lunes, 4 de enero de 2016

JAVIER, GENOVEVA Y SU HIJO BERENGUER


Javier y Genoveva era un matrimonio de cierta alcurnia en la vecindad donde vivían; podríamos decir que sus raíces genealógicas se perdían en la historia. Con más hijos de los que quisieran haber tenido, y trabajando todos en la empresa familiar, causa ésta que le ocasionó un sinvivir continuo, hicieron lo habido y por haber para que todos fuesen felices. Pero eso era tarea ardua, ya que, aunque hijos todos, eran muy diferentes entre sí.

Y esa diferencia entre ellos fue el principal motivo por el que Genoveva y Javier, aunque no lo reconociesen en público, no se sintieran realizados ni como padres ni como gestores de la empresa familiar, destrozando casi desde siempre en su dilatada vida el concepto de igualdad, ya que daban a esos hijos lo que ellos pensaban que necesitaban cada uno para que no le diesen problemas, no teniendo en cuenta las reacciones de los demás a la hora de sus repartos y atenciones. O lo que es lo mismo, el cariño, el amor y algún que otro bien material que repartían los cabezas de familia, era muy distinto según se tratase de uno o de otro hijo.
Quizás el mayor error del matrimonio fue que sus componentes, es decir, Javier y Genoveva, nunca fueron en la misma dirección a la hora de la educación de sus hijos. Así, si hoy era Genoveva la que hacía el reparto de amor, cariño y algún que otro bien material entre sus numerosos hijos, mañana llegaba su marido para, desatendiendo lo hecho por su esposa, hacer un nuevo reparto. Claro está, comportamientos éstos que lo único que hacían era enturbiar las relaciones entre sus hijos y entre ellos mismos.

Era por eso que, como en cualquier camada de lobeznos, donde siempre hay algunos que maman más que sus hermanos, entre los hijos de Genoveva y Javier existían unos más favorecidos que otros. Y estos favores se veían con una claridad más que notoria en las habitaciones en las que dormían, habitaciones que servían también de lugares de trabajo. Así, la oficina de Berenguer era sin lugar a ninguna duda la más confortable y la que más lujos tenía. En su mesa de despacho se encontraban los últimos y mejores avances tecnológicos, hecho éste por el que sus trabajos, aparentemente, eran más fecundos y abundantes que los de sus hermanos, teniendo así más clientes que ellos. Su maquinaria de producción era tan potente y eficaz que, con el fin de que una gran cantidad de los trabajos de sus hermanos estuviesen revestidos de una calidad especial, pasaban por su habitación para que fuesen finiquitados y presentar la máxima competitividad en el mercado internacional.

El hecho de presentar más y aparentemente mejores trabajos que sus hermanos, era motivo para que Berenguer se sintiera superior, reclamando y exigiendo continuamente más cariño, más amor y algún que otro bien material. 
Continuamente transmitía a sus padres el malestar que sentía hacia sus hermanos, con unos más que con otros, acusándolos de hacer poco y mal el trabajo que tenían encomendados para ayudar a que la economía familiar estuviese saneada, para a continuación, demandarles más mejoras en su oficina, demandas que salvo algunos, pocos, hechos aislados, siempre habían sido otorgadas por sus padres desde sus primeros años de vida, convirtiéndolo así en una persona caprichosa y malcriada.

