sábado, 20 de septiembre de 2025

LOS CARAMELITOS DEL JOYERO


Quizás el hecho de resistirme a creer que mi DNI señale que me quedan pocos años para abandonar la decena de los sesenta y enfrentarme al número siete (aunque como para muchos lo considero el número mágico) y de una manera involuntaria y desbocada, llevo unos días en los que han habitado en mi mente unos hechos que acaecieron allá por los setenta (otra vez el siete), en plena etapa de transición en la política española. Vaya por delante que no viví en primera persona los acontecimientos que, como ya apunté, están merodeando mi memoria en las últimas fechas; quizás porque añoro aquellos años de adolescencia en los que la persona goza de intenciones más libres y menos razonadas, o quizás porque me faltan algunas piezas para completar el puzle de la historia que me está invadiendo, me he visto en la necesidad de sentarme delante de la libreta, con Pilot en mano, para hablar de ella, advirtiendo que los nombres y apodos que utilizaré al referirme a las personas intervinientes en los hechos y acontecimientos que pretendo detallar, no coinciden para nada con los sujetos participantes en la historia.  


Nadie podía imaginar que la presencia rutinaria de aquel adolescente de buena planta tras la barra mugrienta de aquel tabanco, a donde lo mandaban sus padres para quítalo de la calle y de paso que se ganara unas pesetas para sus cosillas, se iba a alterar en cierta manera con la visita inesperada e inusual de un par de parejas (no de guardias civiles) foráneas que, sin que ninguno de los cuatros supieran porqué habían caído en aquella tasca de la calle Pastelería en la que todavía, por entonces, se tenía la costumbre y la necesidad, por miedo cronificado, de mirar para atrás a la hora de hablar sobre algún tema que se apartase del Betis, del Madrid, del Barcelona o de Curro Romero y Antonio Ordóñez. Se podría decir que la llegada de aquellas cuatro personas a la barra de aquel garito de la calle alférez Gaviria esquina con Cruz y Traviesa, fue por puro azar, y no por preguntar por el vecino de enfrente, el zapatero culto, Pepito el de Elisa, con el fin de pedirle alguna cuarteta carnavalesca.

Pues bien, aquel chaval de buena planta con jeans de marca Lois marcador de muslos y glúteos, avispado como el que más, obnubilado por los escotes atrevidos que lucían las dos señoras o señoritas, en un principio no se percató que dos pares de ojos masculinos no dejaban de observar todos sus movimientos, tanto detrás de la barra como cuando su jefe lo mandaba a recoger los vasos que mendigaban por las mesas de madera de tijeras que se encontraban en un pequeño salón.

      Jefe —dijo Miguel, uno de los hombres, el más extrovertido, al dueño del tabanco—, ¿nos pone dos copas de manzanilla y dos Mirinda?

      Ahora mismito le sirve el zagal. Perico —dirigiéndose al chico de los jeans ajustados—, dos manzanillas y dos Mirinda para esta familia.

Perico, algo nervioso al no haber podido superarse de la panorámica a la que no estaban acostumbrados sus ojos, cogió los dos refrescos de la nevera repleta de trozos de hielo que a primera hora había traído del despacho, situado varias casas más arriba, que se encargaba de proporcionar a todos los bares del pueblo en grandes barras, poniéndolos ya destaponados delante de uno de los dos hombres.

      Guapetón —dijo Miguel dedicándole una mirada aliñada con cierta carga de lascivia que Perico no supo interpretar—, las Mirinda son para las dos señoritas.

Perico, tras acercarles a las dos señoritas los refrescos y traerles un par de vasos largos de marca Duralex, sirvió las manzanillas con mano temblona en dos chatos con ciertos vestigios de pringue.

      Chaval, ¿te gustaría ganarte un buen billete?

      Siempre viene bien, señor. ¿Y qué hay que hacer? —respondió Perico más nervioso aún que cuando recibió la mirada que no supo interpretar.

      Muy sencillo, acompañarnos a dar una vuelta para enseñarnos lo más bonito que tenéis en el pueblo.

En un pispás, y tras tener el beneplácito del dueño del bar, Perico, en compañía de Miguel y sus acompañantes, comenzó su primera experiencia como cicerone, eso sí, sin conseguir que los nervios le siguieran atenazando, y siempre bajo las miradas interrogantes y comentarios de los paisanos con los que se cruzaban o que, apostados en la puerta de algunos de los baretos, murmuraban sobre toda mosca que pasara. Serán amigos del hermano que se fue a Coslada —decía uno—; no, hombre, por el acento que tienen más bien parecen gaditanos, amigos del pariente que se fue a Cádiz —decía otro—; y así un comentario tras otro, todos ellos sin base alguna. Y mientras pasaban por un monumento tras otro, Miguel hacía todo lo posible por quedarse a solas con Perico, y aunque no está probado ni hay base alguna, no cabe otra que en una de esas ocasiones le hiciera alguna propuesta que llevara, sin ningún tipo de contraprestación a cambio, que volviesen a quedar pero ya sin la compañía de sus acompañantes, a lo que el bueno de Perico, ya con el billete prometido en el bolsillo trasero de su jeans, con toda seguridad, sabiendo, digo yo, por los acontecimientos sucedidos tras ese primer encuentro, aceptaría el verse siempre que fuese acompañado de algún amigo suyo del pueblo.

Lo que es verdad es que una semana más tarde, y a la altura de la primera de las entradas al pueblo de la antigua carretera Nacional 342 en sentido ascendente, en la zona conocida en el pueblo como la Fábrica, Miguel, conduciendo un Seat 1430, aparcaba en el andén donde le esperaba Perico en compañía de dos amigos de su misma edad, montándose los tres en el vehículo.

      Móntate tú delante —le decía de forma repetida Perico a Jacinto—, que yo me mareo delante.

Que si uno que si otro, que al final fue Carlos el que acompañó a Miguel en la parte delantera del vehículo. Los tres, unos más que otros se dejaron atrapar por el nerviosismo, siendo Carlos el que llevó la voz cantante en la conversación con el conductor, quien, ducho en la situación que se estaba viviendo, trató de tranquilizar a sus tres viajeros, proponiéndoles invitarles a comer en la localidad de El Bosque. Dicho y hecho. Los tres chavales no se habían visto hasta ahora sentados en un restaurante pidiendo a la carta lo que a ellos les apeteciera.

      Pedir lo que se os apetezca, y solo os voy a pedir una cosa, que no miréis el precio de los platos.

Ellos no se podían creer lo que estaban viviendo, hasta el punto que, aprovechando que Miguel tuvo que acercarse hasta los aseos para darle descanso a su vejiga, comenzaran a parlamentar entre ellos, extrañándose de todo lo que les estaba sucediendo.

      Yo no me fío ni un pelo de este —decía Jacinto—, que nadie se gasta un pastón con tres desconocidos a cambio de nada; este tío es maricón; lo que yo os diga, maricón tela.

      ¿A ti te ha puesto la mano encima o te ha dicho algo? —le contestaba Perico; además qué nos va a hacer a los tres; me pone la mano encima y le doy un meco que lo vuelvo macho.

A la opípara comida le siguió una visita a algunos bares y cafeterías desperdigados por las calles bosqueñas, estando de vuelta en el pueblo de Bornos poco después de haber anochecido, despidiéndose y quedando para dentro de una semana.

Los tres, ya en suelo bornicho y observando como se alejaba el 1430, comenzaron a comentar todo lo sucedido durante la jornada de convivencia, que es como la calificó el mismo Miguel antes de despedirse, siguiendo sin creer la jornada que habían tenido a puro capricho, como dijo entre risas el pillo de Carlos. “Esto ni una palabra a nadie” fue la frase que repitieron los tres una y otra vez de camino al embarcadero, lugar donde se reunía la pandilla todas las noches de verano, promesa harta difícil de cumplir, como bien se vio en la mañana siguiente en el bar de Rafael primero y tras el encuentro diario que tenían tras la sobremesa en el merendero de los jardines del palacio de los Ribera.

      Pues la próxima vez me apunto al viajecito —le decía José Francisco a Jacinto—, que en el coche cabemos cuatro; donde caben tres caben cuatro.

      ¿Y a ti quién te lo ha contado?

      El Perico; bien sabes que él y yo somos uña y carne.

      Bueno, a mí me da igual, pero no se lo comentes a nadie más —conversación que tuvieron mientras compartían un forraje en el bar de Rafael.

Lo que no supo Jacinto en un primer momento, pues no asistió ese mismo día al encuentro en el merendero, fue que ya, por lo menos, había dos miembros de la pandilla que se habían enterado de la aventura que habían vivido sus amigotes el día anterior y que se apuntaban para la próxima cita. La amistad por encima de todo, incluyéndose en ese todo, la salvaguardia de los secretos.

