domingo, 1 de febrero de 2015

ACOSO


Los dos kilómetros y medios aproximadamente que separaban el instituto donde estudiaba, del número veintiséis de la calle Marqués de la Ensenada, que era donde vivía, suponían para él, dos veces al día, el mayor de los suplicios, sobretodo cuando regresaba a casa, a partir de las tres menos diez, cinco minutos después que tocase el timbre que señalaba el fin de las clases. El tenerse que enfrentar cinco veces a la semana a ese doble martirio, sin que lo percibiesen sus padres, ni sus profesores, ni siquiera su compañero pelirrojo de andanzas y de pupitre, iba mellando su autoestima a pasos agigantados. Sólo aquellos tres abyectos y despreciables personajes eran conocedores, por ser ellos los culpables, de la situación por la que estaba pasando; bueno, esos tres y las tres amiguitas que tenían, que, con sus silencios y sonrisas solapadas, era, quizás, lo que más le afectaba; y más aun cuando, desde hacía ya casi un par de años, estaba perdidamente enamorado de una de la tres, concretamente de la de los ojos achinados y carita de no haber roto ni un plato en su vida.
“Puto chino”, “amarillo de mierda” o “chinito mandarín”, éste último sin saber los calumniadores lo que realmente significaba, eran algunos de los insultos que le profesaban cuando, día tras día, corrían tras él.
Aun así, Alejandro, chaval de dieciséis años que fue adoptado en un orfanato de Beijing acabado de cumplir su primer año de vida por un matrimonio, funcionario de prisiones él y enfermera ella, llegado a su casa comenzaba a diario su etapa de “regeneración mental” que era como él la llamaba. Sin comentarle nada a sus padres, comenzaba a analizar minuciosamente a sus tres “ladrones de paz”, engordando a diario los dossieres que tenía de cada uno de ellos. Terminados sus estudios diarios, comenzaba la minuciosa labor, preguntando por la red a unos y a otros, siempre con la máxima discreción y sigilo por miedo a que llegase a los oídos de los macabros personajes, todo lo que pudiera ayudarle a saber más sobre ellos. Y esta tarea policial era la que lo mantenía vivo y le daba fuerzas en la mente y en las piernas para no caer en las garras de esos tres miserables valentones. Así, llego un momento, después de algo más de un curso escolar, que tenía más conocimientos sobre cada uno de ellos que el que tenían cada uno de los energúmenos sobre los otros dos, por muy amigos que fuesen. Y era precisamente esa faena la que le mantenía vivo, ya que sabía que mañana tendría que volver a escapar por piernas, después de entregarles el bocadillo de chorizo con mantequilla que cariñosamente le preparaba su padre y de tener que soportar la sarta de insultos a los que nunca llegaba a acostumbrarse.
Su plan de acabar con aquel martirio había comenzado cuando decidió, después de desistir de abandonar la cornisa de una novena planta, hacerles frente llevando él la iniciativa. Sabedor ya de todo lo que podía saber sobre ellos, había llegado el momento de poner en práctica su plan. Pero tenía dudas. No sabía si decidirse por provocar un enfrentamiento ente ellos, de mover hilos para que a su desgracia de ser perseguido se le uniesen otros compañeros, que comenzarían a vivir su calvario, o siendo más ambicioso, poner en práctica los dos “subplanes” como él le llamaba. Decidió llevar a cabo el doble plan. Era cruel por su parte el provocar que esos tres mamarrachos se cebasen con otros compañeros de instituto, pero si lo conseguía, además de ganar periodos de sol en su vida, podía cebarse en mover hilos para que se diese un enfrentamiento entre los matones.
Así, en menos de una semana, la obsesión de hacer mal por parte de los tres miserables ya no se centraba solo y exclusivamente en el pequinés, sino que encontraron nuevas “presas” para saciar su sed de maldades. Para conseguirlo, Alejandro tuvo que levantar ladinamente, falsos comentarios sobre los tres gilipollas por parte de los nuevos sufridores. Lo consiguió. Con daños colaterales centrados en el sufrimiento de los compañeros inocentes, hecho este que le costó mucho el asimilarlo, consiguió su objetivo. Era el precio, cómo él se decía una y otra vez, que tenía que pagar la sociedad para acabar con aquellos tres hijos de puta.
Ahora ya tenía más tiempo libre para ejecutar la parte principal del plan: el enfrentamiento entre los miembros del grupo de los miserables. Y digo que si lo consiguió. Para ello se valió, sin que lo percibieran los protagonistas, de su compañero de pupitre, el pelirrojo, que al igual que él era adoptado, aunque de origen checheno, de su amor platónico, Irina, nacida en España pero de madre vietnamita y de padre desconocido, y de uno de los integrantes del trío castigador, Roberto, el más espigado pero el más inocente de los tres. Sin darse cuenta, los tres protagonistas involuntarios fueron creando una trama de noticias falsas y confusas, urdidas sutilmente por Alejandro, que provocaron el malestar entre los tres maltratadores. Alejandro, conocedor a la perfección de la personalidad de cada uno de ellos, fue atacándolos donde más le dolía: uno de ellos era celoso, el otro se consideraba líder indiscutible, y el tercero, el más inocente y manejable, era un obseso del sexo y de la violencia. Si conseguía que cada uno de los miembros del grupo de los bellacos se molestase con los otros dos por hechos que atacasen contra sus egos, alcanzaría su objetivo. Y eso fue lo que ocurrió. Consiguió mediante un enjambre de mentiras, creíbles, que el celoso viera como su chica flirteaba con el obseso, que el cabecilla viese como los otros miembros se le subían a la chepa y que al inocente le llegasen a sus oídos que sus dos compañeros lo tildaban de blandengue amante del color morado.
El clima creado fue tan extraño que acabaron en los puños, teniendo dos de ellos que ser ingresados en el hospital por fracturas y magulladuras graves, motivos estos por lo que se personaron en el hospital agentes policiales. Tanto revuelo se creó en el instituto que fueron varios los alumnos y alumnas que confesaron que estaban siendo molestados e increpados por los tres bichos. Fue entonces cuando intervinieron profesores y padres para aclarar los hechos, dando como resultado final la detención de los tres mequetrefes violentos.
Muero el perro se acabó la rabia, comenzando una nueva vida en el centro escolar.

