sábado, 13 de enero de 2018

SEMEJANZA


Sentada a la sombra de aquel enjambre de eucaliptos de los que, sin saber porqué, desde hacía algo más de cinco años, concretamente desde que llegara de la capital, se consideraba una más entre ellos, se agigantaba mientras perdía su mirada sin ver nada. Y si no veía nada no era porque no hubiese nada que ver. Todo lo contrario. El espectáculo que se divisaba desde el pedrusco de más de una tonelada de peso en el que tomaba asiento después de llegar exhausta tras la pronunciada pendiente, era para tomar varias instantáneas. Quizás más de varias; cientos, miles, varios miles; y cada una de ellas distintas al resto, y rivalizando entre ellas para ser la más bella. Y no sólo instantáneas; también desde aquel pedrusco se podían escribir infinidad de poesías, tener una inmensidad de sueños, o incluso, por muy de loca que pareciese, oír su propio eco después de dar un sinfín de gritos. 
Pero no. Ella ni tomaba instantáneas, ni se embarcaba en la nave de los versos, ni tampoco, por mucho que lo desease a veces, gritaba para descargar su rabia reconcetrada y contenida. Ella era la más dichosa acomodándose en su pedrusco, semitendiéndose, y dejando pasar los minutos, incluso en ocasiones, las horas, oyendo el gorjeo de algunos pajarillos, oliendo el dulce y a veces mareante aroma a eucalipto, saboreando el jugo de algún brote de hinojo que recogía casi siempre por el camino, y sintiendo el cosquilleo de las pequeñas hormigas subiéndole por los tobillos o por sus muñecas hasta sus antebrazos. Porque la paz y la armonía que le abandonaron hacía ya mucho tiempo y que fue la causa de su huida, sólo le volvían a visitar con esas vistas, con esas audiencias, con esos olores, con esos sabores, y porqué no admitirlo también, aunque a veces eran irritantes, con esos pruritos que sentía al paso de las diminutas hormigas ascendiendo desde las comisuras de sus largos y enjoyados dedos hasta el codo.
Ella, que siempre fue ella para ella, aunque sabedora que para el resto no lo era, por muy dichosa que fuese entre sus esbeltos eucaliptos, no conseguía olvidar su ayer. Quizás, pensaba una y otra vez, el salto debería de haber sido mucho mayor que el que dio, no limitándose a distar de su origen poco más de setenta kilómetros. Pero como también pensaba y se decía en multitud de ocasiones, “hay quien se queda prendada de otra persona, o de un animal, o de una catedral, o de una pintura; yo me quedé cautivada y seducida la primera vez que topé con mis eucaliptos; porque son míos; y da igual que estén a setenta que a setecientos kilómetros”. ”Y sí -proseguía pensando en multitud de ocasiones-, las vistas son únicas, al igual que sus trinos o sus olores, pero yo no estoy aquí precisamente por eso. Yo estoy aquí por ellos, por mis eucaliptos, por su vitalidad, por su comprensión, por su valentía, por la semejanza que nos une. 


Porque lo mismo que yo vi en sus estilizadas y elegantes figuras, cierta pelusa y resquemor hacia el pequeño bosque de hayas que se encontraba en una vaguada a vista de pájaro y también a tiro de piedra, debido al reconocimiento tan extendido entre los humanos por la nobleza de sus maderas, ellos, nada más verme, y eso lo percibí que no se les fue por alto, apreciaron en mi mirada cierto desasosiego, cierta sensación de cansancio, de huir de un pasado que me machacaba continuamente. Y fue en ese cruce de sensaciones y percepciones por ambas partes cuando, sin pretenderlo ni buscarlo, nos abrazamos y decidimos, sin emitir palabra alguna, viajar en el mismo barco. Porque ellos, empachados de tantos desaires y de tanto ser considerados los patitos feos del bosque, leyeron en mí ese reconocimiento que nunca antes habían experimentado, y yo, hastiada de tantos dimes y diretes, y porqué no decirlo también, henchida y harta de tantos vacíos y tantas afrentas de los que se llamaban mis amigos, percibí como me aceptaban sin ningún tipo de condiciones y me consideraron como uno más entre ellos. 