Los tiempos que se estaban viviendo no eran los mejores para la empresa, comenzando a ponerse la cuenta en números rojos, hecho éste que Javier y Genoveva ocultaron a sus hijos; que ocultaron hasta el momento en que la situación se hizo insostenible y no les quedó más remedio que ponerlos al día, menguándose desde entonces el amor, el cariño y algún que otro regalito material (distintos a cada uno de ellos), a los que lo tenían acostumbrados. Y es aquí donde comenzaron los quebraderos de cabeza más graves para Genoveva y Javier, ya que, no sólo se tuvieron que enfrentar con los problemas de liquidez de su empresa (llegaron a estar a punto de la banca rota), sino que tuvieron que lidiar con las múltiples quejas procedentes de sus propios hijos, protestas que lo únicamente que hacían eran demandar las prebendas a las que estaban acostumbrados.
Pero de entre todas las protestas y demandas, fueron las de Berenguer, el hijo caprichoso y malcriado, las que más preocuparon al matrimonio. Achacando que ya estaba harto de producir más que sus hermanos, amenazó a sus padres con marcharse de la casa y de la empresa familiar, creando una empresa propia que desarrollaría su labor en los mismo quehaceres que desarrollaba la de sus padres.
Genoveva y Javier priorizaron el problema que les presentó su hijo Berenguer, buscándole mil y una soluciones para que desistiera de su empeño. Para ello buscaron a los mejores asesores, a los mejores mediadores, y claro está, a los mejores intermediarios para convencer al gran Berenguer que no se convirtiera en la competencia.
Al tiempo que seguían las negociaciones, en las que el caprichoso y cada vez más altivo Berenguer se alejaba por día de las súplicas de sus padres, uno de los asesores, aconsejó al matrimonio lo siguiente:
Javier, Genoveva, la situación está muy mal; Berenguer se ha empestillado en no dar marcha atrás en sus pretensiones, así que, os aconsejo, y priorizando, que sin abandonar el intento a que no se marche, hay que empezar a mover los hilos necesarios para que si en un final, abandonase la casa y la empresa, su ausencia no se eche en falta.
¿Y qué vamos a hacer para ello? Pues muy sencillo. Y comienzo con los detalles. El mejor equipo informático que tenéis en la empresa se encuentra en la habitación de Berenguer, siendo a él a donde acuden una gran parte de los clientes de la empresa. Pues bien, montemos en las habitaciones de varios de vuestros hijos, unos equipos informáticos mucho más potentes, siendo allí a donde irán desviados esos clientes; y es más, serán los mismos clientes los que, al ver que las prestaciones de los nuevos ordenadores son mejores, acudirán sin tenerlos que presionar.
Por otro lado, los nuevos clientes que vengan a demandar los servicios de la empresa los reconduciremos hasta sus otros hijos, asegurándonos que los nuevos gestores (sus otros hijos) suministran un servicio como mínimo, y si se puede, mejor, que el que suministraba Berenguer.
Y por último, y aunque esperemos que al final no se vaya el díscolo Berenguer, caso que no remita en su empeño, se les abrirán las puertas para que se vaya, pero que deje en la empresa el gran equipo informático que se le compró, así como la maravillosa cadena de música (mucho mejor que la de sus hermanos), el vehículo de gama alta (único que hay en la familia) y todos los otros regalos que bien vosotros, bien la empresa, le regalasteis en su día. En otras palabras, y hablando bien claro, si el díscolo, soberbio, caprichoso y malcriado Berenguer no remite en su empeño de marcharse, que se vaya como popularmente se dice, con una mano delante y otra detrás.
Y ojo, esto sólo es un consejo que os doy”

Domingo

miércoles, 16 de diciembre de 2015

LA ESPAÑOLIDAD DE LOS ESPAÑOLES.

Hace ahora algo más de cinco años, escribí el artículo que aparece a continuación. Hoy, sintiéndolo mucho, y después de la reacción de este maravilloso pueblo español ante la muerte de dos españoles en territorio español, admito que no hubiera escrito el artículo que continúa.

"ESPAAAAÑA, BIEN
ESPAAAAÑA, BIEN
ESPAAAAÑA, BIEN, BIEN, BIEN

A LA BIN ,
A LA BAN,
A LA BIN, BON, BAN
ESPAÑA,
ESPAÑA
Y NADIE MÁS
A LA BIN, BON, BAN.