Ni profesores, ni padres, ni alumnos, ni policías, y muchos menos los tres bellacos, llegaron a saber que todo el esclarecimiento de los hechos fue obra de un chaval que en más de una ocasión estuvo tentado de saltar al vacío.

viernes, 16 de enero de 2015

COMO DOS GOTAS DE AGUA

¿Sería cierta aquella leyenda que da nombre a uno de los parajes más característicos de la vega antequerana? Seguro que sí, ya que de otra suerte no habría llegado a nuestros días con ese nombre tan fascinante y seductor: la Peña de los Enamorados.

De belleza paralizadora y ademanes cautivadores, Tazgona, hija del jefe moro de la plaza de Antequera, quedó prendada del prisionero cristiano, el escultural y atractivo Tello, decidiendo los dos huir del mundo hostil que les había tocado vivir. El resultado de aquel amor tan desaforado no fue otro que el de, tras arrojarse al vacío, darle nombre a ese peñón calizo con forma de cabeza de indio tumbado, desde donde se divisa el paso natural que en la actualidad une a cuatro de las ocho provincias andaluzas y que desde siempre fue centro neurálgico de caminos culturales y comerciales.
Pero si Tazgona no pudo perpetuar su belleza, fue su hermana Fadhila la que, tras la conquista de la plaza de Antequera por parte del infante Fernando de Trastámara en 1410, y tras lograr huir hasta la serranía de Ronda en compañía de un judío converso, consiguió crear una auténtica familia cristiana que perduraría a lo largo de los siglos.

Seis siglos después de la toma de Antequera por las tropas cristianas, en un pequeño pueblo de la “presierra” gaditana, a caballo entre Jerez y Ronda, corre por sus calles un chaval cuya madre recuerda a aquella Tazgona que un día se arrojó al vacío en compañía de su amante.
Y así es. Veintiocho generaciones han pasado desde que Fadhila lograse escapar del asedio cristiano y asentarse junto a su judío, Samuel, y otras cinco familias, también conversas, en la aldea de Benarrabás, actual pueblo malagueño de la serranía de Ronda. Allí en la montaña, perdidos de la mano de Dios, convirtiéndose en “cristianos nuevos”, fueron echando raíces y expandiendo su sangre por todos los pueblos de los alrededores (Genalguacil, Jubrique, Alpandeire, Villaluenga del Rosario, Benaojan, Benaocaz, Setenil, Zahara, Algodonales, Olvera, Villamartín, Bornos, Prado del Rey, Espera, y otras tantas pequeñas localidades andaluzas).