Quizás esa aceptación y esa consideración se deba a lo semejante que somos, si bien yo, no sé si acertadamente o no, decidí lo que ellos no pueden hacer, teniendo que convivir al mismo tiempo con su masculinidad y su feminidad, con sus estambres y con sus pistilos”. 

Ella, a pesar de sus dubitaciones, de las críticas de su círculo de allegados, familiares y amigos, y sobre todo de las duras amenazas que recibió de sus padres desde el momento que decidió comunicarles sus intenciones de cambio, se atrevió a decir adiós a sus estambres.






domingo, 4 de junio de 2017

A LA SOMBRA DE MI SOMBRA


Día tras día, antes que los dígitos de mi Casio de siete euros comprado en el chino de enfrente del estanco, den las doce y media, y desde que el estío comenzó para él, coincidiendo con el cierre de las aulas por vacaciones, Javier, por llamarlo de alguna manera, ya que me consta que ese no es su verdadero nombre, sube las escaleras de dos tramos que comunica la plaza que otrora tuvo en su centro una piscina oval con aproximadamente un pie de profundidad y que ya que ha salido a colación, decir que no pocos en su infancia humedecieron sus coreanas o caracacos en sus aguas plagadas de nenúfares y peces de colores, con los jardines. Así es. Día sí y día también, sin faltar ni uno solo.
Y yo, día sí y día también, sin importarme que sea lunes, jueves o domingo, también allí, sentada en uno de los bancos de mampostería que se encuentran adosados a la pared del edificio que separa el edén del patio de armas columnado, y con la intención de no ser descubierta, espero verlo aparecer tras su subida de los dos tramos de escalera. Y siempre igual.Todos los días lo observo como tras cruzar el dintel de la cancela de hierro forjado, la expresión de su rostro cambia como por ensalmo; de un semblante que denota intranquilidad, desasosiego y necesidad cuando pisa el primero de los escalones de la escalera, se torna en un rostro satisfecho y henchido de felicidad. Un rostro que expresa, cada día al poner un pie en el jardín, la misma sensación de placer que experimentara el día anterior, y el anterior, y el anterior, …... .Y si él es dichoso, yo, en mi poyo a la sombra de la sombra, con la intención perenne de no ser descubierta, lo soy aun más, deleitándome con sus miradas profundas dirigidas a los mismos parterres que mirara el día anterior, a las mismas palmeras también del día anterior, a la misma boina vegetal que cubre el merendero, hoy igual que siempre, al que se llega desde cuatro puntos distintos del jardín, con cuatro poyetes guardadores de mil y una historias relatadas a lo largo de sus incontables años, y una pequeña alberca circular en su centro, poseedora de un agua mágica que, según dicen, porque yo no la he tocado, hace que cuando se mojan los dedos en periodo canicular, se experimenta un alivio tan placentero por todo el cuerpo, semejante al zambullido debajo de una catarata.
Él descubriendo el mismo descubrimiento que descubrió ayer; yo, al igual que ayer, embelesándome con el semblante de deleite que brota tras su descubrimiento diario, deleitándome con sus gestos, deleitándome con sus expresiones, deleitándome con sus continuas e incesantes miradas a cada rincón de este edén, su edén, mi edén, aunque, y eso me apena, nunca fui objetivo de sus miradas, ni tampoco objetivo de las repetidas instantáneas que a diaria toma con la cámara fotográfica de su celular y que también a diario remite a sus amigos que, por la distancia, no pueden disfrutar a diario de sus idílicas visiones.
Y yo, aunque me sigo deleitando con su deleite, me preocupo cuando, sin poder abandonar la sombra de la sombra en uno de los poyos, se adentra en su vergel paradisiaco y emboca con su mirada, con naranjos y parterres limitados por incipientes setos boneteros, la joya de su oasis particular, joya a la que él, imbuido de espíritu altruista, al igual que muchos de sus conterráneos, sufragó para su reconstrucción, y de la que se podrían escribir y relatar innumerables historias y vivencias de todas las especies, desde las deportivas a las sisonas, desde las amorosas hasta las buscadoras de nuevos horizontes astrales, y porqué no también, ya que fueron sus orígenes, la de galería de arte.
Y es entonces, de vuelta de la Logia, y tras remojarse sus carnosos labios y su bigote a lo Charles Bronson en la mal llamada fuentecita de la piscina, se aproxima con sus andares cansinos hasta donde yo siempre he creído que no me vería, camino del patio de armas. Deseo que los apenas sesenta metros existentes entre la piscina y mi poyo, sean interminables; que yo pueda recrearme y deleitarme al tiempo que se me acerca antes de que gire para el patio de armas con su remozada fuente central. Pero no; en pocos segundos se me acerca y en muchos menos se me va sin que haya, aparentemente, advertido mi presencia. Ni fui objetivo de sus miradas, ni objetivo del objetivo de su cámara fotográfica. ¿Tan a la sombra estoy que no se me ve? Pues la verdad es que sí, por lo menos para él.
Y ya sólo me queda esperar a mañana, sabiendo que volverá a entrar por debajo del dintel de la cancela de hierro forjado, y que volverá a repetir la misma rutina de hoy, de ayer y de siempre, rutina que, en honor de la verdad, me da vida.

