sábado, 18 de octubre de 2014
sábado, 11 de octubre de 2014
UNA TARJETA EN EL ROPERO
Luis
“Oleadas”, que era como se le conocía en todo el pueblo a pesar
de haber luchado a lo largo de su vida para que no le llamasen así,
no quiso desaprovechar la ocasión de abandonar el carro de la
escasez, que, sin habérselo propuesto en ningún momento con cierto
tesón, se le presentó por puro azar.
Todo
ocurrió cierto día en el que, ya de vuelta a casa, recogiendo las
más de cien trampas de pajaritos, y al cruzar un camino vecinal que
serpenteaba la ladera del monte por donde venía, se topó de bruces
con un 4x4 de color gris oscuro en el que, sobre su capó, dos
gorilas de traje y corbata negra, inflaban a golpes con bates de
béisbol a un tercero, sin aspecto de gorila, pero con cabellera
engominada y también trajeado y encorbatado. Ante este panorama y
sin pensárselo dos veces, aunque a cierta distancia pero henchido de
la valentía que le otorgaba su faca de veintidós centímetros, en
la que se reflejaban los rayos de sol, y del cayado de mimbre que
siempre portaba en su mano izquierda cuando salía al monte, comenzó
a increpar a los dos matones para que cejasen en su actitud. Quizás
la suya, su actitud, pecara mucho de baladrona, pero fue la única
salida que encontró para no tenerse que encargar en ser él quien
llamase al juez de paz para el levantamiento de un cadáver.
Ni el
baladrón ni el maltrecho guiñapo podían esperar lo que sucedió a
continuación, y tras una sola mirada soslayada entre los dos
perdonavidas, volviéndose al unísono ante el enérgico
requerimiento del desgarbado Oleadas, guardaron sus ya encarnados
bates en los asientos traseros del todo terreno y partieron como alma
que persigue el diablo. Su víctima respiraba cuando dejaban el
reguero de polvo tras de sí, pero ambos, a ciencia cierta, sabían
que tras la somanta de golpes que le habían infringido, y tras ver
como sangraba por el oído derecho, habían cumplido con el mandato
de su jefe.
Más
de dos horas, después de esconder detrás de un lentisco la capacha
que a modo de bandolera traía al cuello, repleta de trampas y
pájaros, tardó Luis en llegar al pueblo porteando en su espalda a
la víctima, preguntándose en más de una ocasión si lo que
transportaba era un ser vivo o un cadáver.
Horas
después de dejarlo en el ambulatorio, tiempo suficiente para prestar
declaración de todo lo ocurrido ante la Guardia Civil, le informaron
que aunque muy grave, el martirizado engominado seguía con vida, ya
en la unidad de cuidados intensivos del hospital del pueblo vecino.
Varios
meses pasaron sin que el trampero supiese lo más mínimo sobre aquel
guiñapo que porteó hasta el pueblo, tiempo suficiente para haber
cambiado en infinidad de ocasiones, superando en cada una de ellas su
heroísmo, la versión de lo ocurrido entre sus paisanos y lo que
tuvo que sufrir en su día para poder salvar la vida de aquel “pobre
indefenso señor”. Desde que lo “encañonaron con una pistola”,
hasta que “luchó con su cayado contra cuatro mastodontes armados
hasta los dientes”, pasando por todo tipo de acciones que más lo
asemejaban a un súper hombre de película americana que al
escuchimizado charlatán que realmente era.
Pero
en aquella mañana del nueve de diciembre, cuando volvía de poner
sus más de cien trampas, y cercano a donde hacía exactamente varios
meses sucedieron los hechos que tan valiente lo habían hecho en el
pueblo, fue requerido desde el interior de un lujoso coche. Tras
acercarse al vehículo, su cara se llenó de estupor al ver que
detrás de aquella ventanilla tintada se encontraba el rostro de
aquél a quien salvó la vida.
- ¿Me reconoces?
- Señor, usted es aquél que.....
- Efectivamente, soy aquél a quien tú le salvaste la vida; el mismo que, una vez totalmente restablecido, viene a saldar su deuda.
- ¿Se encuentra usted bien? Veo que sí.
- Perfectamente. Me encuentro perfectamente. Y ahora, pídeme lo que quieras. Estoy aquí como ya te he dicho, para saldar mi deuda contigo.
- Señor...., señor...., yo; no sé. No me debe usted nada.
- ¿Sabes que si los civiles te cogen con ese saco te meten en chirona?
- Ya lo sé, pero mis hijos tienen que comer; no tengo trabajo y los libros de bachiller cuestan un ojo de la cara.
- ¿Ves aquella retama grande?
- ¿Aquel lentisco?
- Sí. Pues deja el saco allí y sube al coche.
Sin
mediar palabra, el vehículo se puso en marcha y no se detuvo hasta
poco más de trescientos metros antes de la primera de las casas del
pueblo.
- Toma -extendiéndole un sobre de grandes dimensiones-. Ahí llevas dinero y una tarjeta bancaria. Que no le falte de nada a tu mujer ni a tus hijos, pero con cabeza. Llevas más dinero que puedas ganar en todo lo que te queda de vida. Y tus hijos que estudien; no lo olvides, que estudien.
- Señor, pero....
- También puedes hacer uso de la tarjeta, pero sin abusar. El número secreto es el cero cero cinco siete. Sólo una cosa tendrás que tener en cuenta cuando la uses.
- Usted dirá.
- Ve siempre a un cajero de la capital; nunca hagas uso de ella en el pueblo. Y si puedes, una vez en la capital, ve cambiando de cajero, aunque siempre de la misma entidad.
- ¿Y qué banco es?
- Te viene indicado en la misma tarjeta.
- Gracias, señor; no sabe usted lo mal que lo estamos pasando.
- No me tienes que dar las gracias por nada. Y ya sabes, actúa con vista y que no se te note mucho que te sobra, ¿de acuerdo?
- Gracias, señor, muchas gracias.
- Venga, y ahora te tengo que dejar; y ya sabes, actúa con cabeza.
Nada
más perder de vista el coche, Luis, que hasta ahora no había visto
lo que contenía el sobre de color sepia, se apresuró a abrirlo,
quedándose totalmente paralizado. Nunca, ni en sueño, había visto
tanto dinero junto. Llevaba razón su benefactor: ni toda su vida
trabajando podría reunir tanto dinero -pensó-.
Tras
reponerse de la impresión, cerró el sobre y lo dobló, viendo antes
de hacerlo que en su interior se encontraba una tarjeta de color oro,
metiéndolo por dentro del pantalón, a la altura del bajo vientre, y
ajustándose en un agujero más el cinturón.
Henchido
de alegría y ávido por llegar a su casa, no sabía si para contarle
todo lo ocurrido a su Carmela, o si para encerrarse en su dormitorio
con pestillo, y en lo alto de la cama, contar el dinero que había en
el sobre, se encontró de bruces, tras la curva cerrada de entrada al
pueblo, con el Nissan verde y blanco de la Guardia Civil. El sargento
y el cabo -se dijo-; a ver qué coño hacen aquí.