Y vosotros diréis, ¿a qué viene esto ahora?. Pues os lo voy a explicar.
.
El otro día, concretamente el domingo por la mañana, sobre las nueve, cuando paseaba por la playa gaditana, concretamente a la altura del Restaurante El Chato, y saboreando todavía la pírrica victoria sobre Paraguay, me crucé con un Sueco y entablamos conversación.
.Entre preguntas sobre Cádiz, por parte del Sueco, de nombre Olof, y respuestas por mi parte, el amigo Olof, chapurreando el castellano me decía:
Es la primera vez que vengo a España, pero tengo que admitir que siempre ha sido un país que siempre me ha entusiasmado, hasta tal punto que he estudiado vuestra historia. También, y sin ningún profesor, he intentado aprender vuestro idioma, y aunque reconozco que no lo domino, ya me defiendo un poco.
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Y debo de reconocer que llevaba razón. Aunque cometía fallos a la hora de utilizar algunos tiempos verbales, el Joíoporculo Sueco se defendía bastante bien en nuestro idioma.
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Y proseguía el amigo Olof diciéndome que estaba muy sorprendido con nuestro país; y muy sorprendido agradablemente con dos detalles que le llamaron mucho la atención.
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El primero, cosa que él desconocía, ya que la imagen que tenía era totalmente distinta a la realidad, es “la españolidad de los españoles”. Y para decir esto se basaba, según me dijo, en las innumerables banderas españolas que pendían de los balcones y ventanas de las casas. Textualmente me decía: “yo haber tenido una idea equivocado de tu país, ya que yo creer que estaba muy dividido. Pero no. Ver en persona que estar orgullosos de ser españoles. Gran cantidad de banderas pueblan balcones y ventanas vecinos míos”.
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Y el segundo detalle que llamó la atención del dichoso Sueco sesentón, era que decía que los españoles éramos muy amantes de los animales.
Le pregunté el por qué de su apreciación, pues para nada estaba de acuerdo con él, ya que aunque hay muchas personas que tienen mascotas en su casa, a las que yo respeto, la mayoría de los españoles somos indiferentes a los animalitos. Y el Sueco, no sé si se hizo el sueco o es que no se entera de la película, y aunque haya estudiado la historia de España, lo más seguro es que faltara a dos o tres clases.
Y digo esto porque el amigo Olof respondió a mi pregunta textualmente lo siguiente: “Pues muy sencillo, amigo español, te he de decir que sois amantes de los animales porque, en todas las banderas de España que veo en los balcones y ventanas,
unas tienen un toro en el centro,
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otras un pequeño león,
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otras tienen un águila,
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otras tienen un caballo y un asno,…,
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¿comprender?.
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Por eso yo decir que los españoles ser amantes de los animales, ¿comprender?”
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Y entre historias, comentarios y opiniones, llegamos hasta la altura de mi casa, de donde me despedí del amigo Sueco.
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ESPAAAAÑA, BIEN
ESPAAAAÑA, BIEN
ESPAAAAÑA, BIEN, BIEN, BIEN
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A LA BIN ,
A LA BAN,
A LA BIN, BON, BAN
ESPAÑA,
ESPAÑA
Y NADIE MÁS
A LA BIN, BON, BAN"

jueves, 10 de diciembre de 2015

SEÑOR PLÁCIDO DOMINGO: MI HINCHAPELOTAS.

Madrileño, madridista y para mí, como buen gaditano y cadista, un hinchapelotas. Efectivamente, señor Domingo, don Plácido, eso es usted para mí; como dirían los uruguayyyos, es usted un hinchapelotas, o lo que es lo mismo, una persona que me molesta y que me fastidia.



Y usted, que hasta ayer me era simpático y agradable, después de sus palabritas en defensa del equipo de su alma en relación con su eliminación de la copa del Rey, tengo que decirle que se ha convertido en persona non grata para mí.
"No basta que la mujer del César sea honesta; también tiene que parecerlo"; pues eso mismo le digo yo a usted, señor Domingo. Usted, adalid de españolidad, referente de la marca España por todo el mundo, y sabedor de lo que significa su persona para todos los que se prestan de ser españoles, debería de saber reprimir sus tendencias “futboleras” cuando con ellas pueda herir los sentimientos de muchos aficionados españoles que, aunque no comparten el amor por ese equipo que hasta hace poco era símbolo de señorío, se consuelan con sufrir un fin de semana sí y otro también gritando ese grito de guerra de “ese cadi, oé”.
Usted precisamente no; usted mismamente no. Mejor hubiera quedado escondiendo sus sentimientos madridistas dentro de sus maravillosos pulmones y no haber salpicado con sus palabras la ilusión de una afición ajada ya por demasiados sufrimientos. Porque, con sus palabras, no sólo ha embadurnado aún más la imagen del equipo de su alma, embarrada ya los días anteriores por su presidente y el malfacer de su incompetente cohorte (a los hechos me remito), sino que ha querido ser cómplice de una campaña orquestada y dirigida para el triunfo de la injusticia o de la justicia del poderoso, abonando el terreno para perjudicar al débil, que en esta ocasión era el Cádiz de mis amores. Usted, precisamente no, señor Plácido. No esperaba que fuese usted el que menospreciara de esa manera al Cádiz y a Cádiz.

Así que, señor Plácido, sólo decirle que …..........., meviacallá.

jueves, 26 de noviembre de 2015

LA MORDIDA.



