lunes, 17 de noviembre de 2014

PHILAE: ¿QUÉ ESTÁ OCURRIENDO REALMENTE?


La Agencia Espacial Europea (ESA) está de enhorabuena al haber hecho realidad su objetivo de ver como el robot PHILAE aterrizaba en la superficie del cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko (CHURY). Efectivamente, Philae, después de un par de intentos fallidos, con los consiguientes rebotes, consiguió atornillarse en su tercera intentona a la superficie de Chury, si bien su aterrizaje, al no disparárseles como debiesen los arpones para que se anclase a la superficie, no puede ser considerado como éxito total de la misión. Aun así, y a pesar que su definitivo aterrizaje, según dicen desde la ESA, se realizó en una zona de sombra, algo alejado de la soleada que se pretendía, podemos considerar que una de las misiones de la nave espacial Rosetta ha sido todo un éxito.
Hasta ahora nada nuevo os he contado, ya que la prensa se encargó y se está encargando de bombardear a diario, con flashes y noticias sobre los logros obtenidos por la ESA, al igual que en su día hicieran con la llegada del hombre a la Luna.
Pero, ¿el paso del tiempo hará que la misión de Philae se vea ennegrecida por grandes nubarrones, dudas e incógnitas, al igual que en su día sufrió el hecho de la llegada de Neil Armstrong, en julio del 69, a la superficie lunar? ¿Realmente Philae llegó a aterrizar en Chury? ¿Será verdad que el robot con forma de lavadora se ha quedado sin batería y no puede, a través de la nave Rosetta, enviar imágenes de la superficie del cometa, o por el contrario está mandando imágenes y datos sobre Chury que no son convenientes, por su crueldad o alarmismo, por ejemplo, hacer llegar a los oídos de la población mundial?
Mil preguntas, o más, y otras tantas hipotéticas respuestas, nos podríamos hacer sobre todo lo que está acaeciendo a más de quinientos diez millones de kilómetros de distancia de la Tierra, o por si al contrario, y debido a esa gran distancia, pasar como si nada estuviera ocurriendo y, digerir, en mayor o menor grado, las noticias que nos quieran hacer llegar. Al fin y al cabo, ésta es una más de las innumerables noticias que los “controladores de todo” nos hacen llegar para que la máquina, o nave, o robot, por llamar de alguna forma al conjunto mundial de la población, siga cumpliendo según los dictámenes establecidos.

Yo por si acaso, buscando sacar tajada de esta noticia, ya he patentado la idea de construir una especie de robot de mesa, con forma de “Philae”, con el que espero dar el “pelotazo” en estas próximas fiestas navideñas; al fin y al cabo, y aquí en este bendito país de esto sabemos “tela”, no hay nada como dar un buen “pelotazo”, “pelotazo” que en este caso sería un “Philaetazo”.

martes, 11 de noviembre de 2014

YOGUI Y BUBU


Analizar los casos de corrupción en este bendito suelo patrio es para echarse a llorar, por lo que yo, persona que no se defiende nada bien en las aguas de las pesquisas y de la investigación, voy a dejar este asunto en manos de los profesionales del campo, es decir, en las manos de la judicatura y de las fuerzas y cuerpos de seguridad. Yo a lo mío, que no es otra cosa que la búsqueda perenne de esas musas amigas del extravío y de su paupérrimo flirteo conmigo.

Días pasados, buscando echar la cabezada rutinaria post almuerzo, pasadas ya cuatro horas desde el mediodía, tuve la suerte de asistir a la proyección en tv2 de un documental que trataba sobre el parque nacional de Yellowstone, en el estado norteamericano de Wyoming. Si me preguntáis pormenores sobre el documental, tengo que reconocer que no podría entrar en detalles, ya que Morfeo, no con mucha insistencia, ya que me costó cierto trabajo llegar hasta él, no cejaba en llamar timidamente mi atención. Lo que sí puedo decir es que lo primero que se me vino a la mente nada más ver el nombre de Yellowstone, fue la figura para mí inolvidable de Yogui, aquel oso que en compañía de su amigo de correrías, Bubu, eran el terror de los excursionistas y de sus cestas de comida. Y fue precisamente con la imagen de Yogui, con la que quiero recordar que llegué hasta los brazos de Morfeo, teniendo durante el corto espacio de tiempo en el que me deleité con el mecido de sus brazos, un dulce sueño que, sin muchos detalles, trataré de reconstruir.

