quiere también; 
lo más terrible es que lo ve muy claro, 
pretende no perderse ningún tren, 


Así que, no nos queda más que organizarnos entre los tres, ya que, y esto te lo digo de todo corazón, no desearía que, caso que eligiese mis cúmulos, dentro de dos días me pagase con la misma moneda con la que te ha pagado a ti cuando alguien le ofreciese volar aunque fuese en nimbos borrascosos; y yo, te aseguro, no iba a reaccionar de la misma manera tan civilizada como lo has hecho tú.


Una de dos 
o me llevo a esa mujer 
o te la cambio par dos de quince, 
si puede ser ..

lunes, 2 de mayo de 2016

NO HAY CURA PARA EL AMOR (de un poema del maestro Cohen).


Como cada viernes, cumpliendo la rutina semanal, Carla se aferró en la limpieza a fondo de su salón, aunque el esmero que normalmente ponía en ello parecía que había desaparecido en este viernes negro para ella. En esta ocasión se encontraba como ida, siendo sus movimientos como mecánicos y articulados, no empeñándose en nada de lo que hacía.


Cada pelusa que sacaba con el cepillo de debajo del sofá tres por dos, era como si perdiese una esquirla de su corazón herido; con cada mota de polvo que sacudía de la mesa de su televisión de plasma de cuarenta y dos pulgadas con su bayeta de microfibras rosa fucsia, se le fragmentaba en trozos ese cielo al que en tantas ocasiones subió, y que después del último whatsapp recibido hacía hoy no sabía cuánto tiempo, y al que no tuvo la valentía suficiente para responder, sabía que nunca más ascendería hasta esas alturas.
Porque el amor que sintió durante tanto tiempo, fue tan real como lo eran las campanadas anunciando las doce del medio día que estaban sonando en el reloj de péndulo, y que al repiquetear, cayó en la cuenta que no le había pasado la bayeta, por lo que mecánicamente se dirigió hacia él y, también mecánicamente, lo intentó dejar sin una mota de polvo. Pero el mismo éxito que tuvo en la conservación de su amor, tuvo a la hora de dejar su reloj pendular impoluto. Ni consiguió una cosa ni consiguió la otra.
Pero a ella le dio absolutamente igual, ya que su conciencia, ahora, la estaba ayudando a que se tranquilizase, habiendo puesto tanto ahínco en una cosa como en la otra. Al igual que no comprendía cómo no pudo mantener esa relación que tan feliz la hizo, y en la que puso encima de la mesa todo lo necesario para que así fuese, tampoco comprendía cómo, a pesar de pasar una y otra vez la bayeta por la superficie pulimentada del reloj, aquellas malditas motas de polvo, no desaparecían en su totalidad. Y así, comprendió que, al igual que por mucho que hizo para conservar su amor, no consiguiera retenerlo, ahora, con las dichosas motas, por mucho que pasase la bayeta, conseguiría que se marchasen.
Pensaba ella, a veces en voz alta, que pese al doble fracaso, seguiría sintiendo locura por esa persona y continuaría deseando ver a su reloj impoluto, y que el tiempo, por mucho que transcurriera, no iba a ser un bálsamo para curar esas heridas que tanto, y ahora por partida doble, la atormentaban. Así lo pensaba y así llegó incluso a gritarlo en su amplio salón, retumbando en aquellas cuatro paredes, unos “no hay cura para el amor”, y tras mirar de soslayo su reloj de péndulo, unos “no hay remedio para eliminarlas”.
Pero, ¡qué coño!, se dijo. ¿Cómo voy a comparar la pérdida de la persona que me dio durante tanto tiempo la vida, con la imposibilidad de eliminar esas dichosas motas de polvo? Sonrió de cara a su vacío salón, y tras conseguir aparcar en su maltrecho corazoncito los pensamientos sobre la persona perdida, se dirigió hasta el mueble donde guardaba entre otras cosas, bayetas y paños de limpieza, cogiendo una gamuza de algodón de color azul, que humedeció ligeramente, comprobando inmediatamente que fue el mejor remedio para la eliminación de las rebeldes motas.
Las motas habían desaparecido por fin, pero el dolor en su mente y en su corazón seguían presente, y cada segundo que transcurría, más la añoraba y más la necesitaba tener delante de sus humedecidos ojos. Tras sentarse en el dos, precisó verla junto a ella; le urgió recorrer su cuerpo desnudo y hurgar en su pensamiento; hacerla suya. Pero nuevamente comprendió que aquello era imposible, volviendo a gritar esa frase que tanto la estaba acompañando: “no hay cura para el amor”.
¿Y por qué no hay cura para el amor?, se preguntaba. ¿Por qué el hombre ha llegado a la luna, no para de dar vuelta alrededor de la Tierra, está preparando un viaje a Marte, y no ha podido descubrir un elixir para los corazones destrozados? ¿Por qué la Biblia en ninguno de sus versículos, ni el Corán en ninguna de sus aleyas o ni siquiera en ninguno de los cuatro libros de Confucio, se recogen una sola pócima para el mal de amores? ¿Por qué -seguía preguntándose- no consigo vaciar mi pensamiento y comenzar nuevamente a pensar pero ya sin ti, sin tus despertares, sin tus conversaciones, sin tus frases, sin tus manos, sin tu pelo, sin tu reloj y sin tu cepillo? ¿Por qué no consigo dejar de verte en mi bodegón, en mi lámpara de catorce brazos o en mi centelleante, ahora, reloj de péndulo? ¿Y por qué, por muchas fiestas a las que acuda, por muchas cenas que tenga con mis amigos, por muchas vacaciones que pase con mi marido, y por muchas veces que simule que soy feliz a base de histriónicas risas y que me lo paso bien en todos esos encuentros, no consigo olvidar a esa persona?