- Hombre, Oleadas, ¿vienes de vacío? ¿Alguien te ha dicho que estábamos aquí?
- Buenas tardes, sargento, no sé qué me quiere decir usted con eso.
- No te hagas el tonto, que no nos hemos caído de un guindo. ¿Y las trampas?
- Me va a perdonar usted, pero no sé qué quiere usted de mí; yo no sé nada de trampas.
- Mira, Luisito, sabemos que saliste esta mañana con el saco lleno de trampas, y llevamos ya más de una hora esperándote a que volviese; con que, venga, ¿Qué has hecho con las trampas y los pájaros?
- Sargento, le juro por lo que yo más quiera que no he puesto ni una trampa.
- ¿Entonces de dónde coño vienes, carajo?
- Pues mire usted, sargento, no me va a creer, pero desde que me sucedió aquello que usted bien sabe, casi todos los días voy al mismo sitio para recordar todo lo que ocurrió; y me acuerdo de aquel pobre señor que iban matando y que gracias a mí pudo llegar hasta un médico. ¿Sabe usted si se llegó a salvar?
- Vete ya, vete ya, que me estoy poniendo nervioso, y ten cuidado, que tarde o temprano te voy a coger con las manos en la masa. Anda, vete ya.
Abrió
la puerta de su casa y se encontró a su mujer remendando un calcetín
de uno de sus hijos. Con la sonrisa de oreja a oreja, cogiéndola
cariñosamente por el brazo, le dijo que dejase el calcetín en la
mesa y que lo acompañara hasta el dormitorio.
- A mí me dejas ahora de fandango, que no tengo yo ahora el cuerpo para alegrías. Que la cosa está muy mala, Luis. Los niños van a tener que dejar el instituto y que busquen cualquier trabajillo. Así que, vamos a dejarnos de alegrías.
- Alegría te va a dar cuando veas lo que te voy a enseñar; no te lo vas a creer. Cuando lo veas, te van a entrar ganas de fandango, de soleá y de seguidillas. Ven, y si llaman a la puerta, no abras.
Sacó
el sobre del interior de su pantalón y, sin dilación alguna,
desparramó su interior en la colcha de croché que cubría su
colchón. El blanco de la colcha se cubrió de colores donde
predominaba el morado y el amarillo, sobre todo el morado, aunque
también los había de color verde y naranja. En la almohada, como si
la dispersión de los billetes hubiese sido controlada, que no lo
fue, se situó la tarjeta de crédito de color oro, como
presidiéndolo todo.
- Pero Luis, ¿esto qué es?, ¿en qué lío te has metido? ¿Tú sabes el dinero que hay aquí? ¿Dónde lo has robado? Dime, dime.
- Tranquila; no sé cuánto dinero hay aquí, pero quiero que estés tranquila. No lo he robado en ningún sitio, no he hecho ningún trapicheo. Todo es legal. Te lo juro por el Manolo y el Luisito; y por ti también, que eres lo que más quiero en el mundo. Y a partir de hoy no te va a faltar de nada; ni a los niños tampoco. Y los niños van a estudiar una carrera.
- Pero Luis, ¿cómo quieres que me crea que detrás de este dinero no hay ningún trapicheo? Cuéntamelo todo.
- Primero vamos a contar el dinero que hay y después te cuento cómo ha llegado a mis manos. Tú cuentas cuántos hay de los amarillos y yo empiezo por los morados.
En un
pis pas estuvo recogido y contado todo el dinero. Quinientos mil
euros. No se lo creían. Se miraban una y otra vez, sin poder hablar,
y no daban crédito a lo que estaban viviendo en lo alto de la colcha
de croché que les regaló en su día la abuela de Carmen. Intentaban
hablar pero, como si tuvieran un nudo en la garganta, enseguida
desistían. Se miraban, se abrazaban, reían, miraban el dinero, pero
no articulaban palabra. Aquello duró varios minutos. Por fin Carmen
rompió el silencio.
- Venga, cuéntamelo todo; cuéntame como has conseguido todo esto.
- No te lo vas a creer, pero cuando ya venía de vuelta con las perchas y los lazos, que por cierto, hoy ha estado el día buenísimo, con tres conejos, más de cuatro docenas de zorzales y otras tantas de chiquititos, me llamaron desde un coche lujoso. Y no te vas a creer quién estaba dentro, detrás de unos cristales tintados.
- Dime, dime.
- El mismo señor al que le salvé la vida, carmen, el mismo señor.
- ¡Anda ya!
- El mismo, Carmela, el mismo.
- Bajó la ventanilla negra y me dijo, “don Luis, ¿no me reconoce usted?”. Yo me quedé de piedra. Yo que venía con el saco cargado de pájaros y trampas me dije antes de verlo, “éste es un policía secreta; ya me trincaron”. Pero no. era el señor al que le salvé la vida.
- ¡Anda ya!
- Niña, si tú vieras el porte del señor; todo lo que te diga es poco. Un caballero elegante que no salen ni en las películas. ¿Y hablando?; qué bien hablaba el tío.
Luis
siguió relatando a su mujer todo lo sucedido, sin dejar en el olvido
su vena baladrona, fundiéndose con su mujer al final en un abrazo,
unas risas y otra diáspora de los billetes a lo largo y ancho de la
cama.
Hicieron
mil planes y proyectos, pero todos encaminados a vivir
desahogadamente, aunque sin levantar ningún tipo de sospecha.
- Y te digo una cosa, Luis, lo único que no tengo claro es lo del uso de esa tarjeta; así que, como no nos va a faltar de nada, sin derrochar, la tarjetita dichosa ésta la vamos a guardar bien guardada y no la vamos a utilizar. ¿Te parece bien, mi vida? Y pienso así porque no lo veo yo muy claro. Nosotros nunca hemos tenido dinero, pero a honrado no nos gana nadie, y detrás de esta tarjeta veo que no hay mucha honradez. Así que lo dicho, que la voy a guardar bien guardada y ahí se va a quedar sin usar.
- A mí me parece bien todo lo que te parezca bien a ti.
- Pues así se va a hacer; ¿y sabes lo que te digo ?
- Tu dirás.
- Que llevabas mucha razón; que me han entrado ganas de fandango, de soleá, de seguidillas y de todo lo que tu quieras; vamos a aprovechar que a los niños le quedan un par de horas para que salgan del instituto.