A mi amigo Rafael.

jueves, 8 de diciembre de 2016

DESPEDIDA Y CIERRE o CUANDO LAS HOJAS DEJAN A LOS ÁRBOLES DESNUDOS


Si alguna vez te desvela mi optimismo, no me reprendas.

Si alguna vez te molesta mi sonrisa, por a destiempo, no me riñas.

Si alguna vez te incomoda mi sed de aventura, acércame tu cantimplora, que yo seguiré la senda.

Si alguna vez te cansas de cabalgar conmigo, pídeme con tu mirada que tire de las riendas de mi corcel.

Si alguna vez te ves demasiada henchida de mimetizarte, no olvides, aunque sea por respeto, que yo no dejo de utilizar tu fondo de armario para estar a tu altura.

Si alguna vez adviertes como caigo sin paracaídas, confía en mí, sé cómo remontar el vuelo.

Si alguna vez, aclarando la oscuridad de nuestra habitación las primeras luces de la mañana entrando por las rendijas de la persiana de color marrón que pusimos meses atrás tras tocarnos el cupón de la ONCE, percibes que no soy tan bello como cuando me conociste, date media vuelta y piensa, aunque sólo sea pensar, que tienes mucha parte de culpa en mi adquirida fealdad.

Si alguna vez notas que he vuelto a restregar ajo en mi tostada con aceite, haciendo caso omiso o ignorando tu repulsa hacia esa hortaliza, sólo decirte que ni me lo tomes en cuenta ni que te sirva de pábulo para enojarte, que si sucede, pudiera ser debido a que es una llamada de atención, intencionada por mi parte, para hacerte comprender que las llamas pierden consistencia si no se le alimenta con buena madera.

Si alguna vez te sorprende, haciéndote pensar lo que no debiera, que te colme de mimos, carantoñas o regalos, no creas que lo hago por las razones que tu pudieras hacerlo conmigo, sino que, y esto te lo digo tal como lo siento, me apetecía; simplemente me apetecía.

Si alguna vez me ves salir de casa cargado con la mochila y con el cepillo de dientes eléctrico que me regalaste cuando cumplí los cuarenta y ocho, no creas que me voy a hacer el Camino de Santiago que tengo pendiente desde hace ya unos años (desde antes que me regalaras el cepillo de dientes eléctrico), sino que a lo mejor, y te digo que a lo mejor, no vuelvo más.