“Veía como la pareja de osos, Yogui y Bubu, merodeaban por los alrededores de una familia de nacionalidad alemana que, tras visitar las ruinas de Machu Pichu, en el Perú, había marcado en su viaje desde Munich, conocer el parque Yellowstone. Esta familia, lógicamente, hablaban entre ellos el idioma alemán, razón ésta por la que los intrépidos osos, familiarizados con la lengua anglosajona, estaban algo descontrolados. Harto ya de tan larga espera y cansado de lo que para él era un galimatías, Yogui ordenó a Bubu que saliese al claro del bosque para llamar la atención de los teutones, mientras que él, aprovechando la confusión, saldría de entre los matorrales y las enredaderas para sisar la cesta repleta de sandwiches y auténticas salchichas alemanas. Así fue. Bubu comenzó a llamar la atención a cierta distancia de los miembros de la familia germana, escuchándose como un trueno el vozarrón de la matriarca que compelía insistentemente a su marido, repitiendo siempre la misma frase: “schlug ihn mit dem Gürtel, schlug ihn mit dem Gürtel”, que traducido al español significa “pégale con el cinturón, pégale con el cinturón”. Así, mientras que Bubu llamaba la atención de Ralf y Ángela, que así se llamaban el matrimonio muniqués, Yogui se llevaba la cesta de comida con la pachorra que le caracterizaba.
Una vez dejado atrás a Ralf, y ya establecidos en su casita de madera en el interior de un sauce llorón, los dos plantígrados comenzaron a dar cuenta del interior de la cesta. Pero esta cesta no era como las que ellos estaban acostumbrados a escamotear; ésta, además de ocho sandwiches de tamaño descomunal y dos docenas de mayúsculas salchichas, contenía una botella de tinto de la bodega Emperador, considerada la bodega más alta del mundo (3400 m, en los altos del Perú), dos manzanas (malus domestica) y una granada (púnica granatum) para postre. Además de la copiosa comida, dentro del cesto había una bolsa de plástico transparente, en cuyo interior se encontraba una madeja de lana de color azul con la que la matriarca alemana estaba haciendo una bufanda a su hija adoptiva, Erika, una pequeña videoconsola con un cartucho del juego de pokemon, además de tres libros, entre los que destacaba por sus cubiertas de colores vivos, uno de cocina malaya).
Con el contenido de la cesta birlada a los alemanes, los buenos de Yogui y Bubu pasaron un día completo, en el que, además de llenarse bien sus orondas barrigas, probaron el vino peruano, jugaron con Pikachu, Charmander, Pachi y otros pokemon, contribuyeron a que Erika se quedara sin bufanda, ya que esparcieron por todas las ramas de su sauce llorón toda la madeja de lana, y por último, hicieron avioncitos de papel con las hojas del libro de cocina malaya.”

Vaya sueño que tuve, y eso que no me acordaba de él.

Y se acabaron los sueños e imaginaciones. Ahora, por desgracia, a volver a oír caso tras caso de corrupción. Tras distintas operaciones policiales se han destapado algunas (yogui, malaya, emperador, gürtel, púnica, pokemon, madeja, enredadera), pero, ¿cuántas tendremos que soportar todavía?

 País, país.


domingo, 9 de noviembre de 2014

SOLDADO VIEJO Y ESTROPEADO



Ayer tarde, poco antes que las bocas de alcantarillas comenzasen a recibir las primeras aguas de noviembre, mantuve una conversación telefónica con un buen amigo que días atrás estuvo algo alicaído, un amigo al que la vida le susurró al oído que estamos de paso y que ese nuestro pasar, generalmente, será más dilatado si ponemos de nuestra parte para que así sea. Entre anécdotas y chascarrillos mantuvimos esa conversación por espacio de unos ocho o diez minutos, acabándola con unas risas y un comentario suyo en el que me decía que mi última pregunta era el mejor chiste que había oído en los últimos días, y en verdad que mi pregunta, aunque algo socarrona, no iba cargada de segundas intenciones. Pero este amigo, que tiene respuestas elocuentes para todo, me contestó que ya, a estas edades, y como decía el gran Woody Allen, eso tan solo se ve en las películas, que uno, y esto lo decía de su propio peculio, ya no está para esos trotes.

Y la verdad es que aquel último comentario de mi irónico amigo me acompañó, por espacio de más de una hora, en el viaje de ida y vuelta que tuve necesidad interior de hacer con el fin de acompañar a otro gran amigo, al que la vida le había privado de su ser más querido en las últimas horas. Así que nada más llegar a casa, con mis pensamientos y conclusiones itinerantes en mi cabeza, y tras el saludo cariñoso de rigor a los que duermen bajo mi mismo techo, me dirigí al dormitorio de mi heredera en el que un par de días antes, anteayer por ayer, le habían traído desde ese monstruo llamado Ikea un tres metros de armario con tres puertas correderas, una de las cuales tiene un ubérrimo espejo, donde, como en ningún otro lugar, aparecen las verdades del paso de los muchos lustros vividos. Y allí comprendí que el pícaro de mi amigo llevaba mucha razón en su última reseña.