Pasaron
algunos años, dos o tres, en los que cambió por completo la vida
del matrimonio. En el pueblo seguía siendo el Oleadas, pero desde
que abrieron su pequeña tienda donde vendían de todo, ya sus
vecinos lo miraban de otra forma. Antes era el perchero y el
esparraguero que nadie tenía en cuenta. Ahora, con sus dos hijos en
la universidad, su buena tienda, que además de vender mucho, ayudaba
en todo lo que podía a sus vecinos más necesitados, y su buen
coche, era respetado y bien considerado por todos. Hasta el cabo de
la Guardia Civil, que había ascendido y se había quedado como jefe
de puesto, le daba un trato especial, motivado también porque en más
de una ocasión hubiese recibido en su casa algún que otro canasto
repleto de productos ibéricos. Incluso los dos partidos políticos
con más representación en el ayuntamiento del pueblo, por
separados, le habían ofrecido formar parte de sus listas para las
próximas elecciones locales, posibilidad ésta que el bueno de Luis
había sabido rechazar muy inteligentemente aduciendo que “el no
tenía tiempo pa ná”.
Cierto
día, concretamente el segundo sábado del mes de septiembre, en
plena feria del pueblo, y mientras que se encontraba muy gustosamente
compartiendo una buena ración de pijotas fritas con su Carmela y un
matrimonio amigo en una de las casetas de feria, de la que eran
socios, quiso ver que entre la multitud que se agolpaba en la puerta
se encontraba el mismo señor al que hacía ya varios años le salvó
la vida y el responsable de su actual situación desahogada. Su cara
cambió como por ensalmo, siendo su mujer la que, sin haber visto al
dadivoso señor entre el gentío, y sin conocerlo, presintió que se
encontraba allí; no conocía al caritativo caballero, pero a su
Luis, que era como ella se refería cuando hablaba de él, “lo
conocía como si lo hubiera parido”. Fue por ello por lo que, sin
mediar palabra con él, cogiéndolo de la mano, le lanzó una mirada
confabuladora con la que, como si del discurso más tranquilizador se
tratase, le hizo sentirse el ser más sosegado y seguro de los allí
presentes. Sin pensárselo dos veces, lleno de fuerza, la misma que
sintió cuando hizo que aquellos dos bravucones trajeados dejasen de
apalear a su futuro “protector”, se levantó de la mesa y se
dirigió a la puerta de la caseta en búsqueda de su benefactor. Las
dos miradas se encontraron enseguida y de los dos rostros surgió una
sonrisa limpia y verdadera. Tras un caluroso apretón de manos, el
misterioso señor desistió muy educadamente al ofrecimiento de pasar
al interior que Luis le hizo, invitándolo a que se alejasen un poco
del bullicio ferial con el fin de hablar de un tema muy importante,
indicándole también que, una vez hubiesen departido, accedería a
acompañarle en la mesa con su mujer y sus amigos. Será muy breve,
Luis -le dijo su bienhechor-, a lo que Luis le contestó que no “hay
ningún inconveniente, sólo que antes voy a decirle a Carmen que
vuelvo enseguida”.
Fuera
ya del recinto ferial, llegaron hasta un vehículo de las mismas
características y color que aquél en el que Luis recibió el sobre,
en el que, nada más llegar ellos, salió un fornido conductor que,
tras abrir muy educadamente las dos puertas delanteras, se retiró a
una distancia prudencial desde la que la algarabía propia de toda
feria le impedía oír cualquier palabra que se dijese en el interior
del vehículo.
- Vamos al grano, amigo Luis -dijo el visitante tras las correspondientes frases de acercamiento-.
- Usted dirá. Estoy aquí para lo que usted diga.
- La única razón por la que te he chafado tu sábado de feria es porque quiero que me digas si durante estos años has utilizado la tarjeta que te di en su día, y si lo has hecho, qué cantidad aproximada has sacado. Por favor, Luis, te lo pido por favor, dime sin ningún tipo de remilgo cuánto has sacado.
- Señor, le veo muy abrumado y nervioso con el tema de la tarjeta, e intuyo que le puede perjudicar si hubiese hecho mucho uso de la dichosa tarjetita.
- No lo sabes tú muy bien, Luis.
- Pues le digo que la tarjeta entró en mi ropero el mismo día que usted me la dio y a día de hoy no ha salido de debajo del cajón de mi ropa interior.
- Luis, ¿me dices que no has usado ni una sola vez la tarjeta?
- Así se lo he dicho y así es, señor.
- Dios te bendiga. Nuevamente me has salvado la vida, Luis. Si hace años me salvaste la vida de aquellos dos matones, ahora has evitado que yo me la quite.
- ¿Qué dice usted, señor? ¿Qué dice de quitarse la vida?
- La cosa es muy complicada y no quiero llenarte la cabeza con historias que a ti ni te van ni te vienen, sólo me reitero en lo que ya te he dicho, que nuevamente me has salvado la vida. Y que nuevamente estoy en deuda contigo. Y que sepas que no te cuento nada porque muy pronto, un asunto sobre el uso de tarjetas, como la que yo te di en su día, va a inundar las portadas de todos los periódicos. Y por favor, Luis, no me preguntes nada sobre este asunto tan asqueroso. Y te repito, nuevamente estoy en deuda contigo.
- No diga usted eso. Usted no me debe nada; al contrario. Todo lo que tengo hoy se lo debo a usted, por lo que le estaré agradecido de por vida. Y si no utilicé la tarjeta fue porque mi Carmela, que tiene más vista que un lince, intuyó desde un primer momento que detrás de esa tarjeta de color oro se escondía algo turbio. Y por lo que veo, creo que no se equivocó. Y no, no quiero saber nada sobre el asunto.
- Luis, qué honrado sois. Qué pena que los que estamos arriba no seamos como vosotros. Gracias, Luis; mil gracias.
- Por favor, señor, tampoco es para tanto; también tenemos nuestras cositas.
- Jajajaja, eres la hostia, Luis. Y ahora, antes que me des la tarjeta, ¿te parece si nos tomamos unos vinos y unas raciones?, que tu Carmen debe de estar ya nerviosa. Y pago yo.
Quizás,
ese señor misterioso, al que en ningún momento Luis y Carmen le
preguntaron por su nombre, fuese el único, de entre los más de
ochenta “afortunados” que en su día recibieron una tarjeta de
las llamadas “opacas”, que la devolvió sin haber hecho uso de
ella, siendo conocido desde entonces en los círculos más cercanos
de las altas esferas como el “honorable señor”, quien,
agradecido con el matrimonio pueblerino, les hizo llegar otro sobre
con la misma cantidad que ya les dio en su día. De donde salieron
los sobres, quizás nunca salga en los periódicos, pero lo que si es
verdad es que el negocio de Luis y Carmen, al poco tiempo de ser
recibido el segundo de los sobres, se vio agrandado.
sábado, 20 de septiembre de 2014
Una historia de un amante de la Historia.
Me
decía un buen amigo mío que “se
puede tergiversar la historia, pero no la Historia”. Y vaya verdad
que me dijo; para mí, tan verdad como la misma Historia. Pero no esa
historia que a lo largo de nuestra Historia nos han querido, y nos
siguen queriendo hacer ver como única y verdadera.