A esa segunda cita se sumaron otras muchas, dándose el caso en el que, en algunos fines de semana, tuvieron más de un encuentro, alternándose en el capítulo de acompañantes casi todos los miembros de la pandilla, teniéndose que decir que no hay pruebas de lo sucedido en esas reuniones; hipótesis y rumores muchos, pero hechos contrastados, ninguno.

Pero aquellos encuentros vinieron a que saliesen a la luz muchas realidades, tanto relacionadas con la propia personalidad y carácter de cada uno de los invitados a esas salidas en busca de nuevas aventuras, como las intenciones de cada uno de ellos, así como las del bueno de Miguel, las cuales nunca quedaron claras; por lo menos para algunos. Y fue ese afloramiento de las intenciones de algunos de los adolescentes, el motivo principal para que empezasen las discrepancias entre ellos. Lo que si quedó claro fue que el señor Miguel, en aquellos encuentros llenos de risas, ocurrencias y hasta pequeñas rivalidades, disfrutaba de aquella energía juvenil que hacía ya muchos años, por su edad, le habían abandonado, descubriendo que aún quedaban tardes luminosas por vivir, aunque el calendario corriera en su contra; por su mente era lógico que habitase la idea de que uno comienza a ser viejo cuando desaparecen las ganas de aprender, y él, con toda seguridad aprendía en cada cita algo nuevo del grupo de adolescentes. Al mismo tiempo, aquellos jóvenes, los más sanos, amén de disfrutar de aquellos placeres, se dieron cuenta que aquellas citas se convirtieron en una especie de ritual, aprendiendo que la riqueza no siempre se mide en dinero. Si se dieron o no pasos tras la línea roja que separa lo legal del delito, eso nunca se supo en el grupo, o no quisieron saberlo, si hubieran existido relaciones carnales, el delito por parte del señor Miguel hubiese sido superlativo, pudiendo haber marcado a esos adolescentes, siendo señalados por su entorno social, cuando en realidad no hubiesen sido más que víctimas.

Quedémonos en el haber del grupo de los adolescentes con las opíparas comidas, las copas, las risas, el hecho de hacer algo a hurtadillas, los caramelitos y los regalitos de anillos o de cualquier otra baratija, y en el de Miguel su búsqueda de esos aires jóvenes que perdió hacía ya muchos años.

 

 

miércoles, 12 de marzo de 2025

EL MORLACO

 

Eran las cinco de la tarde, media hora más tarde de la programada en el cartel anunciador. Todos expectantes del resultado, y eso que los más allegados no recibieron ningún tipo de comunicación sobre la celebración del evento; el porqué solo el artista es conocedor de la verdad.  


Y allí estaba él. Taciturno y concentrado, a porta gayola, esperaba el desenlace de la faena. De reojo, pudo divisar la sombra del morlaco; solo un pitón; pero vaya pitón, superando con creces en extensión la que hubiera tenido en el caso que al que estaba esperando fuese un corniabierto. Pero eso no le atemorizó, siguiendo a porta gayola esperando el desenlace.

La espera estaba pudiendo con él, comenzando a verlo todo negro y borroso; negro, muy negro; largo, demasiado largo. Comenzó a no controlar sus pensamientos, pero sin que el color negro lo abandonase. Quiero coloretes rojos —pensaba a duras penas—, rojos, muy rojos; y en los pómulos. No me retiréis del pasacalle —alcanzaba a decir balbuceando—, que aunque llueva no me mojo; pito de caña, bombo y papelillo; no me saquéis.

No te muevas de la posición fetal —fueron las últimas palabras que oyó sin siquiera ya pensar en el morlaco negro.  

Ya en sí, a medias, con la boca seca y algo pastosa, pidió que le trajesen su cuerno. todo salió bien.                                                 

miércoles, 1 de septiembre de 2021

LA ALBORONÍA

 


Volviendo a la práctica de matar los minutos en el parking de un centro comercial (en esta ocasión al aire libre sin poner en modo ON el climatizador del vehículo), dejándome languidecer por los acordes del maestro Aute mientras le ofrecía un helado de fresa a su vieja amiga (o lo que fuese) y deseando con todas mis fuerzas que no me den las cuatro y diez (son ahora las  tres y dieciséis) en esta cada vez más larga y tediosa espera, me enfrento al garabateo de este bloc de espiral que tenía olvidado ya desde que anunciaron que comenzaba el verano. Un bloc que tantos momentos agradables me ha dado, que tantas ilusiones hizo crecer en mi interior, y que definitivamente estoy convencido que me relaja más que el tecleo del PC.

Pues sí, me es más fácil desembarcar mis ideas deslizando el Bic de punta fina comprado en la librería de mi barrio, que tener que buscar la secuencia de las teclas para plasmar en el papel las ideas que inundan en este momento mi mollera, y que cuando le despojé del capuchón al punta fina, no había ni asomo de ellas que pulularan por mi mente. Y así es. Esta punta fina, a la que hay que darle un mimo especial para que siga deslizándose con esa elegancia que le caracteriza, esa misma, y a la punta fina me refiero, en este corto espacio de tiempo se ha convertido en una perfecta extensión de mí, no sabiendo distinguir si forma parte de mi mano, de mi brazo o de mi mente.

Y sin saber porqué, ya que no ha existido una primitiva intención de hacerlo, aprovecho la ocasión para reivindicar la escritura inventiva a mano, eso sí, sin un ápice de crítica a los amantes de las teclas para plasmar sus historias y vivencias, todo ello sin poder quitarme de la mollera (me encanta esta palabra), el momento tan dulce que deben de estar viviendo mis amigos, como miércoles que es, deleitándose con una buena alboronía cocinada en una Thermomix. Por ellos, por la escritura a mano y por mi vuelta a estos ruedos, os anuncio mi felicidad en este momento. Por cierto, son las cuatro menos veintitrés. Peor podía haber sido la cosa.

 

martes, 2 de marzo de 2021

MIS SUEÑOS: LA GRAN PIRA.

 ¡Cómo he podido estar tan ciego!, ¡joder!  Cuántos años teniéndote en un pedestal, en lo más alto de mi espectro musical y poético. Cuántos momentos y vivencias teniéndote de fondo. Cuántos viajes navegando con los ojos cerrados inflándome de tus letras que tan bien conjugas con tu voz aguardiéntosa, quebrada y cavernosa.  


Todavía tengo impregnados en mi retina tus conciertos en ciudades como Jerez, Sevilla o Córdoba, o aquella otra en compañía de Serrat en Algeciras, y sin olvidar, porque fue cuando te vi por primera vez, allá por el ochenta y uno o el ochenta y dos, no estoy seguro, en tercero o cuarto de carrera, en un local que se llamaba la Mandrágora, en el barrio madrileño de la Latina, una actuación tuya en compañía de un tal Javier Krahe y otro tal Alberto Pérez, interpretando canciones de vuestra autoría y de un tal Brassens, actuación aquella primera que me sorprendió y que un par de años más tarde, casi idéntica, llegó a mis manos en formato cassette con el sello CBS.

¡Qué ciego he estado! ¿Cómo se puede llegar a casi idolatrar a un cantautor y no darme cuenta de su mensaje machista? Joaquín, me has engañado. Bajo tu apariencia de progre, has sabido camuflar entre tus versos tus verdaderos sentimientos sobre la imagen de la mujer; has sabido camuflarte bajo tu bombín de una manera magistral. y a mí me has engañado.

Pero al fin te descubrieron, al fin te quitaron esa máscara y ese gorro de pirata, los mismos que llevabas cuando diste el pregón de carnaval en mi ciudad. Y qué pena que ese descubrimiento, de hace ya más de cuatro años por parte de una profesora, una musicóloga de las tierras de Don Pelayo, no cayera en mis manos cuando se hizo, habiéndome ahorrado muchas sesiones en las que tuve la compañía de un impostor. Gracias a esas otras mujeres que han reavivado en estos tiempos ese descubrimiento y que ahora han llegado a mis engañadas entendederas.

Hoy mismo haré una gran gran pira con la cassette de la Mandrágora, y con todos tus vinilos y tus Cd´s. Y para que esa pira consuma a todo lo que huela a machismo, añadiré las canciones de Aute, de Brassens, incluso de mismísimo Dylan. Y la hoguera la avivaré con la obra de Bécquer, con la de Victor Hugo, con la de Shakespeare, e incluso con la Mandrágora de Maquiavelo. Seguro que la haré. Adiós a los mitos y a todos los autores de poemas empalagosos.


