miércoles, 12 de marzo de 2014

NATIONAL GEOGRAPHIC





Me llamó el pasado sábado un amigo para pasarnos por el centro de Cádiz, concretamente por los callejones y el Barrio de la Viña, con el fin de asistir al Carnaval Chiquito o de los Jartibles, como popularmente se conoce. La verdad era que no tenía ganas y ya estaba harto de kevincosnear a distancia, que es lo que he hecho en el carnaval de este año con mi hija menor de edad.
Así que decidí quedarme en casa viendo un programa de la National Geographic (todavía se queda bien, diciendo que uno ve esos tipos de programas) en el que un león herido del Serenguety era atacado por una jauría de hienas.
Después de recostarme en mi butacón, abrí, al igual que mi señora, una bolsa de "pipas G", y comencé a deleitarme con ellas. Nervioso. El joio león cojo me tenía nervioso. Las sonrientes hienas no paraban de darle por c… al rey de la selva. Vaya rey. Y cada vez había más hienas. Y los buitres pululaban, festejando lo que se le venía encima. Y el león cada vez más cojo. ¡Vaya Rey!. Y que nadie le ayudaba. Coño (perdón), decía yo, que le ayuden los cámaras y que le curen esa pata. Y nada. Las hienas dando por culo….; un bocaito por aquí, un bocaito por allá; una dentellada por aquí, una garfañón por allá.

Toma, me dijo mi mujer, el escudo del Sevilla, refiriéndose a la pegatina que le había salido en la bolsa de pipas.
Como buen bético que soy, le contesté:
- Coño (perdón), te podía haber salido otro. Ya me diste la noche. Seguro que se cargan al león, ya verás.

Inmediatamente, más nervioso aun , con el fin de salvar la noche, comencé a rebuscar en mi bolsa de "pipas G", a ver si me salía la pegatina del Betis.
No me lo podía creer lo que veían mis ojos: dentro de la bolsa de pipas había una pegatina del escudo de Infantería de Marina. Increíble.


Y como por ensalmo, al mismo tiempo que se me iluminaba la cara al ver la pegatina de los infantes, observé de soslayo como el león, tras un potente rugido, que hizo que se sobresaltase mi mujer, asió entre sus dientes a una de las hienas, la más grande, la que más por c… estaba dando, y comenzó a girar sobre sus patas traseras como si de una reolina (Carrito o mesa expositora dotada de una ruleta y que en tiempos se utilizaba como puesto ambulante de golosinas) se tratase sin soltar a la herida hiena, que ya no reía, hasta que la soltó sobre un grupo de cuatro hembras hambrientas. El impacto fue tal que tres de ellas veían como se le fracturaban sus patas delanteras y, la cuarta, quedaba inconsciente al impactar la cabeza de su compañera arrojada, contra la suya.
A mi me faltaban ojos. No sabía si mirar mi mano derecha, donde lucía esplendorosa la pegatina de la Infantería de Marina, o ver como el renacido Rey volvía al ataque y lograba que las ya no sonrientes hienas huyeran en desbandada.

Venció el león, y la noche, pese a la dichosa pegatina del equipo de fútbol que le salió a mi mujer en la bolsa de pipas, fue completa.

miércoles, 12 de febrero de 2014

EL HOMBRE DEL TIEMPO


Mariano Medina, Martín Rubio, Manuel Toharia, Paco Montes de Oca, Mario Picazo, Minerva Piquero, Marisa Abad o Roberto Brasero. Todos ellos y ellas tuvieron y tienen un mismo denominador común: darnos las previsiones meteorológicas. Son los únicos y únicas presentadores y presentadoras de los antiguos telediarios y actuales informativos que no mienten, o por lo menos, tratan de ser los más objetivos.
Ahora, eso sí, aunque todos y todas intentaron e intentan transmitir el mismo mensaje, la forma de hacerlo dista mucho de cómo lo hacía el incombustible Mariano Medina a cómo lo hace en nuestros días el dicharachero Roberto Brasero. Así, quitando protagonismo a las cabañuelas, se fueron introduciendo en nuestro lenguaje, términos como isobaras, borrascas o temporales, pasando por los centros de altas y bajas presiones, hasta llegar a las actuales ciclogénesis o ciclólisis.
A finales de los 50 del siglo pasado, Mariano Medina decía que “una borrasca intensa ha asolado esta mañana la región de Galicia, alcanzándose en el cabo de Finisterre, olas de hasta 7 metros; la misma borrasca descargó intensas lluvias acompañadas de fuertes vientos de componente oeste en toda la cornisa cantábrica, llegando hasta las provincias Vascongadas, y siendo de nieve en la provincia de Lérida”. 