¡Coño!, ¿por qué no hay cura para el amor?

NO HAY CURA PARA EL AMOR (de un poema del maestro Cohen).


Como cada viernes, cumpliendo la rutina semanal, Carla se aferró en la limpieza a fondo de su salón, aunque el esmero que normalmente ponía en ello parecía que había desaparecido en este viernes negro para ella. En esta ocasión se encontraba como ida, siendo sus movimientos como mecánicos y articulados, no empeñándose en nada de lo que hacía.

Cada pelusa que sacaba con el cepillo de debajo del sofá tres por dos, era como si perdiese una esquirla de su corazón herido; con cada mota de polvo que sacudía de la mesa de su televisión de plasma de cuarenta y dos pulgadas con su bayeta de microfibras rosa fucsia, se le fragmentaba en trozos ese cielo al que en tantas ocasiones subió, y que después del último whatsapp recibido hacía hoy dos años, al que no tuvo la valentía suficiente para responder, sabía que nunca más ascendería hasta esas alturas.
Porque el amor que sintió durante tanto tiempo, fue tan real como lo eran las campanadas anunciando las doce del medio día que estaban sonando en el reloj de péndulo, y que al repiquetear, cayó en la cuenta que no le había pasado la bayeta, por lo que mecánicamente se dirigió hacia él y, también mecánicamente, lo intentó dejar sin una mota de polvo. Pero el mismo éxito que tuvo en la conservación de su amor, tuvo a la hora de dejar su reloj pendular impoluto. Ni consiguió una cosa ni consiguió la otra.
Pero a ella le dio absolutamente igual, ya que su conciencia, ahora, la estaba ayudando a que se tranquilizase, habiendo puesto tanto ahínco en una cosa como en la otra. Al igual que no comprendía cómo no pudo mantener esa relación que tan feliz la hizo, y en la que puso encima de la mesa todo lo necesario para que así fuese, tampoco comprendía cómo, a pesar de pasar una y otra vez la bayeta por la superficie pulimentada del reloj, aquellas malditas motas de polvo, no desaparecían en su totalidad. Y así, comprendió que, al igual que por mucho que hizo para conservar su amor, no consiguiera retenerlo, ahora, con las dichosas motas, por mucho que pasase la bayeta, conseguiría que se marchasen.
Pensaba ella, a veces en voz alta, que pese al doble fracaso, seguiría sintiendo locura por esa persona y continuaría deseando ver a su reloj impoluto, y que el tiempo, por mucho que transcurriera, no iba a ser un bálsamo para curar esas heridas que tanto, y ahora por partida doble, la atormentaban. Así lo pensaba y así llegó incluso a gritarlo en su amplio salón, retumbando en aquellas cuatro paredes, unos “no hay cura para el amor”, y tras mirar de soslayo su reloj de péndulo, unos“no hay remedio para eliminarlas”.
Pero, ¡qué coño!, se dijo. ¿Cómo voy a comparar la pérdida de la persona que me dio durante tanto tiempo la vida, con la imposibilidad de eliminar esas dichosas motas de polvo? Sonrió de cara a su vacío salón, y tras conseguir aparcar en su maltrecho corazoncito los pensamientos sobre la persona perdida, se dirigió hasta el mueble donde guardaba entre otras cosas, bayetas y paños de limpieza, cogiendo una gamuza de algodón de color azul, que humedeció ligeramente, comprobando inmediatamente que fue el mejor remedio para la eliminación de las rebeldes motas.
Las motas habían desaparecido por fin, pero el dolor en su mente y en su corazón seguían presente, y cada segundo que transcurría, más la añoraba y más la necesitaba tener delante de sus humedecidos ojos. Tras sentarse en el dos, precisó verla junto a ella; le urgió recorrer su cuerpo desnudo y hurgar en su pensamiento; hacerla suya. Pero nuevamente comprendió que aquello era imposible, volviendo a gritar esa frase que tanto la estaba acompañando: “no hay cura para el amor”.
¿Y por qué no hay cura para el amor?, se preguntaba. ¿Por qué el hombre ha llegado a la luna, no para de dar vuelta alrededor de la Tierra, está preparando un viaje a Marte, y no ha podido descubrir un elixir para los corazones destrozados? ¿Por qué la Biblia en ninguno de sus versículos, ni el Corán en ninguna de sus aleyas o ni siquiera en ninguno de los cuatro libros de Confucio, se recogen una sola pócima para el mar de amores? ¿Por qué -seguía preguntándose- no consigo vaciar mi pensamiento y comenzar nuevamente a pensar pero ya sin ti, sin tus despertares, sin tus manos, sin tu pelo, sin tu reloj y sin tu cepillo? ¿Por qué no consigo dejar de verte en mi bodegón, en mi lámpara de catorce brazos o en mi centelleante, ahora, reloj de péndulo?