Yo -pensando en pasado y presente-, que en mis buenos tiempos de infante fueron muchas las ocasiones en las que me puse el casco, primero de acero y más tarde de kevlar, sobre la cabeza, siendo el contacto de éste sólo y exclusivamente con mi cuero cabelludo, ahora, si tuviera que volver a portarlo, gran parte de ese mismo yelmo se sostendría en una parte considerable de mi testa, directamente sobre la piel, sin cabellos de por medio.
Yo -seguía pensando-, que cuando portaba aquella voluminosa mochila repleta de las mil y una necesidades para ejercicios de largo duración, me aliviaba que espalda, hombros y tórax estaban revestidos de eso que llaman robustez, soportando cualquier peso que se le echase (tampoco hay que exagerar; ya me comprendéis), ahora, esa misma musculatura reseñada no soportaría ni el neceser de un bebé (qué exagerado, ¿no?).
Yo – seguía pensando en PASADO y presente-, que en posición de firme y tras un sinfín de frotamientos con betún, hasta que destellasen, observaba toda la amplitud de mis botas relucientes, sin tener que ejercer ningún tipo de inclinación hacia adelante, ahora, llevando a cabo la misma tarea de frotamiento, tendría que soportar una posición “escarpiana” o de alcayata para que mis ojos se deslumbrasen con el brillo de mi calzado.
Yo, descendiendo ordenadamente por mi físico, el que fue y el que es, voy a sortear la parte que me toca, remitiéndome al último comentario de mi amigo socarrón, quien para que lo sepáis todos, se encuentra ya perfectamente restablecido.
Yo, y con esta parte de mi cuerpo termino ya de pensar en lo que fui y en lo que soy, que hice soportar a mis pies largas marchas sin ningún tipo de dolencias ni achaques, salvo las tan temidas rozaduras, seguro que si tuviera que repetirlas en la actualidad, se me sublevarían los malditos juanetes, los dichosos dedos martillos o los “invivibles dolores plantales”.

Así que, si algún resentido me confunde con un soldado viejo y estropeado, puede que hasta le dé la razón. Sólo decirles que en aquel pasado no tan lejano en mi mente, no podría haber escrito los renglones que he plasmado en este mi presente, y que como bien le han aconsejado al oído de mi amigo, el irónico socarrón, pondremos de nuestra parte para que tengamos un futuro dilatado, aunque sólo nos quede ver películas y...., alguna que otra escaramuza.


 A mi amigo Rafael.

sábado, 8 de noviembre de 2014

NO TE DESNUDES TODAVÍA

Seiscientos gramos de gambas blancas, algo más de trescientos de langostinos, medio kilo bien despachado de cañaillas y un bogavante de no sé cuanto. En la misma mesa, compartiendo espacio, una botella de Sangre de Giuda, made in Italy, y una de Ribera tinto de la última cosecha Excelente, que para gusto …., los sabores ( y ahora los entendidos dirán que al marisco le viene mejor un blanco; bueno, pues muy bien). Y de postre, una buena merenga de dos pisos y una delicatessen de chantilly, acompañadas ambas, del resto, más de media, de la copa de Pesquera.
Y ya, en mi reclinable, con los auriculares puestos, escuchando al filipino Aute, autor de una enorme y grandiosa poesía visual, a esperar la visita de las ahora añoradas musas. ¿Canallas, que me tenéis abandonado!

Muchas lunas soportando los casi cuatro minutos de brutales embestidas sin rechistar y sintiendo tan solo como se humedecían sus mejillas, muchos bruscos despertares sintiendo como su prenda más íntima era desgarrada, y muchos, por enumerar algunos tan solo, sueños en soledad preguntándose si la palabra dulzura existía en una relación.
Quizás, todos esos “muchos” fueron los que la impulsara, en sus continuas visitas a la biblioteca municipal, a entablar amistad con ese hombre, que al igual que ella, era asiduo a soñar despierto. Entre cigarrillos en el soportal de la biblioteca y asientos contiguos en el bus urbano, fue naciendo una complicidad que acabo donde tenía que acabar.
Deseándolo, pero temiéndolo, porque era así, oyó como él cerraba la puerta con llaves, viéndose enseguida envuelta en la robustez de los fornidos brazos de su deseado amigo. Los labios de aquellos dos seres insatisfechos se entrecruzaron, y ni uno ni otro esperaban que aquel primer contacto durase tanto tiempo. Ella, sobre todo ella, se dejaba llevar por aquella atmósfera tan, al mismo tiempo, deseada como desconocida. Existía -se decía-, realmente existe. Sus manos, descontroladas por su voluntad, emulando a las de su compañero de biblioteca, planchaban suavemente las arrugas que la camisa de rayas había cogido en el asiento del bus de la linea 4, todo ello sin dejar de saborear los labios de su amante. Paso a paso se fueron acercando al dormitorio, donde, nada más cruzar el marco de la puerta de acceso, sintió como su vestido se levantaba por su parte trasera y comenzaba a sentir la hercúlea mano de su acompañante por su zona lumbar; nuevamente piel con piel. Sorprendida, comenzaba a sentir sensaciones inusuales para ella.
Los minutos pasaban unos tras otros y no cejaban los besos, abrazos, mimos y miradas. Después de muchos, su vestido desabotonado se posó en el suelo de mármol avetado, por debajo de sus zapatos azules de algo más de medio tacón, dejando al descubierto su recién estrenada ropa interior, comprada el día antes en la sección de lencería de unos grandes almacenes. Con exquisitez y ternura sintió como su cuerpo era desplegado en el dos por dos de viscolastic, comenzando a vivir los mejores momentos de su existencia. ¡Dios! -pensaba ella-, hoy no hay embestidas ni brusquedades, hoy no hay arremetidas ni cuatro minutos mal contados. Hoy, con los ojos cerrados, y con miedo a abrirlos, por si ello le suponía bajar del cielo, se dejaba mecer en los brazos del deleite.
Mientras, él, ansioso por entrar en sus entrañas, se resistía y no cejaba de recorrer parsimoniosamente aquel cuerpo todavía, después de algo más de horas desde que cerrase la puerta con llaves, vestido por aquellas dos piezas de color malva.