La
Historia no tiene color, ni tendencias, ni intereses, ni pertenecen a
éste o aquél partido o régimen; para nada, porque si así fuera,
el hombre, que en muchas ocasiones, más de lo que debiese, es
imbécil y olvidadizo, se vería abocado a ser un ínfimo miembro más
de la “manada” deseada por aquéllos que nos hacen llegar su
versión histórica de la auténtica Historia, vendiéndola como tal.
Y
yo que pensaba, ciñéndome exclusivamente a nuestra “inquebrantable”
España, que esas prácticas amantes de versionar la Historia eran
monopolio de nuestra etapa pre democrática, estaba pero que muy
equivocado. Y yo que en mi etapa pre universitaria abracé los libros
en los que El Cid Campeador era el máximo exponente de la lucha
contra las hordas mahometanas, o en los que nuestro gran monarca
Fernando VII fue el artífice de la expulsión de los gabachos. Y yo
podría seguir enumerando un hecho histórico tras otro que en su
tiempo nos presentaron como la verdadera Historia; pero nada más
lejos.
¡Vaya
historia que abrazamos por entonces!
Porque
está claro que la Historia es, y no se hace. Aunque somos herederos
de nuestra Historia, nadie tiene el derecho de interpretarla, y mucho
menos hacer una interpretación en pos de unos intereses partidistas.
Interpretar la Historia es presentar una historia que no coincide con
la Historia.
Y
es precisamente eso lo que se han encargado de hacer los gerifaltes
catalanes al señalar, en su día, a la DIADA, como base de partida
de la independencia de Cataluña, estableciéndolo como fiesta
nacional de Cataluña. Ellos, interpretaron y siguen interpretando
que el asalto de la ciudad de Barcelona el 11 de septiembre de 1714
por parte del duque de Berwick, supuso el fin de Estado catalán. En
efecto, así fue, pero olvidan que la Historia nos muestra y
demuestra otras realidades que ellos olvidaron y siguen olvidando, y
que al olvidarlas, quitan legitimidad a su historia particular, y lo que es más importante, deslegitiman el objetivo que buscan con su interpretación particular de la verdadera Historia.
Olvidan
que la toma de Barcelona por parte del Duque de Berwick en 1714 hay
que entenderlo como un suceso más de la guerra civil que vivió
España, y así lo dice la Historia, en los primeros lustros del
siglo XVIII.
Olvidan
que en la Barcelona que fue tomada por el duque de Berwick el 11 de
septiembre de 1714, había partidarios, y no pocos, de la figura del
rey Borbón.
Olvidan
que fueron muchas las ciudades y regiones españolas que, al igual
que Barcelona, eran partidarias del archiduque Carlos de Austria como
rey de España, oponiéndose a Felipe de Anjou. En este sentido,
serían muchas las ciudades y regiones españolas las que podrían
hacer su historia particular de la Historia. O lo que es lo mismo,
podría haber una diada en Valencia, o en Gandía, o en Játiva, o
incluso en Mallorca, por no extendernos mucho a la hora de enumerar
las regiones y ciudades afines a la causa austracista.
Señores
“Diaderos”, hagámosle un favor a la Historia aceptándola tal y
como fue, no interpretándola a nuestro antojo. Porque como vosotros,
son muchas las regiones y ciudades de esta España inquebrantable las
que podrían hacer su interpretación particular de nuestra Historia
y poner en jaque la españolidad de España.
Así,
qué pasaría si algún iluminado gerifalte del Principado exigiese
la asturianización de España. ¿Por qué? Simplemente por
considerarse el germen y principal baluarte del futuro estado
español, al frenar la expansión musulmana, comenzando así la
reconquista.
O
qué pasaría si en la Tacita de Plata tomase notoriedad la idea de
pedir la gaditanización, también de España. ¿Y por qué? Pues muy
sencillo, exigiendo, y en este caso por partida doble (al ser el
único reducto español que resistió el ataque de las tropas
napoleónicas, y ser en sus calles donde se firmó nuestro primer
texto constitucional), ser el germen del nuevo estado español.
Pero
no, mejor que no.
Se
demuestra que, tanto en la tierra de Don Pelayo, Jovellanos,
Arguelles, Clarín, Carrillo o Victor Manuel, como en la de los
hermanos Isturiz, Castelar, Moret, Falla o Paz Padilla, no abandonan
a la Historia, a nuestra Historia, al albur de la interpretación
histórica de los gerifaltes.
Dedicado
a todos los amantes de la Historia, y a mi amigo Paco, el malagueño
que busca el sosiego en las profundidades canarias.
jueves, 5 de junio de 2014
NADIE COMO ELLA
Las
golondrinas, con sus primeros vuelos enloquecidos, coincidieron con
su pronto despertar. Sin querer mover ni uno de sus músculos, y
ayudado por los primeros avances de la mañana que entraban por las
rendijas de la persiana, quedó ensimismado con la desnudez perfecta
de porcelana que observaban sus ojos. Aunque habían tenido una noche
ajetreada, recorriendo cada milímetro de su cuerpo, observándolo y
gozando de él como siempre lo hacía, fue ahora, meciéndose ella en
el más profundo de los sueños, cuando se dijo que sólo por vivir
el momento que estaba viviendo, merecía la pena todo el riesgo
corrido.
Nunca
en su vida, que ya pasaba el medio siglo, sus pupilas se habían
encendido tanto como en este amanecer. Si durante casi toda la noche
habían sido sus labios y sus dedos los que habían recorrido en un
sinfín de ocasiones cada recoveco de aquel cuerpo sacado del molde
de la perfección, sin pasar por alto ni uno de sus poros, eran ahora
sus ojos, con todo el tiempo del mundo, los que se embelesaban con
aquellas curvas.
Su
cabello enmarañado, dándole el aspecto de una diosa asalvajada, le
cubría casi toda su cara, quedando tan solo al descubierto sus
carnosos labios. Él sintió la necesidad de, sin apartar los
indómitos cabellos, acercar sus labios a los que tan feliz lo
hacían, pero pensando en que ella pudiera bajar de los brazos de
Morfeo, optó porque fueran sus ojos los que continuaran con el
deleite.
De su
hombro izquierdo, debido a la posición fetal que tenía, aunque sin
las piernas totalmente contraídas, se extendía el brazo a lo largo
de su serpenteante costado, dejando al descubierto casi la totalidad
de uno de los pechos. Si de siempre había estado prendado de cada
parte de aquel cuerpo, sin lugar a duda eran los pechos lo que más
le hacía perder el norte, y ahora, sin tener que dar ningún tipo de
explicación, los tenía para llegar al máximo de los goces
visuales.
Serpenteante;
dije bien; costado serpenteante. Porque era un perfecto serpenteo el
que, como pintado por el pincel de uno de los artistas del
cinquecento italiano, conformaba la linea de su cuerpo que iba desde
su costado, pasando por su cintura, cadera, y desembocar en unos
perfectos glúteos. Lo dicho, ni la más bella de las musas de
Leonardo, Rafaello o Miguel Angel, hubiesen superado el contorno de
aquella escultura silente y dormida.