Por cierto, cariño, ¿dónde está mi mochila y el cargador del cepillo eléctrico?

lunes, 21 de noviembre de 2016

DE AQUEL VIAJE A TORONTO


Aunque es la primera vez que entro en esta habitación, la tuya, fueron muchas las ocasiones en las que estuve sin que tú me hubieras invitado. A mí no, a mí nunca me invitaste; tú preferías a los más guapos y fuertes; preferías a Jaime, por sus ciento ochenta y seis centímetros; a Juan José, por los mismos y por su cabeza ensortijadas que lo asemejaban al chico travieso que no era; a Jacinto, que pese a su ambigüedad, tú sólo le veías el lado que te convenía, el masculino; a Jeremy, el canadiense que vino de Erasmus y que, sin ser bien parecido, ya que era algo retaco y de nariz aplastada, quizás por tu particular esnobismo, pudo disfrutar en tus sábanas; a Carolina, por lo que todos sabemos y que no es el momento ahora de rememorar; a Jesús, que, aunque no es de tu agrado, lo invitaste a pasar en un par de ocasiones porque, en las dos, y eso bien lo sabes, aunque no lo reconozcas, te agasajó con un regalo, un perfume en la primera ocasión, y un bolso de marca, la segunda. 
Y mientras yo, desde el salón de tu piso de estudiante que compartías con cinco compañeras, carcomiéndome cada vez que oía como cerrabas la puerta con la cadenita de seguridad; consumiéndome cada vez que oía el chirriar de tu cama; atormentándome cada vez que intuía aquello de lo que me hubiera gustado ser protagonista . Sí, ya lo sé; ya sé que ni siquiera debería de ….......; bueno, mejor me callo.
¿Recuerdas cuando nos quedamos encerrados en unos de los cuartos de baño de la Casa Loma, el mismo día que tras visitar el Museo del Tren, pedimos un Jerez en el restaurante 360 de la Torre CN? A ti no sé, seguro que no, pero lo que es a mí, ese viaje de nuestro paso del ecuador, no se me olvidará nunca, y eso que fue allí, en el aeropuerto internacional Pearson de Toronto, durante las cinco largas horas de espera para coger nuestro vuelo de regreso a Madrid con escala en Amsterdam, cuando me dejaste bien claro que entre nosotros nunca existiría nada que tuviera que ver con sábanas de raso o con largas sesiones en un mullido sofá, saboreando un buen vino y oyendo al maestro Cohen. Lo nuestro, por mucho que yo te llevase en todos mis equipajes y que estuviera dispuesto a construirte un castillo como el de la casa Loma, se limitaría a coincidir en las cada vez más distantes reuniones de compañeros de carrera.
Es ahora, después de dejar encerrada bajo llave en el sótano de casa a mi fiel compañera inseguridad, por llamarla de alguna manera, y de mostrarme tal y como nunca fui capaz de hacerlo en mi etapa de pardillo, cuando, y sin proponérmelo, recibo tu invitación.

Pues aquí estoy.

A mi amigo Paco.

sábado, 12 de noviembre de 2016

MAESTRO COHEN.




Sus cuatro paredes le asfixiaban, en su calle no se encontraba, en su ciudad se atormentaba, en su país y en el de al lado, porque en los dos tenía las mismas o casi las mismas sensaciones, llegó un momento en que no se identificaba. 
Ahora estoy con “Hallelujah”. 
Y fue por todo eso por lo que decidió abrirse, buscarse, encontrarse; aunque fuera tropezarse con su yo. Buscó en nuevas latitudes, en nuevos mares hasta ahora desconocidos para él, pero que siempre estuvieron en sus sueños; y en sus despertares; y en sus atardeceres. Bailó con la más fea, con la bien parecida y hasta con la más guapa. Le encantaba bailar, bailar y bailar, llegando a bailar, como a todos nos hubiera gustado, hasta el fin del amor. Y fue así, bailando y bailando, como llegó hasta las nítidas aguas de la diminuta isla de Hydra. Fue en esa diminuta isla helena, a pocos kilómetros de las llanuras en las que se adiestraban allá por el V a.C. los valerosos espartanos, donde, entre actuación y actuación en las tabernas de la isla, comenzó a respirar, a encontrarse; fue donde comenzó a susurrar con su voz cavernosa, fue donde encontró esas sensaciones que había echado en falta y que él necesitaba; y fue donde encontró a esa musa que todo artista busca para que comparta sus desayunos, sus comidas y hasta sus versos.
Y pasó su periodo de Hydra y fue cuando nuestro trovador de voz profunda y arrulladora experimenta una explosión continua que ha perdurado hasta este fatídico once del once.
Escribió al futuro, al amor, al desamor, a la entrega y al sentirse subyugado a su obsesión. Escribió y vivió lo que quiso y como quiso, y sobre todo, ha sabido dejar un legado que pervivirá, al igual que pervive el de su admirado Federico, por los siglos de los siglos.
Hoy, bailando un vals vienés, o recordando el té con trocitos de naranja que le sirvió su amiga Suzanne en Montreal, o evocando la resistencia francesa del partisano ante las tropas nazis de ocupación, el maestro estará sentado cara a cara junto a su Marianne.