Por su parte, Roberto Brasero lanzaría la misma noticia de esta guisa: “Una ciclogénesis explosiva asoló esta mañana todo el tercio norte peninsular. Fuertes vientos huracanados que alcanzaron los más de ciento treinta kilómetros por hora en A Coruña y olas de más de 9 metros en cabo Fisterra, provocaron que la Xunta ordenase la salida de los distintos parques de bomberos. Con la misma intensidad que en las provincias de A Coruña y Lugo, las costas del País Vasco se vieron asoladas por fuertes ráfagas de viento que destruyeron cuanto se encontraba a su paso. Aunque no con tanta virulencia, pero sí en forma de nieve, la ciudad de Lleida vio como en menos de una hora, todas su calles se vieron cubierta por un espectacular manto blanco, como bien se aprecia en la fotografía que nos envía nuestro amigo Manel Palancar”. 


Ni mejores ni peores, ni peores ni mejores, pero lo que sí es verdad es que el tiempo, no solamente cambia, sino que también nos hace cambiar. ¡Qué verdad es esa!

martes, 4 de febrero de 2014

IMECARES DEL 84.

Allí, sentado en la terraza de su apartamento, con la vista perdida en las calmadas aguas de su Mar Menor, que para él era el más grande de todos los mares, distraía su mente con los recuerdos que nunca le abandonaban.
Fiel a su lema, “el recuerdo es la alegría que nunca se olvida”, el ya achaparrado catedrático compaginaba sus partidas de ajedrez on line con sus largas caminatas por todo el paseo marítimo, a pesar de sus más de ochenta años.
Pero lo que más ansiaba eran las visitas de su nieto. Y hoy tocaba. Su Manolico, que así le llamaba, le daba vida. Y no ya sólo porque fuera sangre de su sangre, sino porque con sus siete años, le obligaba, visita sí y visita también, a que le relatase una historia, unas vivencias que le marcaron en sus últimos treinta años de vida.

  • Venga Manolico, pídele a abuela el dominó y echamos una partidica – le decía a su nieto, sabiendo de antemano cuál iba a ser su respuesta-.
  • Yo no tengo ganas de jugar, abuelo; yo quiero que me cuentes tu viaje a Madrid para reunirte con tus amigos los militares.
  • ¿Otra vez?, pero si ya te lo conté la semana pasada. Vamos a jugar una partida al dominó, pijo. O si quieres te enseño jugar a la ajedrez.
  • Que no quiero jugar a nada; que quiero que me cuentes esa historia. Venga, abuelico. Si me la cuentas te canto una de las canciones que me enseñaste.
  • Vale, te la voy a contar, pero antes me tienes que cantar.
  • Biennnnnn. Te la canto. “La Madelón, es bella y complaciente; la Madelón, a todos trata igual, …..........”

Mientras que el travieso rubio de ojos claros desafinaba cantando, al igual que en su día hacía su abuelo de camino al campo de tiro, los acordes de la marcha militar, el enjuto octogenario, con ojos lluviosos, recordaba a sus amigos Juan Trastoi y Mariano Valbuena. “Mariano, da la entrada. Trastoy, cántanos otra. Y Juan, tanto a los veintitantos como a los cincuenta y algo, tanto camino de Penizas como en aquel restaurante en la segunda planta de una céntrica calle madrileña, en el que Carlos el Canario ofreció su versión particular del Roque Nublo, que ni los Gofiones lo hubieran hecho mejor, deleitaba a sus amigos y compañeros de promoción con sus extremados gestos y cánticos marciales”.

  • Así me gusta, que no se te olviden las cosas que te enseña tu abuelo. Después me tienes que cantar otra.
  • Pero antes me tienes que contar tu viaje a Madrid, que la semana pasada me hiciste cantarte por dos veces las dos canciones, y al final, y al final me tuve que ir sin que terminaras la historia.
  • Pero para qué quieres que te cuente mi historia si ya te la sabes mejor que yo.

Y así era. Tantas veces se la había contado ya, que eran muchas las ocasiones en las que el avispado catire le interrumpía y se adelantaba a los acontecimientos y hechos que él pensaba relatarle.

  • Abuelo, tú me la cuentas, pero hoy te voy a hacer algunas preguntas, ¿vale?
  • Bien. Pero hoy te voy a contar algunas cosicas que nunca te he contado. Empiezo. Después de unos cuatro meses, días arriba días abajo, pasando calamidades, durmiendo bajo el mismo techo o bajo la misma lona, veinte universitarios salieron por la Puerta de Carlos I de la Escuela Naval Militar de Marín, con rumbo a la Escuela de Aplicación en San Fernando. Veinte universitarios aguerridos con una estrella de seis puntas en sus bocamangas. Veinte alféreces alumnos de Infantería de Marina. Veinte caballeros, desconocidos entre ellos cuatro meses atrás, que se habían cobijado en la misma manta, bebido en el mismo jarrillo y comido en la misma marmita. Veinte compañeros, cada uno de su padre y de su madre, cada uno con sus dimes y diretes, cada uno con sus prontos y escaqueos, pero unidos, todos, sin excepción, por ese algo que llamamos amistad, y que en este caso fue motivada por los múltiples rigores y vicisitudes que tuvieron que soportar juntos. Atrás quedaban los “os voy a hacer infantes de marina”, muy de películas americanas, los “me chupa un huevo” o los “a torpedo y dos cofas” de un aguerrido y de aspecto chulesco, que no de corazón, teniente.