Sin ser descendiente directo de Tazgona, sino de la hermana, Fadhila, Nadia, la madre de aquel niño que corría tras el balón en el parque, era como gota de agua de aquella princesa mora que junto a su amado Tello se arrojó al vacío. Al igual que un día, aquella mazmorra en la que se encontraba el cristiano, se iluminó a la llegada de la princesa, en este inmenso parque, casi imposible de llenar por los pocos niños del pueblo, ahora se encontraba henchido de luz con la presencia de Nadia; sus andares, su ademanes, su sonrisa, su moverse de un lado hacia otro detrás del balón pateado por su hijo, convertían a aquel otoño decadente que estaban viviendo en el pueblo, en la más exuberante y fértil de las primaveras.
Pero al igual que le ocurría a Tazgona, no todo era vida y primavera en su vida; también el otoño anidaba en muchas ocasiones en su almohada. Y si el rostro de la princesa sólo se iluminaba cuando se sentía observada por Tello, el de Nadia solo rebosaba de alegría cuando veía a la sangre de su sangre, y cuando, muy de vez en cuando, yacía con el hombre del que nunca se debería de haber enamorado. Mientras que Tazgona sintió como traicionaba a su padre al enamorarse de un cristiano, Nadia sentía una y otra vez como traicionaba a su marido cada vez que estaba o pensaba en el que le daba vida; mientras que Tazgona enloquecía viendo enloquecer a su amado disfrutando de sus esculpidas y perfectas curvas, Nadia perdía el juicio viendo como lo perdía su amante mientras recorría con sus labios cada milímetro de su cuerpo; mientras que la princesa mora antequerana lamentaba una y otra vez no haber nacido en el seno de una familia cristiana, Nadia se afligía al no haber conocido con anterioridad a su marido, al hombre que la llenaba de sazón y madurez.


Eran como dos gotas de aguas. Solo en una cosa diferían la una de la otra: mientras que Tazgona fue lo suficientemente valiente como para echar un telón tras sus espaldas e intentar vivir una nueva vida con su dador de primaveras, Nadia, quizás acobardada por el qué dirán, se resignó a vivir con sus claros y nubes.

sábado, 10 de enero de 2015

PENA ME DA

“Pena me da la construcción. Nadie, absolutamente nadie podía imaginar hace diez, quince, veinte o incluso treinta años, o más, que los albañiles íbamos a tener un presente, y no digamos ya un futuro, tan negro como el que se nos ha presentado. Porque está claro que el problema los tenemos los albañiles, problema impensable ni por las mentes más privilegiadas y “privilegiosas” de nuestro bendito país, hasta hace bien poco. Y me centro en los albañiles porque el problema que se nos ha presentado es solo y exclusivamente nuestro.

Sí, tenemos otros que compartimos con el constructor, con el escayolista o con el fontanero, por poner un ejemplo, pero el nuestro, es solo nuestro”.
Estas fueron las palabras que esta pasada tarde me decía mi amigo Pedro “el americanito”, que todo lo reducido que es de estatura, lo es de grande como albañil, y nos digamos ya de buena persona.
Y le tengo que dar toda la razón a lo que me decía, porque lo que le están intentando quitar de un plumazo a este gremio, no tiene nombre.
“Se construirán menos bloques, menos urbanizaciones”, como él me decía, “pero íbamos capeando el temporal con las cuatro chapuzas que nos salían. Pero esto de ahora; esto de ahora es para mandarlo todo al c.....”.
Yo me reía cuando me lo contaba, pero ahora en frío, le doy toda la razón, ya que no hay derecho lo que le quieran arrebatar por, creo yo, un simple capricho. ¿No se da cuenta que lo que le quiere birlar de cuajo forma parte de los albañiles? Sin esa parte tan suya, podemos llamarlos como queramos; de todo, menos albañiles.
Lo digo alto y claro: ese robo, ese timo, ese atraco con premeditación, creo que con alevosía, y quiero pensar que no sea con nocturnidad, es cargarse de un plumazo una norma sin rango de ley, pero norma al fin y al cabo.
A ver, esos hombres y mujeres del mundo de la justicia, tan amantes que sois, cuando os conviene, del derecho consuetudinario como fuente del Derecho, os exhorto a detener esta tropelía. Haced algo pronto y sin dilación, que si esto sigue “palante”, sería como ir a una verbena en el Retiro madrileño y no moverte a ritmo de chotis, o ir a una feria de Sevilla y no bailar una sevillana, o, aprovechando mi amor a la Tacita de Plata, ir a los carnavales gaditanos y no oír un buen cuplé.
Porque si, señoras y señores letrados, señoras y señores fiscales, señoras y señores de la judicatura, ¿os imagináis lo que sería pasar por una obra, de esas pocas que hay ahora, y no se oiga un buen piropo al paso de una mujer? De verdad, no me lo imagino. Pues a ver si hacéis entrar en razones a la honorable señora Presidenta del observatorio contra la Violencia de Género del CGPJ.