La
posición que le acompañaba en su dulce y merecido sueño, hicieron
que sus piernas estuviesen semicontraídas, posición ésta que hacía
que resultasen interminables. Al igual que los ojos de los amantes
del arte se obnubilan al recorrer las esbeltas columnas jónicas de
los templos de la Grecia Clásica, los de aquel amante se
deslumbraron con las inacabables extremidades inferiores de su bella
durmiente. Desde los glúteos hasta los tobillos todo era perfección.
- Buenos días, mi vida -dijo ella, acompañando sus palabras con una sensual sonrisa y extendiendo su brazo hasta que su mano alcanzó la de él-.
Él,
respondiéndole también con unos buenos día, cariño, la abrazó y
se dejó llevar por sus hasta ahora controlados pensamientos,
recomenzando los juegos que habían dejado aparcado no hacía más de
tres horas.
miércoles, 12 de marzo de 2014
NATIONAL GEOGRAPHIC
Me llamó el pasado sábado un amigo para pasarnos por el centro de Cádiz, concretamente por los callejones y el Barrio de la Viña, con el fin de asistir al Carnaval Chiquito o de los Jartibles, como popularmente se conoce. La verdad era que no tenía ganas y ya estaba harto de kevincosnear a distancia, que es lo que he hecho en el carnaval de este año con mi hija menor de edad.
Así que decidí quedarme en casa viendo un programa de la National Geographic (todavía se queda bien, diciendo que uno ve esos tipos de programas) en el que un león herido del Serenguety era atacado por una jauría de hienas.
Después de recostarme en mi butacón, abrí, al igual que mi señora, una bolsa de "pipas G", y comencé a deleitarme con ellas. Nervioso. El joio león cojo me tenía nervioso. Las sonrientes hienas no paraban de darle por c… al rey de la selva. Vaya rey. Y cada vez había más hienas. Y los buitres pululaban, festejando lo que se le venía encima. Y el león cada vez más cojo. ¡Vaya Rey!. Y que nadie le ayudaba. Coño (perdón), decía yo, que le ayuden los cámaras y que le curen esa pata. Y nada. Las hienas dando por culo….; un bocaito por aquí, un bocaito por allá; una dentellada por aquí, una garfañón por allá.
Toma, me dijo mi mujer, el escudo del Sevilla, refiriéndose a la pegatina que le había salido en la bolsa de pipas.
Como buen bético que soy, le contesté:
- Coño (perdón), te podía haber salido otro. Ya me diste la noche. Seguro que se cargan al león, ya verás.
Inmediatamente, más nervioso aun , con el fin de salvar la noche, comencé a rebuscar en mi bolsa de "pipas G", a ver si me salía la pegatina del Betis.
No me lo podía creer lo que veían mis ojos: dentro de la bolsa de pipas había una pegatina del escudo de Infantería de Marina. Increíble.
Y como por ensalmo, al mismo tiempo que se me iluminaba la cara al ver la pegatina de los infantes, observé de soslayo como el león, tras un potente rugido, que hizo que se sobresaltase mi mujer, asió entre sus dientes a una de las hienas, la más grande, la que más por c… estaba dando, y comenzó a girar sobre sus patas traseras como si de una reolina (Carrito o mesa expositora dotada de una ruleta y que en tiempos se utilizaba como puesto ambulante de golosinas) se tratase sin soltar a la herida hiena, que ya no reía, hasta que la soltó sobre un grupo de cuatro hembras hambrientas. El impacto fue tal que tres de ellas veían como se le fracturaban sus patas delanteras y, la cuarta, quedaba inconsciente al impactar la cabeza de su compañera arrojada, contra la suya.
A mi me faltaban ojos. No sabía si mirar mi mano derecha, donde lucía esplendorosa la pegatina de la Infantería de Marina, o ver como el renacido Rey volvía al ataque y lograba que las ya no sonrientes hienas huyeran en desbandada.
Venció el león, y la noche, pese a la dichosa pegatina del equipo de fútbol que le salió a mi mujer en la bolsa de pipas, fue completa.
miércoles, 12 de febrero de 2014
EL HOMBRE DEL TIEMPO
Mariano
Medina, Martín Rubio, Manuel Toharia, Paco Montes de Oca, Mario
Picazo, Minerva Piquero, Marisa Abad o Roberto Brasero. Todos ellos y
ellas tuvieron y tienen un mismo denominador común: darnos las
previsiones meteorológicas. Son los únicos y únicas presentadores
y presentadoras de los antiguos telediarios y actuales informativos
que no mienten, o por lo menos, tratan de ser los más objetivos.
Ahora,
eso sí, aunque todos y todas intentaron e intentan transmitir el
mismo mensaje, la forma de hacerlo dista mucho de cómo lo hacía el
incombustible Mariano Medina a cómo lo hace en nuestros días el
dicharachero Roberto Brasero. Así, quitando protagonismo a las
cabañuelas, se fueron introduciendo en nuestro lenguaje, términos
como isobaras, borrascas o temporales, pasando por los centros de
altas y bajas presiones, hasta llegar a las actuales ciclogénesis o
ciclólisis.
A
finales de los 50 del siglo pasado, Mariano Medina decía que “una
borrasca intensa ha asolado esta mañana la región de Galicia,
alcanzándose en el cabo de Finisterre, olas de hasta 7 metros; la
misma borrasca descargó intensas lluvias acompañadas de fuertes
vientos de componente oeste en toda la cornisa cantábrica, llegando
hasta las provincias Vascongadas, y siendo de nieve en la provincia
de Lérida”.
Por su
parte, Roberto Brasero lanzaría la misma noticia de esta guisa: “Una
ciclogénesis explosiva asoló esta mañana todo el tercio norte
peninsular. Fuertes vientos huracanados que alcanzaron los más de
ciento treinta kilómetros por hora en A Coruña y olas de más de 9
metros en cabo Fisterra, provocaron que la Xunta ordenase la salida
de los distintos parques de bomberos. Con la misma intensidad que en
las provincias de A Coruña y Lugo, las costas del País Vasco se
vieron asoladas por fuertes ráfagas de viento que destruyeron cuanto
se encontraba a su paso. Aunque no con tanta virulencia, pero sí en
forma de nieve, la ciudad de Lleida vio como en menos de una hora,
todas su calles se vieron cubierta por un espectacular manto blanco,
como bien se aprecia en la fotografía que nos envía nuestro amigo
Manel Palancar”.
Ni
mejores ni peores, ni peores ni mejores, pero lo que sí es verdad es
que el tiempo, no solamente cambia, sino que también nos hace
cambiar. ¡Qué verdad es esa!
martes, 4 de febrero de 2014
IMECARES
DEL 84.
