sábado, 20 de septiembre de 2025

LOS CARAMELITOS DEL JOYERO


Quizás el hecho de resistirme a creer que mi DNI señale que me quedan pocos años para abandonar la decena de los sesenta y enfrentarme al número siete (aunque como para muchos lo considero el número mágico) y de una manera involuntaria y desbocada, llevo unos días en los que han habitado en mi mente unos hechos que acaecieron allá por los setenta (otra vez el siete), en plena etapa de transición en la política española. Vaya por delante que no viví en primera persona los acontecimientos que, como ya apunté, están merodeando mi memoria en las últimas fechas; quizás porque añoro aquellos años de adolescencia en los que la persona goza de intenciones más libres y menos razonadas, o quizás porque me faltan algunas piezas para completar el puzle de la historia que me está invadiendo, me he visto en la necesidad de sentarme delante de la libreta, con Pilot en mano, para hablar de ella, advirtiendo que los nombres y apodos que utilizaré al referirme a las personas intervinientes en los hechos y acontecimientos que pretendo detallar, no coinciden para nada con los sujetos participantes en la historia.  


Nadie podía imaginar que la presencia rutinaria de aquel adolescente de buena planta tras la barra mugrienta de aquel tabanco, a donde lo mandaban sus padres para quítalo de la calle y de paso que se ganara unas pesetas para sus cosillas, se iba a alterar en cierta manera con la visita inesperada e inusual de un par de parejas (no de guardias civiles) foráneas que, sin que ninguno de los cuatros supieran porqué habían caído en aquella tasca de la calle Pastelería en la que todavía, por entonces, se tenía la costumbre y la necesidad, por miedo cronificado, de mirar para atrás a la hora de hablar sobre algún tema que se apartase del Betis, del Madrid, del Barcelona o de Curro Romero y Antonio Ordóñez. Se podría decir que la llegada de aquellas cuatro personas a la barra de aquel garito de la calle alférez Gaviria esquina con Cruz y Traviesa, fue por puro azar, y no por preguntar por el vecino de enfrente, el zapatero culto, Pepito el de Elisa, con el fin de pedirle alguna cuarteta carnavalesca.

Pues bien, aquel chaval de buena planta con jeans de marca Lois marcador de muslos y glúteos, avispado como el que más, obnubilado por los escotes atrevidos que lucían las dos señoras o señoritas, en un principio no se percató que dos pares de ojos masculinos no dejaban de observar todos sus movimientos, tanto detrás de la barra como cuando su jefe lo mandaba a recoger los vasos que mendigaban por las mesas de madera de tijeras que se encontraban en un pequeño salón.

      Jefe —dijo Miguel, uno de los hombres, el más extrovertido, al dueño del tabanco—, ¿nos pone dos copas de manzanilla y dos Mirinda?

      Ahora mismito le sirve el zagal. Perico —dirigiéndose al chico de los jeans ajustados—, dos manzanillas y dos Mirinda para esta familia.

Perico, algo nervioso al no haber podido superarse de la panorámica a la que no estaban acostumbrados sus ojos, cogió los dos refrescos de la nevera repleta de trozos de hielo que a primera hora había traído del despacho, situado varias casas más arriba, que se encargaba de proporcionar a todos los bares del pueblo en grandes barras, poniéndolos ya destaponados delante de uno de los dos hombres.

      Guapetón —dijo Miguel dedicándole una mirada aliñada con cierta carga de lascivia que Perico no supo interpretar—, las Mirinda son para las dos señoritas.

Perico, tras acercarles a las dos señoritas los refrescos y traerles un par de vasos largos de marca Duralex, sirvió las manzanillas con mano temblona en dos chatos con ciertos vestigios de pringue.

      Chaval, ¿te gustaría ganarte un buen billete?

      Siempre viene bien, señor. ¿Y qué hay que hacer? —respondió Perico más nervioso aún que cuando recibió la mirada que no supo interpretar.

      Muy sencillo, acompañarnos a dar una vuelta para enseñarnos lo más bonito que tenéis en el pueblo.

En un pispás, y tras tener el beneplácito del dueño del bar, Perico, en compañía de Miguel y sus acompañantes, comenzó su primera experiencia como cicerone, eso sí, sin conseguir que los nervios le siguieran atenazando, y siempre bajo las miradas interrogantes y comentarios de los paisanos con los que se cruzaban o que, apostados en la puerta de algunos de los baretos, murmuraban sobre toda mosca que pasara. Serán amigos del hermano que se fue a Coslada —decía uno—; no, hombre, por el acento que tienen más bien parecen gaditanos, amigos del pariente que se fue a Cádiz —decía otro—; y así un comentario tras otro, todos ellos sin base alguna. Y mientras pasaban por un monumento tras otro, Miguel hacía todo lo posible por quedarse a solas con Perico, y aunque no está probado ni hay base alguna, no cabe otra que en una de esas ocasiones le hiciera alguna propuesta que llevara, sin ningún tipo de contraprestación a cambio, que volviesen a quedar pero ya sin la compañía de sus acompañantes, a lo que el bueno de Perico, ya con el billete prometido en el bolsillo trasero de su jeans, con toda seguridad, sabiendo, digo yo, por los acontecimientos sucedidos tras ese primer encuentro, aceptaría el verse siempre que fuese acompañado de algún amigo suyo del pueblo.

Lo que es verdad es que una semana más tarde, y a la altura de la primera de las entradas al pueblo de la antigua carretera Nacional 342 en sentido ascendente, en la zona conocida en el pueblo como la Fábrica, Miguel, conduciendo un Seat 1430, aparcaba en el andén donde le esperaba Perico en compañía de dos amigos de su misma edad, montándose los tres en el vehículo.