  • ¿Cómo se llamaba ese teniente, abuelo?
  • Ramón, Ramón Pérez Alonso.
  • ¿Y qué fue de ese teniente Ramón?
  • Manolico, me estás fallando. ¿No te acuerdas? Pues ese teniente, ya con el grado de coronel, mandando la Agrupación de Infantería de Marina, en Madrid, fue una pieza clave para que nos pudiésemos reunir casi treinta años después. Todo un caballero. Así es, Manolico. Lo que hizo ese señor por nosotros, abriéndonos el cuartel de par en par, superó con creces todo lo que nos hubiésemos podido imaginar. Y está claro, si lo hizo fue porque lo sentía; porque, aunque le tocó en su día asumir el papel de instructor nuestro, con todo lo que conlleva eso, se consideraba, después de casi treinta años, uno más del grupo. Y bien que nos lo demostró.
  • Abuelo, ¿y todos los que salieron por esa puerta que llamas de Carlos I asistieron a esa reunión de Madrid?
  • Por desgracia no. Y digo por desgracia principalmente porque uno de los veinte, Ramón Cachafeiros Plata, murió muy joven, a los pocos años de diseminarnos el grupo. Era de Cartagena, como tú, y te tengo que decir que era como un hermano para mí. Pero no sólo se llevaba bien conmigo, sino que, como decía uno de nosotros, era el nexo del grupo.
  • No te entiendo, abuelo.
  • Que en un grupo de veinte, había quien te era simpático y quien te era menos, gente con la que te llevabas mejor que con otra; eso es de humano, y más en un grupo grande. Pues mi hermano Ramón se llevaba bien con todos los miembros del grupo, apagando fuegos y deshaciendo malentendidos. Una gran pérdida. Recuerdo que en la reunión madrileña, se respiraba en el ambiente que, sin mencionarlo, estaba presente en la mente de todos. El Cachas, que así le llamábamos, era mucho Cachas.
  • ¿Y faltó alguien más a la reunión de Madrid?
  • Sí, faltaron cuatro por diversas causas. Juanjo Muñoz y Rafael Muñoz, por los que se interesó en gran medida el coronel Luaces, otro de los profesores que tuvimos en Marín, preguntando que si ya habían aparecido en el Barbanza; el trotamundo Javier San Román, que cuando nos reunimos se encontraba trabajando, no sé si en Dubai o en Abu Dabi, y como era lógico, no iba a venir de tan lejos para un fin de semana; aunque ganas no le faltaron; y el bueno de Pedro Sánchez López, el niño de Linares que era como le llamábamos, y que corría en la escuela como un galgo.
  • Abuelo, pero, ¿cómo se encontraron ustedes en Madrid después de tanto tiempo? ¿no se perdieron ustedes con tanta gente?
  • Jajajajajaja. Ya te lo he dicho en más de una ocasión. No me escuchas, no me escuchas. No te interesan las cosas que te cuento.

Después de las últimas palabras histriónicas de su abuelo, Manolico, pese al esfuerzo que hizo, no pudo controlar que se le humedecieran sus retinas.