Allí,
sentado en la terraza de su apartamento, con la vista perdida en las
calmadas aguas de su Mar Menor, que para él era el más grande de
todos los mares, distraía su mente con los recuerdos que nunca le
abandonaban.
Fiel a
su lema, “el recuerdo es la alegría que nunca se olvida”, el ya
achaparrado catedrático compaginaba sus partidas de ajedrez on line
con sus largas caminatas por todo el paseo marítimo, a pesar de sus
más de ochenta años.
Pero
lo que más ansiaba eran las visitas de su nieto. Y hoy tocaba. Su
Manolico, que así le llamaba, le daba vida. Y no ya sólo porque
fuera sangre de su sangre, sino porque con sus siete años, le
obligaba, visita sí y visita también, a que le relatase una
historia, unas vivencias que le marcaron en sus últimos treinta años
de vida.
- Venga Manolico, pídele a abuela el dominó y echamos una partidica – le decía a su nieto, sabiendo de antemano cuál iba a ser su respuesta-.
- Yo no tengo ganas de jugar, abuelo; yo quiero que me cuentes tu viaje a Madrid para reunirte con tus amigos los militares.
- ¿Otra vez?, pero si ya te lo conté la semana pasada. Vamos a jugar una partida al dominó, pijo. O si quieres te enseño jugar a la ajedrez.
- Que no quiero jugar a nada; que quiero que me cuentes esa historia. Venga, abuelico. Si me la cuentas te canto una de las canciones que me enseñaste.
- Vale, te la voy a contar, pero antes me tienes que cantar.
- Biennnnnn. Te la canto. “La Madelón, es bella y complaciente; la Madelón, a todos trata igual, …..........”
Mientras
que el travieso rubio de ojos claros desafinaba cantando, al igual
que en su día hacía su abuelo de camino al campo de tiro, los
acordes de la marcha militar, el enjuto octogenario, con ojos
lluviosos, recordaba a sus amigos Juan Trastoi y Mariano Valbuena.
“Mariano, da la entrada. Trastoy, cántanos otra. Y Juan, tanto a
los veintitantos como a los cincuenta y algo, tanto camino de Penizas
como en aquel restaurante en la segunda planta de una céntrica calle
madrileña, en el que Carlos el Canario ofreció su versión
particular del Roque Nublo, que ni los Gofiones lo hubieran hecho
mejor, deleitaba a sus amigos y compañeros de promoción con sus
extremados gestos y cánticos marciales”.
- Así me gusta, que no se te olviden las cosas que te enseña tu abuelo. Después me tienes que cantar otra.
- Pero antes me tienes que contar tu viaje a Madrid, que la semana pasada me hiciste cantarte por dos veces las dos canciones, y al final, y al final me tuve que ir sin que terminaras la historia.
- Pero para qué quieres que te cuente mi historia si ya te la sabes mejor que yo.
Y así
era. Tantas veces se la había contado ya, que eran muchas las
ocasiones en las que el avispado catire le interrumpía y se
adelantaba a los acontecimientos y hechos que él pensaba relatarle.
- Abuelo, tú me la cuentas, pero hoy te voy a hacer algunas preguntas, ¿vale?
- Bien. Pero hoy te voy a contar algunas cosicas que nunca te he contado. Empiezo. Después de unos cuatro meses, días arriba días abajo, pasando calamidades, durmiendo bajo el mismo techo o bajo la misma lona, veinte universitarios salieron por la Puerta de Carlos I de la Escuela Naval Militar de Marín, con rumbo a la Escuela de Aplicación en San Fernando. Veinte universitarios aguerridos con una estrella de seis puntas en sus bocamangas. Veinte alféreces alumnos de Infantería de Marina. Veinte caballeros, desconocidos entre ellos cuatro meses atrás, que se habían cobijado en la misma manta, bebido en el mismo jarrillo y comido en la misma marmita. Veinte compañeros, cada uno de su padre y de su madre, cada uno con sus dimes y diretes, cada uno con sus prontos y escaqueos, pero unidos, todos, sin excepción, por ese algo que llamamos amistad, y que en este caso fue motivada por los múltiples rigores y vicisitudes que tuvieron que soportar juntos. Atrás quedaban los “os voy a hacer infantes de marina”, muy de películas americanas, los “me chupa un huevo” o los “a torpedo y dos cofas” de un aguerrido y de aspecto chulesco, que no de corazón, teniente.
- ¿Cómo se llamaba ese teniente, abuelo?
- Ramón, Ramón Pérez Alonso.
- ¿Y qué fue de ese teniente Ramón?
- Manolico, me estás fallando. ¿No te acuerdas? Pues ese teniente, ya con el grado de coronel, mandando la Agrupación de Infantería de Marina, en Madrid, fue una pieza clave para que nos pudiésemos reunir casi treinta años después. Todo un caballero. Así es, Manolico. Lo que hizo ese señor por nosotros, abriéndonos el cuartel de par en par, superó con creces todo lo que nos hubiésemos podido imaginar. Y está claro, si lo hizo fue porque lo sentía; porque, aunque le tocó en su día asumir el papel de instructor nuestro, con todo lo que conlleva eso, se consideraba, después de casi treinta años, uno más del grupo. Y bien que nos lo demostró.
- Abuelo, ¿y todos los que salieron por esa puerta que llamas de Carlos I asistieron a esa reunión de Madrid?
- Por desgracia no. Y digo por desgracia principalmente porque uno de los veinte, Ramón Cachafeiros Plata, murió muy joven, a los pocos años de diseminarnos el grupo. Era de Cartagena, como tú, y te tengo que decir que era como un hermano para mí. Pero no sólo se llevaba bien conmigo, sino que, como decía uno de nosotros, era el nexo del grupo.
- No te entiendo, abuelo.
- Que en un grupo de veinte, había quien te era simpático y quien te era menos, gente con la que te llevabas mejor que con otra; eso es de humano, y más en un grupo grande. Pues mi hermano Ramón se llevaba bien con todos los miembros del grupo, apagando fuegos y deshaciendo malentendidos. Una gran pérdida. Recuerdo que en la reunión madrileña, se respiraba en el ambiente que, sin mencionarlo, estaba presente en la mente de todos. El Cachas, que así le llamábamos, era mucho Cachas.
- ¿Y faltó alguien más a la reunión de Madrid?
- Sí, faltaron cuatro por diversas causas. Juanjo Muñoz y Rafael Muñoz, por los que se interesó en gran medida el coronel Luaces, otro de los profesores que tuvimos en Marín, preguntando que si ya habían aparecido en el Barbanza; el trotamundo Javier San Román, que cuando nos reunimos se encontraba trabajando, no sé si en Dubai o en Abu Dabi, y como era lógico, no iba a venir de tan lejos para un fin de semana; aunque ganas no le faltaron; y el bueno de Pedro Sánchez López, el niño de Linares que era como le llamábamos, y que corría en la escuela como un galgo.