Uuuuuffff, qué sueño más horrible, qué pesadilla. Soy idiota. Pero idiota por hacer caso, por dedicarle el más mínimo de mi tiempo, aunque sea en sueños, a personas idiotas, De verdad, ya no tengo edad para soportar idioteces. ¿Dónde podría encontrar a esa musicóloga y a sus seguidoras para darle mi humilde consejo de que se aparten del saco de la idiotez? ¿En verdad existen? Como dijo aquel torero cuando le presentaron  a  Ortega, "hay gente pa to".


Pda.: el único que faltó en mi sueño fue mi Leonard Cohen. Menos mal; hubiese sido ya el colmo de las idioteces.

domingo, 18 de octubre de 2020

A LAS CHAVITAS DEL DÍA.




A las "chavitas del día", quizás antes, pertrechado con su mochila henchida de ilusión y ganas, además de toda la ropa lavada del día anterior y que secó gracias al haberla colocado junto al viejo y potente radiador que ocupaba casi la totalidad de unos de los mamparos de la habitación por la que había pagado treinta y cinco euros la noche, incluyendo cena y desayuno, salía el caminante recubierto de varias capas de abrigo como si de una cebolla se tratara, a desafiar al gélido ambiente que abrazaba el camino.

Varios eran los lemas que habitaban en su mente desde que salió hace ya más de un mes de la ciudad del Betis: "jornada a jornada" y "el camino provee". Y así es, y así siguen morando en sus pensamientos.
Pero los kilómetros, ya más de seiscientos, pasan factura, comenzando a abrir pequeñas fisuras en las piernas, en los pies y en la mente, que si no se embadurnan bien de vaselina, "trombociles" y recuerdos de momentos y de personas que en algunas que otras ocasiones lo inflaron de vida, harían peligrar su ya primitiva intención de pisar el suelo de la plaza del Obradoiro. Pero sigue; el caminante, sigue; el caminante, descubre; y sobre todo, el caminante, se descubre. 
Pero si los kilómetros dejan mella, con lo que no había contado y no ya por no haberlo pensado, era con el frío; ese frío que no habita por su sur del sur y al que no se acostumbra su cuerpo desprovisto de grasa. "Mañanita fresquita" le dicen los lugareños zamoranos, cuando él solo sabe acordarse de cómo pueden vivir los esquimales y los inuits, no dejando que el frío ártico lo lleve a la idea de desistir en su empeño. "No. Desistir no", se dice, "y menos ahora que ya tan solo me queda por comer una de la cuatro porciones de tortilla". 
Y mira hacia atrás y se da cuenta de todo lo que ha adquirido. no quiere pensarlo, pero bien sabe que el contenido de su mochila no es el mismo que con el que salió de su sur. "El camino provee" no deja de decirse desde que comenzó. y efectivamente así es. Vas recogiendo algo de allí y algo de allá, guardándolo en su mochila y buscándole rinconcitos para que no se pierdan, ya que piensa que le será  necesario en su camino. Pero también se da cuenta que si llena demasiado su mochila, llegará un momento en el que, por su peso, no podrá seguir adelante. Y es por eso por lo que a lo largo del camino andado, se desprende de alguna que otra prenda que por estar ajada, rota o simplemente por haber hallado otra igual o semejante que le hace mejor "apaño", le podían resultar perjudicial para su camino el seguir con ella. Porque lo que tiene claro, y eso lo ha aprendido en el camino, es que no se iba a poner a zurcir un calcetín, por muy encariñado que esté con él; los zurcidos no dejan de ser zurcidos. 
Y sigue caminando, recordando los kilómetros y las vivencias que ha dejado tras de sí, pero sobre todo, en los que le quedan para llegar a su objetivo. Atrás, hoy que cumple sesenta y dos, ha dejado más de seiscientos veinte kilómetros, sabiendo que los pocos más de doscientos que le restan, los va a vivir intensamente, valiéndose, claro está, del poso que le han dejado los ya recorridos.



A Capi, sencillamente por ser como es.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

EL PALOMO BUCHÓN


Realmente no lo conozco, pero sí puedo decir que la brillante idea fue de lo más nefasta. Si todas las ideas de este “cerebrito” municipal, de ese “bien pensante” al que contribuyo pagando su sueldo mensual, son tan brillantes, estamos todos los contribuyentes de este rincón sureño con el derecho de exigir a quien corresponda que se dé una llamada de atención a ese excelente ejecutor de órdenes. Pero la culpa no la tiene él; la culpa la tiene el responsable de ese ejecutor, el que tuvo esa feliz idea y ordenó que se llevara a cabo.
Y viene a mi memoria una historia que me contaron hace ya muchas canículas, y que al recordar el número aproximado de ellas, me han hecho pensar que llevo más vividas que las que me quedan por vivir. Pero no vamos a pensar en ello y vamos a seguir con la historia que me relataron, de la que tengo que decir que dudo de que fuese cierta, aunque tampoco sería de extrañar.
Me contaron que nuestro monarca Borbón Carlos III, contagiado de las ideas ilustradas que recorrieron las monarquías europeas de mediados del XVIII, y de ello pueden dar fe los vestigios arquitectónicos de los que todavía podemos disfrutar, y de acuerdo con la idea de Monstequieu de que para ser un buen gobernante hay que estar con su gente y no por encima de ella, intentó llevar a cabo una política orientada a mejorar la vida de sus súbditos, afán el suyo que le llevó a que se le pueda calificar como el monarca (y vamos a remitirnos tan solo a una etapa de la historia) más “normal” dentro del absolutismo español. Pues bien, tan profundas reformas intentó realizar y tantas obras y edificaciones ordenó a que se levantasen, que no todas se realizaron. Y no se realizaron porque aunque las ordenó, no supervisó que se hubiesen ejecutado.
Así, los actuales cicerones que recorren los rincones madrileños explicando a los turistas las construcciones erigidas en tiempo del rey ilustrado, se vanaglorian y se entusiasman explicándolas con todo tipo de detalles.
Cierto día, uno de esos cicerones, tras visitar la Puerta de Alcalá, el ministerio de Hacienda (antigua Real Casa de la Aduana) y otras tantas edificaciones levantadas durante la época ilustrada, se paró con sus turistas en plena Casa de Campo y les comentó que tenían delante de sus ojos el Palacio que el monarca había ordenado construir en honor de su fallecida esposa María Amalia de Sajonia. Todos los turistas se miraron incrédulos tras la explicación del cicerone al comprobar que delante de sus ojos no había ningún palacio, y que solo veían un enjambre de pinos piñoneros. Una de esas visitantes se dirigió al guía turístico comentándole que diese una explicación del porqué había hecho ese comentario sobre el palacio en honor de la reina fallecida, a lo que el cicerone contestó lo siguiente: “efectivamente, señora, el rey ordenó que se levantase el palacio en honor de su amada mujer, pero nunca llegó a supervisar que su orden se hubiese cumplido”.
Y lo mismo que ocurrió con la orden dada por el rey ilustrado, ha ocurrido en esta capital sureña. El responsable municipal de parques y jardines ordenó en su momento que se construyera un parque con todo tipo de árboles, salpicado en su interior de confortables bancos de madera donde el paseante pudiese descansar a la sombra de los frondosos árboles. Y efectivamente, dicho responsable municipal supervisó que los árboles se plantaron, que los bancos de madera se anclaron al suelo, pero no supervisó que exactamente encima de tres de los bancos que salpicaban el parque, instalaron tres criaderos de palomas, que a día de hoy se pierden entre ramas a la vista de los paseantes y que por la ley de la gravedad hacen que los asientos reciban de vez en cuando los excrementos procedentes de los palomares.

Y cuento esto porque hoy, cuando, un par de horas después que pasase el pelotón de limpieza del parque y dejasen impolutos los bancos, tomé asiento con la intención de, con vista a la bahía, juntar algunas letras en mi bloc, recibiendo la sorpresa en plena libreta ya garabateada, de un recuerdo fecal de algún palomo buchón. Mi reacción no fue otra que la de dejar de escribir en el asunto que me ocupaba y, tras cambiarme de banco y cerciorarme que en mis alturas solo existían ramas de un moral, escribir sobre el incidente que había sufrido en primera persona.

martes, 11 de agosto de 2020

NO HAY CURA PARA EL AMOR


Nuevamente, deleitándome con el hablar armónico del maestro Cohen, recordé aquel artículo que escribí basándome en un poema suyo, hace ya varios otoños.