Siempre estarás.

lunes, 24 de octubre de 2016

LOS TIRANTES DEL 2º PUENTE DE CÁDIZ

Hablando en el día de hoy con un buen amigo sobre el color de una furgoneta que piensa alquilar para hacer un viaje a una capital española en uno de los puentes del próximo mes de diciembre, me acordé´de un artículo que publiqué en el blog de "Bornichos por el mundo", hace ahora unos 3 años, y que por no sé qué, no lo publiqué en este lugar. Aquí lo transcribo. 

Estuve el pasado día 1, conmemoración de los Fieles Difuntos, haciendo una visita a mis familiares, vivos y muertos, y me encontré en el bar Titi al bueno de Juan Moreno en compañía de José Antonio “el Cartero” y Luis “el Arqueólogo”. Estuvimos departiendo por un buen rato, el tiempo de tomarme un café, y entre comentarios agudos y realistas sobre la idiosincracia tan particular de la sociedad bornicha y del desconocimiento casi nulo que se tiene allende la curva de El Calvario, de la Cruz Esperilla o de los llanos de Borniche, sobre la riqueza monumental de nuestro pueblo, el amigo Juan me preguntó por los avances del segundo puente de entrada en Cádiz.
Aunque no se lo comenté, y seguro que le hubiera gustado saberlo, aprovecho el blog de bornichos por el mundo para relataros la conversación que presenció un conocido mío días atrás entre un grupo numeroso de gerifaltes políticos durante una mesa de trabajo congresual; ¿o era senatorial? No lo recuerdo muy bien ahora, aunque en verdad, lo mismo da que fuesen congresistas o senadores. Realmente creo que fue senatorial, ya que el conocido que me relató lo que a continuación os cuento, pertenece a esa “casta”.

La problemática sobre la que debatían iba en referencia con la colocación de los tableros centrales  del mencionado segundo puente de acceso a la Tacita de Plata.
Como ya se apuntó en los medios periodísticos en los últimos días, con la llegada de una de las grúas más altas existentes en Europa, se comenzaron a colocar los tableros que por la gran distancia existente entre los dos pilares centrales, deben de ir sujetados a los mencionados pilares por tirantes. Pues bien, en estos días atrás se colocaron los primeros tirantes, concretamente de color blanco. Y fue precisamente el color blanco de esos tirantes, la causa principal de ese debate tan “constructivo”.

-        Pues no veo que sea buena idea -decía uno de los gerifaltes políticos- que los tirantes que sujeten a los tableros centrales, vayan de color blanco, ya que podría haber mucha gente que piense, y con razón, que esos colores blancos de los tirantes representen al color de la camiseta del Real Madrid. Todos sabéis -proseguía el lumbrera-  la fuerza que tiene el mundo del fútbol. Propongo que el color de los tirantes sean de color rojo, en representación de la elástica nacional.
-        ¿Rojo? -le contestó otra de las lumbreras, de diferente tendencia política-; eso, rojo, en señal a los colores de tu partido. Por favor, eso sería poner una mecha para que los simpatizantes de la derecha la prendiesen y clamasen sus gritos al cielo. Y encima, para caldear más el ambiente, labramos a lo largo de los tirantes, capullitos también en rojo; por favor, no caldeemos más el ambiente. Yo propongo que el color de los tirantes sea azul, ya que así se podrían camuflar con el azul del mar, dando la sensación que el puente está como colgando, sin ningún tipo de sujeción. Sí, realmente creo que el azul sería el color que mejor le vendría.
-        Sí, hombre – le respondió el que había propuesto el color rojo-, y encima le momificamos a lo largo de todos los tirantes, unas gaviotas blancas con las alas abiertas, para hacer más idílico y paradisiaco el pasar por el puente. ¡No digas más tonterías, hombre, que se te ve el plumero!