- Abuelo, pero, ¿cómo se encontraron ustedes en Madrid después de tanto tiempo? ¿no se perdieron ustedes con tanta gente?
- Jajajajajaja. Ya te lo he dicho en más de una ocasión. No me escuchas, no me escuchas. No te interesan las cosas que te cuento.
Después
de las últimas palabras histriónicas de su abuelo, Manolico, pese
al esfuerzo que hizo, no pudo controlar que se le humedecieran sus
retinas.
- No me digas eso, abuelo. Sabes que me encantan tus historias; si no me acuerdo es porque tus historias son muy largas, y se me olvidan algunas cosas; y además, siempre me cuentas alguna cosica nueva.
- Es una broma, tonto. Te cuento. La reunión en Madrid salió tan bien porque hubo uno de nosotros que se preocupó en hacer una organización del evento casi perfecta. Sin su iniciativa y sin su buen hacer hubiera sido casi imposible. Ese fue Eduardo García Domenech. Era el gentleman del grupo, el que si hubiera nacido en Sevilla o en Jerez estaría dentro del saco de los señoritos andaluces, con patilla larga, engominado y caracolillos por debajo de la nuca. Todo un personaje que en cierta ocasión, cuando nos encontrábamos vistiendo en el sollado de Marín, y tras atarse los cordones de los zapatos, levantó la cabeza y se encontró a escasos centímetros con la ciclópea entrepiernas de su compañero Mariano Valbuena.
- ¿Eso qué es, abuelo?
- Otro día te lo cuento; voy a seguir con la historia.
- No, cuéntamelo hoy.
- Pues bien, decirte que en todas las marchas que hacíamos, era el bueno de Mariano el que siempre llevaba el trípode.
- ¿Y qué es el trípode?
- Manolico, que nos estamos saliendo de la historia, y ahora no tengo ganas de darte una clase de armamento.
- Anda, abuelico, dime qué es un trípode.
- Está bien, nosotros teníamos un arma que se llamaba mortero, que estaba compuesto por un tubo en el que se metían las bombas en forma de pepino. Pues ese tubo estaba apoyado en una placa base que pesaba mucho y en un trípode, que significa tres patas. Pues ese trípode era el que llevaba siempre Mariano, llevándolo siempre encima: a la cama, a la ducha, al Daniel Boom, a todo sitio donde fuese.
- ¿Qué es el Daniel Boom?
- Una discoteca de Pontevedra a la que íbamos los fines de semana cuando estábamos en Marín.
- No entiendo nada, pero lo que no me has contestado ha sido lo de cómo os encontrasteis en Madrid.
- Pues muy sencillo. Fue mi buen amigo Domingo el que propuso un hotel en concreto y que nos saldría arregladico de precio, aprovechando que en él trabajaba un pariente suyo. Y así lo hicimos. Fue una buena decisión. Recuerdo que en la cafetería de ese hotel en la plaza de España viví una de las mejores vivencias de mi vida; y por lo que me contaron mis amigos, a ellos le ocurrió lo mismo.
- Cuéntame con detalles, abuelico.
- Te cuento lo que yo viví. Llegué a la recepción del hotel, y tras confirmar que la reserva estaba bien, y sin subir a la habitación, tras dejar la maleta en recepción me dirigí por indicaciones del recepcionista a la cafetería. Las piernas me temblaban temiendo lo que podía encontrarme allí, ya que hacía casi treinta años que no veía a las personas con las que había quedado. ¿Estarían gordos, calvos y maltraídos, o por el contrario conservarían todavía sus formas apolíneas adquiridas en la Escuela de Aplicación tras las carreras dadas a las tres de la tarde en pleno mes de mayo andaluz, según indicaciones de un sargento primero, y que supusieron algún que otro brote de inconformismo y protesta, rayando por momentos la insumisión, ante los oficiales Rosety y Pérez Alonso? Abrí la puerta de cristal que daba a la calle y, como por ensalmo, desapareció de mi mente cualquier pensamiento ligado al aspecto físico de mis antiguos compañeros.
- ¿Y eso porqué, abuelico?
- Pues muy sencillo, porque nada más abrir esa puerta de cristal de la cafetería, procedentes de una entreplanta a la que se accedía por una escalera, comenzaron a llegar voces familiares, voces conocidas, voces deseadas. Manolico, no puedo describirte esos momentos, los vividos desde que dejé la calle hasta llegar a la entreplanta de la cafetería: los vellos se me erizaron, las mariposas, adormecidas en mi interior desde hacía mucho, pulularon por mi estómago, los recuerdos se amontonaron en mi mente, los ojos se me fueron humedeciendo al tiempo que iba ascendiendo escalones. Indescriptible, Manolico. Peldaño a peldaño iba reconociendo cada vez más voces del pasado; paso a paso esas voces se convertían en caras; tranco a tranco esas voces llenaban huecos de mi alma.
El
catedrático, “sensiblón” con esta parte de su historia, se vio
sorprendido por un nudo en la garganta, impidiéndole proseguir, al
tiempo que sus ajadas mejillas fueron transitadas por dos minúsculos
arroyuelos que desembocaron como si de cataratas se tratasen, en sus
entrecruzadas y temblorosas manos. El semblante de Manolico, al ver
por los momentos que estaba pasando su abuelo, se volvió preocupado,
sintiendo también la compañía de los humedales.
- Abuelico -dijo el rubio, llenándose de valor-, escúchame. “Infantes de marina, marchemos a luchar, la Patria engrandecer y su gloria acrecentar, nobleza y valentía nuestros emblemas …............., que los infantes de marinas, gloriosamente saben triunfar”.
Las
lágrimas siguieron llegando intermitentemente a las marchitas manos
del jugador de ajedrez, pero en esta ocasión, más que repletas de
pasado, llegaban henchidas de futuro, dándole fuerzas para continuar
con su relato.
- Sigue, abuelo; ibas subiendo la escalera hasta la entreplanta de la cafetería.
- ¿Sabes?, la Marcha Heroica la has cantado mejor que la Madelón; te felicito, enano. Continúo. Si los que hubiesen subido la escalera hubiesen sido Paco o Domingo, ya habrían visto a los productores de risas y jolgorios, pero yo tuve que esperar, por mis centímetros de menos que ellos, hasta que me faltaran un par de escalones para ver a un grupo compuesto por ocho o nueve señores con muy buena planta. Uauuuuuu, Manolico, me encantaría poder transmitirte la sensación que tuve al ver a mis viejos compañeros, a mi viejos amigos; qué digo sensación, multitud de sensaciones. Imagínate que en una coctelera se introduce una gama ingente de sensaciones agradables todas ellas, y comienzas a mover esa coctelera a ritmo caribeño, el mismo que tiene en sus venas el capo Jorge Barrón. De pronto, se abre esa coctelera y el elixir resultante se me vertió por encima, envolviéndome los cinco sentidos: la vista, al empañarse mis ojos de alegría viendo el buen estado en el que se encontraban todos: el tacto, al recordar los apretones de manos y los abrazos que nos dimos hacía ya casi treinta años cuando nos despedimos; el olfato, recordando el olor de la tierra y los tojos mojados en las caminatas y patrullas que vivimos juntos; el oído, comprobando que aunque pasasen mil años, seguiría reconociendo las voces de mis amigos; y el gusto, recordando los buenos momentos pasados deleitándonos con el Ribeiro en las calles de Pontevedra, Vigo o Santiago, o del orujo que nos traían los domingos por la noche nuestros amigos gallegos, y que en alguna que en otra ocasión fue el causante de que el perno y sus compañeros de primera fila de la novena bravo corriesen hasta torpedo.