"Como cada viernes, cumpliendo la rutina semanal, Carla se aferró en la limpieza a fondo de su salón, aunque el esmero que normalmente ponía en ello parecía que había desaparecido en este viernes negro para ella. En esta ocasión se encontraba como ida, siendo sus movimientos como mecánicos y articulados, no empeñándose en nada de lo que hacía.

Cada pelusa que sacaba con el cepillo de debajo del sofá tres por dos, era como si perdiese una esquirla de su corazón herido; con cada mota de polvo que sacudía de la mesa de su televisión de plasma de cuarenta y dos pulgadas con su bayeta de microfibras rosa fucsia, se le fragmentaba en trozos ese cielo al que en tantas ocasiones subió, y que después del último whatsapp recibido hacía hoy no sabía cuánto tiempo, y al que no tuvo la valentía suficiente para responder, sabía que nunca más ascendería hasta esas alturas.
Porque el amor que sintió durante tanto tiempo, fue tan real como lo eran las campanadas anunciando las doce del medio día que estaban sonando en el reloj de péndulo, y que al repiquetear, cayó en la cuenta que no le había pasado la bayeta, por lo que mecánicamente se dirigió hacia él y, también mecánicamente, lo intentó dejar sin una mota de polvo. Pero el mismo éxito que tuvo en la conservación de su amor, tuvo a la hora de dejar su reloj pendular impoluto. Ni consiguió una cosa ni consiguió la otra.
Pero a ella le dio absolutamente igual, ya que su conciencia, ahora, la estaba ayudando a que se tranquilizase, habiendo puesto tanto ahínco en una cosa como en la otra. Al igual que no comprendía cómo no pudo mantener esa relación que tan feliz la hizo, y en la que puso encima de la mesa todo lo necesario para que así fuese, tampoco comprendía cómo, a pesar de pasar una y otra vez la bayeta por la superficie pulimentada del reloj, aquellas malditas motas de polvo, no desaparecían en su totalidad. Y así, comprendió que, al igual que por mucho que hizo para conservar su amor, no consiguiera retenerlo, ahora, con las dichosas motas, por mucho que pasase la bayeta, conseguiría que se marchasen.
Pensaba ella, a veces en voz alta, que pese al doble fracaso, seguiría sintiendo locura por esa persona y continuaría deseando ver a su reloj impoluto, y que el tiempo, por mucho que transcurriera, no iba a ser un bálsamo para curar esas heridas que tanto, y ahora por partida doble, la atormentaban. Así lo pensaba y así llegó incluso a gritarlo en su amplio salón, retumbando en aquellas cuatro paredes, unos “no hay cura para el amor”, y tras mirar de soslayo su reloj de péndulo, unos “no hay remedio para eliminarlas”.
Pero, ¡qué coño!, se dijo. ¿Cómo voy a comparar la pérdida de la persona que me dio durante tanto tiempo la vida, con la imposibilidad de eliminar esas dichosas motas de polvo? Sonrió de cara a su vacío salón, y tras conseguir aparcar en su maltrecho corazoncito los pensamientos sobre la persona perdida, se dirigió hasta el mueble donde guardaba entre otras cosas, bayetas y paños de limpieza, cogiendo una gamuza de algodón de color azul, que humedeció ligeramente, comprobando inmediatamente que fue el mejor remedio para la eliminación de las rebeldes motas.
Las motas habían desaparecido por fin, pero el dolor en su mente y en su corazón seguían presente, y cada segundo que transcurría, más la añoraba y más la necesitaba tener delante de sus humedecidos ojos. Tras sentarse en el dos, precisó verla junto a ella; le urgió recorrer su cuerpo desnudo y hurgar en su pensamiento; hacerla suya. Pero nuevamente comprendió que aquello era imposible, volviendo a gritar esa frase que tanto la estaba acompañando: “no hay cura para el amor”.
¿Y por qué no hay cura para el amor?, se preguntaba. ¿Por qué el hombre ha llegado a la luna, no para de dar vuelta alrededor de la Tierra, está preparando un viaje a Marte, y no ha podido descubrir un elixir para los corazones destrozados? ¿Por qué la Biblia en ninguno de sus versículos, ni el Corán en ninguna de sus aleyas o ni siquiera en ninguno de los cuatro libros de Confucio, se recogen una sola pócima para el mal de amores? ¿Por qué -seguía preguntándose- no consigo vaciar mi pensamiento y comenzar nuevamente a pensar pero ya sin ti, sin tus despertares, sin tus conversaciones, sin tus frases, sin tus manos, sin tu pelo, sin tu reloj y sin tu cepillo? ¿Por qué no consigo dejar de verte en mi bodegón, en mi lámpara de catorce brazos o en mi centelleante, ahora, reloj de péndulo? ¿Y por qué, por muchas fiestas a las que acuda, por muchas cenas que tenga con mis amigos, por muchas vacaciones que pase con mi marido, y por muchas veces que simule que soy feliz a base de histriónicas risas y que me lo paso bien en todos esos encuentros, no consigo olvidar a esa persona?

¡Coño!, ¿por qué no hay cura para el amor?"

lunes, 3 de agosto de 2020

TOCA PORQUE TOCA


  Hoy, que toca porque toca macro centro comercial, toca porque toca, y a pesar de la resaca "decapitadora “ en la que me encuentro, echar mano del Hugo Boss y garabatear el papel. Y la verdad es que para estos menesteres y en la misma situación, mis duros glúteos se hubieran asentado en el mullido asiento de mi vehículo, lugar que sería el más idóneo para afrontar este momento pandémico que nos ha tocado vivir, pero los efectos de la canícula propios de finales de julio me han obligado a pasar por la  puerta corredera que separa el infierno del Edén. ¡Boooo, qué calor hace afuera!
¡Uauuuu, qué fresquito se está aquí!  Y como dicen algunos amigos míos que todavía utilizan antiguos dichos tildados por algunos otros como “pueblerinos “, pero que yo, como de pueblo que soy, utilizo muy a menudo, “¡qué buen paso de tórtolas hay! “. Y la verdad es que sí, que el paso de tórtolas en el puesto en el que estoy dando cuenta de una gélida Cruzcampo, te alegra la vista y el espíritu, ya que, siendo realista, y no lenguaraz ni jactancioso, que no es mi estilo, a estas alturas de nuestro periplo ya no está uno para llevar la escopeta y los cartuchos para disparar a esas tórtolas, que volviendo y reincidiendo en lo dicho anteriormente, hacen gala de un vuelo eléctrico, en el que alternan rápidos aleteos con cortos planeos..
¡Tate, Domingo!, que solo llevas veinte minutos en este puesto.
Pues la verdad que ya no sé si garabatear sobre temas tortoleros, que visto que los cotos existentes cada vez las protegen más, hecho este que apruebo, ya que su vuelo es embelesador y hay que “mimarlas” (y que nadie se tome el término “mimarlas” como que hay que protegerlas de una súper manera especial en detrimento del resto de los animales, ya que ellas por sí solas, con sus vuelos, saben esquivar las acciones de cualquier desalmado armado que intente hacerles morder el suelo), o de la resaca mental que me ha dejado el final de mi ultima historia.
Y la verdad es que los dos temas me pueden dejar señales; así que, inteligentemente creo, tomo la decisión de darle descanso a mi Hugo Boss, que para el o la que no lo sepa, es el bolígrafo que me regalaron “mes amies “ cuando me cayeron los… . y tantos.

ZORREANDO

   
   Entré en la playa indeciso, dispuesto a la lucha porque sabía que los enemigos estaban merodeando, escondidos, agazapados, invisibles, mimetizados. Y yo, creyendo que estaba preparado, inmune a cualquier ofensiva enemiga, al igual que creía el que atacaron, me encontraba equivocado, pero muy equivocado; y eso que me atavié con la del zorro. Pero como yo soy muy cumplidor de refranes, hice de mí, y allí donde fui hice lo que vi, por lo que Antonio Banderas, dejó de ser el zorro para convertirse en don Diego de Mendoza; eso sí, salvando las distancias (de Cádiz a Málaga hay doscientos treinta y tres kilómetros más o menos; digo yo).
Y la verdad era que aunque había muchos zorros a mi alrededor, más de los que debieran se convertían en “orros”, “rros” y algunos en “os”, y para eso, como le dije a alguno, porque se lo dije, que conste que se lo dije a uno, “enfréntate a pecho descubierto al enemigo, pero espero que no te hayan sorprendido ya, pues no desearía compartirlo contigo, zo mamón” (lo de “zo mamón” no se lo dije, pero lo pensé). Y encima se me enfada, lanzándome una mirada “perdona vida”, que yo, que nunca he sido amante de lides, pensé que lo único que tenía que hacer era apartarme de su radio de acción, o lo que es lo mismo, respetar lo que en estos tiempos se mal denomina “la distancia social”. Otra alternativa, como hacen otras respetuosas personas, hubiese sido marcar en mi celular el cero noventa y dos, pero “pa qué”, si no va a venir nadie, si por aquí hay otra lid encarnizada a nivel municipal que está provocando entre otras muchas cosas, que los don Diego de Mendoza campen por las playas a sus anchas. Así que lo mejor que hice es darme una vueltecita por las olas, que según han dicho desde el principio de esta realidad que nos ha tocado vivir, la sal puede con el enemigo.