sábado, 3 de enero de 2015

SOY TU HOMBRE

Hace algo más de cinco años, un trece de septiembre quiero recordar, tuve la gran suerte, contenida durante muchos años hasta ese día, de asistir a un concierto de Leonard Cohen, en Atarfe (Granada). Inolvidable tengo que decir.

De inglés, yo, ni entiendo ni digo ni mu, pero en ese concierto ni falta que me hacía. Para mí fue pura poesía, y sigo recordando todavía que el lenguaje no verbal del gran maestro canadiense me hizo entenderlo  todo, o casi todo, lo que emanaba de su singular voz.
Hoy, después de algo más de cinco años, y recordando una de aquellas canciones que interpretó en aquella noche mágica, he querido hacer una traducción “amusical” muy especial. Esa canción se llama I´m your man.

I´M YOUR MAN

La verdad es que no puedo vivir sin ti; lo digo aquí, delante de ti, a solas, y lo digo si hace falta ante un millar o un millón de personas; ante todo el mundo si es necesario. ¿No me crees? Pues sí, todo lo que te digo es verdad.
Y te digo una cosa, mi vida. Sé que no me vas a creer, pero incluso mis mejores amigos, mis auténticos y pocos amigos, me preguntan en qué estoy pensando, que me estoy esclavizando yo solo, que estoy subyugado a ti, que he dejado de ser aquél con el que tantos y buenos ratos habían pasado. ¿Y sabes qué les contesto yo? Pues que ahora, por fin, y por primera vez en mi vida, soy auténticamente feliz, que no me cambiaría por nadie en el mundo. Que yo soy tu hombre (I´m your man).
¿No te lo crees? Tus movimientos oscilatorios de cabeza me demuestran que no me crees. Créeme, mi vida; y tú bien lo sabes. ¿No te lo demuestro cada minuto? Bien sabes que sí.
Si te gusto como amante, no cambiaré; pero si quieres otro tipo de amor, llegaré a ponerme un antifaz, a ver si así eres más feliz. Si lo que quieres de mí es tener un compañero, te brindo, no una de mis manos, ni las dos, sino todo mi yo. Pero si lo que quieres es tener un saco donde evacuar toda tu ira y cólera, mucha en muchas ocasiones, aquí tiene todo mi cuerpo: golpéame, sacúdeme, martirízame. Ahora bien, si deseas que sea yo el que golpee, no a ti, claro está, me pondré los guantes y subiré al ring de la vida y apalearé por ti. ¿No me crees? Haré lo que desees, mi vida. Yo soy tu hombre (I´m your man).
Que si lo que quieres y deseas es tener un chófer para que te lleve a los grandes almacenes, aquí estoy yo; muy gustosamente te llevaré, esperando a que salgas de una, de otra y de otra tienda para portear cientos y cientos de bolsas. Sí, mi vida, aquí estoy. Yo soy tu hombre (I´m your man).
Me arrastraré por ti, te pediré perdón sin haber hecho nada si es lo que deseas; que no te quepa la menor duda que lo haría si es lo que deseas. Y si quieres asistir a fiestas sin mi, te comprenderé, yo me quedaré en tu casa cuidando de tu perro mientras te diviertes con otros: tu diversión es la mía. Yo, a tu llegada, me conformaré con una sonrisa tuya. Es más, vida mía, si te hace feliz el tenerme pena a tu llegada a casa, me encantaría que me la tuvieses. Aquí me tienes, yo soy tu hombre (I´m your man).
Ahora bien, mi amor, y con esto termino, si lo que quieres es un padre para tu hijo, te juro por lo más sagrado que yo soy tu hombre (I´m your man).