Ante este debate-discusión, y con el propósito de mediar entre el partidario del azul y del rojo, habló otra de los bien pagados lumbreras.


-        Sin labrados ni momificaciones, y para zanjar este debate, creo que se podría poner un tirante azul y otro rojo, y así sucesivamente a lo largo de todo el mundo. Creo que sería la solución más acertada, y así acabamos de una vez por toda esta discusión.
-        ¡Y un huevo!  -respondió todo enfrascado otro de ellos-, y entre tirante rojo y tirante azul, le colocamos un escudo del Barcelona. Esto sí que sería causa de encender al pueblo gaditano. Señores, por favor seamos consecuentes. Ni rojo ni azul, ni gaviota ni capullo labrado; que estamos en Andalucía, joder. La mejor solución sería que los tirantes llevasen los colores de la bandera andaluza.; es decir, un tirante blanco y otro verde, y así sucesivamente.
-        Eso, eso, verde y blanco – respondió un “mi arma” gerifalte sevillista-, y también con fotografías de Lopera; déjate ya de decir jilipolleces.

Y así siguieron entre colores y colores, por espacio de no sé (me cuenta mi amigo) cuánto tiempo, hasta que se oyó la voz de uno de ellos que dijo, en un tono de voz bien alzado: “señores, vamos a dejar aparcado este tema del puente para después del puente, que como sigamos así vamos a perder el AVE”.

-        Llevas razón, llevas razón – respondieron todos casi al unísono.

Y así, a día de hoy, los técnicos del segundo puente de acceso a la ciudad de Cádiz, están esperando a que, como en tantos problemas que nos acucian a la sociedad española, la olla de grillo que constituyen esos gerifaltes bien pagados de la Carrera de San Jerónimo, solucionen sus problemas.

miércoles, 19 de octubre de 2016

BUEN DEPORTE ÉSTE

Me contó hace unos días un amigo de la infancia, un hecho, que más que curioso, me pareció en un primer momento, carente de todo tipo de verosimilitud. Y digo en un primer momento porque, con el paso de las horas, después de versarme un poco, o para decir verdad, un mucho sobre el medio utilizado por este amigo para llevar a cabo la historia que me relató, tengo que reconocer que me creo al pie de la letra todo lo que a él le sucedió.
Pues me contaba ese amigo de la infancia, ya algo talludito, que había vivido una experiencia que, aunque intentó inútilmente repetirla con posterioridad, fue de lo más excitante y extraordinaria que le ha ocurrido en su vida.

Asiduo concurrente a las clases de parapente sin motor en la Sierra de Líjar, en Algodonales, fueron muchas las ocasiones en las que surcó los cielos de la serranía gaditana. Hasta ese momento, y me refiero al momento en el que le ocurrió la historia que me relató y que yo os relato a continuación, todos sus vuelos, según él más de cien, se habían limitado a sobrevolar a mayor o menor altura las cercanías del pueblo de Algodonales, no alejándose en demasía, siempre por consejos de sus profesores.

Me cuenta que ese mismo día, antes de dar el salto, uno de sus profesores le estuvo hablando de las corrientes de aire que últimamente, y con mayor asiduidad de lo común, se estaban dando en la zona. Le estuvo explicando cómo debería actuar en el caso que se encontrase con una de esas corrientes de aire. Todas éstas eran controlables siempre que supiese maniobrar el parapente. Todas menos una. Era la que llamaban los franceses “le courant d'air de l'amitié”, “la corriente de la amistad”. Proseguía el profesor diciéndole que dicha corriente de aire era como una fuerza sobrenatural contra la que no se podía luchar, aunque era muy difícil que en estos tiempos que corremos pudiera aparecer. Caso que tuviese la suerte de entrar en su radio de acción, le aconsejaba que se relajase y que se dejase llevar. Todo intento de contrarrestar su fuerza y deseo, resultaría en vano.