Añorado verano del diecinueve, que visto lo visto, podemos decir que fue un verano azul, sin Chanquete, pero azul; azul con sardinas y caballas. Y ya que aguas pasadas no mueven molinos, digamos eso de “esperado verano del veintiuno”. Y eso es lo que hay. Hasta entonces, esperemos que Catherine Zeta Jones nos siga aceptando con la máscara; o sin ella.

martes, 14 de abril de 2020

LA PARISINA (Capítulo 4)




CAPÍTULO IV
Pero el inspector Palomo supo leer en mi expresión lo que yo había sabido ver en el lenguaje gestual del argentino mientras observaba el trasiego hasta la mesa de todas sus prendas y pertenencias. Guardaba algo.
El subinspector Álvarez, que luchaba para estar en la promoción que le permitiese jugar en la misma liga que el inspector Palomo, dio por terminado el registro de todas las pertenencias existentes en la maleta de Ernesto Sanromán, volviéndose para su jefe y preguntándole con la mirada que si con eso habían terminado ya. La verdad era que, y eso no se me había pasado por alto desde un principio, a pesar de ser compañeros de grupo, no existía lo que se conoce como “feeling” entre los dos; y no ya porque uno fuera subordinado del otro; no, la cosa no iba por ahí. El hecho de esas diferencias radicaba en que mientras Palomo había sido desde que entró en el cuerpo, hacía ya más de veinte años, un hombre de calle, curtido en mil batallas en las que se jugaba el pellejo en cada una de ellas, lo que curtió, Álvarez, salvo los dos o tres primeros años de servicio, hacía también otros veinte años, siempre había sido hombre de oficina; muy educado y buena gente, sí, pero sin experiencia en casos reales en los que había que demostrar su amor por la profesión policial. Y Palomo no soportaba eso; hubiera incluso preferido que el registro de la maleta la hubiera hecho el agente en prácticas, al que le veía más sangre en las venas, pero no quiso hacerlo llamar de la puerta de la sala VIP del aeropuerto que era donde se encontraba, y tampoco dejar en mal lugar a su subinspector. “Mierda, pensó Palomo, no le corre sangre por las venas; le corre horchata”, mientras se situó entre la maleta y el argentino, dirigiéndose a él. “Vamos a ver, señor Ernesto, porque hemos quedado que se llama usted Ernesto, ¿no?, ya hemos revisado el contenido de su maleta y no hemos encontrado nada; aparentemente; ¿me puede usted asegurar que en la maleta no haya algo más que tenga usted que declarar?”. El argentino, con toda la seguridad que había demostrado desde un primer momento, respondió a la pregunta con un movimiento negativo de su cabeza. “¿Seguro? ¿Me tendré que poner los guantes para dar un repasito?, le conminó pegando su cara a la del detenido, quien, impasible, echó la cabeza para atrás respondiendo con un frío y casi amenazante “póngaselos”. Instintivamente, mientras se ponía los guantes de látex que sacó del bolsillo, cruzó la mirada conmigo, recibiendo, también inconscientemente, un movimiento asertivo de mi cabeza. Comenzó primero a golpear levemente con sus nudillos el fondo de la maleta, recorriéndolo todo de una manera muy minuciosa y cambiando deliberadamente de intensidad en los golpes, al tiempo que pegaba su oreja al interior, esperando encontrar algún desacorde en sus golpes. Todo le pareció normal. Pasó a continuación a repetir la misma operación con el fondo de la tapa de la maleta, teniendo el mismo resultado. Observé que durante todo su repiqueteo en los fondos me miró en varias ocasiones, aunque yo seguía centrado en la cara del porteño, confirmándome que guardaba algo. Y así fue. El inspector se centró con sus golpeos de nudillos en los laterales de la maleta, comprobando que pudiese haber una especie de cámara entre las paredes exteriores e interiores. Tras poder acceder a ella valiéndose de una de las hojas de su navaja multiusos, encontró algo que no iba buscando. “Pero si está aquí mi amigo Benjamín Franklin”, le dijo al argentino cogiendo un fajo de quince billetes de quinientos dólares, para después seguir examinando todo el lateral de la maleta y encontrar otros tres fajos idénticos; en total treinta mil dólares. “¿Tiene algo que decir?”. “No sin la presencia de mi abogado”. Palomo en esta ocasión se quedó con las ganas de abofetearla nuevamente la cara, pero se lo pensó dos veces al reparar que Rafael Galán, el jefe de seguridad del aeropuerto, no tenía porqué ser testigo de algo que le pudiera perjudicar ante el juez: se conformó asiéndolo fuertemente por el brazo y empujándolo hasta la mesa, ordenándole que introdujera todas sus pertenencias en la maleta. El argentino comenzó a cumplir las indicaciones dadas por el inspector empezando injustificadamente por el neceser, ya que era el único objeto de sus pertenencias que no estaba a la vista, teniendo que sacarlo de debajo de alguna prenda de ropa que lo cubría. Para mí se delató, si bien yo tenía ya alguna sospecha de su neceser de cuero negro Pierre Cardin cuando lo sacó de la maleta el subinspector Álvarez, observando que cuando lo hacía, su propietario siguió con un interés especial el movimiento desde la maleta hasta la mesa.
No pude reprimirme. “Bonito neceser; de marca, ¿no?”, le dije en un notorio tono inculpatorio. Todo se paralizó en la sala. El frío volvió a adueñarse de todos los rincones. Las miradas se convirtieron en dagas asesinas, y el argentino, derrotado ya de tantos golpes recibidos, se atrincheró en su fingido valor para recibir el penúltimo de sus golpes, pasando por su cabeza que aunque le habían vencido en todas las batallas, la guerra aun no estaba perdida. Y atacó. “Cabrón boludo hijo de puta, no sabés dónde habés pisado; la repuerca de la concha de tu m......”. No llegó a finalizar la frase, pues nuevamente el inspector Palomo, esta vez sin siquiera tener en cuenta la presencia del jefe de seguridad, le abofeteó la cara sin quitarse los guantes de látex, recogiéndolo inmediatamente del suelo, tirándole fuertemente de la solapa de su chaqueta y colocándolo de nuevo delante de la mesa. Tras vaciar sobre la mesa sin ningún tipo de miramiento todo el contenido del neceser y analizar su interior, comprobó que tenía un doble fondo, abriéndolo también sin miramiento con la punta de su navaja y comprobando que en su interior había otro fajo de billetes de quinientos dólares y dos pasaportes, uno a nombre de Honorio Sanjuán y otro a nombre de Antonio Saavedra, aunque los dos con la misma fotografía. “Entonces, ¿cuál es tu verdadero nombre?”, gritó Palomo perdiendo los modales. “No hablaré sin la presencia de mi abogado”.