  • No me digas eso, abuelo. Sabes que me encantan tus historias; si no me acuerdo es porque tus historias son muy largas, y se me olvidan algunas cosas; y además, siempre me cuentas alguna cosica nueva.
  • Es una broma, tonto. Te cuento. La reunión en Madrid salió tan bien porque hubo uno de nosotros que se preocupó en hacer una organización del evento casi perfecta. Sin su iniciativa y sin su buen hacer hubiera sido casi imposible. Ese fue Eduardo García Domenech. Era el gentleman del grupo, el que si hubiera nacido en Sevilla o en Jerez estaría dentro del saco de los señoritos andaluces, con patilla larga, engominado y caracolillos por debajo de la nuca. Todo un personaje que en cierta ocasión, cuando nos encontrábamos vistiendo en el sollado de Marín, y tras atarse los cordones de los zapatos, levantó la cabeza y se encontró a escasos centímetros con la ciclópea entrepiernas de su compañero Mariano Valbuena.
  • ¿Eso qué es, abuelo?
  • Otro día te lo cuento; voy a seguir con la historia.
  • No, cuéntamelo hoy.
  • Pues bien, decirte que en todas las marchas que hacíamos, era el bueno de Mariano el que siempre llevaba el trípode.
  • ¿Y qué es el trípode?
  • Manolico, que nos estamos saliendo de la historia, y ahora no tengo ganas de darte una clase de armamento.
  • Anda, abuelico, dime qué es un trípode.
  • Está bien, nosotros teníamos un arma que se llamaba mortero, que estaba compuesto por un tubo en el que se metían las bombas en forma de pepino. Pues ese tubo estaba apoyado en una placa base que pesaba mucho y en un trípode, que significa tres patas. Pues ese trípode era el que llevaba siempre Mariano, llevándolo siempre encima: a la cama, a la ducha, al Daniel Boom, a todo sitio donde fuese.
  • ¿Qué es el Daniel Boom?
  • Una discoteca de Pontevedra a la que íbamos los fines de semana cuando estábamos en Marín.
  • No entiendo nada, pero lo que no me has contestado ha sido lo de cómo os encontrasteis en Madrid.
  • Pues muy sencillo. Fue mi buen amigo Domingo el que propuso un hotel en concreto y que nos saldría arregladico de precio, aprovechando que en él trabajaba un pariente suyo. Y así lo hicimos. Fue una buena decisión. Recuerdo que en la cafetería de ese hotel en la plaza de España viví una de las mejores vivencias de mi vida; y por lo que me contaron mis amigos, a ellos le ocurrió lo mismo.
  • Cuéntame con detalles, abuelico.
  • Te cuento lo que yo viví. Llegué a la recepción del hotel, y tras confirmar que la reserva estaba bien, y sin subir a la habitación, tras dejar la maleta en recepción me dirigí por indicaciones del recepcionista a la cafetería. Las piernas me temblaban temiendo lo que podía encontrarme allí, ya que hacía casi treinta años que no veía a las personas con las que había quedado. ¿Estarían gordos, calvos y maltraídos, o por el contrario conservarían todavía sus formas apolíneas adquiridas en la Escuela de Aplicación tras las carreras dadas a las tres de la tarde en pleno mes de mayo andaluz, según indicaciones de un sargento primero, y que supusieron algún que otro brote de inconformismo y protesta, rayando por momentos la insumisión, ante los oficiales Rosety y Pérez Alonso? Abrí la puerta de cristal que daba a la calle y, como por ensalmo, desapareció de mi mente cualquier pensamiento ligado al aspecto físico de mis antiguos compañeros.
  • ¿Y eso porqué, abuelico?
  • Pues muy sencillo, porque nada más abrir esa puerta de cristal de la cafetería, procedentes de una entreplanta a la que se accedía por una escalera, comenzaron a llegar voces familiares, voces conocidas, voces deseadas. Manolico, no puedo describirte esos momentos, los vividos desde que dejé la calle hasta llegar a la entreplanta de la cafetería: los vellos se me erizaron, las mariposas, adormecidas en mi interior desde hacía mucho, pulularon por mi estómago, los recuerdos se amontonaron en mi mente, los ojos se me fueron humedeciendo al tiempo que iba ascendiendo escalones. Indescriptible, Manolico. Peldaño a peldaño iba reconociendo cada vez más voces del pasado; paso a paso esas voces se convertían en caras; tranco a tranco esas voces llenaban huecos de mi alma.

El catedrático, “sensiblón” con esta parte de su historia, se vio sorprendido por un nudo en la garganta, impidiéndole proseguir, al tiempo que sus ajadas mejillas fueron transitadas por dos minúsculos arroyuelos que desembocaron como si de cataratas se tratasen, en sus entrecruzadas y temblorosas manos. El semblante de Manolico, al ver por los momentos que estaba pasando su abuelo, se volvió preocupado, sintiendo también la compañía de los humedales.

  • Abuelico -dijo el rubio, llenándose de valor-, escúchame. “Infantes de marina, marchemos a luchar, la Patria engrandecer y su gloria acrecentar, nobleza y valentía nuestros emblemas …............., que los infantes de marinas, gloriosamente saben triunfar”.

Las lágrimas siguieron llegando intermitentemente a las marchitas manos del jugador de ajedrez, pero en esta ocasión, más que repletas de pasado, llegaban henchidas de futuro, dándole fuerzas para continuar con su relato.