Está claro que el tiempo pone a todos en su sitio. Y digo esto porque todo empezó con que no saliese nada a luz sobre el tres, embadurnando la atmósfera del Condado con mentiras, patrañas y pamemas, que a la postre, y basándose en el dicho que una mentira grande es más creíble que una pequeña, calaron en los que defendían el esclarecimiento del asunto, mientras que los promotores de todo el tinglado luchaban para que no alborease.
Así, para embetunar el tres, se apoyaron primero en el dos, deshaciéndose primero de una parte de una de las partes para que no pudiesen creer que fuesen tres las partes, por aquello que no saliese a luz nada sobre el tres.
Pero cuál fue la sorpresa de los dos que tras los resultados de los comicios “condadescos”, tuvieron que apoyarse en un tercero para que no aflorara nuevamente el tres, comenzando ahora su verdadero calvario. Olvidándose de sus mentiras, patrañas y trolas, y sobre todo, olvidándose de los que se las habían creído, comenzaron a ceder ante el tercero para tapar al tres, ofreciendo, ofreciendo y ofreciendo.
Y tanto ofrecimiento prometieron que llegaron incluso a obsequiarlo, no con uno ni con dos ni siquiera con tres, sino que de una tacada le brindaron cuatro. De buenas a primeras ofrecían cuatro presidentes para tapar al presidente y a su tres.
Pero donde digo digo, digo diego, y en un abrir y cerrar de ojos, vieron que el cuatro lo único que iba a provocar es que el tres saliera a la luz, así que, el nuevo ofrecimiento es el ofrecerle tres supeditados a uno que será el encargado que el tres siga estando en la sombra.

Y mientras, los bebedores de pamemas y ficciones …........

miércoles, 21 de octubre de 2015

Las Casitas Nuevas (II)


Otro de los deportes que se desarrolló en las casitas nuevas fue el del automovilismo.

¿Qué decir de aquellas bajadas por las Casitas Nuevas (también existían por otras calles de nuestro pueblo) en carros de cojinetes? Eran bajadas suicidas y de una sola trayectoria. Todo lo que fuese salirse de la trayectoria suponía grandes dosis de “crome” en piernas y rodillas, con los consiguientes postillones. Y era muy sencillo. La calle no estaba asfaltada, sino que estaba cementada con grandes juntas de dilatación cada 3 metros aproximadamente. Estas juntas de dilatación, de mayor anchura y a veces de mayor profundidad que el diámetro de los cojinetes delanteros, provocaban un sinfín de accidentes. Los ingenieros y probadores de las distintas escuderías buscaban el lugar donde las mencionadas juntas eran más estrechas y no impidiesen el paso de nuestros bólidos.


Inolvidables eran las curvas suicidas tomadas por nuestros carros cuando, dejando el Bar de Dorado a la izquierda, se cerraban hacia el kiosco de la Calvaria (por entonces del bueno de Antonio), llegando hasta el bar de Andrés Núñez.

Pues sí señoras y señores, el Flavio Briatore o el Ron Dennis tomaron buena cuenta de las trayectorias, aerodinámica y modelos de nuestros centelleantes carros, para aplicarles a sus fórmula 1 cualquier mejora con el fin de hacerse campeones del mundo.

Hablando de aerodinámica, he de destacar el “carro de los carros”. No tenía parangón con ningún otro. Su estilo, su maniobrabilidad, su línea y su facilidad de conducción hacían del carro de Paco Gilabert el campeón de los carros de las Casitas Nuevas. Todos le envidiábamos. El día que Paco nos dejaba darnos un “paseito” en su carro, nos sentíamos importantes. El hecho de que su padre tuviera una carpintería era motivo de que la línea de su carro fuese la más deseada. A la línea se le sumaba su geometría perfecta y el uso de materiales inalcanzables para el resto.

Todos en la calle teníamos un carro, pero el más veloz era el de Paco. Todos queríamos ganarle, arriesgando más en las bajadas, pero él siempre era el vencedor. Era el Ferrari de nuestros tiempos.

Pero también los Ferrari sucumben.

Cierto día, mi hermano Juan me dijo: “¿tu quieres ganarle al Paco?”, a lo que yo le contesté que sí. “Pues quítale los cojinetes a tu carro y llévamelo al estanco. Debes tener paciencia y en algo más de una semana tendrás tu nuevo carro”.
Fue una semana larguísima. Mis visitas al estanco eran continuas. Lo mismo veía los cojinetes bañados en grasa que sumergidos en mineral. Lo mismo lo estaba limpiando con una pequeña brocha que estaban siendo lijados.