Entonces, ¿cuál es tu verdadero nombre?”, gritó Palomo perdiendo los modales. “No hablaré sin la presencia de mi abogado”.
Quién me iba a decir a mí que la compra de un óleo como otro cualquiera, por muy bonita que fuera mi parisina, iba a traer tanta cola, que un tío orondo con aspecto bonachón y bien vestido pudiera encerrar tanto y ser tan hijo de puta; está claro que las apariencias engañan, y que a mí, al no estar en guardia me cogió en total fuera de juego. Lo que no esperaba el porteño este de los cojones es que cuando me puse “el puñal en la boca” y la cinta en la cabeza al estilo Rambo, le iban a llover los problemas; ni él ni los cuatros peces gordos que con toda seguridad se encuentran detrás del comercio ilícito de obras de arte.
El inspector Palomo, con un poquito de ayuda mía, había solucionado la falsa identidad del argentino, además de un posible intento de tráfico de divisas, pero a esas alturas ya del día, sin haber cenado siquiera, se encontraba sin aclarar la verdadera identidad del óleo que tantos quebraderos de cabeza le estaban ocasionando, ya que los agentes franceses no llegaban hasta la mañana del día siguiente. Fue por lo que decidió hacer unas llamadas telefónicas para organizar cómo íbamos a pasar la noche. De momento decidió que el argentino pasara en calidad de detenido incomunicado en los calabozos de la comisaría de policía de la avenida de Blas Infante, por lo que movió los hilos para que un par de agentes lo trasladasen hasta dicha comisaria, ordenándole al subinspector que la sala de interrogatorios con las pertenencias del argentino, incluida mi parisina, que cada momento que pasaba la veía más lejos de llenar uno de los laterales de mi salón, quedaría custodiada toda la noche por otro par de agentes, mientras ellos se retiraban a descansar a un hostal que le había recomendado Rafael Galán, allá por la Puerta de la Carne, y qué el mismo le gestionó por teléfono.
¿Y con usted que hago?, dijo dirigiéndose a mí. Sé que no es culpable de nada, que no tiene nada, absolutamente nada que ver con lo que haya detrás del dichoso óleo; pero como comprenderá, no puedo dejarlo en libertad. Compréndame”. “Usted dirá, señor inspector; yo no puedo mover ficha mientras usted no lo haga; la pelota está en su tejado, pero solo le adelanto que lo de mi detención está difícil. Y le comprendo. Pero solo le pido que confíe en mí; creo que le he dado suficientes pruebas para hacerlo”. El inspector, con una media sonrisa cargada de dudas y pensamientos, captó perfectamente lo que quise decirle sin decirlo, al tiempo que vaciaba en el vaso, el medio botellín de cerveza de un tercio que le quedaba y que nos habíamos pedido, uno cada uno, en una cafetería del aeropuerto. “¿Entiendo que me propone que no le haga más preguntas y que esta noche le deje en libertad?”. “Entiende bien. Y para ello le propongo que como sé que mañana a primera hora debo de estar aquí un poco antes de que lleguen los franchutis, y como mi destino está a cien kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, lo que sería un fastidio para mí, que no ponga usted pega para que se marche mi esposa con su padre y que yo me quede a pasar la noche en uno de los mullidos sillones de la sala VIP; y si se quiere cubrir las espaldas, deje a un agente en la puerta para evitar mi hipotética huída”, le dije, observando cómo por su cabeza le pasaron intenciones de hacerme un sinfín de preguntas; pero no hizo ninguna. “Así lo haremos. Pero cuando termine mañana todo esto, que espero que así sea, creo que deberíamos de hablar largo y tendido, ¿no?”. “Sin problema alguno por mi parte; hablaré hasta donde pueda hablar. Solo le digo que ha actuado correctamente, porque si hubiera decidido llevarme al calabozo con el puto argentino, puede que le hubiese llamado personalmente su Director General”, le dije sin ningún tipo de recochineo; todo lo contrario. Confirmé con su decisión lo que ya había pensado durante el interrogatorio, que jugábamos en la misma liga; y cuando sucede eso, en muchas ocasiones sobran las explicaciones y la palabras.
Nos despedimos con un fuerte apretón de mano y yo me dirigí a la sala VIP a pasar la noche con un sandwich y una segunda cerveza, después de despedir a mi esposa y a mi suegro.
La verdad es que aquella noche, a pesar de lo cansado que me encontraba, apenas di un par de cabezadas, principalmente porque había un par de parejas coreanas o japonesas, no recuerdo ahora muy bien, que cogían su vuelo a primera hora, que no dejaron de hablar en toda la noche. Lo que sí recuerdo, porque me llamó mucho la atención, es que no se quitaron ninguno de los cuatro la mascarilla que llevaban puesta, hecho este al que no estábamos acostumbrado a ver aquí en España hace unos treinta años. Sus razones tendrían.
Y poco antes que diesen las nueve ya entraba por la puerta de la sala el inspector con ganas de tomarse un café. A esa hora ya me había tomado dos, pero le acompañé tomándome un tercero. “Los franceses están a punto de tomar tierra. Pasaron la noche en Madrid y han tomado el primer vuelo de esta mañana. Espero acabar antes de mediodía con este asunto”, a lo que yo le contesté con un irónico “he pasado la noche muy bien ; gracias”.

Pasaron la noche en Madrid y han tomado el primer vuelo de esta mañana. Espero acabar antes de mediodía con este asunto”, a lo que yo le contesté con un irónico “he pasado la noche muy bien ; gracias”.
Entramos los dos en la sala que sirvió de interrogatorio el día anterior y aunque su decoración todo en blanco ayudaba a que de sus paredes se desprendiera frialdad, esa mañana, sin resultarme acogedora, no me causó, quizás por la familiaridad de lo vivido el día anterior, tanto rechazo glacial. Allí se encontraban, todos de pie, el argentino, el subinspector Álvarez y el agente en prácticas; incluso encima de la mesa se encontraba en posición vertical, el canuto de cartón, habitáculo de mi parisina, que tengo que reconocer que sentí la curiosidad perentoria de volver a deleitarme con sus colores otoñales. El argentino, como resultado de haber pasado peor noche que yo, presentaba un aspecto desaliñado, con la camisa, debajo de su chaqueta, a medio remeter en el pantalón, que al igual que la Armani, parecían una pasa de las arrugas que habían cosechado durante toda la noche. Los ojos rojos, de no haber dormido, los párpados como inflamados y los mofletes colgantes, le daban un aspecto que rayaban la morbidez. Aun así, se mantenía en sus trece de no contestar sin la presencia de su abogado, a una batería de preguntas que le hizo el inspector.
Acaba de tomar tierra el vuelo procedente de Madrid, confirmándome que en la lista de pasajeros vienen los nombres de los dos agentes que me pasó ayer”, dijo Rafael Galán dirigiéndose a Palomo, abriendo la puerta sin llamar y sin un saludo previo, actitud la suya que nos chocó un poco a los allí presentes, y que supo enmendar enseguida con un “perdón” y unos “buenos días”, dando a continuación una explicación que en cierta medida justificaban su entrada en la sala. “Traigo otra noticia”, siempre dirigiéndose al inspector, pero con un entusiasmo algo infantil y atípico de todo un responsable de la seguridad de un aeropuerto. “Me confirma mi colega del aeropuerto Charles de Gaulle, que hace unos días, en la lista de pasajeros del vuelo Buenos Aires - París, llegó un tal Antonio Saavedra, nombre que coincide con uno de los pasaportes que encontró usted ayer en el neceser”. “Gracias Rafael”, contesto el inspector,”buen trabajo”. No me puede reprimir. “Y con las iniciales, AS, del pañuelo que llevaba en la chaqueta. Aunque esta apreciación mía puede ser pura coincidencia”, lo que me valió otra de las miradas asesinas del porteño, y a las que ya me estaba acostumbrando. También recibí otra de Palomo, pero la suya como diciéndome que no se me iba una. “Álvarez, acércate a la salida de pasajeros y recibe a los colegas franceses. Entiendo que tienes los nombres, ¿no? “Sí, jefe”. Intervino nuevamente el jefe de seguridad, al que parecía que la historia le estaba dando vida, buscando cada vez más protagonismo. “Inspector, si le parece bien, y si todavía no han bajado del avión, puedo acompañar al subinspector en mi coche hasta pie de escalerilla y recoger allí a los agentes franceses”. “Lo veo perfecto, Rafael; mejor incluso. Gracias por su interés”.
Sobre unos veinte minutos tardó en llegar a la sala la comitiva franco-española, tiempo suficiente en el que el inspector Palomo trató sin éxito alguno saber el verdadero nombre del argentino, así como conseguir una explicación razonable de la cantidad de dinero en dólares que llevaba en la maleta. “No hablaré sino en presencia de mi abogado” fue la única respuesta que consiguió del que para mí, ya, se llamaba Antonio, hipótesis que se confirmaría con el tiempo.
Llegaron por fin los agentes franceses en compañía de Álvarez, quedándose fuera de la sala, muy a su pesar, pero sin que nadie se lo tuviera que indicar, el jefe de seguridad. Saludos efusivos y presentaciones. Comisario Benoît Gómez y capitán Jean Gayangau, los dos, aunque con acento propio galo, hablando casi perfectamente el español. Antes de desprender a mi parisina del canuto en el que tanto tiempo llevaba presa, el comisario Benoît explicó muy sucintamente pero con una claridad meridiana el porqué de su estancia allí y la historia del lienzo que yo me había traído desde Paris. “Messieurs, la cuestión es bien sencilla. Hace un par de años, fueron robados de una colección personal, cuatro cuadros de gran valor, dos Manet, un Renoir y un Toulouse-Lautrec. Los tres primeros fueron encontrados a los pocos días, pero del Toulouse-Lautrec se perdió la pista. Hace cuatro meses por fin encontramos algunos datos sobre tres miembros de una banda de traficantes de arte, entre los que se encuentra le monsieur Saavedra, señalando al argentino, haciéndole un seguimiento vía Interpol a los tres. Sabíamos quienes eran pero no teníamos localizado el Toulouse. Por fin hace menos de un mes tuvimos noticias del paradero del lienzo en una de tantas galerías de arte que hay en el quartier de Montmartre, concretamente una situada en la calle de Mont Cenis“. Le interrumpió el inspector Palomo. “Perdón, Benoît, y ¿por qué no lo recuperasteis en ese momento y una vez con ella tirar de la cuerda hasta encontrar a los culpables?”. “Tiene su explicación, inspecteur, nos la jugamos. Hay varios cuadros desaparecidos desde hace ya algún tiempo y pensamos, bueno, estamos casi seguro, que esta banda se encuentra detrás de sus robos. Pues a lo que iba, nos la jugamos. Supimos esperar”, dijo Benoît, cogiendo entre sus manos el canuto que todavía seguía en posición erguida en lo alto de la mesa, para a continuación acercarse hasta el argentino y darle un par de golpes en el hombro, no muy fuertes, con el canuto. “Conocimos que querían sacarlo de la France de la manera menos sospechosa posible. Hace unos días supimos que le monsieur Saavedra viajó desde Buenos Aires para, vía España, sacar la obra de arte aprovechando la venta de la pintura a un simple turista (señalándome a mí con el canuto) profano en el mundo del arte”. Yo asentí con la cabeza porque en verdad, y lo reconozco a estas alturas de mi vida, no tengo ni la más pajolera idea de arte; y menos por entonces. “Hicimos un seguimiento estrecho a ce monsieur desde que dio el anticipo hasta que volvió para completar los setecientos francos que pagó por la obra; al mismo tiempo, le monsieur Saavedra, desde que llegó a París en compañía de una señorita, Anne-Marie Gil, también de la Argentina, fue sometido a un estrecho seguimiento. La tal mademoiselle Anne-Marie, que por cierto está detenida, declaró que hizo cierta amistad con su señora, mirándome nuevamente, para saber todo lo referente de vuestro regreso a la España. Y así de sencillo. No sé cómo llegó la pintura a manos du monsieur Saavedra, entendiendo que comprándosela a beaucoup plus (mucho más) de lo que se pagó por ella, ¿no?”, dirigiéndose a mí, a lo que yo contesté que “así fue”. “Y como decís en la España, colorín colorado esta fábula se ha acabado”. Fue entonces cuando con una cara de satisfacción, no menos que la que quería esconder el argentino, el comisario Benoît Gómez, hecho que no se me fue por alto, quitó, algo nervioso, según observé, una de las dos tapaderas del canuto, inclinándolo hacia la izquierda para que mi parisina se deslizara por su interior y cayera sobre su mano.