  • Sigue, abuelo; ibas subiendo la escalera hasta la entreplanta de la cafetería.
  • ¿Sabes?, la Marcha Heroica la has cantado mejor que la Madelón; te felicito, enano. Continúo. Si los que hubiesen subido la escalera hubiesen sido Paco o Domingo, ya habrían visto a los productores de risas y jolgorios, pero yo tuve que esperar, por mis centímetros de menos que ellos, hasta que me faltaran un par de escalones para ver a un grupo compuesto por ocho o nueve señores con muy buena planta. Uauuuuuu, Manolico, me encantaría poder transmitirte la sensación que tuve al ver a mis viejos compañeros, a mi viejos amigos; qué digo sensación, multitud de sensaciones. Imagínate que en una coctelera se introduce una gama ingente de sensaciones agradables todas ellas, y comienzas a mover esa coctelera a ritmo caribeño, el mismo que tiene en sus venas el capo Jorge Barrón. De pronto, se abre esa coctelera y el elixir resultante se me vertió por encima, envolviéndome los cinco sentidos: la vista, al empañarse mis ojos de alegría viendo el buen estado en el que se encontraban todos: el tacto, al recordar los apretones de manos y los abrazos que nos dimos hacía ya casi treinta años cuando nos despedimos; el olfato, recordando el olor de la tierra y los tojos mojados en las caminatas y patrullas que vivimos juntos; el oído, comprobando que aunque pasasen mil años, seguiría reconociendo las voces de mis amigos; y el gusto, recordando los buenos momentos pasados deleitándonos con el Ribeiro en las calles de Pontevedra, Vigo o Santiago, o del orujo que nos traían los domingos por la noche nuestros amigos gallegos, y que en alguna que en otra ocasión fue el causante de que el perno y sus compañeros de primera fila de la novena bravo corriesen hasta torpedo.
  • Abuelo, ¿qué es un perno?
  • Un perno es una especie de pasador que sirve para sujetar piezas independientes. Pero en Marín le llamábamos perno al más alto de una formación, encontrándose en el extremo superior izquierda de esa formación. En nuestra brigada, la novena bravo, el perno era Paco Palomo. Todo lo que tenía de alto y grande lo tenía de buena gente. Persona encantadora y sensible; ahhh, y amante de la cerveza. Cuando nos reunimos en Madrid, fue el que con su cámara fotográfica al cuello, tomó casi doscientas instantáneas del grupo.
  • ¿Tú no fuiste nunca perno, abuelo?
  • Continúo con el relato, pijo. Llegué todo envuelto en sensaciones indecibles hasta el grupo. Abrazos, besos, achuchones, risas, lágrimas y, cómo no, cervezas. Manolico, después de casi treinta años los reconocí a todos: se ve que los años y mi memoria se habían aliado, al haber el tiempo respetado sus facciones; bien para ellos y bien para mí. Comprenderás que los temas de conversación no fueron otros que aquellas vivencias que respiramos juntos. Al tiempo que iba hablando con unos y con otros mi corazón fue bajando de las revoluciones que fue adquiriendo desde que abrí la puerta de cristal; más pausado pero más feliz. Lo que estaba viviendo era real y muy muy agradable. Y cada vez que llegaba un nuevo miembro del grupo se repetían las mismas sensaciones. Lo que se estaba viviendo en aquella cafetería era sincero: ni una sola gota de hipocresía ni de histrionismo. Y ejemplo de ello se ve en el salva pantalla de mi portátil, donde en todas las caras lo único que se ve es naturalidad y satisfacción. Ufffff, nieto mío, hoy lo estoy pasando fatal con mi historia, ya que me estoy metiendo bien de lleno en las sensaciones y emociones que viví en el momento de encuentro. Vamos a descansar un poco, ¿vale?
  • Con lo emocionante que estaba. Pero te comprendo. Mientras que te recuperas voy a intentar cantarte la canción que me has cantado un par de veces tan solo. A ver si me acuerdo; por lo menos el principio. “Soplen serenas las brisas,
ruja amenazas la ola, mi gallardía española
se corona de sonrisas........”. Me la sé casi entera.
  • Bueno, bueno, pero la que no se te debe nunca de olvidar es la Marcha Heroica; además, es más bonita que la que acabas de cantar. Cuando estuvimos en Madrid, me contaron los dos amigos míos que después de dejar la Infantería de Marina se convirtieron en jefes de la policía local, de Tarragona uno y de Granada otro, que en algunas rondas que daban por la ciudad con algunos de sus subordinados, le cantaban en el coche la Marcha Heroica. Me refiero a Enrique y a Mariano. Y no te digo nada de aquellas palabras que pronunció en el comedor de la Agrupación de Madrid el entrañable Fernando. Mi amigo Fernando Cobo Gradín fue mas lejos todavía: le cantaba a sus dos niñas cuando bebé, la Marcha Heroica para que se durmiesen. Sinceramente creo que, sin hacernos daño, ese himno nos lo grabaron en la piel y en los sentidos, y que siempre nos ha acompañado.
  • ¡Qué fuerte, abuelico! ¿Qué me gusta lo que me cuentas! Cuéntame ahora algo de vuestra estancia en el hotel de Madrid.
  • En verdad es que no pasó nada extraordinario. Decirte que de los quince que nos reunimos, la primera noche dormimos doce, ya que dos de ellos vivían en Madrid, Jesús Salazar y Miguel Angel Labrador, que lógicamente no se quedaron en el hotel, por lo que el primer día no pudimos disfrutar de ellos; tampoco se quedó el primer día el bueno de José Carlos Vidal, ya que no pudo llegar hasta el día siguiente.
  • ¿Te refieres a quien me contaste un día que le gustaban mucho los animalicos?
  • Sí, hijo mío, sí; le gustaban los animalicos, las legumbres y las hortalizas; era vegano. Cuando me enteré, yo ni sabía lo que era eso, aunque el último día de estancia en Madrid, lo sufrí en mis propias carnes. Y todo por no hacerle caso a mi amigo Ricardo Amador, que ese sí que tenía las ideas claras. Cuando se lo conté lo que había pasado, me contestó que si él hubiera estado allí se hubiera ido a comer a un asador.
  • ¿Tú amigo Ricardo no estuvo en esa comida?
  • No, se tuvo que ir ese día en la mañana para su querido Ferrol. Evaristo Correa y Antonio Benjumeda tampoco estuvieron. Que por cierto, en los que menos cambios encontré después de treinta años fue en ellos dos. Evaristo tan recto, educado, cortés y disciplinado como siempre, y Antonio tan “socarroncico” y metido en su papel de tenorio. Dos buenos tipos. Bueno, como todos, pijo.
  • Abuelico, ¿y las trece habitaciones estaban todas en la misma planta del hotel?
  • No eran trece, eran menos, ya que algunos dormíamos junto en una habitación.
  • ¿Tú dormías con alguno?