Este amigo de la infancia me contó que, ya con el anclaje puesto y toda la campana desplegada en el suelo, estuvo a punto de abortar la salida, de desistir en ese día a sentirse libre en las alturas. Pero también me contó mi amigo de la infancia que, sin él quererlo, sintió una voz en su interior que le obligó a saltar.
Y así lo hizo. Saltó sin saber porqué y, en muy pocos segundos, empezó a sentir una sensación que nunca antes había experimentado. Sus intentos por maniobrar su parapente, como ya le predijo su profesor, resultaban inútiles. Y sin pensarlo dos veces, se dejó llevar.

Lo primero que notó fue que, pese a la altura que consiguió, muy superior a la de los anteriores vuelos, la temperatura era muy agradable, hasta el punto de sentir la necesidad de despojarse de la parte superior del mono de neopreno que llevaba, dejando su tronco al descubierto. Tenía la sensación de ir en una burbuja. Era sin duda la “corriente de la amistad”.

Prosigue contándome mi amigo que, tomada una considerable altura, observó que la corriente lo llevaba con un rumbo, gracias a la brújula que portaba, entorno a los 135º, en dirección sudeste.
Sin darse cuenta, oteó el pueblo de Ronda, aunque la altura que llevaba le impedía entrar en detalles. Lo que sí recuerda es que sobrevolaba la carretera que va desde la mencionada localidad hasta la costa, sintiendo que, poco a poco iba en un progresivo descenso. Así llegó hasta el mar, concretamente hasta la localidad de San Pedro de Alcántara, la cual sobrevoló a una altura que rayaba la temeridad, impropia de la práctica del vuelo libre.
Observó muy sorprendido que, pese a su escasa altura de vuelo, los viandantes no se percataban de su presencia. Nadie levantaba la cabeza para observar su arriesgado vuelo, como si fuera invisible a los ojos de todas las personas. Bueno, de todas no. Se encontró con un señor que estaba jugando al golf en el campo de Guadalmina que sí le vio, dejando de patear para birdie en el hoyo diecisiete. Fue entonces cuando mi amigo comenzó a dar vueltas entorno al mencionado señor. Era como si la corriente le estuviese indicando a mi amigo que aquél señor, de espaldas cargadas, incipiente calvicie y nariz aguileña, formase parte de la experiencia que estaba viviendo, era como parte de su círculo.


Y de pronto, el parapente se elevó, alcanzando altura y deshaciendo el camino recorrido. Dirección noroeste, rumbo entorno a 315º. Muy pronto sobrevoló nuevamente la localidad de Ronda, pasando a continuación por el punto de salida, observando desde las alturas como sus compañeros no dejaban de dar vueltas al pueblo de Algodonales. Pero él seguía volando sin que nadie, ni sus profesores, percibiesen su presencia.
Y comenzaba a perder altura. De pronto se vio sobrevolando la localidad de Montellano. Su vuelo volvía a ser suicida por la escasa altura que llevaba. Pero nadie le veía. A las afueras de esa localidad, comenzó a repetir la misma maniobra que ya vivió en San Pedro de Alcántara: giraba entorno a un punto concreto. Este punto no era otro que un señor de aspecto enjuto, con lentes de patillas negras, que tapaba su avanzada calvicie con una gorra oscura y que iba a lomos de un burro. Este señor si le veía. También formaba parte del círculo.

Y tras varias vueltas, mi amigo vio como su cuerpo volvía a elevarse, prosiguiendo más o menos el mismo rumbo que traía. Sobrevoló por la provincia de Sevilla hasta llegar a su capital. Si el vuelo en las anteriores localidades fue suicida, allí, en Sevilla, su actitud fue de un verdadero kamikaze. Enfiló la avenida de las Palmeras, dejando a su derecha el gran Santuario Bético, y casi se empotra con la torre de Oro. Tomó cierta altura, la suficiente para dar con su trasero en la cruz del Giraldillo de la Giralda Catedral y de pronto se vio en la Casa de Pilato. En una bocacalle cercana, observó a un señor que era el único que le veía. De aspecto corpulento, cara ancha y sonrisa perenne en la boca, acompañaba a unos huéspedes australianos que iba a acomodar en su remozada pensión. Aunque ausente en los últimos años, también este señor era parte del círculo. Y se ensimismó al observar como mi amigo de la infancia le sobrevolaba una y otra vez, hasta que se perdió de su vista.