Después de mucho más de cuatro minutos, y sin embestidas como las que tanto estaba acostumbrada a soportar, ella le pidió con su mirada que la desnudase.

jueves, 30 de octubre de 2014

SEVILLA TIENE UN COLOR ESPECIAL.


La ciudad de Sevilla está de enhorabuena. ¿Y por qué digo esto? Pues muy sencillo. Digo esto porque la nueva ordenanza contra la contaminación acústica, ruidos y vibraciones de la ciudad de Sevilla, entre otras muchas medidas que van a dar mucho que hablar, aprueba en su artículo 28,7.c, que aquellas personas que tengan en su domicilio un animal, sea cual sea, no podrán dejarlo solo en su vivienda cuando causen molestias por ruidos a los vecinos.

Tiremos de hipotéticos ejemplos.
  • Aquella niña que en su octavo cumpleaños recibió de su abuelo, un periquito. Dónde vamos a dejar ese periquito que no para de graznar cuando se ve solo en el piso.
  • Esa señora mayor que su única compañía es la de su pequeño yorkshire, que se apena cuando ella va al ambulatorio, comenzando a emitir pequeños ladridos.
  • Aquel buen señor que tiene una pareja de perdices que todas las mañanas, coincidiendo con su media jornada laboral en Merca Sevilla, no dejan de cantarse una a la otra.
  • Aquel niño al que su padre, marino mercante, le trajo de su último viaje a Guayaquil un mono tití recién destetado y cuya única familia es ese agraciado niño y su madre, trabajadora social en el ayuntamiento, y que al sentirse sólo, al mono tití me refiero, comienza a llorar.

Y así podríamos poner “tropecientos” ejemplos en los que una mascota, al verse sóla y desamparada entre cuatro paredes, comienza a emitir una serie de sonidos que pueden molestar al vecindario.

Y es aquí donde el pueblo de Sevilla está de enhorabuena, ya que la única solución que se ve, a simple vista, para deshacer este entuerto municipal, y me refiero concretamente al hablar de entuerto municipal a la aprobación de esta ordenanza, es el de crear unas granjas o guarderías de animales donde, todos los días, los dueños de esos animales, dejarán (por distintas razones) a sus mascotas hasta que vuelvan a sus domicilios. Como estas guarderías o granjas no podrán estar en el núcleo urbano, ya que serían centros donde la dichosa ordenanza se incumpliría, deberán de ubicarse en el extrarradio hispalense, lo que conllevaría el traslado en vehículos especiales para tal fin de dichas mascotas.

Dicho lo dicho, y por eso hablo de la alegría del sevillano, hay que decir que toda esta nueva “realidad animalística o mascotera” conllevará una gran cantidad de puestos de trabajos para atender a un sinfín de especies animales, puestos de trabajos que harán que desciendan las listas de inscritos al INEM y que, como es lógico, deberán de someterse a recibir los correspondientes cursos de formación.

Y no entro en la prohibición de poder jugar al dominó o a los dados en terrazas y veladores, que también queda prohibido en la tan mencionada y cacareada ordenanza.