  • Bueno, dormir, lo que se llama dormir, se puede decir que poco. Pero sí, yo compartía habitación con Domingo.
  • ¿Y por qué dormías poco?
  • Porque roncaba mucho. Era horroroso. Eso no era roncar, eso era graznar. La primera noche, además de recibir la visita de Fernando y Ricardo hasta altas horas de la madrugada, no pudo utilizar la máquina que traía para no roncar, y me pasé toda la noche en vela. Lo que yo te diga, horroroso, inaguantable.
  • Jajajajajaja. Pobre abuelico mío.
  • Ufffff, que tarde es ya, Manolico. Venga, el próximo día me haces más preguntas. Pero antes de irte quiero que te aprendas una frase que nunca he olvidado. Una frase que dijo Fernando en el discurso de la comida que nos ofrecieron en la Agrupación. Una frase que me tienes que repetir cada vez que nos veamos. Y dice así: “....... nos ha permitido reunirnos aquí, luciendo con orgullo las cicatrices del paso, del peso y del poso de estos 30 años”. UAMF

En honor de nuestro amigo el “Cachas”.


 Domingo

miércoles, 18 de diciembre de 2013

CUANDO PEPÍN QUISO VOLAR COMO UN AGUILUCHO.

No es que tuviese comportamiento aguardentoso, o que deseara verse envuelto en el embrujo de Paco Alba, o incluso que se sintiese seducido por manipular deshidratadas maracas venidas de La Habana. Nada de eso.
Él deseaba algo más.
Cautivado por los sones desenfadados que procedían del interior marinero del garito, Pepin, que así se llamaba, quería dejarse dirigir de los vuelos melódicos de aquellos aguiluchos. Como rapaz que acecha a su presa, ejecutó unas pautas de acercamiento que ya la quisieran para sí los mejores grupos de operaciones especiales. Poco a poco, con la mesura que caracteriza al buen depredador, y sin que sus presas se percatasen de ello, se fue integrando en el paisaje que hasta su llegada había sido copado en su totalidad por aquellos jacarandosos músicos.

Sus movimientos dubitativos y sus andares renqueantes, sólo dieron que pensar a aquellos atrevidos músicos que no se trataba más que de un achispado hombrecillo solitario que tan solo buscaba llenar su aislamiento y su soledad. Quizás, pensaron algunos, se tratara de un antiguo trovador que, ante el sonar de las cuerdas, le hicieran rememorar tiempos vividos.

Pero no. Ni fue trovador en su pasado, ni la añoranza había entrado en su interior. Pepín buscaba esa noche algo especial. Si para conseguirlo tenía que seguir los acordes de aquellos músicos refugiándose en el seco sonar de las maracas, o chapurrear viejas canciones carnavalescas, o incluso hacer de “cigarrero” del grupo, pues así sería. Él estaba dispuesto a todo. Por un abrazo lo daba todo.

Pero no un abrazo cualquiera; el quería el abrazo. El abrazo. Sólo el abrazo. Así, todas sus miradas tenían un único objetivo; todas sus intervenciones buscaban un único receptor; todas sus beodas sonrisas tenían un único destino.


Por eso, seguramente, en la obscuridad de su habitación, y alejado ya de sus incestuosos deseos, caería en los brazos de Morfeo a ritmo de chotis.