A mi amiga Mercedes Lomas, amante de la voz de Cohen.

sábado, 20 de diciembre de 2014

NO EXISTEN LÍMITES

……

Los dos, sin pretenderlo, se levantaron al mismo tiempo, quedando sus cuerpos, uno enfrente del otro, a menos de treinta centímetros. Sus miradas lo dijeron todo. No hicieron falta palabras. Jacobo extendió su mano derecha y acarició la mejilla de Laura, para, con una suavidad angelical, acercar sus labios a los de ella. Mientras que le oprimía sedosamente los labios con los suyos, le deslizó su mano izquierda por toda la espalda, hasta llegar a la zona lumbar, atrayéndola hasta que sus cuerpos se fundieron en uno solo. El beso de Jacobo, junto a las caricias por su baja espalda, hizo que Laura se sintiera inundada de placer, deseando que aquello no acabase nunca. Cuando los labios se separaron, con sus ojos brillantes y los labios rojos, ella vio en Jacobo al ser más hermoso que nunca había visto. Poniéndole su dedo índice en los labios, acallando el intento de Jacobo de decir algo, lo asió por la mano y, sin dejar de mirarlo, hizo que le siguiese hasta su dormitorio. Atrás quedaron las copas, los canapés y las conversaciones intranscendentes, siendo el desenfreno y la pasión las que inundaron aquella cama de dos por dos.  ………………………………………... El éxtasis no abandonó el dormitorio hasta bien entrada la madrugada, momento en el que aprovecharon para, antes de disponerse a dormir, darse una ducha juntos y llegar al orgasmo por enésima vez en la noche.

domingo, 14 de diciembre de 2014

SÁBADO DE FERIA.

A pesar de haber nacido el mismo día y haber compartido el mismo vientre durante algo más de nueve meses, Raquel y Cristina eran muy diferentes la una de la otra, todo motivado porque la vida, durante casi treinta y nueve años que tenían, no se habían comportado igual con ellas.

Las dos eran bellas, muy bellas, de llamar la atención, pero mientras que Raquel era altiva, engreída, soberbia y dueña y señora en todo momento de la verdad, su verdad, Cristina era tímida, humilde, sencilla y con unos ojos, que, aunque bellos como los de su hermana, más bellos aun, estaban revestidos de un halo de tristeza que, aunque la hacían una mujer enigmática y seductora sin pretenderlo, eran el producto de los incontables momentos de llantos que tuvo que sufrir desde su temprana adolescencia.

De familia adinerada, habían nacido y crecido en una de las casas más señoriales del pueblo de Bornos, no habiendo tenido que sufrir en ningún momento los calamitosos racionamientos que asolaron la España de los cuarenta y cincuenta.

Mientras Raquel se casó con un rico terrateniente de la campiña jerezana, afín al régimen de Franco, Cristina se tuvo que casar a los diecinueve años, con un humilde trabajador de su padre, que apareció muerto en extrañas circunstancias, una semana después de su boda, siendo la primera de las muertes que la infeliz Cristina sufriría en muy poco tiempo. Cinco meses después de la muerte de su marido, Cristina vio como su hija, producto de la violación de dos gitanos de Coripe, que un día también aparecieron muertos, causa por la que tuvo que casarse con Ricardo, con el fin de no mancillar el apellido familiar, nació muerta.

Nunca levantó cabeza, acentuando su pésimo estado de ánimo, al borde de la depresión, el trato vejatorio que sufría por parte de todos los miembros de su familia, incluyendo a sus padres.
El final de Cristina fue entrar a trabajar como cocinera en la lujosa casa de su hermana, soportando de ella, día sí y día también, las humillaciones que no recibían ni los perros de caza que tenía su adinerado marido, Luís.