Fue entonces cuando con una cara de satisfacción, no menos que la que quería esconder el argentino, hecho que no se me fue por alto, el comisario Benoît Gómez, quitó, algo nervioso, según observé soslayadamente, la tapadera del canuto, inclinándolo hacia la izquierda para que mi parisina se deslizara por su interior y cayera sobre su mano.
Recuerdo hoy aquel momento como si lo estuviera viviendo. Por mi mente pasaron un sinfín de pensamientos, pero todos desembocaban donde mismo. Después de oír el relato del comisario Benoît, me había quedado bien claro que la parisina había dejado de ser mía; ya no me pertenecía. Porque sí, yo había pagado legalmente por un lienzo, como bien justificaba el contrato de compraventa que me hizo el vendedor de la galería, que seguramente estaría compinchado con el argentino, al que yo no le quitaba ojo en la sala, pero la procedencia del óleo era totalmente ilegal. No era culpable de nada, pero pierdo todo derecho de propiedad sobre esa maravilla otoñal. Mi gozo, y sobre todo el de mi esposa, solo nos ha durado unos días, pensé.
El intento del comisario de sacar el lienzo con la mayor delicadeza del canuto para no dañar la pintura, se vio empañado por el obstáculo que le presentaron al obstruir su paso los tres documentos que lo acompañaban en su interior. Varios fueron los intentos en el vacío para que saliese la pintura pero no consiguió su objetivo. Tan nervioso se puso que exclamó con desmedida virulencia “¡apporter des coseaux!” (¡traer unas tijeras!); “perdón, ¿tenéis unas tijeras?”. Todos nos extrañamos porque lo más lógico era que allí en aquella sala nadie tenía porqué llevar unas tijeras, pero comprendimos también que el estado de excitación del comisario Benoît por ver de una puñetera vez la pintura a la que había dedicado más de dos años de su vida para localizarla, justificaba su petición. “Tijeras no tenemos, comisario, pero le podría valer esto”, dijo el inspector Palomo sacando del bolsillo su navaja multiuso y haciéndosela llegar. Yo observaba atónito lo que estaba sucediendo, aunque recuerdo, y todavía hoy no me explico el porqué, que no le quitaba ojo al argentino, como si pensara que ante el interés de todos por ver fuera del canuto a la pintura, aprovechara para salir corriendo, estando preparado para que si así sucediese, hacerle un placaje a estilo rugby como lo hacía un amigo mío que practicaba ese deporte y que se llama Juan Antonio Caro.
Benoît cogió la multiuso en su mano y estuvo analizándola para ver cuál de sus hojas era la más idónea para seccionar longitudinalmente el canuto y así sacar la que ya era su parisina; eligió la más larga y fina. Con mucha sutileza colocó la punta de la navaja en el extremo del canuto y procedió a cortar. “Pardón, mon comissaire”, intervino el capitán Gayangeau; “le carton nous servira à le transporter; mieux vaut ne pas couper; me permettrez-vous (el cartón nos servirá para transportarla; mejor no cortar; ¿me permite usted?), extendiendo la mano para coger el canuto. El comisario, comprendiendo al capitán se dejó llevar por sus indicaciones. Enseguida el capitán comenzó a manipularlo y sin saber cómo, comenzaron primero a salir los contratos de compraventas y por fin el óleo hecho un rollo. Sin dejarlo salir al completo, el comisario procedió a extenderlo a lo largo de la mesa. En nada de tiempo su expresión pasó de la más apasionante y gozosa al rostro más iracundo y colérico que nunca había observado yo nunca; todo lo contrario que el cambio del rostro del argentino, que cuando vio la parisina desplegada en la mesa, se infló de vitalidad. “¡Merde, merde, merde; Qu'est-ce que c'est?” (mierda, ¿esto qué es?). La cara de Benoît se inundó de impotencia y de ira, la de Palomo de incredulidad y no entender nada. La sala entera se inundó de dudas y agotamiento mental. Cuando el comisario, que era un entendido en arte, vio la parisina extendida en la mesa, exclamó, “ni esto es un Lautrec ni esto es nada. Esta pintura no vale absolutamente nada; los cafés que me tomé esta mañana en el aeropuerto valen más que esta merde. ¿Dónde está el Toulouse-Lautrec, coño?”, yéndose para Antonio Saavedra, el argentino, y zarandeándolo hasta que su capitán se lo quitó de la vista.
Mientras todo aquello sucedía en la sala, la respiración del argentino volvió a ser más sosegada, como viendo un futuro más halagüeño, más favorable a sus intereses. Y eso lo percibí perfectamente. Los hombros habían dejado de estar caídos, los ojos se le iluminaron y el rictus de su cara que hasta ahora solo mostraba amargura, le cambió por completo. Algo sucedía en la sala que nadie lo percibió.