domingo, 15 de diciembre de 2013

BERENGUER




Javier y Rosa era un matrimonio poco común en la vecindad donde vivían. Con más hijos de los que quisieran haber tenido, y trabajando todos en la empresa familiar, causa ésta que le ocasionó un sinvivir continuo, hicieron lo habido y por haber para que todos fuesen felices. Pero eso era tarea ardua, ya que, aunque hijos todos, eran muy diferentes entre sí.
Y esa diferencia entre ellos fue el principal motivo por el que Rosa y Javier, aunque no lo reconociesen en público, no se sintieran realizados ni como padres ni como gestores de la empresa familiar, destrozando desde un primer momento el concepto de igualdad, ya que daban a cada uno de esos hijos lo que, a su particular parecer y sin tener en cuenta las reacciones de los demás, ellos pensaban que necesitaban cada uno para que no le diesen problemas. O lo que es lo mismo, el cariño, el amor y algún que otro bien material que repartían los cabezas de familia, era muy distinto según se tratase de uno o de otro hijo.
Quizás el mayor error del matrimonio fue que sus componentes, es decir, Javier y Rosa, nunca fueron en la misma dirección a la hora de la educación de sus hijos. Así, si hoy era Rosa la que hacía el reparto de amor, cariño y algún que otro bien material entre sus numerosos hijos, mañana llegaba su marido para, desatendiendo lo hecho por su esposa, hacer un nuevo reparto. Claro está, comportamientos éstos que lo único que hacían era enturbiar las relaciones entre sus hijos y entre ellos mismos.
Era por eso que, como en cualquier camada de lobeznos, donde siempre hay algunos que maman más que sus hermanos, entre los hijos de Rosa y Javier existían unos más favorecidos que otros. Y estos favores se veían con una claridad más que notoria en las habitaciones en las que dormían, habitaciones que servían también de lugares de trabajo. Así, la habitación de Berenguer era sin lugar a ninguna duda la más confortable y la que más lujos tenía. En su mesa de despacho se encontraban los últimos y mejores avances tecnológicos, hecho éste por el que sus trabajos, aparentemente, eran más copiosos y abundantes que los de sus hermanos, teniendo así más clientes que ellos.
El hecho de presentar más y aparentemente mejores trabajos que sus hermanos, era motivo para que Berenguer se sintiera superior a sus hermanos, reclamando y exigiendo continuamente más cariño, más amor y algún que otro bien material. Continuamente transmitía a sus padres el malestar que sentía hacia sus hermanos, con unos más que con otros, acusándolos de hacer poco y mal el trabajo que tenían encomendados para ayudar a que la economía familiar estuviese saneada, para a continuación, demandarles más mejoras en su habitación, demandas que salvo algunos, pocos, hechos aislados, siempre habían sido otorgadas por sus padres desde sus primeros años de vida, convirtiéndolo así en una persona caprichosa y malcriada.
Los tiempos que se estaban viviendo no eran los mejores para la empresa, comenzando a ponerse la cuenta en números rojos, hecho éste que Javier y Rosa ocultaron a sus hijos; que ocultaron hasta el momento en que la situación se hizo insostenible y no les quedó más remedio que ponerlos al día, menguándose desde entonces el amor, el cariño y algún que otro regalito material (distintos a cada uno de sus hijos), a los que lo tenían acostumbrados. Y es aquí donde comenzaron los quebraderos de cabeza más graves para Rosa y Javier, ya que, no sólo se tuvieron que enfrentar con los problemas de liquidez de su empresa (llegaron a estar a punto de la banca rota), sino que tuvieron que lidiar con las múltiples quejas procedentes de sus propios hijos, protestas que lo unicamente que hacían eran demandar las prebendas a las que estaban acostumbrados.
Pero de entre todas las protestas y demandas, fueron las de Berenguer, el hijo caprichoso y malcriado, las que más preocuparon al matrimonio. Achacando que ya estaba harto de producir más que sus hermanos, amenazó a sus padres con marcharse de la casa y de la empresa familiar, creando una empresa propia que desarrollaría su labor en los mismo quehaceres que desarrollaba la de sus padres.
Rosa y Javier priorizaron el problema que les presentó su hijo Berenguer, buscándole mil y una soluciones para que desistiera de su empeño. Para ello buscaron a los mejores asesores, a los mejores mediadores, y claro está, a los mejores intermediarios para convencer al gran Berenguer que no se convirtiera en la competencia.
Al tiempo que seguían las negociaciones, en las que el caprichoso y cada vez más altivo Berenguer se alejaba por día de las súplicas de sus padres, uno de los asesores, aconsejó al matrimonio lo siguiente:
Javier, Rosa, la situación está muy mal; Berenguer se ha empestillado en no dar marcha atrás en tus pretensiones, así que, os aconsejo, y priorizando, que sin abandonar el intento a que no se marche, hay que empezar a mover los hilos necesarios para que si en un final, abandonase la casa y la empresa, su ausencia no se eche en falta.
¿Y qué vamos a hacer para ello? Pues muy sencillo. Y comienzo con los detalles. El mejor equipo informático que tenéis en la empresa se encuentra en la habitación de Berenguer, siendo a él a donde acuden una gran parte de los clientes de la empresa. Pues bien, montemos en las habitaciones de varios de vuestros hijos, unos equipos informáticos mucho más potentes, siendo allí a donde irán desviados esos clientes; y es más, serán los mismos clientes los que, al ver que las prestaciones de los nuevos ordenadores son mejores, acudirán sin tenerlos que presionar.
Por otro lado, los nuevos clientes que vengan a demandar los servicios de la empresa los reconduciremos hasta sus otros hijos, asegurándonos que los nuevos gestores (sus otros hijos) suministran un servicio como mínimo, y si se puede, mejor, que el que suministraba Berenguer.
Y por último, y aunque esperemos que al final no se vaya el díscolo Berenguer, caso que no remita en su empeño, se les abrirá las puertas para que se vaya, pero que deje en la empresa el gran equipo informático que se le compró, así como la maravillosa cadena de música (mucho mejor que la de sus hermanos), el vehículo de gama alta (único que hay en la familia) y todos los otros regalos que bien vosotros, bien la empresa, le regalasteis en su día. En otras palabras, y hablando bien claro, si el díscolo, caprichoso y malcriado Berenguer no remite en su empeño de marcharse, que se vaya como popularmente se dice, con una mano delante y otra detrás.
Y ojo, esto sólo es un consejo que os doy”


Domingo

martes, 10 de diciembre de 2013

NO EXISTEN LÍMITES






Aunque albergaba esperanzas de que sus libros se publicasen alguna vez, Jacobo nunca pudo imaginar al dejar su ciudad natal que, años más tarde, se convertiría en uno de los autores más leídos en lengua castellana. Para conseguirlo, tras vivir una tortuosa relación amorosa con la mujer que le abrió el camino del éxito, tuvo que soportar los ataques de una de las mayores editoriales del país.