Más de lo mismo en mi querida España.

sábado, 11 de octubre de 2014

UNA TARJETA EN EL ROPERO

Luis “Oleadas”, que era como se le conocía en todo el pueblo a pesar de haber luchado a lo largo de su vida para que no le llamasen así, no quiso desaprovechar la ocasión de abandonar el carro de la escasez, que, sin habérselo propuesto en ningún momento con cierto tesón, se le presentó por puro azar.
Todo ocurrió cierto día en el que, ya de vuelta a casa, recogiendo las más de cien trampas de pajaritos, y al cruzar un camino vecinal que serpenteaba la ladera del monte por donde venía, se topó de bruces con un 4x4 de color gris oscuro en el que, sobre su capó, dos gorilas de traje y corbata negra, inflaban a golpes con bates de béisbol a un tercero, sin aspecto de gorila, pero con cabellera engominada y también trajeado y encorbatado. Ante este panorama y sin pensárselo dos veces, aunque a cierta distancia pero henchido de la valentía que le otorgaba su faca de veintidós centímetros, en la que se reflejaban los rayos de sol, y del cayado de mimbre que siempre portaba en su mano izquierda cuando salía al monte, comenzó a increpar a los dos matones para que cejasen en su actitud. Quizás la suya, su actitud, pecara mucho de baladrona, pero fue la única salida que encontró para no tenerse que encargar en ser él quien llamase al juez de paz para el levantamiento de un cadáver.
Ni el baladrón ni el maltrecho guiñapo podían esperar lo que sucedió a continuación, y tras una sola mirada soslayada entre los dos perdonavidas, volviéndose al unísono ante el enérgico requerimiento del desgarbado Oleadas, guardaron sus ya encarnados bates en los asientos traseros del todo terreno y partieron como alma que persigue el diablo. Su víctima respiraba cuando dejaban el reguero de polvo tras de sí, pero ambos, a ciencia cierta, sabían que tras la somanta de golpes que le habían infringido, y tras ver como sangraba por el oído derecho, habían cumplido con el mandato de su jefe.
Más de dos horas, después de esconder detrás de un lentisco la capacha que a modo de bandolera traía al cuello, repleta de trampas y pájaros, tardó Luis en llegar al pueblo porteando en su espalda a la víctima, preguntándose en más de una ocasión si lo que transportaba era un ser vivo o un cadáver.
Horas después de dejarlo en el ambulatorio, tiempo suficiente para prestar declaración de todo lo ocurrido ante la Guardia Civil, le informaron que aunque muy grave, el martirizado engominado seguía con vida, ya en la unidad de cuidados intensivos del hospital del pueblo vecino.

Varios meses pasaron sin que el trampero supiese lo más mínimo sobre aquel guiñapo que porteó hasta el pueblo, tiempo suficiente para haber cambiado en infinidad de ocasiones, superando en cada una de ellas su heroísmo, la versión de lo ocurrido entre sus paisanos y lo que tuvo que sufrir en su día para poder salvar la vida de aquel “pobre indefenso señor”. Desde que lo “encañonaron con una pistola”, hasta que “luchó con su cayado contra cuatro mastodontes armados hasta los dientes”, pasando por todo tipo de acciones que más lo asemejaban a un súper hombre de película americana que al escuchimizado charlatán que realmente era.
Pero en aquella mañana del nueve de diciembre, cuando volvía de poner sus más de cien trampas, y cercano a donde hacía exactamente varios meses sucedieron los hechos que tan valiente lo habían hecho en el pueblo, fue requerido desde el interior de un lujoso coche. Tras acercarse al vehículo, su cara se llenó de estupor al ver que detrás de aquella ventanilla tintada se encontraba el rostro de aquél a quien salvó la vida.

  • ¿Me reconoces?
  • Señor, usted es aquél que.....
  • Efectivamente, soy aquél a quien tú le salvaste la vida; el mismo que, una vez totalmente restablecido, viene a saldar su deuda.
  • ¿Se encuentra usted bien? Veo que sí.
  • Perfectamente. Me encuentro perfectamente. Y ahora, pídeme lo que quieras. Estoy aquí como ya te he dicho, para saldar mi deuda contigo.
  • Señor...., señor...., yo; no sé. No me debe usted nada.
  • ¿Sabes que si los civiles te cogen con ese saco te meten en chirona?
  • Ya lo sé, pero mis hijos tienen que comer; no tengo trabajo y los libros de bachiller cuestan un ojo de la cara.
  • ¿Ves aquella retama grande?
  • ¿Aquel lentisco?
  • Sí. Pues deja el saco allí y sube al coche.

Sin mediar palabra, el vehículo se puso en marcha y no se detuvo hasta poco más de trescientos metros antes de la primera de las casas del pueblo.

  • Toma -extendiéndole un sobre de grandes dimensiones-. Ahí llevas dinero y una tarjeta bancaria. Que no le falte de nada a tu mujer ni a tus hijos, pero con cabeza. Llevas más dinero que puedas ganar en todo lo que te queda de vida. Y tus hijos que estudien; no lo olvides, que estudien.
  • Señor, pero....
  • También puedes hacer uso de la tarjeta, pero sin abusar. El número secreto es el cero cero cinco siete. Sólo una cosa tendrás que tener en cuenta cuando la uses.
  • Usted dirá.
  • Ve siempre a un cajero de la capital; nunca hagas uso de ella en el pueblo. Y si puedes, una vez en la capital, ve cambiando de cajero, aunque siempre de la misma entidad.
  • ¿Y qué banco es?
  • Te viene indicado en la misma tarjeta.
  • Gracias, señor; no sabe usted lo mal que lo estamos pasando.
  • No me tienes que dar las gracias por nada. Y ya sabes, actúa con vista y que no se te note mucho que te sobra, ¿de acuerdo?
  • Gracias, señor, muchas gracias.
  • Venga, y ahora te tengo que dejar; y ya sabes, actúa con cabeza.