Mientras todo aquello sucedía en la sala, la respiración del argentino volvió a ser más sosegada, como viendo un futuro más halagüeño, más favorable a sus intereses. Y eso lo percibí perfectamente. Los hombros habían dejado de estar caídos, los ojos se le iluminaron y el rictus de su cara que hasta ahora solo mostraba amargura, le cambió por completo. Algo sucedía en la sala que nadie lo percibió.
Y yo, que ya estaba un poquito harto de todo lo que estaba sucediendo, me la jugué. “Inspector, ¿me permitís diez minutos tan solo?; no haga pregunta”. La cara del inspector se llenó de extrañeza, pero inmediatamente contestó, “diez minutos tan solo”. Me dirigí al argentino; lo cogí fuertemente por el pelo con una mano, mientras que la otra se agarró fuertemente a su entrepierna, diciéndole, “te voy a contar lo que vamos a hacer ahora; te vas a quedar totalmente en pelota, pero totalmente; a continuación te voy a poner las esposas que me va a dar el subinspector Álvarez y te voy a esposar a uno de estos cáncamos que vas a ver cuando quite la percha esta; cuando estés enseñándonos a todos tu flácido palmito sin poderte mover, voy a coger el canuto que todos conocemos y no sé si metértelo por la boca o metértelo por el culo; te aviso que mientras más te acuerdes de la concha de mi madre, porque sé que te vas a acordar, más te empujaré. Así que desnúdate ahora mismo que ya tan solo nos quedan ochos minutos”, soltándolo bruscamente y cogiendo el canuto en una mano y las esposas que ya estaban encima de la mesa en la otra. Lo tuvieron que desnudar entre el subinspector y el capitán Gayangeau. “Dejadlo en calzoncillo, ponerles las esposas, colgarlo de ese cáncamo y dejarlo de espalda a la pared en un primer momento”. Así lo hicieron pese a la oposición del porteño, al que cada vez lo veía más derrumbado. No sé quién pondría en su día ese cáncamo, pensé en aquel momento, pero el que lo hizo lo puso bien profundo, ya que pese a los tirones que daba el detenido no se movió ni un ápice de su posición natural. No le di tiempo a pensar, y sin que se lo esperara le di un fuerte golpe con el canuto en su entrepierna, observando como el dolor le subía por el estómago y le llegaba hasta la cabeza. “Bueno, amigo mío, nos quedan cinco minutos de placer, así que como veo que tu boquita es demasiado grande para este canuto y no vas a sentir mucho, lo mejor es que empecemos por abajo, así que te voy a quitar yo personalmente el calzoncillo y te vamos a poner de cara a la pared”. Con toda la parsimonia del mundo puse el canuto en el suelo, al tiempo que le decía al subinspector Álvarez que cuando yo le quitase el calzoncillo le diese la vuelta. Agarré el calzoncillo por los dos laterales y cuando lo llevaba a la altura de las rodillas escuché como decía “súbelo, boludo, que voy a cantar”. “Joder, le dije, retirándome y dejándole el calzoncillo por las pantorrillas, ¿y nos vas a privar ahora de esta maravilla?; lo mismo cuando tuvieras la mitad del canuto dentro, te empalmabas y podríamos vértela. Creo que vamos a seguir”. Me dirigí con la intención de quitarle completamente el calzoncillo y toda la sala se llenó de júbilo al oírlo, “el Toulouse se encuentra plastificado en el interior del canuto, entre sus paredes”. Recuerdo que solo oí al inspector Palomo decir, “llevabas ya nueve minutos y medio”.
Hoy, después de casi treinta años desde que sucedieran aquellos hechos, todavía recuerdo las caras de los allí presentes. Álvarez, el menos cañero, se limitó a descolgar al argentino y a conminarlo a que se vistiese, para ponerle las esposas y fijarlo a la silla en la que lo sentó. Benoît, sentado, y Gayangeau con toda la meticulosidad del mundo y valiéndose de la multiuso, centrados en quitar pequeñas tiras de cartón del canuto con el fin de no dañar la pintura. No se me olvidará la expresión del comisario cuando consiguió quitar una de las tiras de cartón y conseguir ver el plástico que envolvía el Toulouse-Lautrec; casi una hora les costó conseguir quitar todo el cartón; a continuación, con más esmero aun que con el cartón, procedieron con el plástico. Y por fin vio la luz. Lo extendieron a lo largo de la mesa, encima de la pintura que yo compré, y tengo que reconocer que entonces y hoy, yo veía más bonito el motivo que representaba la parisina, con la visión otoñal de una calle de París, que el que me ofrecía esa imagen de burdel que tanto representó Toulouse-Lautrec en sus pinturas; para gusto, los colores.
Aprovechando que un par de agentes, en compañía del subinspector Álvarez se marchaban con el detenido para Comisaría, y porque el estómago me estaba pidiendo manduca, vi prudente dejar solos al inspector y a los dos oficiales gabachos para que hablasen de “sus cosillas”, como yo las llamé por entonces, comentándole al inspector que me encontraba en la cafetería.
Allí en la cafetería, luchando con una buena cerveza y una tapa de patatas alioli, a la que le siguió un pequeña cazuela de callos con garbanzos, recordé todo lo sucedido en aquellos dos días. La verdad fue que lo único que tuve que hacer es llevar a la práctica la formación que por mi profesión, tuve en expresiones faciales y conductas posturales, comprobando que una observación minuciosa nos puede dar el verdadero estado de ánimo de una persona. Tampoco es cuestión de dar aquí una clase magistral sobre el tema, que para eso están ya los psicólogos, pero la verdad es que gracia a esa observación pudimos encontrar el cuadro robado. Luego, sobre el numerito del desnudo integral del argentino, no hay nada más efectivo en un interrogatorio que obligar a mostrar tus interioridades al detenido, y más aun cuando este no está muy orgulloso de lo que enseña, como era el caso del argentino.
Palomo llegó solo a mi encuentro, dejando a Benoît y a Gayangeau con el jefe de seguridad para agilizar su vuelta a París para el día siguiente, ya que ese día tenían que pasarse todavía para redactar un informe conjunto y presentarse delante de la jueza del caso con la que ya habían hablado por teléfono de todo lo sucedido. Me explicó que con los oficiales franceses habían llegado a un acuerdo por el que yo no había participado en ningún momento en el interrogatorio, siendo ellos, los policías, españoles y franceses, conjuntamente, los que habían resuelto el caso del Toulouse-Lautrec. Una vez me aclaró a los acuerdos a que habían llegado, se interesó en mi particular manera de proceder y mi agudeza, poniendo especial hincapié en cómo, porque no fue una sola vez, había llegado a la conclusión que el argentino guardaba lo que ellos no pudieron averiguar. “Inspector, le dije, no voy a intentar ahora hacerle ver que yo ea un súper hombre, cuando la verdad es que he tenido mucha suerte; al igual que los franchutes, me la jugué y me salió bien. Pero solo decirle que para jugármela debía de tener una base, y esa la conseguí a través de la observación. No sé si se dio cuenta a lo largo de los dos días que en ningún momento dejé de mirar al argentino; sus ojos, sus muecas, sus hombros, sus pies, sus manos cubriéndose sus partes más débiles; pero sobre todo sus ojos y su boca cuando sucedían cosas nuevas en la sala. Inspector, esto es para practicar mucho y no para explicarlo, compréndame. Y no olvide nunca que existe un lenguaje corporal de los mentirosos”. “Ya; de acuerdo con lo de la observación, pero, ¿y el interrogatorio tuyo que en menos de diez minutos le sacaste dónde estaba el lienzo?”. Me reí con su apreciación. “La observación me llevó a saber que el canuto guardaba algo; y acerté”. “Pero, me contestó, ¿se lo hubieras llegado a meter entre las piernas si no hubiese hablado?. Volví a reírme, esta vez a carcajadas, “si no hubiera hablado me lo hubiera tenido que meter yo, por enterado, o como dicen en mi tierra, por enteraillo”.
El inspector comentó que se tenía que marchar, que le esperaban los atestados y la jueza. “Ha sido un placer haberle conocido. Nunca en más de veinte años de servicio he aprendido tanto como en estos días, y todo gracias a usted. Dígame una última cosa, ¿dónde fue adiestrado para esto? Me quedé mirándole fijamente, en silencio, unos pocos segundos y le contesté: “creo que la última cosa la tiene que decir usted, ¿no?”. Sonrió, me alargó la mano y contestó: “Acompáñeme a recoger su parisina; y las noventa nunca existieron”.

EPÍLOGO
Madrid, 15 años después. Despacho del comisario Palomo.
Suena el teléfono.
  • Sí, dígame.
  • ¿Comisario Palomo?, soy tu colega Benoît, Benoît Gómez. ¿Me recuerdas?
  • Hombre, Benoît, claro que te recuerdo; para no me olvidarte de ti después de lo que vivimos juntos.
    Los dos comisarios estuvieron departiendo por más de media hora de asuntos intrascendentes y que la mayoría de ellos no venían al caso.
  • Por cierto, Palomo, ¿te acuerdas de la parisina? ¿Te acuerdas la cantidad de groserías que salieron de mi boca cuando la extendí encima de la mesa?
  • Hombre, Benoît, son cosas que no se olvidan; y la cara que se te puso.
  • Pues vaya negocio que hizo el comprador. La obra del autor de esa parisina es de las que más se ha revalorizado en estos años. ¿Tú me lo podrías localizar?

FIN



No quiero ser pesado en mi reiteración, pero no hay que olvidar eso de “SEGUIR EN CASA”. Y recalco: seguir en casa; se está demostrando que es la mejor solución para que el puto virus no te haga compañía. Castigo a los desaprensivos. Ya queda menos.
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