Una mañana me dice mi hermano; “esta tarde, cuando salgas del colegio, pásate a recoger el carro”. Y así fue. Cuando lo vi que lo estaba probando por la calle Pastelería (con menos pendiente que las Casitas Nuevas) el inolvidable Ramón Arias, quedé sorprendidísimo.

Los cojinetes brillaban como “el chapín de las monjas”. Tenía sistema de frenos y de asiento habían utilizado la tabla de un cajón de “Celtas Cortos” (mi carro ya llevaba publicidad).

Ese día hubo carrera. Ese día le gané a Paco Gilabert. Ese día nació la alternativa a nuestro Ferrari. Y ese día, según cuenta, porque yo no lo vi, se encontraba allí el padre de Fernando Alonso.

miércoles, 14 de octubre de 2015

FIESTA NACIONAL

Ahora me viene un tal José María, y a voz populi proclama el genocidio que se cometió en el continente americano a raíz de su descubrimiento, genocidio que, sin lugar a duda, fue consumado por los malvados conquistadores españoles. “ingleses, portugueses o americanos”.
Este tal José María, amante de la historia, como buen profesor de la materia que es, según me han comentado en círculos íntimos, quedando demostrada su valía en varios institutos andaluces, nos viene ahora a recordar que en este fatídico día doce de octubre, no hay nada que celebrar; que ese día es sinónimo de esclavitud, de privación de libertad y de, según también me han comentado en círculos íntimos suyos, ese día no es el más idóneo para celebrar la Fiesta Nacional, que habría que buscar otro día.
Y es ahora, cuando un amiguete suyo con cara de …...., me voy a quedar en reconcentrado por no herir la sensibilidad de algunos lectores, digo que un amiguete suyo, en su afán de “que hablen de nosotros”, encuentra en nuestro calendario ese día idóneo para tan magna celebración, encontrando el diecinueve de marzo, el día de la aprobación de nuestra primera Constitución, día en el que celebra su onomástica el tal José María. Ese diecinueve de marzo de hace ya más de dos siglos en el que el pueblo llano (según se comenta en los círculos más íntimos del profesor de historia) aprobó la primera Constitución española, comenzándose así, desde ese día a poder expresarse con total libertad, y no suponiendo para nada ese maravilloso día (y ésta es una opinión muy particular) un trasvase de poderes, o lo que es lo mismo, un adornar el cuello del perro con collares de colores más vivos.
Y para rizar el rizo, aunque con la modestia que le caracteriza, una tal Teresita se sube al carro y dice que cree "que la fiesta nacional debería recordar la liberación propia y no la esclavitud de otro”; eso sí, como he dicho antes, modestamente. Seguramente, la tal Teresita, antes de hacer esa afirmación pediría información histórica a su amigo el profesor.


De todo ello, y esto lo digo yo, tan solo comparto con los tres, en que debe de haber un día de la Fiesta Nacional, y ese día ya fue regulado por la Ley 18/1987, de 7 de octubre, que en su único artículo indica que “se declara Fiesta Nacional de España, a todos los efectos, el 12 de octubre”, así que se dejen ya de tanto buscar primeras planas con lecciones históricas y "facebookear", y se centren en su trabajo, que es para lo que le pagamos.
Y de la de Barcelona, ni hablo.

jueves, 17 de septiembre de 2015

FLORES

De nada sirvieron los baños de ducha fría ni los repetidos no podemos este fin de semana; de nada sirvieron las sesiones de meditación recomendadas por la mujer de un buen amigo suyo ni las continuas visitas a su psicóloga; nada ni nadie sirvieron de ayuda para que la palabra olvido jugase a sus anchas en su pensamiento.
Todo comenzó en su interior, en su mente, en su corazón, el mismo día que la vio por primera vez, toda vestida de blanco, por aquel pasillo de más de tres metros de anchura, acercándose en su dirección con un gracejo y unos andares sensuales hasta ahora desconocidos para él. Aun hoy, después de no se sabe cuántas vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño, las correspondientes a varios años, no ha logrado olvidar ese primer encuentro fortuito.

Atrás quedaron infinidad de deseos, varias coca cola sin tomar, multitud de minutos pegados al auricular y alguna que otra salida en pareja, hechos todos juntos ellos que lo único que ayudaban es a que su único pensamiento siguiese perviviendo.
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