Nada más perder de vista el coche, Luis, que hasta ahora no había visto lo que contenía el sobre de color sepia, se apresuró a abrirlo, quedándose totalmente paralizado. Nunca, ni en sueño, había visto tanto dinero junto. Llevaba razón su benefactor: ni toda su vida trabajando podría reunir tanto dinero -pensó-.
Tras reponerse de la impresión, cerró el sobre y lo dobló, viendo antes de hacerlo que en su interior se encontraba una tarjeta de color oro, metiéndolo por dentro del pantalón, a la altura del bajo vientre, y ajustándose en un agujero más el cinturón.
Henchido de alegría y ávido por llegar a su casa, no sabía si para contarle todo lo ocurrido a su Carmela, o si para encerrarse en su dormitorio con pestillo, y en lo alto de la cama, contar el dinero que había en el sobre, se encontró de bruces, tras la curva cerrada de entrada al pueblo, con el Nissan verde y blanco de la Guardia Civil. El sargento y el cabo -se dijo-; a ver qué coño hacen aquí.

  • Hombre, Oleadas, ¿vienes de vacío? ¿Alguien te ha dicho que estábamos aquí?
  • Buenas tardes, sargento, no sé qué me quiere decir usted con eso.
  • No te hagas el tonto, que no nos hemos caído de un guindo. ¿Y las trampas?
  • Me va a perdonar usted, pero no sé qué quiere usted de mí; yo no sé nada de trampas.
  • Mira, Luisito, sabemos que saliste esta mañana con el saco lleno de trampas, y llevamos ya más de una hora esperándote a que volviese; con que, venga, ¿Qué has hecho con las trampas y los pájaros?
  • Sargento, le juro por lo que yo más quiera que no he puesto ni una trampa.
  • ¿Entonces de dónde coño vienes, carajo?
  • Pues mire usted, sargento, no me va a creer, pero desde que me sucedió aquello que usted bien sabe, casi todos los días voy al mismo sitio para recordar todo lo que ocurrió; y me acuerdo de aquel pobre señor que iban matando y que gracias a mí pudo llegar hasta un médico. ¿Sabe usted si se llegó a salvar?
  • Vete ya, vete ya, que me estoy poniendo nervioso, y ten cuidado, que tarde o temprano te voy a coger con las manos en la masa. Anda, vete ya.

Abrió la puerta de su casa y se encontró a su mujer remendando un calcetín de uno de sus hijos. Con la sonrisa de oreja a oreja, cogiéndola cariñosamente por el brazo, le dijo que dejase el calcetín en la mesa y que lo acompañara hasta el dormitorio.

  • A mí me dejas ahora de fandango, que no tengo yo ahora el cuerpo para alegrías. Que la cosa está muy mala, Luis. Los niños van a tener que dejar el instituto y que busquen cualquier trabajillo. Así que, vamos a dejarnos de alegrías.
  • Alegría te va a dar cuando veas lo que te voy a enseñar; no te lo vas a creer. Cuando lo veas, te van a entrar ganas de fandango, de soleá y de seguidillas. Ven, y si llaman a la puerta, no abras.

Sacó el sobre del interior de su pantalón y, sin dilación alguna, desparramó su interior en la colcha de croché que cubría su colchón. El blanco de la colcha se cubrió de colores donde predominaba el morado y el amarillo, sobre todo el morado, aunque también los había de color verde y naranja. En la almohada, como si la dispersión de los billetes hubiese sido controlada, que no lo fue, se situó la tarjeta de crédito de color oro, como presidiéndolo todo.

  • Pero Luis, ¿esto qué es?, ¿en qué lío te has metido? ¿Tú sabes el dinero que hay aquí? ¿Dónde lo has robado? Dime, dime.
  • Tranquila; no sé cuánto dinero hay aquí, pero quiero que estés tranquila. No lo he robado en ningún sitio, no he hecho ningún trapicheo. Todo es legal. Te lo juro por el Manolo y el Luisito; y por ti también, que eres lo que más quiero en el mundo. Y a partir de hoy no te va a faltar de nada; ni a los niños tampoco. Y los niños van a estudiar una carrera.
  • Pero Luis, ¿cómo quieres que me crea que detrás de este dinero no hay ningún trapicheo? Cuéntamelo todo.
  • Primero vamos a contar el dinero que hay y después te cuento cómo ha llegado a mis manos. Tú cuentas cuántos hay de los amarillos y yo empiezo por los morados.