      Móntate tú delante —le decía de forma repetida Perico a Jacinto—, que yo me mareo delante.

Que si uno que si otro, que al final fue Carlos el que acompañó a Miguel en la parte delantera del vehículo. Los tres, unos más que otros se dejaron atrapar por el nerviosismo, siendo Carlos el que llevó la voz cantante en la conversación con el conductor, quien, ducho en la situación que se estaba viviendo, trató de tranquilizar a sus tres viajeros, proponiéndoles invitarles a comer en la localidad de El Bosque. Dicho y hecho. Los tres chavales no se habían visto hasta ahora sentados en un restaurante pidiendo a la carta lo que a ellos les apeteciera.

      Pedir lo que se os apetezca, y solo os voy a pedir una cosa, que no miréis el precio de los platos.

Ellos no se podían creer lo que estaban viviendo, hasta el punto que, aprovechando que Miguel tuvo que acercarse hasta los aseos para darle descanso a su vejiga, comenzaran a parlamentar entre ellos, extrañándose de todo lo que les estaba sucediendo.

      Yo no me fío ni un pelo de este —decía Jacinto—, que nadie se gasta un pastón con tres desconocidos a cambio de nada; este tío es maricón; lo que yo os diga, maricón tela.

      ¿A ti te ha puesto la mano encima o te ha dicho algo? —le contestaba Perico; además qué nos va a hacer a los tres; me pone la mano encima y le doy un meco que lo vuelvo macho.

A la opípara comida le siguió una visita a algunos bares y cafeterías desperdigados por las calles bosqueñas, estando de vuelta en el pueblo de Bornos poco después de haber anochecido, despidiéndose y quedando para dentro de una semana.

Los tres, ya en suelo bornicho y observando como se alejaba el 1430, comenzaron a comentar todo lo sucedido durante la jornada de convivencia, que es como la calificó el mismo Miguel antes de despedirse, siguiendo sin creer la jornada que habían tenido a puro capricho, como dijo entre risas el pillo de Carlos. “Esto ni una palabra a nadie” fue la frase que repitieron los tres una y otra vez de camino al embarcadero, lugar donde se reunía la pandilla todas las noches de verano, promesa harta difícil de cumplir, como bien se vio en la mañana siguiente en el bar de Rafael primero y tras el encuentro diario que tenían tras la sobremesa en el merendero de los jardines del palacio de los Ribera.

      Pues la próxima vez me apunto al viajecito —le decía José Francisco a Jacinto—, que en el coche cabemos cuatro; donde caben tres caben cuatro.

      ¿Y a ti quién te lo ha contado?

      El Perico; bien sabes que él y yo somos uña y carne.

      Bueno, a mí me da igual, pero no se lo comentes a nadie más —conversación que tuvieron mientras compartían un forraje en el bar de Rafael.

Lo que no supo Jacinto en un primer momento, pues no asistió ese mismo día al encuentro en el merendero, fue que ya, por lo menos, había dos miembros de la pandilla que se habían enterado de la aventura que habían vivido sus amigotes el día anterior y que se apuntaban para la próxima cita. La amistad por encima de todo, incluyéndose en ese todo, la salvaguardia de los secretos.

A esa segunda cita se sumaron otras muchas, dándose el caso en el que, en algunos fines de semana, tuvieron más de un encuentro, alternándose en el capítulo de acompañantes casi todos los miembros de la pandilla, teniéndose que decir que no hay pruebas de lo sucedido en esas reuniones; hipótesis y rumores muchos, pero hechos contrastados, ninguno.

Pero aquellos encuentros vinieron a que saliesen a la luz muchas realidades, tanto relacionadas con la propia personalidad y carácter de cada uno de los invitados a esas salidas en busca de nuevas aventuras, como las intenciones de cada uno de ellos, así como las del bueno de Miguel, las cuales nunca quedaron claras; por lo menos para algunos. Y fue ese afloramiento de las intenciones de algunos de los adolescentes, el motivo principal para que empezasen las discrepancias entre ellos. Lo que si quedó claro fue que el señor Miguel, en aquellos encuentros llenos de risas, ocurrencias y hasta pequeñas rivalidades, disfrutaba de aquella energía juvenil que hacía ya muchos años, por su edad, le habían abandonado, descubriendo que aún quedaban tardes luminosas por vivir, aunque el calendario corriera en su contra; por su mente era lógico que habitase la idea de que uno comienza a ser viejo cuando desaparecen las ganas de aprender, y él, con toda seguridad aprendía en cada cita algo nuevo del grupo de adolescentes. Al mismo tiempo, aquellos jóvenes, los más sanos, amén de disfrutar de aquellos placeres, se dieron cuenta que aquellas citas se convirtieron en una especie de ritual, aprendiendo que la riqueza no siempre se mide en dinero. Si se dieron o no pasos tras la línea roja que separa lo legal del delito, eso nunca se supo en el grupo, o no quisieron saberlo, si hubieran existido relaciones carnales, el delito por parte del señor Miguel hubiese sido superlativo, pudiendo haber marcado a esos adolescentes, siendo señalados por su entorno social, cuando en realidad no hubiesen sido más que víctimas.

Quedémonos en el haber del grupo de los adolescentes con las opíparas comidas, las copas, las risas, el hecho de hacer algo a hurtadillas, los caramelitos y los regalitos de anillos o de cualquier otra baratija, y en el de Miguel su búsqueda de esos aires jóvenes que perdió hacía ya muchos años.

 

 

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