Y continuó volando. Mismo rumbo, misma dirección. Observó desde las alturas como abandonaba la Comunidad Andaluza y se internaba en la Extremeña. Tras pasar por inmensas dehesas pobladas de encinas y cerdos, comenzó el descenso hasta una localidad que según creo recordar se llamaba Montijo. Aquí, sus viandantes tampoco le veían, pero sí que todos, o casi todos, al unísono, entonaban como un grito de guerra que decía, “quillo, quillo, quillo, quillo”. Y nuevamente se repetía la maniobra. Su parapente comenzaba a dar vueltas entorno a un señor. Éste, era de aspecto despistado y socarrón y portaba una especie de colmillo de rinoceronte en el cuello, un póster de La Mala Rodríguez en una mano y en la otra un sifón. Este señor sí que veía a mi amigo. Este señor pertenecía también al círculo. Y este señor se atrevió a decirle a mi amigo de la infancia: “quillo, cuidao que te vas a caer”.

Y vuelta a tomar altura. Cambio de rumbo y dirección. 180º sur. De vuelta a nuestra Comunidad. Sobrevoló la provincia de Sevilla y se internó en la de Cádiz, perdiendo altura en un pueblo grande llamado Jerez, creo recordar. Allí sobrevoló el estadio de Chapín y observó como toda la plantilla de jugadores estaba sentada alrededor de una enorme pantalla, visionando todos los goles que ha marcado este año el equipo de este pueblo grande. Mi amigo observó desde las alturas cómo siempre repetían la misma jugada, no sabiendo el por qué.
Y se adentró por la avenida Álvaro Domecq, pasando por el Mamelón, y comenzando a girar nuevamente, justo encima del bar de la Moderna y de una Notaría que hay enfrente. Precisamente del portal de dicha Notaría salió un señor moreno, enchaquetado y con aspecto entre chulesco y niño travieso. Era la única persona que podía ver a mi amigo. Este señor también pertenecía al círculo.

Y nuevamente a las alturas. De nuevo otro cambio de rumbo. En esta ocasión se iba buscando el punto de donde salió: Algodonales. Mi amigo ya necesitaba pisar tierra firme. Y hacia allí se dirigía cuando observó un pequeño pueblo blanco a orillas de un pantano. Sintió la necesidad de bajar, de verlo de cerca, pero la corriente de aire, la “corriente de la amistad” no se lo permitía. Lucho contra ella accionando todos los tiradores del parapente, pero nada, no podía dominarla. Exhausto, casi desfallecido, hizo un último intento, pudiendo esta vez sí, dominarla. Ahora era él quien controlaba su vuelo. Y descendió a una altura prudente, observando sus hermosos jardines, sus monumentos, sus calles, sus gentes. Y comenzó a dar vueltas. Allí no había un señor, allí habían varios señores que le podían ver: desde un señor con buena planta y vestimenta, con bigote y en la puerta de un colegio, hasta otro señor, también con bigote, con vivienda cercana a la carretera nacional y con implantes dentales; desde un señor con el pelo ensortijado repartiendo trabajo, hasta otro señor con gafas, cara redonda y que habitaba en una calle que probablemente en algún tiempo tuvo casitas nuevas; desde un señor apolíneo que cogía “la verea” para Villamartín, hasta otro señor con aspecto de portero de fútbol y cara de buena gente que cogía el coche para la Cibeles. Y había más. Y todos, todos, pertenecían al círculo.

Y mi amigo de la infancia, emocionado, henchido de felicidad, cogió altura y en un santiamén regreso a su punto de partida.


Domingo
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