El embarazo de Cristina, aunque no le dio el fruto que ella esperaba, lo que sí le dio fue una lozanía, una madurez y unas curvas que nunca consiguió su hermana Raquel. Ésta, a pesar de lucir los trajes más caros y elegantes en todo el pueblo de Bornos, nunca pudo rivalizar en belleza con su hermana; y cada año que pasaba, la distancia en hermosura era cada vez mayor.
El no conseguir quedar embarazada, hizo que el carácter de Raquel se agriase día a día, llegando a tal estado en el que, el único momento en el que dejaba a un lado su soberbia y su acritud a todo lo que se moviese a su alrededor, era cuando llegaba su marido y lo llevaba directo al dormitorio.
- Luís, déjate de rodeos. Vamos al grano. Fornícame, fóllame y te corres dentro de mí todas las veces que puedas. No busques que yo disfrute. Eso no me importa ahora. No me hace falta. Lo único que quiero es que me dejes embarazada.
- Pero Raquel, no somos animales. Disfrutemos de nuestra unión. Gocemos de nuestras relaciones. Yo te quiero y lo único que deseo es que tú seas feliz cada vez que lo hacemos. Hazme caso, no te obsesiones con el embarazo; verás como el amor da su fruto.
- Déjate de cursiladas. Préñame como hacen los hombres, los verdaderos hombres. Entra en mí. Inunda mis entrañas con tu líquido.
- Por favor, Raquel, no digas esas cosas. Me quitas todas las ganas.
- ¿Ganas? Ni tú eres hombre ni nada que se le parezca. Hombres eran los que preñaron a la imbécil de mi hermana. Esos sí que fueron hombres. Ojalá me pasara a mí lo mismo. Ahí sí que disfrutaría yo. Te lo advierto, como no me dejes preñá antes de Semana Santa, me busco la vida.
- Estás loca, Raquel. ¿Sabes lo que estás diciendo? ¿Lo sabes?
- Pues claro que lo sé. Tengo que demostrarle a mi hermana que soy superior a ella en todo. Y si ella se quedó preñá, yo también me tengo que quedar. Ya te lo he advertido, hasta Semana Santa te doy. Dos meses te quedan, dos meses, ¿te enteras?
- Estás loca, estás enferma. Y no grites más, que todo el mundo se va a enterar.
- Yo grito lo que me da la gana, y tú no eres nadie para decirme lo que tengo que hacer, que todo se te va en decir que si la tienes muy grande, que si se te pone muy dura, pero por dentro, por dentro estás vacío. Por dentro tienes leche aguá.
- Raquel, no vuelvas a decirme eso. La próxima vez que me lo digas, te llevo a casa de tus padres y allí te quedas para el resto de tus días.
- ¿A casa de mis padres?, tú no eres lo suficiente hombre para ponerme un dedo encima.

Eran discusiones que se repetían día tras día, desde hacía ya algo más de un par de años. Luís estaba desencantado con su matrimonio, teniendo relaciones con su mujer como con un objeto inanimado se tratase. El amor y el deseo habían desaparecido en la pareja.
Por su parte, Cristina, sabedora del tipo de relación existente en el matrimonio, se perdía noche tras noche en la soledad de sus sábanas. Testigo de las escandalosas broncas, sobre todo por parte de su hermana, llegó un momento en el que se apiadaba de su cuñado Luís, y máxime cuando sólo recibía de él, atenciones y sonrisas. Tan educadamente se comportaba con ella que los únicos momentos de paz que encontraba en su vida desde que entró a trabajar como cocinera, ahora hace ya unos quince años, eran esos en los que circunstancialmente, se quedaba a solas con él.

Aprovechando la ausencia del matrimonio, debido a un largo viaje que tenían pensado hacer desde hacía ya un par de años y que habían ido aplazando por la ausencia de deseos y ganas por parte de Luís, y debido a las fuertes calores de finales de julio, Cristina se dedicó a pasear completamente desnuda por la enorme casa de su hermana. Se aficionó a tocar y oler los trajes y camisa de su cuñado, llegando a sentir sensaciones desconocidas para ella. Las calores que sentía Cristina en esos días, eran provocadas por algo más que las tórridas temperaturas del verano bornicho.