En No existen límites conviven, alimentándose los unos a los otros, amores, deseos, pasiones, celos y escarnios, habiendo momentos en los que el lector no consigue distinguirlos. 





CAPÍTULO I

Madrid, octubre de 2009

La desazón había tomado hueco en el interior de Laura y ya, nada ni nadie le hacía abandonar ese estado de semi presencia, ese estado de estar y no estar, ese mundo sin luces y sombras, en el que había caído tras el vacío que se había apoderado de ella en los últimos meses.

Aquella mujer activa, extrovertida, crítica y divertida en los últimos años, había desaparecido como por ensalmo. Su aspecto físico, a sus cuarenta y nueve años recién cumplidos, se asemejaba más al de una sesentona descuidada, que al aspecto que, hace menos de seis meses, hacía que fuese el centro de todas las miradas y atenciones, no sólo masculinas, en el sinfín de reuniones y fiestas a las que asistía. No había hombre que no se dejara seducir por la simpatía, belleza y naturalidad de Laura, y todo ello sin ella perseguirlo. No había mujer que, conociéndola como la conocían, no buscase su compañía y tratara de imitarla, no sólo en su vestuario, sino también en sus ademanes y expresiones. “Hay que ver que de un saco viejo que se eche por encima hace de él el traje más elegante que se vea en una pasarela” –decían algunas-; “y es más –decían otras-, uso el mismo perfume que ella, y su fragancia es totalmente distinta, es mucho más exquisita que la mía”.


miércoles, 13 de noviembre de 2013

DE GUATEMALA A GUATEPEÓ (pero muy a gusto).



Y es así; pero encantado, aunque a veces.........
Está claro que me persiguen los monotemas. Entramos por aquí, corremos por allá, pero al final, la cabra siempre tira al monte.

Recuerdo mi etapa de infante de marina, en aquellas reuniones alrededor de una mesa o en la barra de la cámara de oficiales, y tras cualquier acto militar, que comenzábamos a departir sobre cualquier tema con o sin transcendencia. Hoy tocaba hablar del gobierno, ayer lo fue del alcalde de San Fernando, anteayer le tocó al Real Madrid y al Barcelona, y mañana, seguramente, le tocará hablar de la desaparición de la Infantería de Marina.
Daba igual el tema que se tocara, lo que sí era seguro que ya en la segunda copa, y a veces en la primera, el tema central volvería a ser el viaje allende los mares del buque escuela Juan Sebastián Elcano. Una y otra vez, esos oficiales nostálgicos, rememoraban sus hazañas en Santo Domingo, en Curaçao o en Valparaiso. “En mi viaje estuvimos en..........” o “”pues en el mío tuvimos la suerte de …....”; “pues yo tuve la suerte de hacer el viaje con el rey como guardia marina y con el príncipe de proto....”. Y así, cientos de comentarios y vivencias con las que mi “yo”, ajeno a esas navegaciones, jugaba a un doble juego: por un lado, asentía una y otra vez con media sonrisa, y por otro, viajaba sin haber viajado.

Y me salí de guatemala. Pero me metí en guatepeó.

Hace ahora un par de años, un buen amigo mío, Juan el canario, me invitó a formar parte de un proyecto musical: Los Aguiluchos. Yo, loco, sin idea alguna de armonía, ritmo o compás, accedí. Allí empecé a conocer a uno tras otro de los componentes del mencionado grupo, teniendo que decir a día de hoy que, salvo algún que otro caso aislado, he agrandado el grupo de mis amigos.
Gente muy válidas, aunque cada uno con su maletita particular (como todos en este mundo), que en gran medida han jalonado muy mucho mi “deambular existencial” durante este tiempo.
Pero volvemos a lo que volvemos: la cabra siempre tira al monte. Este grupo de nuevos amigos, tienen todos en común el haber sido tuno en su vida universitaria. Y eso marca.
Dicho esto, y al igual que ocurría con mis compañeros infantes, cuando vamos con la segunda copa, ya comenzamos a viajar al Congreso de Amsterdam, o al de Santiago o al de Canarias. Y tal que está, tal que está, volviendo siempre donde mismo: que si una ronda por aquí, que si una gachí por allá; que si en la casa del gobernador por aquí, que si la actuación en TVE por allá.
Y yo, como entonces, ajeno a esas rondas y congresos, juego a un doble juego: por un lado, asiento una y otra vez con mi media sonrisa, y por otro, rondo sin haber rondado.

Por todo ello, les agradezco a infantes y a tunos, hacerme partícipes de sus andanzas y aventuras, permitiéndome haber pisado las calle de Santiago, de Rio, de Buenos Aires, de Amsterdam, Bruselas, y un largo etc, y todo ello sin haberlas pisado.
Pero por vuestras madres, esperar con vuestros periplos a la cuarta o a la quinta, momento en en el que ya todos los gatos son pardos.
Domingo
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