¡Coño!, ¿por qué no hay cura para el amor?

martes, 26 de abril de 2016

OTRA DE CUERNOS.

¡Otra de cuernos!


OTRA DE CUERNOS ¡¡¡

Después de la extensa polémica sobre si “toro sí” o si “toro no” y, siguiendo con los cuernos, esta mañana me he acordado de tod@s l@s bornich@s.
Antes de irse mi mujer a trabajar, me dice: “Domin, que así me llama, al igual que mi madre y mis hermanos/as, todo ello heredado de mi padre, hoy salgo yo un poco antes, así que vamos a comer caracoles. Ahí lo tienes en esa malla amarilla. Lávalos bien con agua; pero ya sabes, bien lavados; vueltas y más vueltas y, con bastante agua. Y se la cambias una y otra vez. Cuando ya veas que están bien lavados, los pones al fuego. El fuego muy lento, para que se “gaiteen” bien. Pero no lo olvides, el fuego muy lentito. Verás que intentan una y otra vez salirse de la olla, ya que no le gusta el agua calentita. Vas a observar que empiezan a echar espuma. Tú se la sacas y, cuando ya estén espumados, los aparta del fuego, que yo cuando llegue los condimentaré”.
Pues manos a la obra; comienzan mis labores culinarias.

Fue entonces cuando me acordé de la polémica del toro de Bornos.
¡Qué de vueltas les di a esos caracoles en el agua!, ¡qué mareo deberían de tener!. Se estarían acordando de no sé quien.
De vez en cuando, paraba para darme un respiro y, los más listos, fregadero arriba, intentando escapar de las continuas turbulencias provocadas por el que suscribe. Y yo, “pa bajo”; no escaparse. Y vuelta a los continuos movimientos; “de arriba abajo y de abajo arriba”. Yo parecía que los estaba oyendo: “para ya, pisha, que estamos mareao”.
Ya están limpios; ahora a la olla. “y no te olvides Domin, fuego lento, para que se gaiteen bien”. Pues yo fuego lento.
¡Vaya tela!, si martirio eran las turbulencias en el fregadero, más martirio era el fuego lento. El agua se calentaba muy poquito a poco. Los caracoles parecían que se iban a salir de sus conchas. Esto no tiene nombre. Esto es una atrocidad. Si hubiese llegado en ese momento algún representante de Greenpeace, me crucifica, que seguro que iba a sufrir menos que aquellos pequeños caracoles indefensos.

¡Ea!, pues ya están listos para condimentar.

Y ahora qué, ¿quién sufre más, el caracol cuando lo cocinan o el toro en las rampas de la calle ancha? ¿Qué es más tradicional, los caracoles con pique o el susodicho toro de Bornos?

Gran dilema ese de los “cuernos”.

Por eso digo yo que todo lo que huela a cuernos, no es aconsejable; y si no que se lo pregunten al vecino de ……… “meviaacallá”.
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