Una noche, la víspera de Santa Ana, después de cenar un vaso de gazpacho y una tortilla, se sentó en el jardín de la casa, en el balancín de su cuñado, completamente desnuda. A oscuras, con las piernas encogidas y entreabiertas, tapando sus hermosos pechos con sus manos de las miradas que pudieran proceder de alguna lechuza o mochuelo, fijó su mirada en la Osa Mayor, en el Carro, que era como se le conocía en el pueblo a la constelación, comenzando a imaginar que cabalgaba a lomos de uno de los caballos y acompañada de su cuñado Luís. Huían de su hermana. Ninguno de los dos estaban dispuestos a soportar más los modales y desprecios de Raquel. Y se alejaban cada vez más de ella, y cada vez más, hasta que la perdían de vista. Y fue entonces cuando ella, Cristina, comenzó a conocer la felicidad. Fue entonces cuando se reconoció a sí misma que se sentía atraída por Luís.
Sin darse cuenta y sin buscarlo intencionadamente, comenzó a mover lentamente sus manos y notó como sus pezones se endurecían. Al mimo tiempo que seguía cabalgando junto a Luís en los caballos de la Osa Mayor, con su melena de negro azabache al viento, sus manos aceleraban sus movimientos y oprimía con sus dedos índice y pulgar sus erectos pezones. Su acaloramiento iba subiendo por segundo. El vaivén de la mecedora, pronto se vio acompañado por un abrir y cerrar de piernas que provocó el humedecimiento del periné.
Como si tuviese un resorte, a oscuras, se levantó toda sudorosa. Cruzando el salón sin apenas ver, subió la escalera de mármol toda acelerada y entró en el dormitorio del matrimonio; prendió la luz y se dirigió sin pensarlo al armario, cogiendo una bata de Luís. La olió, la besó, la lamió y, tras quitar la colcha de la cama con mosquitera, cubrió la amplia almohada con la bata, tumbándose y restregándosela por todo su cuerpo. Nunca en su vida había experimentado aquellas sensaciones. Había descubierto el placer. Fue su primer orgasmo, jurándose que no sería el último.

El viaje no había hecho sino empeorar aun más las ya deterioradas relaciones entre Luís y Raquel. El distanciamiento entre la pareja era cada día mayor, al tiempo que el comportamiento de Raquel hacia su hermana, se hacía por momento casi insostenible para Cristina. Ésta, tan solo era feliz cuando se acostaba y daba rienda suelta a su imaginación, pensando en su cuñado y besando una y otra vez el camafeo que él le había traído de su viaje, hace ya casi dos meses, de París. Por supuesto que su hermana era desconocedora del regalo que su marido le había traído. Ella seguía cabalgando junto a él, con cabellos al viento, y creyendo cada vez más que faltaba muy poco para que sus explosiones de placer que revivía noche tras noche, a solas, tendrían a Luís como único protagonista activo. Imaginaba una y otra vez cómo entraba en ella y provocaba los mayores placeres nunca conocidos por su cuerpo.

El sábado 26 de septiembre, día de San Cosme y San Damián, día grande de la feria de Bornos, y en el que se celebraba la tradicional comida de “ricachones”, según decían en el pueblo, iba a significar un antes y un después en la vida de Cristina.

Sobre las dos de la tarde, minuto arriba minuto abajo, y tras una madrugada con llovizna, el coche de caballo de don Luís, llegaba a la puerta de la casa para recoger a doña Raquel, quien se despidió de su hermana de forma altiva con un “espero que toda la casa esté en orden cuando volvamos. Lo más seguro es que vengamos acompañados de gente muy importante. Y te tengo dicho que no te pongas más esos vestidos con el escote tan descarado”.
Raquel, tras recoger en el coche de caballo a la señora del gobernador civil y a la del gobernador militar, paseó por todo el pueblo, hasta llegar al real de la feria, su altanería y parte de la belleza que tuvo. A pesar de embadurnarse en las cremas y potingues más caros traídos de París, no conseguía mostrar aquella belleza que le distinguía no hacía muchos años, y mucho menos la que mostraba su hermana.
Una vez en la caseta, se reunieron con sus maridos que llegaron a caballo.
Entre copas, bailes y risas, Luís decidió montar, con el consentimiento de su dueño, el maravilloso ejemplar que había traído el Gobernador Militar, un semental que fue el centro de atención de todos los amantes de los caballos. Dio varias vueltas por la feria y decidió acercarse hasta su casa.
Nada más entrar, se encontró sentada en la cocina, a Cristina llorando. Se miraron, y sin mediar palabra, acercándose raudos, se abrazaron y comenzaron a besarse libidinosamente. Los gemidos de placer ahogaron las señales horarias que marcaron el reloj de pared colocado en el salón. Dieron las cinco de la tarde. El descarado escote de Cristina fue blanco del apasionado Luís. Mientras besaba y mordisqueaba los todavía turgentes senos, con sus manos iba desabotonando la espalda de Cristina, jalando hacia delante de las hombreras y dejándola en bragas. Sus redondos pechos quedaron al aire por completo, siendo oprimidos por las grandes manos de Luís. Fue entonces cuando, tendiéndola sobre la mesa, comenzó a besarle los pechos, el vientre, el bajo vientre, hasta, después de quitarle las bragas, llegar suavemente hasta su entrepiernas y saborear el rico humedal que tanto había deseado. Cuando ella estaba a punto de perderse en el mundo de los placeres, Luís se bajó los pantalones hasta los tobillos y, entre los gemidos de placer de su cuñada, la penetró salvajemente. Ella se contorsionaba una y otra vez, buscando todo lo que había imaginado noche tras noche, llegando a un explosivo orgasmo, con el que sintió que los cielos se abrían, los mares la cubrían y la tierra la engullía. Nunca pudo imaginar que la vida le deparara este momento.