En un pis pas estuvo recogido y contado todo el dinero. Quinientos mil euros. No se lo creían. Se miraban una y otra vez, sin poder hablar, y no daban crédito a lo que estaban viviendo en lo alto de la colcha de croché que les regaló en su día la abuela de Carmen. Intentaban hablar pero, como si tuvieran un nudo en la garganta, enseguida desistían. Se miraban, se abrazaban, reían, miraban el dinero, pero no articulaban palabra. Aquello duró varios minutos. Por fin Carmen rompió el silencio.

  • Venga, cuéntamelo todo; cuéntame como has conseguido todo esto.
  • No te lo vas a creer, pero cuando ya venía de vuelta con las perchas y los lazos, que por cierto, hoy ha estado el día buenísimo, con tres conejos, más de cuatro docenas de zorzales y otras tantas de chiquititos, me llamaron desde un coche lujoso. Y no te vas a creer quién estaba dentro, detrás de unos cristales tintados.
  • Dime, dime.
  • El mismo señor al que le salvé la vida, carmen, el mismo señor.
  • ¡Anda ya!
  • El mismo, Carmela, el mismo.
  • Bajó la ventanilla negra y me dijo, “don Luis, ¿no me reconoce usted?”. Yo me quedé de piedra. Yo que venía con el saco cargado de pájaros y trampas me dije antes de verlo, “éste es un policía secreta; ya me trincaron”. Pero no. era el señor al que le salvé la vida.
  • ¡Anda ya!
  • Niña, si tú vieras el porte del señor; todo lo que te diga es poco. Un caballero elegante que no salen ni en las películas. ¿Y hablando?; qué bien hablaba el tío.

Luis siguió relatando a su mujer todo lo sucedido, sin dejar en el olvido su vena baladrona, fundiéndose con su mujer al final en un abrazo, unas risas y otra diáspora de los billetes a lo largo y ancho de la cama.
Hicieron mil planes y proyectos, pero todos encaminados a vivir desahogadamente, aunque sin levantar ningún tipo de sospecha.

  • Y te digo una cosa, Luis, lo único que no tengo claro es lo del uso de esa tarjeta; así que, como no nos va a faltar de nada, sin derrochar, la tarjetita dichosa ésta la vamos a guardar bien guardada y no la vamos a utilizar. ¿Te parece bien, mi vida? Y pienso así porque no lo veo yo muy claro. Nosotros nunca hemos tenido dinero, pero a honrado no nos gana nadie, y detrás de esta tarjeta veo que no hay mucha honradez. Así que lo dicho, que la voy a guardar bien guardada y ahí se va a quedar sin usar.
  • A mí me parece bien todo lo que te parezca bien a ti.
  • Pues así se va a hacer; ¿y sabes lo que te digo ?
  • Tu dirás.
  • Que llevabas mucha razón; que me han entrado ganas de fandango, de soleá, de seguidillas y de todo lo que tu quieras; vamos a aprovechar que a los niños le quedan un par de horas para que salgan del instituto.

Pasaron algunos años, dos o tres, en los que cambió por completo la vida del matrimonio. En el pueblo seguía siendo el Oleadas, pero desde que abrieron su pequeña tienda donde vendían de todo, ya sus vecinos lo miraban de otra forma. Antes era el perchero y el esparraguero que nadie tenía en cuenta. Ahora, con sus dos hijos en la universidad, su buena tienda, que además de vender mucho, ayudaba en todo lo que podía a sus vecinos más necesitados, y su buen coche, era respetado y bien considerado por todos. Hasta el cabo de la Guardia Civil, que había ascendido y se había quedado como jefe de puesto, le daba un trato especial, motivado también porque en más de una ocasión hubiese recibido en su casa algún que otro canasto repleto de productos ibéricos. Incluso los dos partidos políticos con más representación en el ayuntamiento del pueblo, por separados, le habían ofrecido formar parte de sus listas para las próximas elecciones locales, posibilidad ésta que el bueno de Luis había sabido rechazar muy inteligentemente aduciendo que “el no tenía tiempo pa ná”.