- Abuelo, ¿qué es un perno?
- Un perno es una especie de pasador que sirve para sujetar piezas independientes. Pero en Marín le llamábamos perno al más alto de una formación, encontrándose en el extremo superior izquierda de esa formación. En nuestra brigada, la novena bravo, el perno era Paco Palomo. Todo lo que tenía de alto y grande lo tenía de buena gente. Persona encantadora y sensible; ahhh, y amante de la cerveza. Cuando nos reunimos en Madrid, fue el que con su cámara fotográfica al cuello, tomó casi doscientas instantáneas del grupo.
- ¿Tú no fuiste nunca perno, abuelo?
- Continúo con el relato, pijo. Llegué todo envuelto en sensaciones indecibles hasta el grupo. Abrazos, besos, achuchones, risas, lágrimas y, cómo no, cervezas. Manolico, después de casi treinta años los reconocí a todos: se ve que los años y mi memoria se habían aliado, al haber el tiempo respetado sus facciones; bien para ellos y bien para mí. Comprenderás que los temas de conversación no fueron otros que aquellas vivencias que respiramos juntos. Al tiempo que iba hablando con unos y con otros mi corazón fue bajando de las revoluciones que fue adquiriendo desde que abrí la puerta de cristal; más pausado pero más feliz. Lo que estaba viviendo era real y muy muy agradable. Y cada vez que llegaba un nuevo miembro del grupo se repetían las mismas sensaciones. Lo que se estaba viviendo en aquella cafetería era sincero: ni una sola gota de hipocresía ni de histrionismo. Y ejemplo de ello se ve en el salva pantalla de mi portátil, donde en todas las caras lo único que se ve es naturalidad y satisfacción. Ufffff, nieto mío, hoy lo estoy pasando fatal con mi historia, ya que me estoy metiendo bien de lleno en las sensaciones y emociones que viví en el momento de encuentro. Vamos a descansar un poco, ¿vale?
- Con lo emocionante que estaba. Pero te comprendo. Mientras que te recuperas voy a intentar cantarte la canción que me has cantado un par de veces tan solo. A ver si me acuerdo; por lo menos el principio. “Soplen serenas las brisas, ruja amenazas la ola, mi gallardía española se corona de sonrisas........”. Me la sé casi entera.
- Bueno, bueno, pero la que no se te debe nunca de olvidar es la Marcha Heroica; además, es más bonita que la que acabas de cantar. Cuando estuvimos en Madrid, me contaron los dos amigos míos que después de dejar la Infantería de Marina se convirtieron en jefes de la policía local, de Tarragona uno y de Granada otro, que en algunas rondas que daban por la ciudad con algunos de sus subordinados, le cantaban en el coche la Marcha Heroica. Me refiero a Enrique y a Mariano. Y no te digo nada de aquellas palabras que pronunció en el comedor de la Agrupación de Madrid el entrañable Fernando. Mi amigo Fernando Cobo Gradín fue mas lejos todavía: le cantaba a sus dos niñas cuando bebé, la Marcha Heroica para que se durmiesen. Sinceramente creo que, sin hacernos daño, ese himno nos lo grabaron en la piel y en los sentidos, y que siempre nos ha acompañado.
- ¡Qué fuerte, abuelico! ¿Qué me gusta lo que me cuentas! Cuéntame ahora algo de vuestra estancia en el hotel de Madrid.
- En verdad es que no pasó nada extraordinario. Decirte que de los quince que nos reunimos, la primera noche dormimos doce, ya que dos de ellos vivían en Madrid, Jesús Salazar y Miguel Angel Labrador, que lógicamente no se quedaron en el hotel, por lo que el primer día no pudimos disfrutar de ellos; tampoco se quedó el primer día el bueno de José Carlos Vidal, ya que no pudo llegar hasta el día siguiente.
- ¿Te refieres a quien me contaste un día que le gustaban mucho los animalicos?
- Sí, hijo mío, sí; le gustaban los animalicos, las legumbres y las hortalizas; era vegano. Cuando me enteré, yo ni sabía lo que era eso, aunque el último día de estancia en Madrid, lo sufrí en mis propias carnes. Y todo por no hacerle caso a mi amigo Ricardo Amador, que ese sí que tenía las ideas claras. Cuando se lo conté lo que había pasado, me contestó que si él hubiera estado allí se hubiera ido a comer a un asador.
- ¿Tú amigo Ricardo no estuvo en esa comida?
- No, se tuvo que ir ese día en la mañana para su querido Ferrol. Evaristo Correa y Antonio Benjumeda tampoco estuvieron. Que por cierto, en los que menos cambios encontré después de treinta años fue en ellos dos. Evaristo tan recto, educado, cortés y disciplinado como siempre, y Antonio tan “socarroncico” y metido en su papel de tenorio. Dos buenos tipos. Bueno, como todos, pijo.
- Abuelico, ¿y las trece habitaciones estaban todas en la misma planta del hotel?
- No eran trece, eran menos, ya que algunos dormíamos junto en una habitación.
- ¿Tú dormías con alguno?
- Bueno, dormir, lo que se llama dormir, se puede decir que poco. Pero sí, yo compartía habitación con Domingo.
- ¿Y por qué dormías poco?
- Porque roncaba mucho. Era horroroso. Eso no era roncar, eso era graznar. La primera noche, además de recibir la visita de Fernando y Ricardo hasta altas horas de la madrugada, no pudo utilizar la máquina que traía para no roncar, y me pasé toda la noche en vela. Lo que yo te diga, horroroso, inaguantable.
- Jajajajajaja. Pobre abuelico mío.
- Ufffff, que tarde es ya, Manolico. Venga, el próximo día me haces más preguntas. Pero antes de irte quiero que te aprendas una frase que nunca he olvidado. Una frase que dijo Fernando en el discurso de la comida que nos ofrecieron en la Agrupación. Una frase que me tienes que repetir cada vez que nos veamos. Y dice así: “....... nos ha permitido reunirnos aquí, luciendo con orgullo las cicatrices del paso, del peso y del poso de estos 30 años”. UAMF
En honor de nuestro amigo el “Cachas”.
Domingo
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