Tras llenar a Cristina y descansar encima de su cuerpo un par de minutos, la cogió entre sus brazos y, escalera arriba, la llevó hasta su cama. Una vez allí, la acarició como nunca había hecho con su mujer. Besó cada milímetro de su piel, le susurró y le expresó todo lo que sentía por ella. Los pezones de Cristina volvieron a ponerse erectos y, sin esperarlo él, lo volteó y lo cabalgó como en sus pensamientos con uno de los caballos de la Osa Mayor. Sin dilación alguna, cogió sin ningún rubor el erecto pene de Luís y acertó a introducírselo dentro, acompañándolo a continuación con un rítmico movimiento que hizo que los dos llegasen al mismo tiempo al orgasmo.


Con un cariñoso beso en la mejilla y un “cuando termine la feria, todo será diferente”, Luís salió de la casa y volvió junto a sus invitados.

EL SEXISMO DE FACEBOOK.



Yo, amigo que he sido siempre del asombro y de la sorpresa, por aquello del abandono del encefalograma plano en nuestro paseo por la vida, cada día me gusta más abrir la ventana del facebook. Y me gusta más cada día porque a través del manantial de entradas que aparecen, según la cantidad de contactos y grupos a los que pertenezcas, puedes hacer un análisis exhaustivo de la personalidad de cada uno de esas decenas, centenas e incluso millares de contactos a los que están catalogados como “amigos”.
Efectivamente, a través de esas entradas vas conociendo, desde un poco de la personalidad de esos “amigos” con los que nunca en nuestras vidas hemos coincidido tomándonos una jarra de cerveza en la barra de un bar o haber compartido mesa a la hora de degustar un buen cordero, por mencionar mi plato favorito, pero que podría haber mencionado unas migas o un cocido, hasta un poco más a los “amigos” con los que has coincidido en alguna que otra ocasión en nuestro día a día, pero con los que no ha existido una comunicación lo suficientemente estrecha y “necesaria”, y apostillo lo de necesaria, para que la relación existente pueda ser catalogada como de amistad. Mención aparte se encuentran ese grupo de “amigos”, amigos o personas con las que se tiene un contacto por encima de la media. Realmente, y sin querer entrar en detalles, es este último, el grupo que más me sorprende, ya que encuentras entre sus componentes, reacciones a través de sus entradas que nunca te esperarías de ellos, siendo esas sorpresas unas veces positivas y otras no tantas.
Así, entre nuestros “amigos” nos encontramos con los que lo cuentan todo (hasta una mosca que pase por delante de sus ojos), con los más reservados, con los que tienen cierta reticencia a entrar en detalles, o aquéllos otros, por no alargar mucho el listado de comportamientos, que son amantes de publicar entradas con frases de gran contenido moral, pudiendo distar mucho esas frases de sus pautas normales de actuación.

Uffff, me vais a perdonar, pero no era mi intención el largaros este chorizo de “cositas” que pasan por mi mente, ya que lo único que iba buscando al hablar de facebook es que creo que es algo sexista, ya que a la hora de hacer mención de nuestros contactos los define con el término “amigos”, pudiéndose hacer, y esto lo digo desde mi particular punto de vista, con el binomio amigos/amigas. Así creo yo.

Bueno, lo dicho, dicho está.
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