Cierto día, concretamente el segundo sábado del mes de septiembre, en plena feria del pueblo, y mientras que se encontraba muy gustosamente compartiendo una buena ración de pijotas fritas con su Carmela y un matrimonio amigo en una de las casetas de feria, de la que eran socios, quiso ver que entre la multitud que se agolpaba en la puerta se encontraba el mismo señor al que hacía ya varios años le salvó la vida y el responsable de su actual situación desahogada. Su cara cambió como por ensalmo, siendo su mujer la que, sin haber visto al dadivoso señor entre el gentío, y sin conocerlo, presintió que se encontraba allí; no conocía al caritativo caballero, pero a su Luis, que era como ella se refería cuando hablaba de él, “lo conocía como si lo hubiera parido”. Fue por ello por lo que, sin mediar palabra con él, cogiéndolo de la mano, le lanzó una mirada confabuladora con la que, como si del discurso más tranquilizador se tratase, le hizo sentirse el ser más sosegado y seguro de los allí presentes. Sin pensárselo dos veces, lleno de fuerza, la misma que sintió cuando hizo que aquellos dos bravucones trajeados dejasen de apalear a su futuro “protector”, se levantó de la mesa y se dirigió a la puerta de la caseta en búsqueda de su benefactor. Las dos miradas se encontraron enseguida y de los dos rostros surgió una sonrisa limpia y verdadera. Tras un caluroso apretón de manos, el misterioso señor desistió muy educadamente al ofrecimiento de pasar al interior que Luis le hizo, invitándolo a que se alejasen un poco del bullicio ferial con el fin de hablar de un tema muy importante, indicándole también que, una vez hubiesen departido, accedería a acompañarle en la mesa con su mujer y sus amigos. Será muy breve, Luis -le dijo su bienhechor-, a lo que Luis le contestó que no “hay ningún inconveniente, sólo que antes voy a decirle a Carmen que vuelvo enseguida”.
Fuera ya del recinto ferial, llegaron hasta un vehículo de las mismas características y color que aquél en el que Luis recibió el sobre, en el que, nada más llegar ellos, salió un fornido conductor que, tras abrir muy educadamente las dos puertas delanteras, se retiró a una distancia prudencial desde la que la algarabía propia de toda feria le impedía oír cualquier palabra que se dijese en el interior del vehículo.

  • Vamos al grano, amigo Luis -dijo el visitante tras las correspondientes frases de acercamiento-.
  • Usted dirá. Estoy aquí para lo que usted diga.
  • La única razón por la que te he chafado tu sábado de feria es porque quiero que me digas si durante estos años has utilizado la tarjeta que te di en su día, y si lo has hecho, qué cantidad aproximada has sacado. Por favor, Luis, te lo pido por favor, dime sin ningún tipo de remilgo cuánto has sacado.
  • Señor, le veo muy abrumado y nervioso con el tema de la tarjeta, e intuyo que le puede perjudicar si hubiese hecho mucho uso de la dichosa tarjetita.
  • No lo sabes tú muy bien, Luis.
  • Pues le digo que la tarjeta entró en mi ropero el mismo día que usted me la dio y a día de hoy no ha salido de debajo del cajón de mi ropa interior.
  • Luis, ¿me dices que no has usado ni una sola vez la tarjeta?
  • Así se lo he dicho y así es, señor.
  • Dios te bendiga. Nuevamente me has salvado la vida, Luis. Si hace años me salvaste la vida de aquellos dos matones, ahora has evitado que yo me la quite.
  • ¿Qué dice usted, señor? ¿Qué dice de quitarse la vida?
  • La cosa es muy complicada y no quiero llenarte la cabeza con historias que a ti ni te van ni te vienen, sólo me reitero en lo que ya te he dicho, que nuevamente me has salvado la vida. Y que nuevamente estoy en deuda contigo. Y que sepas que no te cuento nada porque muy pronto, un asunto sobre el uso de tarjetas, como la que yo te di en su día, va a inundar las portadas de todos los periódicos. Y por favor, Luis, no me preguntes nada sobre este asunto tan asqueroso. Y te repito, nuevamente estoy en deuda contigo.
  • No diga usted eso. Usted no me debe nada; al contrario. Todo lo que tengo hoy se lo debo a usted, por lo que le estaré agradecido de por vida. Y si no utilicé la tarjeta fue porque mi Carmela, que tiene más vista que un lince, intuyó desde un primer momento que detrás de esa tarjeta de color oro se escondía algo turbio. Y por lo que veo, creo que no se equivocó. Y no, no quiero saber nada sobre el asunto.
  • Luis, qué honrado sois. Qué pena que los que estamos arriba no seamos como vosotros. Gracias, Luis; mil gracias.
  • Por favor, señor, tampoco es para tanto; también tenemos nuestras cositas.
  • Jajajaja, eres la hostia, Luis. Y ahora, antes que me des la tarjeta, ¿te parece si nos tomamos unos vinos y unas raciones?, que tu Carmen debe de estar ya nerviosa. Y pago yo.



Quizás, ese señor misterioso, al que en ningún momento Luis y Carmen le preguntaron por su nombre, fuese el único, de entre los más de ochenta “afortunados” que en su día recibieron una tarjeta de las llamadas “opacas”, que la devolvió sin haber hecho uso de ella, siendo conocido desde entonces en los círculos más cercanos de las altas esferas como el “honorable señor”, quien, agradecido con el matrimonio pueblerino, les hizo llegar otro sobre con la misma cantidad que ya les dio en su día. De donde salieron los sobres, quizás nunca salga en los periódicos, pero lo que si es verdad es que el negocio de Luis y Carmen, al poco tiempo de ser recibido el segundo de los sobres, se vio agrandado.
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